domingo, 17 de julio de 2022

La Biblioteca del Futuro y los misteriosos libros que leeremos en un siglo


La Biblioteca del Futuro, de Oslo, es un acto de fe en la humanidad; tiene feligreses y peregrinos. Y la potencia de una idea original y genial. El pasado 11 de junio unas 200 personas estábamos al final de la línea de metro Frognerseteren en la parte más alta de la capital de Noruega. Había escritores, curadores, artistas de todo el mundo y personas comunes y corrientes que, una vez más, llegaban a un ritual que se había interrumpido durante dos años por la pandemia. Era como estar en lo alto de Monserrate sin iglesia ni ninguna construcción a la vista; solo el bosque y los peregrinos que comenzamos a caminar y a internarnos en sus caminos de piedra.

«Hoy hay más gente de la habitual», escucho en un murmullo entre la gente, «debe ser por Knausgard». Karl Ove Knausgard es –tal vez– el escritor más conocido y reconocido de Noruega y desde hace un tiempo –desde que sus libros se empezaron a traducir a más de 30 idiomas– un nombre que suena para un futuro premio Nobel. Knausgard –como Henry Miller y otros miembros de una tribu extraña e indómita de escritores– decidió contar su vida en un torrente de palabras de más de 3.500 páginas. Mi lucha –un título que provocó una intensa polémica por el libro homónimo de Hitler– fue un proyecto de seis novelas autobiográficas en las que contó su vida con pelos y señales y, por supuesto, no hay nada de nazismo, solo la vida pura y dura: amores, borracheras, frustraciones, hijos, idas y vueltas al supermercado, tíos, padres y amigos, en un torrente hipnótico.

«Cuando empecé a escribir era algo muy personal», dice Knausgard. «Pensé que solo sería interesante para mí y tal vez para un amigo o dos. No tenía ni idea de que habría otra gente que estaría interesada en lo que pienso, pero lo que descubrí es que somos mucho, mucho, mucho más parecidos de lo que pensamos. Tenemos mucho más en común de lo que pensamos, así que incluso, con las cosas más privadas sobre las que escribí, la gente viene me dice: «yo también experimenté eso». Es muy raro, pero creo que eso es algo que sólo la literatura puede mostrarnos». Knausgard es delgado, tiene una cara cenicienta y apagada y sonríe poco, pero sus pasos por el bosque también eran los de un creyente. El rito al que acudíamos tenía un solo fin.

Los manuscritos de secretos de 100 escritores

Katie Paterson no para de sonreír; su esposo y su hijo pequeño siguen sus pasos. Paterson es una de la artistas contemporáneas británicas más brillantes de su generación y su encanto, más allá de su obra, es su capacidad para lograr imposibles. Hace unos años ideó la Biblioteca del Futuro. Iba en un tren y tras unos trazos en una libreta, su cabeza se iluminó. «Estaba dibujando los anillos de los árboles», me dice, «iba soñando despierta y vi la conexión entre los anillos y los capítulos en un libro e inmediatamente me di cuenta de algo muy simple: los árboles son libros; los árboles se convierten en libros. Los libros que conocemos, o leemos, han sido formados de la vida de los árboles. Y entonces me imaginé qué pasaba a lo largo de la vida de un árbol durante 100 años. Era algo que iba más allá de nuestra vida humana. Algo que podría ir más allá de nuestra vida. Así fue como empezó todo: con un sketch en una libreta».

Las mujeres del equipo de la Biblioteca llevan camisetas con el logo de los anillos de un árbol. El camino no es demasiado empinado y es lo suficientemente ancho para hacer una carrera de mountain bike, pero en algunas partes vamos hombro contra hombro por la cantidad de personas. Tras 30 minutos de caminata llegamos a un claro del bosque; la mayoría toma su lugar en el piso húmedo o sobre un tronco caído.

El terreno está lleno de pinos jóvenes que comienzan a crecer; tienen en la punta un cordel rojo que los identifica como parte de la biblioteca. En la ceremonia, la alcaldesa de Oslo y su secretario de cultura llevaron un documento en el que la ciudad se comprometía a cuidar el bosque durante los próximos cien años. Los pinos crecerían con todos los cuidados para asegurar el futuro del bosque y de la literatura. Y unas personas que no conoceremos –los habitantes de este planeta en 100 años– podrán usar su madera para imprimir los manuscritos de 100 escritores. Knausgard y Tsitsi Dangarembga entregaron los suyos en unas cajas de colores; al igual que el inglés Mitchell y el islandés Sjón que, por la pandemia, no habían acudido antes al rito. La primera que lo hizo, en el 2015, fue la autora de El cuento de la criada, la canadiense Margaret Atwood que, cuenta Paterson, aceptó de inmediato, pero también fue para ella como donar un órgano, ¿qué tienen esas cajas y qué esconden esos manuscritos? ¿Otro cuento de la criada, otra lucha incesante de Knausgard? Es más, ¿cuántas obras maestras estarán esperando un lector dentro de 100 años?

Porque la Biblioteca del Futuro no deja de ser un acto de desprendimiento; solo los autores saben qué dejaron en sus cajas. «Creo que este proyecto es un voto por la esperanza», dice David Mitchell, el autor de Relojes de hueso y, según Time, una de las 100 personas más influyentes del mundo en 2007.«Un voto para que siga habiendo lectores y siga habiendo literatura; como seres humanos seguiremos teniendo ese impulso de sentarnos tranquilamente con un libro y sumergirnos en el mundo de otra persona. Así que por eso participé en la biblioteca».

La ceremonia no dura más de una hora, pero la intensidad es la de un acto tan trascendental que sobrepasa el momento y las lágrimas aparecen en los ojos de varios; hubo cantos y rezos de los lamas invitados. «Hay una necesidad de este tipo de rituales y proyectos. Hay una necesidad humana básica que los pide. Ahora tenemos la crisis climática, vivimos la pandemia, hay más amenazas y ahora la guerra. Hacer este tipo de proyectos da esperanza», me dice la artista noruega Anne Beate Hovind que, entre otras cosas, dirige la fundación encargada de la Biblioteca del Futuro y ha hecho todavía más palpable la idea de Paterson.

«Estamos muy orgullosos de tener este proyecto aquí, nos da esperanza para el futuro y también promete que se combinen las generaciones de hoy con las generaciones de mañana. Así que creo que es un proyecto maravilloso para tener en la ciudad de la paz y en la ciudad donde se entrega el Premio Nobel de la Paz», comenta la alcaldesa.

El grito de Munch, Vigeland y Fernando Botero

«Ahora tenemos que ir a la Biblioteca Deichaman», me anuncian. Oslo es una ciudad prodigiosa; en las calles prácticamente no se ven coches, sino que la gente sube y baja de unos silenciosos tranvías. El respeto por los semáforos es de otro planeta: puede no haber un coche o un bus o un tranvía a kilómetros a la vista, pero nadie cruza, los peatones esperan su turno sin ningún tipo de indisposición y sin mirar el reloj. La ciudad tiene, entre otras cosas, dos parques imperdibles: el Vigeland Park y el Ekerberg Park.

El Vigeland es particularmente alucinante. Gustav Vigeland es uno de los dos grandes históricos artistas noruegos (el otro, sin duda, es el autor de El grito, Edvard Munch). En los años 20, la ciudad le entregó al artista un generoso terreno para que ubicara las esculturas que había donado; el resultado es un sinfín de esculturas de granito y bronce que se recorren con la boca abierta. El conjunto, en ambición y poder, solo es comparable con el Parc Güel, de Antoni Gaudí, en Barcelona. Recorrerlo bajo el sol de verano ha sido una de las experiencias más emocionantes y gratificantes de mi vida. Sus personajes desnudos y fuertes, hombres, mujeres y niños, hablan de la relación de padres e hijos, de la vejez, del paso del tiempo, del amor, la filosofía y la solidaridad. La pieza principal es un gigantesco monolito de 17 metros de altura hecho de cientos de cuerpos desnudos de granito.

El parque Ekerberg, en otro extremo de Oslo, también es un parque de esculturas en medio del bosque con obras de artistas de todo el mundo, Dalí, Rodin, Louise Bourgeois, Damien Hirst, y entre otros, Fernando Botero. En el centro de la ciudad está el nuevo Museo Munch, inaugurado apenas en 2021, tiene 58 metros de altura y gobierna la bahía de la ciudad. El edificio y su interior son indescriptibles, ¿qué más puede decirse de El grito? ¿Cómo describir la poesía de La separación, o la cara verde de El asesino o la cabellera roja de El vampiro? El museo tiene a un lado una escultura monumental de Tracey Emin y es vecino del moderno Teatro de la Ópera –donde la gente se sube caminando al techo y disfruta del sol– y de la también monumental y futurista biblioteca Deichman, inaugurada en 2020.

La biblioteca está llena de niños y visitantes, subo por las escaleras eléctricas al último piso, donde se llevará a cabo el evento que asegurará la otra parte de la Biblioteca del Futuro. En una esquina de ese último piso hay un cuarto construido con pequeños bloques de madera que, en el fondo, tiene unos cajones luminosos que parecen sacados de una película de ciencia ficción. «Hay que quitarse los zapatos para entrar», me advierten, «tampoco toques los cajones: inmediatamente se encienden las alarmas». Son cien cajones que tienen en su interior una temperatura estable: cada uno está destinado a guardar un manuscrito durante 100 años.

«Me siento muy orgulloso de que me hayan pedido que participe en un proyecto cultural tan asombroso, que se extiende desde nuestra época hasta el futuro, abriendo una conversación entre generaciones y siglos», explica el escritor islandés Sjón, autor de El zorro ártico y, entre otras cosas, del guion de la película The Northman. «Es un honor que me hayan pedido que fuera parte de él. Es muy difícil saber si tendremos libros de papel en 100 años. En el futuro, creo que habrá algún tipo de libros con este material, pero lo único que sabemos con seguridad es que esta biblioteca se publicará en papel. Por lo menos traerán de vuelta esta técnica y tal vez será un nuevo comienzo».

Fuente: Ethic

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