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viernes, 4 de septiembre de 2026

Presentación de la revista académica Punto Cero


La carrera de Comunicación Social y el Centro de Investigación en Ciencias Sociales de la Universidad Católica Boliviana invita a la presentación del N° 52 de nuestra revista académica Punto Cero, un espacio pensado para reflexionar, dialogar y conectar con dos jóvenes articulistas.

Autoras invitadas:
  • Tania Valeria Luján Rivero
  • Valeria Peredo Rodríguez 
Detalles del evento:

📅 Fecha: Miércoles 9 de septiembre
⏰ Hora: 09:00
📍 Lugar: Auditorio Principal, Campus San Luis, Tupuraya, Cochabamba, Bolivia.

Te esperamos para compartir ideas, perspectivas y celebrar juntos el pensamiento crítico en la comunicación.

#RevistaPuntoCero #ComunicaciónSocial #Investigación #CampusSanLuis #Academia

Fuente: UCB

jueves, 20 de agosto de 2026

Escrito de Hayek: Por qué no soy conservador


Este texto es el post scriptum de
Los fundamentos de la libertad, publicado por primera vez en 1959. Agradecemos a Unión Editorial el permiso para su reproducción.

1. El conservador carece de objetivo propio

Cuando, en épocas como la nuestra, la mayoría de quienes se consideran progresistas no hacen más que abogar por continuas menguas de la libertad individual, aquellos que en verdad la aman suelen tener que malgastar sus energías en la oposición, viéndose asimilados a los grupos que habitualmen­te se oponen a todo cambio y evolución. Hoy por hoy, en efecto, los defen­sores de la libertad no tienen prácticamente más alternativa, en el terreno político, que apoyar a los llamados partidos conservadores. La postura que he defendido a lo largo de esta obra suele calificarse de conservadora, y, sin embargo, es bien distinta de aquella a la que tradicionalmente corresponde tal denominación. Encierra indudables peligros esa asociación de los parti­darios de la libertad con los conservadores, en común oposición a institu­ciones igualmente contrarias a sus respectivos ideales. Conviene, pues, tra­zar una clara separación entre la filosofía que propugno y la que tradicional­mente defienden los conservadores.

El conservadurismo implica una legítima, seguramente necesaria y, des­de luego, bien difundida actitud de oposición a todo cambio súbito y drás­tico. Nacido tal movimiento como reacción frente a la Revolución Francesa, ha desempeñado, durante siglo y medio, un importante papel político en Europa. Lo contrario del conservadurismo, hasta el auge del socialismo, fue el liberalismo. No existe en la historia de los Estados Unidos nada que se asemeje a esta oposición, pues lo que en Europa se llamó liberalismo constituyó la base sobre la que se edificó la vida política americana; por eso, los defensores de la tradición americana han sido siempre liberales en el sentido europeo de la palabra. La confusión que crea esa disparidad entre ambos continentes ha sido últimamente incrementada al pretenderse trasplantar a América el conservadurismo europeo, que, por ser ajeno a la tradición americana, adquiere en los Estados Unidos un tinte hasta cierto punto exótico. Aun antes de que esto ocurriera, los radicales y los socialistas americanos comenzaron a atribuirse el apelativo de liberales. Pese a ello, yo continúo calificando de liberal mi postura, que estimo difiere tanto del conservadurismo como del socialismo. Sin embargo, últimamente siento graves dudas acerca de la conveniencia de tal denominación, y más adelante examinaremos el problema de la que mejor convendría al partido de la libertad. Mi recelo ante el término liberal brota no sólo de que su empleo, en los Estados Unidos, es causa de constante confusión, sino del hecho de que el liberalismo europeo de tipo racionalista, lejos de propagar la filosofía realmente liberal, desde hace tiempo viene allanando los caminos al socialismo y facilitando su implantación.

Permítaseme ahora pasar a referirme al mayor inconveniente que veo en el auténtico conservadurismo. Es el siguiente: la filosofía conservadora, por su propia condición, jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna. Tal mentalidad, interesante cuando se trata de impedir el desarrollo de procesos perjudiciales, de nada nos sirve si lo que pretendemos es modi­ficar y mejorar la situación presente. De ahí que el triste sino del conserva­dor sea ir siempre a remolque de los acontecimientos. Es posible que el quietismo conservador, aplicado al ímpetu progresista, reduzca la velocidad de la evolución, pero jamás puede hacer variar de signo al movimiento. Tal vez sea preciso "aplicar el freno al vehículo del progreso"; pero yo, perso­nalmente, no concibo dedicar con exclusividad la vida a tal función. Al liberal no le preocupa cuán lejos ni a qué velocidad vamos; lo único que le importa es aclarar si marchamos en la buena dirección. En realidad, se halla mucho más distante del fanático colectivista que el conservador. Comparte este último, por lo general, todos los prejuicios y errores de su época, si bien de un modo moderado y suave; por eso se enfrenta tan a menudo al auténtico liberal, quien, una y otra vez, ha de mostrar su tajante disconformidad con falacias que tanto los conservadores como los socialistas mantie­nen.

2. Relación triangular de los partidos

La esquemática descripción de la respectiva posición que ocupa cada uno de los tres partidos oscurece más que aclara las cosas. Se suele suponer que, sobre una hipotética línea, los socialistas ocupan la extrema izquierda y los conservadores la opuesta derecha, mientras los liberales quedan ubica­dos más o menos en el centro; pero tal representación encierra una grave equivocación. A este respecto, sería más exacto hablar de un triángulo, uno de cuyos vértices estaría ocupado por los conservadores, mientras socialistas y liberales, respectivamente, ocuparían los otros dos. Así situados, y como­quiera que, durante las últimas décadas, los socialistas han mantenido un mayor protago­nismo que los liberales, los conservadores se han ido aproxi­mando paulatinamente a los primeros, mientras se apartaban de los segun­dos; los conservadores han ido asimilando una tras otra casi todas las ideas socialistas a medida que la propaganda las iba haciendo atractivas. Han transigido siempre con los socialistas, para acabar robando a éstos su caja de truenos. Esclavos de la vía intermedia, sin objetivos propios, los conser­vadores fueron siempre víctimas de aquella superstición según la cual la verdad tiene que hallarse por fuerza en algún punto intermedio entre dos extremos; por eso, casi sin darse cuenta, han sido atraídos alternativamente hacia el más radical y extremista de los otros dos partidos.

Así, pues, la posición conservadora siempre ha dependido de la ubica­ción de las demás tendencias a la sazón operantes. Puesto que, por lo gene­ral, las cosas han marchado durante las últimas décadas hacia el socialismo, puede parecer a algunos que tanto conservadores como liberales no preten­den sino retrasar la evolución del género humano. Sin embargo, los liberales tienen objetivos específicos hacia los cuales se orientan continuamente, repugnándoles como al que más la quietud y el estancamiento. El que otrora la filosofía liberal tuviera más partidarios y algunos de sus ideales casi se consiguieran da lugar a que haya quienes crean que los liberales sólo saben mirar hacia el pasado. Pero la verdad es que el liberalismo ni ahora ni nunca ha mirado atrás. Aquellos objetivos a los que los liberales aspiran jamás en la historia fueron enteramente conseguidos. De ahí que el liberalis­mo siempre mirará hacia adelante, deseando continuamente purgar de im­perfecciones las instituciones sociales. El liberalismo nunca se ha opuesto a la evolución y al progreso. Es más: allí donde el desarrollo libre y espontá­neo se halla paralizado por el intervencionismo, lo que el liberal desea es introducir drásticas y revolucionarias innovaciones. Muy escasas actividades públicas de nuestro mundo actual perdurarían bajo un auténtico régimen liberal. En su opinión, lo que hoy con mayor urgencia precisa el mundo es suprimir, sin respetar nada ni a nadie, esos innumerables obstáculos con que se impide el libre desarrollo.

No oscurece la diferencia entre liberalismo y conservadurismo el que en los Estados Unidos sea posible abogar por la libertad individual defendien­do tradicionales instituciones formadas hace tiempo. Tales instituciones, para el liberal, no resultan valiosas por ser antiguas o americanas, sino porque convienen y apuntan hacia aquellos objetivos que él desea conseguir.

3. Conservadurismo y liberalismo

Antes de pasar a ocuparnos de los puntos en que más difieren las posi­ciones liberal y conservadora, me parece oportuno resaltar cuánto podían haber aprendido los liberales en las obras de algunos pensadores netamente conservadores. Los profundos y certeros estudios (ajenos por completo a los temas económicos) que tales pensadores nos legaron, demostrando la utilidad que encierran las instituciones natural y espontáneamente surgidas, vienen a subrayar hechos de enorme trascendencia para la mejor com­prensión de lo que realmente es una sociedad libre. Por reaccionarias que fueran en política figuras como Coleridge, Bonald, De Maistre, Justus Mö­ser o Donoso Cortés, lo cierto es que advirtieron claramente la importancia de instituciones formadas espontáneamente tales como el lenguaje, el derecho, la moral y diversos pactos y contratos, anticipándose a tantos modernos descubrimientos, de tal suerte que habría sido de gran utilidad para los liberales estudiar cuidadosamente sus escritos. Por lo gene­ral, los conservadores reservan para la evolución del pasado la admiración y el respeto que los liberales sienten por la libre evolución de las cosas. Carecen del valor necesario para dar la alegre bienvenida a esos mismos cambios engendradores de riqueza y progreso cuando son coetáneos.

He aquí la primera gran diferencia que separa a liberales y conservado­res. Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en prin­cipio, todo lo que sea libre transformación y evolución, aun constándole que, a veces, se procede un poco a ciegas. La posición de los conservadores no sería, en verdad, demasiado criticable si limitaran su oposición a la excesiva rapidez en la modificación de las instituciones sociales y políticas. Existen poderosas razones que aconsejan ser precavidos y cautos en tales materias. Pero los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso, a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría. Jamás, cuando avizoran el futuro, piensan que puede haber fuerzas desco­nocidas que espontáneamente arreglen las cosas; mentalidad ésta en abierta contraposición con la filosofía de los liberales, quienes, sin complejos ni recelos, aceptan la libre evolución, aun ignorando a veces hasta dónde pue­de llevarles el proceso. Tal actitud mental contribuye a que, por principio, estos últimos confíen en que, sobre todo la economía, gracias a las fuerzas autorreguladoras del mercado, se irá acomodando espontáneamente a cual­quier nueva circunstancia, aun cuando con frecuencia nadie pueda prever con detalle cómo se realizará esa acomodación. La incapacidad de la gente para percibir por qué tiene que ajustarse la oferta a la demanda, por qué han de coincidir las exportaciones con las importaciones y otros extremos parecidos tal vez sea la razón fundamental que les hace oponerse al libre desenvolvimiento del mercado. Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna autoridad que vele por que los cambios y las muta­ciones se lleven a cabo "ordenadamente".

Ese temor a que operen unas fuerzas sociales aparentemente incontrola­das explica otras dos características del conservador: su afición al autorita­rismo y su incapacidad para comprender el mecanismo de las fuerzas que regulan el mercado. Como desconfía tanto de las teorías abstractas como de los principios generales, no logra percatarse de cómo funcionan esas fuerzas espontáneas que constituyen el fundamento de la libertad, ni puede, por tanto, trazarse directrices políticas. Para el conservador el orden es, en todo caso, fruto de la permanente atención y vigilancia ejercida por las autoridades; éstas, a tal fin, deben disponer de los más amplios poderes discrecionales, actuando en cada circunstancia según estimen mejor, sin tener que sujetarse a reglamentos rígidos. El establecer normas y principios generales presupone haber comprendido cómo operan aquellas fuerzas que coordinan las respectivas actuaciones de los componentes de la sociedad. Ahora bien, esta teoría general de la sociedad, y sobre todo del mundo económico, es lo que les falta a los conservadores. Han sido hasta tal punto incapaces de formular una doctrina acerca del orden social, que última­mente, en su deseo de conseguir una base teórica, han tenido que recurrir a los escritos de autores que siempre se consideraron a sí mismos liberales. Macaulay, Tocqueville, Lord Acton y Locke, indudablemente, eran liberales de los más puros. El propio Edmund Burke fue siempre un "viejo whig" y, al igual que cualquiera de los personajes antes citados, se habría horroriza­do ante la posibilidad de que alguien le tomara por tory.

Pero no nos desviemos del tema que ahora nos interesa. Lo típico del conservador, decíamos, es el conferir siempre el más amplio margen de confianza a las autoridades constituidas y el procurar invariablemente que los poderes de éstas, lejos de debilitarse, se refuercen. Es ciertamente difícil, bajo tal clima, preservar la libertad. El conservador, por lo general, no se opone a la coacción ni a la arbitrariedad estatal cuando los gobernantes persiguen aquellos objetivos que él considera acertados. No se debe coartar –piensa– con normas rígidas y prefijadas la acción de quienes están en el poder, si son gentes honradas y rectas. El conservador, esencialmente opor­tunista y carente de principios generales, se limita, al final, a recomendar que se encomiende la jefatura del país a un gobernante sabio y bueno, cuyo imperio no proviene de esas sus excepcionales cualidades –que todos de­searíamos adornaran a la superioridad–, sino de los autoritarios poderes que ejerce. Al conservador, como al socialista, lo que le preocupa es quién gobierna, desentendiéndose del problema relativo a la limitación de las fa­cultades atribuidas al gobernante; y, como el marxista, considera natural imponer a los demás sus valoraciones personales.

Al decir que el conservador no tiene principios, en modo alguno preten­demos afirmar que carezca de convicciones morales; todo lo contrario, ordi­na­­riamente las tiene y muy arraigadas. De lo que adolece es de falta de principios políticos que le permitan colaborar lealmente con gentes cuyas valoraciones morales difieran de las suyas, con miras a así, entre todos, organizar una sociedad en la que cada uno pueda ser fiel a sus propias convicciones. Ahora bien, sólo tal filosofía permite la pacífica coexistencia de personas de mentalidad diferente y la pervivencia de agrupaciones hu­manas que puedan prescindir sustancialmente de la coacción y la fuerza. Ello exige estar todos dispuestos a tolerar muchas cosas que personalmente tal vez nos desagraden. Los objetivos de los conservadores, en términos generales, me agradan mucho más que los de los socialistas; para un liberal, sin embargo, por mucho que valore determinados fines, jamás es lícito obli­gar a quienes aprecien de otro modo las cosas a esforzarse por la consecu­ción de las metas apetecidas. Estoy seguro de que algunos de mis amigos conservadores se sobresaltarán por las concesiones que al parecer hago a las tendencias modernas en la parte tercera de esta obra. Tales tendencias, a mí, personalmente, en gran parte, me gustan tan poco como a ellos, y, llegado el caso, incluso votaría en contra de las mismas; pero no puedo invocar argumento alguno de tipo general para demostrar a quienes mantie­nen un punto de vista distinto al mío que esas medidas son incompatibles con aquella sociedad que tanto ellos como yo deseamos. El convivir y el colaborar fructíferamente en sociedad exige por tanto respeto para aquellos objetivos que pueden diferir de los nuestros personales, presupone permitir a quienes valoren de modo distinto al nuestro tener aspiraciones diferentes a las que nosotros abrigamos, por mucho que estimemos los propios ideales.

Por tales razones, el liberal, en abierta contraposición a conservadores y socialistas, en ningún caso admite que alguien tenga que ser coaccionado por razones de moral o religión. Pienso con frecuencia que la nota que tipifica al liberal, distinguiéndole tanto del conservador como del socialista, es precisamente esa su postura de total inhibición ante las conductas que los demás adopten siguiendo sus creencias, siempre y cuando no invadan ajenas esferas de actuación legalmente amparadas. Tal vez ello explique por qué el socialista desengañado, con mucha mayor facilidad y frecuencia, tranquiliza sus inquietudes haciéndose conservador en vez de liberal.

La mentalidad conservadora, en definitiva, entiende que dentro de cada sociedad existen personas patentemente superiores, cuyas valoraciones, po­siciones y categorías deben protegerse, correspondiendo a tales excepciona­les sujetos un mayor peso en la gestión de los negocios públicos. Los libera­les, naturalmente, no niegan que hay personas de superioridad indudable; en modo alguno son igualitaristas. Pero no creen que haya nadie que por sí y ante sí se halle facultado para decidir subjetivamente quiénes, entre los ciudadanos, deban ocupar esos puestos privilegiados. Mientras el conserva­dor tiende a mantener cierta predeterminada jerarquía y desea ejercer la autoridad para defender la posición de aquellos a quienes él personalmente valora, el liberal entiende que ninguna posición otrora conquistada debe ser protegida contra los embates del mercado mediante privilegios, autori­zaciones monopolís­ticas o intervenciones coactivas del Estado. El liberal no desconoce el decisivo papel que ciertas élites desempeñan en el progreso cultural e intelectual de nuestra civilización; pero estima que quienes pre­tenden ocupar en la sociedad una posición preponderante deben demostrar esa pretendida superioridad acatando las mismas normas que se aplican a los demás.

La actitud que el conservador suele adoptar ante la democracia está íntimamente relacionada con lo anterior. Ya antes hice constar que no con­sidero el gobierno mayoritario como un fin en sí, sino sólo como un medio, o incluso quizá como el mal menor entre los sistemas políticos entre los que tenemos que elegir. Sin embargo, se equivocan, en mi opinión, los conservadores cuando atribuyen los males de nuestro tiempo a la existencia de regímenes democráticos. Lo malo es el poder político ilimitado. Nadie tiene capacidad suficiente para ejercer sabiamente poderes omnímodos. Las amplias facultades que ostentan los modernos gobiernos democráticos resultarían aún más intolerables en manos de un reducido grupo de privile­giados. Es cierto que sólo cuando la potestad quedó íntegramente transferi­da a las masas mayoritarias dejó por doquier de reclamarse la limitación de los poderes estatales. En este sentido, la democracia guarda íntima relación con la expansión de las facultades gubernamentales. Lo recusable, sin em­bargo, no es la democracia en sí, sino el poder ilimitado del que dirige la cosa pública, sea quien fuere. ¿Por qué no se limita el poder de la mayoría, como se intentó siempre hacer con el de cualquier otro gobernante? Dejan­do a un lado tales circunstancias, las ventajas que la democracia encierra, al permitir el cambio pacífico de régimen y al educar a las masas en materia política, se me antojan tan grandes, en comparación con los demás sistemas posibles, que no puedo compartir las tendencias antidemocráticas del con­servadurismo. Lo que en esta materia importa no es tanto quién gobierna, sino qué poderes ha de ostentar el gobernante.

La esfera económica nos sirve para constatar cómo la oposición conser­vadora al exceso de poder estatal no obedece a consideraciones de princi­pio, sino que es pura reacción contra determinados objetivos que ciertos gobiernos pueden perseguir. Los conservadores rechazan, por lo general, las medidas socializantes y dirigistas cuando del terreno industrial se trata, postura ésta a la que se suma el liberal. Ello no impide que al propio tiempo suelan ser proteccionistas en los sectores agrarios. Si bien la mayor parte del dirigismo que hoy domina en la industria y el comercio es fruto del esfuerzo socialista, no es menos cierto que las medidas restrictivas en el mercado agrario fueron, por lo general, obra de conservadores que las im­plantaron aun antes de imponerse las primeras. Es más: muchos políticos conservadores no se mostraron inferiores a los socialistas en sus esfuerzos por desacreditar la libre empresa.

4. La debilidad del conservador

Ya hemos aludido a las diferencias que separan a conservadores y libe­rales en el campo estrictamente intelectual. Conviene, no obstante, volver sobre el tema, pues la postura conservadora en tal materia no sólo supone grave quiebra para el conservadurismo como partido, sino que, además, puede perjudicar gravemente a cualquier otro grupo que con él se asocie. Intuyen los conservadores que son sobre todo nuevos idearios los agentes que provocan las mutaciones sociales. Y teme el conservador a las nuevas ideas precisamente porque sabe que carece de pensamiento propio que oponerles. Su repugnancia a la teoría abstracta, y la escasez de su imagina­ción para representarse cuanto en la práctica no ha sido ya experimentado, le dejan por completo inerme en la dura batalla de las ideas. A diferencia del liberal, convencido siempre del poder y la fuerza que, a la larga, tienen las ideas, el conservador se encuentra maniatado por los idearios heredados. Como, en el fondo, desconfía totalmente de la dialéctica, acaba siempre apelando a una sabiduría particular que, sin más, se atribuye.

Donde mejor se aprecia la disparidad entre estos dos modos de pensar es en su respectiva actitud ante el progreso de las ciencias. El liberal no comete el error de creer que toda evolución implica mejora; pero estima que la ampliación del conocimiento constituye uno de los más nobles es­fuerzos del hombre y piensa que sólo de este modo es posible resolver aquellos problemas que tienen humana solución. No es que lo nuevo, por su novedad, le atraiga; pero sabe que es típico del hombre buscar siempre cosas nuevas antes desconocidas, y por eso está siempre dispuesto a exami­nar todo desarrollo científico, aun en aquellos casos en que le disgustan las consecuencias inmediatas que la novedad parezca impli­car.

Uno de los aspectos para mí más recusables de la mentalidad conserva­dora es su oposición, por principio, a todo nuevo conocimiento, por temor a las consecuencias que, a primera vista, parezca haya de producir; digá­moslo claramente: lo que me molesta del conservador es su oscurantismo. Reconozco que, mortales al fin, también los científicos se dejan llevar por modas y caprichos, por lo que siempre es conveniente recibir sus afirmacio­nes con cautela y hasta con desconfianza. Ahora bien, nuestra crítica deberá ser siempre racional, y, al enjuiciar las diferentes teorías, habremos de pres­cindir necesariamente de si las nuevas doctrinas chocan o no con nuestras creencias preferidas. Siempre me han irritado quienes se oponen, por ejem­plo, a la teoría de la evolución o a las denominadas explicaciones mecáni­cas del fenómeno de la vida simplemente por las consecuencias morales que, en principio, parecen deducirse de tales doctrinas, así como quienes estiman impío o irreverente el mero hecho de plantear determinadas cues­tiones. Los conservadores, al no querer enfrentarse con la realidad, sólo consiguen debilitar su posición. Las conclusiones que el racionalista deduce de los últimos avances científicos encierran frecuentemente graves errores y no son las que en verdad resultan de los hechos; ahora bien, sólo partici­pando activamente en la discusión científica podemos, con conocimiento de causa, atestiguar si los nuevos descubrimientos confirman o refutan nuestro anterior pensamiento. Si llegamos a la conclusión de que alguna de nuestras creencias se apoyaba en presupuestos falsos, estimo que sería incluso inmoral seguir defendiéndola pese a contradecir abiertamente la verdad.

Esa repugnancia que el conservador siente por todo lo nuevo y desusa­do parece guardar cierta relación con su hostilidad hacia lo internacional y su tendencia al nacionalismo patriotero. Esta actitud también resulta perju­dicial para la postura conservadora en la batalla de las ideas. Es un hecho incuestionable para el conservador que las ideas que modelan y estructuran nuestro mundo no respetan fronteras. Y pues no está dispuesto a aceptar­las, cuando tiene que luchar contra las mismas advierte con estupor que carece de las necesarias armas dialécticas. Las ideas de cada época se desarrollan en lo que constituye un gran proceso internacional; y sólo quienes participan activamente en el mismo son luego capaces de influir de modo decisivo en el curso de los acontecimientos. En estas lides de nada sirve afirmar que cierta idea es antiamericana, antibritánica o antigermana. Una teoría torpe y errada no deja de serlo por haberla concebido un compatrio­ta.

Aunque mucho más podría decir sobre el conservadurismo y el naciona­lismo, creo que es mejor abandonar el asunto, pues algunos tal vez pensarán que es mi personal situación lo que me induce a criticar todo tipo de nacio­nalismo. Sólo agregaré que esa predisposición nacionalista que nos ocupa es con frecuencia lo que induce al conservador a emprender la vía colecti­vista. Después de calificar como nuestra tal industria o tal riqueza, sólo falta un paso para demandar que dichos recursos sean puestos al servicio de los intereses nacionales. Sin embargo, es justo reconocer que aquellos liberales europeos que se consideran hijos y continuadores de la Revolución Francesa poco se diferencian en esto de los conservadores. Creo innecesario decir que el nacionalismo nada tiene que ver con el patriotismo, así como que se puede repudiar el nacionalismo sin por ello dejar de sentir venera­ción por las tradiciones patrias. El que me agrade mi país, sus usos y cos­tumbres, en modo alguno implica que deba odiar cuanto sea extranjero y diferente.

Sólo a primera vista puede parecernos paradójico que la repugnancia que el conservador siente por lo internacional vaya frecuentemente asociada a un agudo imperialismo. El repugnar lo foráneo y el hallarse convencido de la propia superioridad inducen al individuo a considerar como misión suya civilizar a los demás y, sobre todo, civilizarlos, no mediante el intercambio libre y deseado por ambas partes que el liberal propugna, sino imponiéndoles "las bendiciones de un gobierno eficiente". Es significativo que en este terreno encontremos con frecuencia a conservadores y socialis­tas aunando sus fuerzas contra los liberales. Ello aconteció no sólo en Ingla­terra, donde fabianos y webbs fueron siempre abiertamente imperialistas, o en Alemania, donde fueron de la mano el socialismo de Estado y la expansión colonial, también en los Estados Unidos, donde ya en tiempos del primer Roosevelt pudo decirse: "Los jingoístas y los reformadores sociales habían aunado sus esfuerzos formando un partido político que amenazaba con ocupar el poder y utilizarlo para su programa de cesarismo paternalista; tal peligro, de momento, parece haber sido evitado, pero sólo a costa de haber adoptado los demás partidos idéntico programa, si bien en forma más gradual y suave".

5. ¿Por qué no soy conservador?

En un solo aspecto puede decirse con justicia que el liberal se sitúa en una posición intermedia entre socialistas y conservadores. En efecto, recha­za tanto el torpe racionalismo del socialista, que quisiera rehacer todas las instituciones sociales a tenor de ciertas normas dictadas por sus personales juicios, como del misticismo en que con tanta facilidad cae el conservador. El liberal se aproxima al conservador en cuanto desconfía de la razón, pues reconoce que existen incógnitas aún sin desentrañar; incluso duda a veces que sea rigurosamente cierto y exacto todo aquello que se suele estimar definitivamente resuelto, y, desde luego, le consta que jamás el hombre llegará a la omnis­ciencia. El liberal, por otra parte, no deja de recurrir a instituciones o usos útiles y convenientes aunque no hayan sido objeto de organización consciente. Difiere del conservador precisamente en este su modo franco y objetivo de enfrentarse con la humana ignorancia y recono­ce lo poco que sabemos, rechazando todo argumento de autoridad y toda explicación de índole sobrenatural cuando la razón se muestra incapaz de resolver determinada cuestión. A veces puede parecernos demasiado escéptico, pero la verdad es que se requiere un cierto grado de escepticismo para mantener incólume ese espíritu tolerante típicamente liberal que per­mite a cada uno buscar su propia felicidad por los cauces que estima más fecundos.

De cuanto antecede en modo alguno se sigue que el liberal haya de ser ateo. Antes al contrario, y a diferencia del racionalismo de la Revolución Francesa, el verdadero liberalismo no tiene pleito con la religión, siendo muy de lamentar la postura furibundamente antirreligiosa adoptada en la Europa decimonónica por quienes se denominaban liberales. Que tal acti­tud es esencialmente antili­be­ral lo demuestra el que los fundadores de la doctrina, los viejos whigs ingle­ses, fueron en su mayoría gente muy devota. Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse.

6. ¿Qué nombre daríamos al partido de la libertad?

Lo dicho hasta aquí basta para evidenciar por qué no me considero conservador. Muchos, sin embargo, estimarán dificultoso el calificar de li­beral mi postura, dado el significado que hoy se atribuye generalmente al término; parece, pues, oportuno abordar la cuestión de si tal denominación puede ser, en la actualidad, aplicada al partido de la libertad. Con indepen­dencia de que yo, durante toda mi vida, me he calificado de liberal, vengo utilizando tal adjetivo, desde hace algún tiempo, con creciente desconfian­za, no sólo porque en los Estados Unidos el vocablo da lugar a continuas confusiones, sino porque cada vez voy viendo con mayor claridad el insoslayable valladar que me separa de ese liberalismo racionalista típico de la Europa continental y aun del de los utilitaristas británicos.

Si por liberalismo entendemos lo que entendía aquel historiador inglés que en 1827 definía la revolución de 1688 como "el triunfo de esos princi­pios hoy en día denominados liberales o constitucionales"; si se atreviera uno, con Lord Acton, a saludar a Burke, Macaulay o Gladstone como los tres grandes apóstoles del liberalismo, o, con Harold Laski, a decir que Tocqueville y Lord Acton fueron "los auténticos liberales del siglo xix", sería para mí motivo del máximo orgullo el adjudicarme tan esclare­cido apelativo. Me siento inclinado a llamar verdadero liberalismo a las doctrinas que los citados autores defendieron. La verdad, sin embargo, es que quienes en el continente europeo se denominaron liberales propugna­ron en su mayoría teorías a las que estos autores habrían mostrado su más airada oposición, impulsados más por el deseo de imponer al mundo un cierto patrón político preconcebido que por el de permitir el libre desenvol­vimiento de los individuos. Casi otro tanto cabe predicar del sedicente libe­ralismo inglés, al menos desde la época de Lloyd George.

En consecuencia, debemos reconocer que actualmente ninguno de los movi­mientos y partidos políticos calificados de liberales puede considerarse liberal en el sentido en que yo he venido empleando el vocablo. Asimismo, las asociaciones mentales que, por razones históricas, hoy en día suscita el término seguramente dificultarán el éxito de quienes lo adopten. Planteadas así las cosas, resulta muy dudoso si en verdad vale la pena intentar devolver al liberalismo su primitivo significado. Mi opinión personal es que el uso de tal palabra sólo sirve para provocar confusión si previamente no se han hecho todo género de salvedades, siendo por lo general un lastre para quien la emplea.­

Por resultar imposible, de hecho, en los Estados Unidos, servirse del vocablo en el sentido en que yo lo empleo, últimamente se está recurriendo al uso del término libertario. Tal vez sea ésa una solución; a mí, de todas suertes, me resulta palabra muy poco atractiva. Me parece demasiado artifi­ciosa y rebuscada. Por mi parte, también he pretendido hallar una expre­sión que reflejara la afición del liberal por lo vivo y lo natural, su amor a todo lo que sea desarrollo libre y espontáneo. Pero en verdad que he fraca­sado.

7. Apelación a los 'old whigs'

Lo más curioso de la situación es que esa filosofía que propugnamos, cuando apareció en Occidente, tenía un nombre, y el partido que la defen­día también poseía un apelativo por todos admitido. Los ideales de los whigs ingleses cristalizaron en aquel movimiento que, más tarde, toda Euro­pa denominó liberal, movimiento en el que se inspiraron los fundadores de los actuales Estados Unidos para luchar por su independencia y al redactar su carta constitucional. Whigs se denominaron, entre los anglosajones, los partidarios de la libertad, hasta que el impulso demagógico, totalitario y socializante que nace con la Revolución Francesa viniera a transmutar su primitiva filosofía.­

El vocablo desapareció en su país de origen, en parte, debido a que el pensamiento que había representado durante cierta época dejó de ser patri­monio exclusivo de un determinado partido político y, en parte, porque quienes se agrupaban tras esa denominación traicionaron sus originarios ideales. Su facción revolucionaria acabó desacreditando, a lo largo del siglo pasado, tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos, a los partidos whig. Si tenemos en cuenta que el movimiento deja de denominarse whig para adoptar el calificativo de liberal precisamente cuando queda infectado del racionalismo rudo y dictatorial de la Revolución Francesa –correspondiendo a nosotros la tarea de destruir ese racionalismo nacionalista y socializante que tanto daño ha hecho al partido–, creo que la palabra whig es la que mejor refleja tal conjunto de ideas. Mis estudios sobre la evolución política me hacen ver cada vez con mayor claridad que, durante toda mi vida, siempre fui "un viejo whig" (y subrayo lo de "viejo").

Lo anterior, sin embargo, en modo alguno quiere decir que desee retor­nar a la situación en que el mundo se hallaba al finalizar el siglo xvii. Uno de los objetivos de este libro consiste precisamente en demostrar cómo ideas que se gestaron en aquel momento histórico no dejaron de desarro­llarse y progresar desde entonces hasta hace unos setenta u ochenta años, generalizándose y dejando de constituir patrimonio exclusivo de un deter­minado partido. Después hemos ido paulatinamente descubriendo trascen­dentes verdades otrora desconocidas, a cuya luz podemos hoy patentizar mejor lo acertado y fecundo de aquel ideario. Tal vez nuestros modernos conocimientos nos obliguen a dar nueva presentación a la doctrina, pero sus fundamentos básicos siguen siendo los mismos que intuyeran los viejos whig. Es cierto que la postura que más tarde adoptaron algunos de sus representantes ha hecho dudar a algunos historiadores de que, efectivamen­te, el partido whig profesara la filosofía que le atribuimos; pero, como acertadamente escribe Lord Acton, aunque es indudable "la torpeza de algunos de los patriarcas de la doctrina, la idea de una ley suprema, que se halla por encima de nuestros ordenamientos y códigos –idea de la que parte toda la filosofía whig– es la gran obra que el pensamiento británico legó a la nación"... y al mundo entero, agregamos nosotros. He ahí el ideario en que por entero se basa la tradición anglosajona, la doctrina que proporcionó al liberalismo continental europeo lo que de bueno encierra, la filosofía en que se fundamenta el sistema político de los Estados Unidos. No coincidían con el ideario en cuestión ni el radicalismo de un Jefferson ni el conservadurismo de un Hamilton o incluso de un John Adams. Sólo un James Madison, el "padre de la Constitución", sabría brindarnos la correspondiente formulación americana.

No sé realmente si vale la pena infundir nueva vida al viejo vocablo whig. El que en la actualidad, tanto en los países anglosajones como fuera de ellos, la gente sea incapaz de dar al vocablo un contenido preciso, más que un inconveniente, me parece una ventaja. Para las personas preparadas y conocedoras de la evolución política, en cambio, posiblemente sea el único término que refleja cumplidamente lo que implica este modo de pensar. Harto elocuente es el malestar y la desazón que al conservador, y aún más al socialista arrepen­tido, convertido a los ideales conservadores, produce todo lo auténticamente whig. Demuestran con ello un agudo ins­tinto político, pues fue la filosofía whig el único conjunto de ideas que opuso un racional y firme valladar a la opresión y a la arbitrariedad política.

8. Principios teóricos y posibilidades prácticas

Pero ¿acaso tiene tanta trascendencia la cuestión del nombre? Allí don­de, como acontece en los Estados Unidos, las instituciones son aún sustan­cialmente libres y la defensa de la libertad, por tanto, las más de las veces coincide con la defensa del orden imperante, no parece que haya de ence­rrar grave peligro el denominar conservadores a los partidarios de la liber­tad, aun cuando, en más de una ocasión, a estos últimos ha de resultar embarazosa tan plena identificación con quienes sienten tan intensa aver­sión al cambio. No es lo mismo defender una determinada institución por el mero hecho de existir que propug­narla por estimarla fecunda e interesan­te. El hecho de que el liberal coincida con otros grupos en su oposición al colectivismo no debe hacer olvidar que mira siempre hacia adelante, hacia el futuro; ni siente románticas nostalgias, ni desea idealmente revivir el pasado.

Es, pues, imprescindible trazar una clara separación entre estos dos modos de pensar, sobre todo cuando, como ocurre en muchas partes de Europa, los conservadores han aceptado ya gran parte del credo colectivis­ta. En efecto, las ideas socialistas han dominado la escena política europea durante tanto tiempo, que muchas instituciones de indudable signo colecti­vista son ya por todos aceptadas, siendo incluso motivo de orgullo para aquellos partidos conservadores que las implantaron. En estas circunstancias, el partidario de la libertad no puede menos de sentirse radicalmente opuesto al conservadurismo, viéndose obligado a adoptar una actitud de franca rebeldía ante los prejuicios populares, los intereses creados y los privilegios legalmente reconocidos. Los errores y los abusos no resultan menos dañinos por el hecho de ser antiguos y tradicionales.

Tal vez sea sabio el político que se atiene a la máxima del quieta non movere; pero dicha postura repugna en principio al estudioso. Reconoce éste, desde luego, que en política conviene proceder con cautela, no debien­do el estadista actuar en tanto la opinión pública no esté debidamente preparada y dispuesta a seguirle; ahora bien, lo que aquél jamás hará es aceptar determinada situación simplemente porque la opinión pública la respalde. En este nuestro mundo actual, donde de nuevo, como en los albores del siglo xix, la gran tarea estriba en suprimir todos esos obstáculos e impedimentos, arbitrados por la insensatez humana, que coartan y frenan el espontáneo desarrollo, es preciso buscar el apoyo de las mentes progre­sistas; es decir, de aquellos que, aun cuando posiblemente estén hoy mo­viéndose en una dirección equivocada, desean no obstante enjuiciar de modo objetivo lo existente, a finde modificar todo lo que sea necesario.

Creo que a nadie habré confundido por utilizar en varias ocasiones el término partido al referirme a la agrupación de quienes defienden cierto conjunto de normas morales y científicas. No he querido, desde lue­go, asociarme con ninguno de los partidos políticos existentes. Dejo en manos de ese "hábil y sinuoso animal, vulgarmente denominado estadista o político, que sabe siempre acomodar sus actos a la situación del momen­to", el problema de cómo incorporar a un programa que resulte atractivo a las masas el ideario que en el presente libro he querido exponer hilvanan­do retazos de una tradición ya casi perdida. El estudioso en materia política debe aconsejar e ilustrar a la gente; pero no le compete organizarla y dirigir­la hacia la consecución de objetivos específicos. El teórico sólo desempeña­rá eficazmente aquella función si prescinde de que sus recomendaciones sean o no, por razones políticas, plasmables en la práctica. Debe atender sólo a los "principios generales que jamás varían". Dudo mucho, por ello, que ningún auténtico investigador político pueda jamás ser de verdad con­servador. La filosofía conservadora puede ser útil en la práctica, pero no nos brinda norma alguna que nos indique hacia dónde, a la larga, debe­mos orientar nuestras acciones.

Fuente: Libertad Digital

miércoles, 29 de julio de 2026

Nuestros intelectuales y el mito revolucionario


Artículo de Plinio Apuleyo Mendoza (1931-2026), publicado en noviembre del 2011.

Por haber sido un hombre de izquierda hasta los 40 años y haber compartido con muchos amigos convicciones, esperanzas y fervores relacionados con el socialismo y con experiencias tales como la revolución cubana, creo estar bien situado para buscar una respuesta a las siguientes preguntas: ¿por qué la gran mayoría de los intelectuales latinoamericanos hicieron suya sin reservas en el siglo XX la causa del marxismo y de sus derivaciones tercermundistas? ¿Por qué han asumido como posición de avanzada los dogmas de dicho pensamiento? ¿ Por qué, de esa manera, han contribuido a errar el rumbo de todo un continente, exaltando mitos y aventuras revolucionarias, en vez de poner su conciencia crítica al servicio de opciones que le permitan acceder a las ventajas o beneficios del desarrollo, derrotar a la pobreza y consolidar la democracia?

Intentaré dar las explicaciones que considero más relevantes a estos desvaríos recurrentes de la intelligentsia latinoamericana. Pero antes no sobra una advertencia: los intelectuales de otras latitudes no han estado mejor encaminados. Analistas e historiadores que han intentado seguir su trayectoria a lo largo del siglo XX se sorprenden de su ceguera y de su precipitación. En un libro titulado The fellow-travelers, el historiador David Caute, profesor en las universidades de Oxford, Nueva York y Columbia, ha hecho un abrumador inventario de todas las tonterías que notables escritores dijeron o escribieron a propósito del régimen soviético, sin duda de muy buena fe, en los años treinta, que fueron por cierto los más terribles del estalinismo. "Mañana dejo esta tierra de esperanza", decía, por ejemplo, Bernard Shaw, "para regresar a nuestros países occidentales de desesperanza". A su turno, los novelistas norteamericanos Theodoro Dreisser y Upton Sinclair alababan al régimen soviético por la ausencia de ladrones y de corrupción en la URSS, en tanto que Waldo Frank percibía allí "una gran energía potencial" y su colega Edmund Wilson situaba aquel país en "la cumbre moral del mundo". Parecidos elogios a aquel régimen totalitario, responsable de deportaciones masivas, gulags , colectivización forzada de tierras, harían los franceses Anatole France, Romain Rolland y los Joliots Curie, así como notables autores británicos y alemanes. Ninguno de ellos perdonó a André Gide que hubiese publicado su Regreso de la URSS. Después de la segunda guerra mundial, Jean-Paul Sartre, para quien el compromiso fue una elección y una ética, defendió también al régimen soviético e hizo suyas las causas de China, Cuba, Argelia, Vietnam basado en dos concepciones igualmente equivocadas: que el capitalismo era el mayor de los males del universo y que el socialismo era su necesaria réplica histórica. Gide, en un momento de su vida, creyó lo mismo pero acabó dándose cuenta a tiempo de la realidad del régimen soviético. "Tengo que decir la verdad", dijo, y ello, según lo registra Octavio Paz, le costó "largos y agonizantes debates interiores". Sartre no hizo esta apostasía. Apenas vio petrificarse en una casta burocrática el socialismo a la soviética, optó por apoyar otros desvaríos: el maoísmo y el tercermundismo más agreste. "Me produjo fiebre", recuerda hoy el escritor y periodista francés Jean Daniel, a propósito del prólogo escrito por Sartre al libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, "leer aquello de que un colonizado no podía encontrar su salvación sino en el asesinato de un colono y un negro, en el de un blanco".

Me apresuro a decir que no era el suyo un caso de deshonestidad. Sartre fue un hombre profundamente honesto. También lo era Julio Cortázar, a quien conocí de cerca: cándido y honesto. Simplemente el francés y el argentino, como muchos europeos y muchos intelectuales latinoamericanos, fueron seducidos por una utopía intelectual que parecía condenar a una muerte cierta a la democracia liberal y la economía de mercado y pintaba con trazos luminosos el camino hacia una sociedad sin clases. No veían ellos, pues, la realidad deplorable de un sistema, sino su exaltación ideológica.

Los intelectuales que tuvieron o han tenido la lucidez de anteponer a esta clase de enajenaciones los valores de la libertad y del individuo, como Albert Camus, Raymond Aron, Jean-François Revel y, en el continente latinoamericano, Octavio Paz o Mario Vargas Llosa, han sido a menudo descalificados en los ámbitos académicos y universitarios como exponentes de un pensamiento de derecha, etiqueta que los ubica al lado de los privilegiados y entre los defensores de un orden social y económico impugnable. Son las deformaciones propias de una ideología que divide el mundo en progresistas y reaccionarios, de igual manera que los escolásticos lo dividían entre creyentes y herejes.

Máscaras de la realidad

¿Por qué nuestros intelectuales son tan propensos a dejarse embrujar por supersticiones ideológicas? Friedrich von Hayek y Octavio Paz han dado buenas respuestas a esta pregunta. Para Hayek, la superstición nace cuando alguien cree saber más de lo que en realidad conoce. Y los intelectuales tienden a pensar, por influencia de su propia manipulación de ideas, fábulas poéticas o narrativas, que se puede rehacer el mundo a partir de un proyecto de sociedad teórica. El socialismo, en este sentido, es para él un error de intelectuales; es decir, una creación puramente ideológica, un postulado sin asidero en la realidad, un sueño de sociedad igualitaria, sin clases y sin afanes de lucro. Expresa una nostalgia de la sociedad arcaica y de la solidaridad tribal. Es, en suma, una utopía. En cuanto deja de serlo para convertirse en una realidad política, institucional y económica desemboca fatalmente en un sistema totalitario, regido por un pensamiento único. Su único beneficiario es una casta burocrático-militar. El liberalismo, en cambio, no parte de una construcción teórica. "Ningún intelectual", ha dicho Hayek, "decidió un día crear una organización que debería llamarse capitalismo o economía de mercado". Esta ha nacido de un orden espontáneo en el que concurren tan incontables decisiones, tantas, que ningún ordenador podría registrarlas. La pretensión de que el poder político pueda sustituir ventajosamente este juego tan complejo y plural no ha sido sino un desvarío. Y de hecho, las sociedades donde la iniciativa individual es libre han resultado más prósperas que las sociedades de economía planificada.

En América Latina, en forma más acusada que en Europa, los intelectuales toman del socialismo no la realidad fraudulenta y desastrosa que hizo colapso en la Unión Soviética y los países del Este europeo, sino el postulado teórico, el sueño de la sociedad igualitaria; sueño generoso que confrontan con todos los vicios, desigualdades e injusticias percibidas por ellos en el único capitalismo que hemos tenido: el capitalismo mercantilista, en el cual no se juega con las limpias cartas de la competencia y del mercado sino con los favores, prebendas o privilegios deparados por el poder. De esta confrontación, la utopía o las ideologías que la postulan salen siempre vencedoras si hay una disposición cultural o intelectual propensa a sacralizarlas, en vez de a verlas como supersticiones. Y esto es lo que les ha ocurrido a nuestros intelectuales por actitudes y hábitos que, según Octavio Paz, nos vienen del tomismo y la neoescolástica.

"Sus abuelos", dice Paz, "juraban en nombre de Santo Tomás, ellos en el de Marx, pero para unos y otros la razón es un arma al servicio de una Verdad con mayúscula. La misión del intelectual es defenderla. Tienen una idea polémica y combatiente de la cultura y del pensamiento: son cruzados. Así se ha perpetuado en nuestras tierras una tradición intelectual poco respetuosa de la opinión ajena, que prefiere las ideas a la realidad y los sistemas intelectuales a la crítica de los sistemas".

Entre nosotros, recuerda Paz, las ideas han tenido vida propia disociada de la realidad. Hicimos la independencia en nombre de unos postulados, pero ello no dio lugar a sociedades más libres y modernas, como pudo ocurrir con las revoluciones en Estados Unidos o en Francia. "Las ideas tuvieron función de máscara; así se convirtieron en una ideología, en el sentido negativo de esta palabra, en velos que interceptan y desfiguran la percepción de la realidad". De esta manera, fácilmente, el marxismo se convierte en nuestros intelectuales en una creencia y no en un sistema que, a la luz de los Estados y sociedades a que dio lugar, tanto en Europa como en la China, Vietnam o Cuba, se debería poner en tela de juicio.

Pero esta propensión a las alucinaciones ideológicas por atavismos culturales no lo explica todo. Circunstancias muy especiales de nuestra historia política influyeron en los intelectuales para mirar con simpatía, cuando no para abrazar abiertamente, las llamadas causas revolucionarias en el continente. Me refiero a dos fenómenos que por mucho tiempo estuvieron estrechamente relacionados entre sí: las dictaduras militares y el apoyo que recibieron del Departamento de Estado norteamericano. Para ser justos, debemos decir que no es este el caso hoy en día, cuando prevalecen en América Latina los gobiernos democráticos y cuando no hay luz verde para regímenes de fuerza por parte de Estados Unidos. Pero no fue ésta la situación en las épocas más álgidas de la Guerra Fría. Entonces, ante la amenaza comunista que se extendía por el mundo, prevalecía en más de un presidente norteamericano y en secretarios de Estado con vocación de halcones como el señor Foster Dulles la idea de que la única manera de conjurar este peligro era con gobiernos fuertes sustentados en las Fuerzas Armadas de cada país. Sabemos de sobra que dictaduras como las de Somoza en Nicaragua, Leonidas Trujillo en la República Dominicana, Odría en el Perú, Batista en Cuba, Pérez Jiménez en Venezuela y otras del mismo perfil fueron vistas en Washington en el más benévolo de los casos como un mal necesario, y otras como la Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina se impusieron con su abierto apoyo en nombre de una cruzada anticomunista.

Muchos latinoamericanos de mi generación, que alcanzaron a padecer este tipo de regímenes y que, al mismo tiempo, fueron testigos de la feroz represión desatada por ellos contra las organizaciones de izquierda, en las cuales militaban centenares de estudiantes, profesionales, artistas, periodistas, sindicalistas y educadores, simpatizaron con su causa y con frecuencia la hicieron suya viendo en la política americana una expresión del imperialismo y en el socialismo su única y efectiva fuerza internacional de contención. La polarización derivada de la Guerra Fría y de las implicaciones que ella tuvo en América Latina no permitía entonces medias tintas ni evaluaciones más ponderadas de uno y otro sistema. Tal vez la nuestra fue una situación similar a la que vivió España cuando estalló la guerra civil. El franquismo, apoyado por Hitler y Mussolini, puso en el bando republicano a liberales, socialistas, anarquistas y comunistas enmascarando las divergencias sustanciales que podía haber entre ellos en nombre de la solidaridad frente a un enemigo común. De igual manera, frente a la tortura, a las desapariciones y al exilio forzado, la causa del llamado mundo libre nos parecía irrisoria, pues no veíamos en ella la defensa real de unos principios democráticos sino la preservación de intereses capitalistas.

En este contexto, la revolución cubana apareció como la única salida veraz a una situación desesperanzada, en la cual los cambios por la vía legal o institucional podían ser anulados por la intervención de las Fuerzas Militares, convertidas en perros guardianes de un orden tradicional acribillado de injusticias. De ahí que, con la aristocrática excepción de un Borges, las figuras más destacadas de la intelligentsia latinoamericana vieran a Castro o a Guevara como liberadores y estuvieran dispuestas a extenderles un cheque en blanco sin poner en duda la honestidad de sus propósitos. Mirando hoy retrospectivamente el proceso de la revolución cubana, uno descubre que a partir de su primero o segundo año muchos de sus desvaríos en el campo de las libertades públicas y del manejo económico, para no hablar de la implantación de un férreo sistema de control policial, eran patentes, como lo revela el extraordinario libro La lune et le caudillo, de la escritora francesa Jeannine Verdès-Leroux. La ruptura de un cierto número de ellos con el régimen cubano sólo se produjo en 1971, a raíz de la detención en La Habana del poeta cubano Heberto Padilla. Pero son probablemente más numerosos los escritores que expresan todavía su solidaridad al régimen de Fidel Castro, considerando que a él o a la revolución se deben importantes conquistas en el campo de la salud y de la educación y que las penurias de la isla se deben esencialmente al bloqueo norteamericano. Y por parcialidad ideológica, ellos suelen retener de la revolución cubana lo que consideran sus conquistas, sin poner en la balanza realidades abrumadoras como la represión, la penuria generalizada y el exilio de quienes no han querido aceptar un régimen comunista.

La coartada tercermundista

Detrás de estas posiciones, que muchos de nuestros intelectuales comparten con académicos y universitarios, palpita un viejo complejo latinoamericano frente a Estados Unidos, producto de una dolorosa e inevitable comparación. ¿Por qué aquel país es rico y los nuestros son pobres? ¿Quién tiene la culpa? A los pueblos, como a los individuos, no les gusta asumir la responsabilidad de sus propios fracasos. El venezolano Carlos Rangel supo demostrar cómo el tercermundismo respondía a esta necesidad de transferir la culpa propia endilgándosela a los países ricos del Primer Mundo y muy en especial a Norteamérica. Es, una vez más, una respuesta ideológica. De acuerdo con ella, la pobreza de América Latina sería el resultado de un voraz saqueo de nuestras riquezas. Nuestras materias primas serían compradas a precios irrisorios. No se nos pagarían por ellas el precio justo. Como afirma Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, en una ingrata división de tareas impuesta por los países ricos, a nuestra región le correspondería el triste papel de sirvienta obligada a atender las necesidades de éstos como "fuente y reserva del petróleo y del hierro, el cobre y las carnes, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos".

En un capítulo del Manual del perfecto idiota latinoamericano hemos demostrado con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa las falacias y necedades de este victimismo. Así como no se puede derogar la ley de gravedad, tampoco se puede impedir el libre juego de la oferta y la demanda en las transacciones económicas a fin de establecer una asignación de valores justos a los bienes y servicios. Nadie con dos dedos de frente ha podido determinar cuál debería ser el precio justo del café o del azúcar, y quién, si no es el mercado, tendría la autoridad para determinarlo. No es el caso entrar a analizar semejante disparate. Lo que importa es señalar que, si más de un intelectual nuestro tiende a acreditar la versión de que somos víctimas de una explotación sin entrañas por parte del mundo capitalista desarrollado, la respuesta a semejante situación –durante muchas décadas del siglo pasado– no pudo ser sino el socialismo. Fracasado este modelo en la Unión Soviética y los países del Este europeo, muerto por implosión, o sea por obra de sus propios desastres, quedan en algunos intelectuales latinoamericanos residuos de la moribunda ideología marxista. El primero es el sueño de la sociedad igualitaria, que ahora, despojado del lastre del socialismo real, recupera su primitiva condición de utopía. El segundo es de todas maneras el horror al capitalismo, ahora identificado con el llamado por ellos neoliberalismo o ultraliberalismo y con la globalización. Y, de todas maneras, la noción subliminal de la revolución, ahora encarnada en movimientos como el acaudillado por el subcomandante Marcos en México. Es más un juego fetichista que otra cosa; quizás un alarde lírico, un simple rechazo amputado de alternativa real, puesto que la realidad ha demostrado que fuera de la economía de mercado, en cualquiera de sus variantes, no existe otro modelo viable.

Convertido en utopía, y en utopía a menudo sangrienta, el sueño revolucionario, tan fervorosamente cortejado por tantos intelectuales latinoamericanos, podría pensarse que a éstos no les queda más salida que la resignación. Desde luego, tal actitud ninguno podría aceptarla, pues la realidad del continente a primera vista no puede ser peor. La pobreza de grandes sectores de la población es abrumadora. Las desigualdades son vistosas e inaceptables. La venalidad política, el clientelismo, los privilegios son las llagas de una sociedad enferma. Rebelarse contra todo eso no es sólo legítimo sino saludable e imprescindible. Sólo que esa rebelión ante los desastres de nuestra realidad debe ser lúcida y no enajenada. Las utopías encubren casi siempre un engaño, ya que , apoyándose en aspiraciones legítimas, generan violencia y opresión. Es hora de romper el mito guevarista de que la violencia es la gran partera de la historia. La civilización, el respeto de los derechos individuales y la modernidad no están en la punta de un fusil. La vía más eficaz para afrontar nuestros conflictos y problemas es el ejercicio incesante de un pensamiento crítico. Y es ahí donde el intelectual puede jugar al fin un verdadero papel de vanguardia.

Fuente: Libertad Digital

martes, 2 de junio de 2026

No todos los antiintelectualismos son iguales


UNO

El ensayo clásico sobre el antiintelectualismo es el de Richard Hofstadter editado a mediados del siglo XX y titulado, precisamente, Anti-intellectualism in American life (1963). Su relevancia es tal que parecería que Hofstadter fue el primero en advertir un fenómeno inédito en la vida contemporánea. La historia y los hechos de los que se ocupa estaban directamente relacionados con el clima político de posguerra y la paranoia del macartismo parecía, en efecto, algo nunca visto. A este libro de Hofstadter le siguió otro también importante en la medida en que consuma la idea del antiprogresismo asociado desde entonces con el antiintelectualismo: The paranoid style in American politics (1965). En ambos títulos, el objeto de análisis es la derecha norteamericana observada en sus distintas facetas, de su presunta y generalizada superficialidad e ignorancia a las patologías sociales y culturales.

El contexto de Hofstadter era la crisis del liberalismo de posguerra acosado por el surgimiento de una nueva forma de conservadurismo en inusitado ascenso. Los títulos que analizaban la crisis se multiplicaron y entre ellos hay varias cumbres del ensayo y la historiografía, por ejemplo, The vital center. The politics of freedom (1949) de Arthur Schlesinger, La imaginación liberal. Ensayos sobre literatura y sociedad (1950) de Lionel Trilling y La tradición liberal en los Estados Unidos. Una interpretación del pensamiento político estadounidense desde la guerra de Independencia(1955) de Louis Hartz. De hecho, el punto de partida de Hartz fue una idea expuesta previamente por Trilling, quien veía en el liberalismo no solo el consenso intelectualmente preponderante, sino la única tradición norteamericana: “y no contribuye a la fortaleza del liberalismo el hecho de que este sea el ocupante único del campo intelectual”. Por su parte, el hallazgo exclusivo de Hartz sería la restitución de un conservadurismo que describió como “the Reactionary Enlightenment”: el primer desafío realmente serio al “americanism” en cuanto sinónimo del liberalismo industrial y del progresismo. Se trataba de un conservadurismo reaccionario antebellum, es decir, de la corriente intelectual y política enraizada en el Sur profundo, precursora de la guerra de Secesión con protagonistas hoy completamente olvidados, como John C. Calhoun, Henry Hughes y George Fitzhugh (el primero en utilizar un concepto hoy en auge profesoral: Sociología para el sur, 1854). De Schlesinger, Hartz suscribiría asimismo la idea de que el conservadurismo (ante todo el reaccionario) solo era una política de la nostalgia. Pero cómo explicar la nostalgia de lo que nunca se tuvo, un pasado feudal en un país que nació como una excepción, primogénito del liberalismo ilustrado. En esta disociación cognitiva se hallaba la raíz del conservadurismo de posguerra, incluido el macartismo –más que una exaltación, una esquizofrenia.

El alegato clínico como interpretación plausible fue una explicación corriente desde entonces, apoyada en la novedad del estudio experimental de Theodor W. Adorno y su equipo de la Universidad de California, Berkeley: La personalidad autoritaria (1950), cuya Escala F (gradación del fascismo) permitía medir con presumible rigor predictivo el grado de fascismo de la personalidad individual y, por extensión, colectiva. Apenas si es necesario subrayar que la vulgarización de la Escala F sancionó la asociación discrecional del fascismo con las diversas formas de antiprogresismo. Un análisis contemporáneo de las reflexiones de Hofstadter fue The radical right (1963), libro colectivo coordinado por Daniel Bell. Los ensayos reunidos por Bell se apoyaban, en términos generales, en el diagnóstico clínico de Adorno. Sin embargo, el de Seymour Martin Lipset, “The sources of the radical right”, incorporaba un elemento que sería definitivo en la institucionalización de la Guerra Fría y la configuración del conservadurismo de posguerra. Cito a Lipset: “Los excomunistas constituyen un grupo importante en el desarrollo de la derecha radical desde la Segunda Guerra Mundial. Algunos de ellos, junto con otros radicales no comunistas, dan un tono e ideología coherentes a la extrema derecha. En esencia, la derecha radical carece de inteligencia. Sus líderes saben muy poco sobre comunismo o asuntos internacionales y, en realidad, tienen un escaso interés en estos temas.” Los excomunistas cumplían la misión histórica de instigar y acrecentar el delirio de persecución colectivo, guiando a la extrema derecha hacia aquellos puntos, escribe Lipset, “de la política exterior norteamericana más vulnerables”. Muchos de los renegados se encontraban en la National Review, fundada en 1955 por William F. Buckley, con James Burnham como editor sénior y columnista desde el primer número. Tras su célebre ruptura con Trotski y a los pocos meses del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Burnham se había integrado a Partisan Review a invitación de Philip Rahv, otro extrotskista. El masivo éxito de su libro The managerial revolution (1941) coincidió con su paso por la revista insigne del liberalismo y pareció refrendar la solidez de sus argumentos en contra del comunismo soviético. La URSS no era un proyecto obrero, como sostenía Trotski a pesar de Stalin, sino un Estado totalitario secuestrado por una nueva clase, la burocracia estalinista.

Schlesinger nunca desestimó los desafíos del comunismo soviético y su política de los frentes populares con alianzas internacionales entre el progresismo liberal y los partidos comunistas, entre ellos el Progressive Party de Henry Wallace y el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). En este sentido, junto con destacados intelectuales y políticos, había jugado un papel central en la fundación en 1947 de la Americans for Democratic Action, firmemente anticomunista. En The conservative intellectual movement in America (1976), George H. Nash advierte que muchas de las opiniones de Schlesinger bien podían haber sido suscritas por la derecha de posguerra, particularmente su crítica al liberalismo “despreocupado”, no paranoico, que jamás estarían dispuestos a admitir que el comunismo era un absoluto fracaso y que los liberales (sobre todo los progresistas) debían deslindarse de la amenaza totalitaria: “El tipo progresista de hoy en día es el compañero de viaje –o el compañero de viaje del compañero de viaje: véase el movimiento de Wallace o (hasta hace relativamente poco) las columnas de The New Republic y The Nation–. Su sentimentalismo ha predispuesto al progresista a la infiltración y la conquista comunistas. Por las razones más altruistas, no pueden creer que bajo palabras nobles puedan subyacer hechos atroces. Sea cual sea su punto de vista, la URSS les sigue pareciendo una especie de comunidad inmensa de Brook Farm [falansterio socialista y trascendentalista de Massachusetts inspirado en las ideas de Fourier], con bailes folclóricos y trajes típicos, trabajo alegre en la pradera y jardines de infancia progresistas. Nada en su sistema los ha preparado para Stalin” (The vital center).

DOS

Coincidiendo con la aparición de las reflexiones de Hofstadter, Hannah Arendt publicó un título fundamental para entender el fenómeno de las revoluciones en la historia moderna: Sobre la revolución (1963). Sus argumentos acerca de la simetría entre los totalitarismos nazi y soviético ya habían irritado a los patriarcas del marxismo internacional y sus ideas sobre la diferencia sustantiva entre la revolución norteamericana (a la que reconoce como excepción) y la francesa (cuyo terror jacobino condena) no corrieron mejor suerte. En 1965, por ejemplo, Eric Hobsbawm redactó una reseña condescendiente reprendiendo sus “construcciones metafísicas” y cierto “sentimiento poético” de la realidad. Arendt nunca se molestó en responder. Pero ese es otro tema. Lo pertinente aquí son las reflexiones en torno a la progenie intelectual de ambas revoluciones. Estados Unidos, dice Arendt, fue fruto de la comprensión teórica y la reflexión conceptual, es hijo de una idea; sin embargo, “este interés por el pensamiento y la teoría política se desvaneció casi inmediatamente después de cumplir la tarea”. Ello explica que la revolución norteamericana haya sido estéril en términos de política mundial. En contraste, la Revolución francesa ha dado y recibido un enorme interés propio e internacional, “pese a su desastroso final”. Ha sido el modelo histórico de Revolución, la que consume y exporta teoría y pensamiento revolucionario.

En cualquier caso, el resultado de la aversión “estadounidense” al pensamiento conceptual ha sido que la interpretación de su historia, desde Tocqueville, sucumbió a teorías cuyas raíces en la experiencia se hallan en otros lugares. [Tanto que] en nuestro propio siglo este país ha mostrado una deplorable inclinación a sucumbir y magnificar casi todas las modas y engaños que la desintegración, no de Occidente, sino del tejido político y social europeo tras la Primera Guerra Mundial ha puesto de relieve en el plano intelectual.

TRES

William F. Buckley Jr.: “Preferiría vivir en una sociedad gobernada por los dos mil primeros nombres de la guía telefónica de Boston que en una sociedad gobernada por los dos mil profesores de la Universidad de Harvard.” Esta declaración era una provocación que Buckley repitió en múltiples conferencias, pero que había recogido formalmente en Rumbles left and right (1963). Ahora bien, el primer libro de Buckley fue God and man at Yale (1951), publicado una década antes, cuando el autor tenía veintiséis años. Se trata de un alegato que sacudió el avispero de la Ivy League con un ataque frontal y en vivo a aquello que Lionel Trilling identificaba como, ya lo dijimos, “la fortaleza del liberalismo […], el ocupante único del campo intelectual”. Buckley contó con la ayuda de dos personajes clave: Willmoore Kendall, su mentor excomunista en Yale, quien había sido corresponsal de United Press durante la guerra civil española, y Frank Chodorov, el anarquista fundador de la Intercollegiate Society of Individualists, discípulo y amigo de Albert Jay Nock. El libelo desató “una controversia terrible” (palabras de Buckley) que se extendió durante largos meses y colocó al jovencísimo polemista en el centro de un nuevo fenómeno.

En un ensayo reciente sobre el libro de Sam Tanenhaus Buckley. The life and the revolution that changed America (2025), Mark Lilla describe al Buckley de finales de los años setenta, una celebridad por mérito propio en la medida en que fue el artífice de un movimiento intelectual y político que llegó al poder con Ronald Reagan, lector número uno de National Review: “Haber conocido a Bill Buckley por primera vez en los años setenta, como me pasó a mí, fue descubrir a un aventurero conservador varado en el Nuevo Mundo, un espíritu libre, un guerrero alegre, un tábano, un original. No un matón” (“Father knows best”, NYRB, 25 de septiembre de 2025). Desde luego, el Buckley de los años cincuenta contradice al de la era reaganiana, salvo en un aspecto fundamental: su hondo conservadurismo, al que transformó de ser una política de la nostalgia (Schlesinger) en un conservadurismo plenamente moderno, con una idea de futuro en lugar de la exaltación reaccionaria del pasado.

Sin embargo y pese a su reconocimiento (todo un elogio), Mark Lilla lo describe como el primer counterintellectual. En el pasado las diferencias de clase norteamericanas estaban determinadas por la riqueza, hoy esas diferencias dependen más bien de los niveles de educación y parecería lógico que los radicales ataquen a las universidades. Lo paradójico es que la nueva insurgencia está encabezada por “activistas acreditados, la mayoría egresados de las mejores universidades y facultades de derecho, que se han dedicado a atacar a la clase intelectual en su conjunto y parecen incapaces de hablar de otra cosa”. Algunos han sido patrocinados por millonarios y multimillonarios como Peter Thiel, Marc Andreessen, Vivek Ramaswamy, David Sacks, etc., de la élite intelectual ellos mismos pero “que creen que pueden conjurar los vientos del populismo antiintelectual para servir a sus fines ideológicos y resurgir intactos”.

Habría así una línea que va de God and man at Yale de Buckley al Gray mirror. Fascicle I: Disturbance de Curtis Yarvin, por ejemplo, pasando por los podcasts de Steve Bannon o los ensayos straussianos de Peter Thiel. Y no es que sea lo mismo Buckley que Yarvin, ya que, después de todo, el primero era un intelectual entre pares intelectuales, capaz de defender un punto a favor de Neruda en contra de Borges, a quien entrevistó alguna vez en perfecto español, su primera lengua. En cambio, el Yarvin de “The Dark Enlightenment” es un consumado deglutidor de cochambre pseudocientífica, posestructuralismo, tecnofeudalismo, ocultismo, posmodernidad apocalíptica, etc. Buckley no era un matón, reconoce Lilla, pero hizo de este un mundo más seguro para los matones. Gracias a él personajes como Christopher Rufo, Nick Fuentes o el mismo Charlie Kirk han podido catalizar todo un movimiento de contrainsurgencia para atacar a las universidades como criaderos de wokismo y de “social justice warriors”. El fenómeno es dramático porque la izquierda se ha quedado sin ideas y vive de la nostalgia. Y las únicas que tienen, subraya Lilla, provienen de universidades en donde el conservadurismo no solo se ignora sino que –lo más frecuente– se combate.

El relato es conocido. Incapaz de crear mayorías, el liberalismo de campus fragmenta toda posible mayoría. Mark Lilla describe este hecho como un paradójico colectivismo de la subjetividad, un solipsismo grupal disfrazado de activismo. Tras el fin de la Gran Excepción –un concepto de Jefferson Cowie para referirse al New Deal– y el abandono de la clase obrera como sujeto político, la izquierda se refugió en las universidades y, en lugar de bienestar y solidaridad, el progresismo liberal comenzó a hablar de igualitarismo identitario. El “nosotros” constructor de mayorías fue desplazado por el reconocimiento de la diferencia y el agravio en una lucha por el poder de suma cero, donde el “nosotros” es visto como un fraude universalista para suprimir las diferencias y mantener el dominio de grupos históricamente privilegiados. En este contexto no hay lugar para las ideas. Hay superioridad moral y el debate se gana expulsando a los indeseables. Apenas ayer el lugar natural de la discusión libre eran las universidades, ahora todas parecen competir como safe spaces. Precisamente, Buckley –el primer counterintellectual– se formó en las sociedades de debate de mediados de siglo, principalmente en los clubes universitarios.

Sin embargo, considerar a Buckley como precursor de este nuevo fenómeno es solo parte de la verdad. Mark Lilla se pregunta qué lleva a la élite intelectual, transformada a su vez en élite contraintelectual, a idealizar a los incultos y atribuirles poderes de comprensión que un libro les arrebataría. Me parece que el pecado original de Buckley no fue idealizar a los incultos sino su célebre defensa del senador McCarthy, para lo cual escribió, en coautoría con su cuñado Brent Bozell, McCarthy and his enemies. The record and its meaning (1954). Esta defensa se inscribía en el contexto muy específico de la naciente guerra cultural entre el liberalismo y el conservadurismo de mediados de siglo, en donde el liberalismo era, subrayemos, sinónimo de progresismo New Deal. Este era el verdadero objetivo y la defensa de McCarthy fue más estratégica que ideológica. Precisamente, tras leer la biografía de Tanenhaus sobre Buckley, un vasto panorama de época de ochocientas páginas, parece más obvio lo que ya sabíamos: McCarthy no denunciaba a nadie de la sociedad civil sino que acusó a miembros del Departamento de Estado y del ejército –insinuando ocasionalmente que Eisenhower permitía la infiltración.

Buckley advertía el riesgo potencial de figuras y grupos como Robert Welch y la John Birch Society, que ocuparían el lugar de McCarthy una vez que este fue censurado por el Congreso. Su logro no consistió en exterminar a los radicales, sino en acotarlos políticamente. Esa fue su hazaña, significativa en su momento pero provisional ya que estaba cimentada en un consenso (temporal por definición) que daría forma política e intelectual al fusionismo, el conservadurismo moderno patrocinado por él, democrático y nada nostálgico. Su disputa con el progresismo newdealer nunca significó una condena de las ideas ni de los intelectuales. Fue un rechazo frontal a cualquier forma de ingeniería social (consecuente con la poca inclinación estadounidense al pensamiento conceptual, según Arendt). Un ataque a la Teoría y, en ese caso, un “antiintelectualismo” más cercano al de sus referencias tutelares Oakeshott, Voegelin, Ortega y Gasset o Santayana antes que una idealización de los incultos. Expulsó a los chiflados porque deslegitimaban su movimiento, del mismo modo que los fanáticos del wokismo identitario y universitario han dañado a la izquierda liberal (ahora todos vivimos en el campus, ironiza Andrew Sullivan). Según sus críticos, los monstruos que había domesticado o expulsado (el nativismo, el racismo, el antisemitismo, el aislacionismo radical) regresaron con toda su fuerza, lo que puso en evidencia que nunca habían sido exterminados sino marginados tácticamente, cosméticamente. Jugó al aprendiz de mago y fracasó, esa es su responsabilidad. Pero su fracaso puede verse también desde una perspectiva más generosa, tal como hace su biógrafo Sam Tanenhaus, quien reconoce su mérito intelectual y político, determinante en el consenso de posguerra que Buckley ayudó a construir, quizá sobre cimientos más frágiles de lo que él estaría dispuesto a admitir. Ese consenso entre el conservadurismo de Buckley y el liberalismo de posguerra ya es arqueología política.

Fuente: Letras Libres

sábado, 4 de abril de 2026

Simplificando, que es gerundio


Tengo que reconocer que, en la conversación coloquial, soy una gran defensora del uso del gerundio. En parte, porque me ha parecido siempre una forma verbal simpática y directa. Las órdenes, por ejemplo, suenan mucho más sutiles, menos dolorosas. Un ¡Andando!, o, incluso un ¡Venga, subiendo a lavarse los dientes y en cinco minutos todos en la cama! reconozco que lo he recibido siempre como una propuesta cariñosa, mucho menos antipática que su alternativa imperativa. De alguna manera, el gerundio me confirma que estamos en un contexto informal, expresivo, de confianza. No quiero decir con esto que el gerundio siempre sea de buen tono, pero por alguna razón me parece menos agresivo que otras construcciones. Otro contexto en el que me gusta mucho el gerundio es el de los pies de foto o los títulos de obras de arte. Un cuadro con el título Mujer peinándose, una obra de teatro llamada Esperando a Godot, una escultura titulada Montserrat gritando o una fotografía con el pie de foto Miliciano muriendo me provoca siempre la sensación de inmediatez, de que yo participo de algún modo en ese acto, aunque solo sea porque está ocurriendo ante mis ojos. 

Pero es que, además, el gerundio tiene muchísimos usos. En la conversación coloquial, con él puedes criticar (claro, tú siempre durmiendo), mostrar asombro (¿Javi llegando tarde? Esto tengo que verlo) o simplemente comenzar una conversación (¿Qué tal? ¿paseando con los abuelos?) y en todos esos contextos, al usar un gerundio, es como si dijeras: te hablo así porque te tengo confianza, porque este contexto es distendido. Eso por no hablar de cuando usamos los gerundios junto a otros verbos. Con ellos podemos marcar casi cualquier relación semántica: puede ser causa (Me fui, creyendo que ya no vendría), condición (Teniendo coche, el lugar está muy bien), tiempo (Esto ocurrió gobernando Felipe II), modo (Lo consiguió trabajando duro), etc. Cualquiera de estas oraciones podría parafrasearse con una oración subordinada (Me fui porque creía que ya no vendría, Si tienes coche, el lugar está muy bien, etc.), pero el gerundio le concede un aire distinto, más natural, quizá; más directo, seguro.

Por todo esto que os he ido diciendo, puedo afirmar públicamente que soy muy partidaria del uso del gerundio. Y, sin embargo, entiendo perfectamente todos los recelos que despierta. 

¿A qué recelos me refiero? Basta con ojear cualquier guía de estilo, en especial, claro está, las de lenguaje claro, para encontrar recomendaciones que limitan el uso del gerundio. Correctores, traductores, expertos en comunicación digital, profesores de escritura creativa, gramáticos prescriptivos… Todos y todas las profesionales de la lengua escrita están de acuerdo en dos cosas: en el abuso que en ciertos contextos se hace del gerundio y en el flaco favor que este abuso hace al texto como elemento comunicativo o artístico. Así es, por mucho que el objetivo sea construir textos más elaborados, con un lenguaje más elevado, lo que se consigue es precisamente lo contrario: textos farragosos que no funcionan.

La psicolingüística lleva décadas encontrando en el laboratorio que los consejos de los profesionales del lenguaje tienen su razón de ser. Y es que los textos en los que se abusa de los gerundios presentan una mayor carga cognitiva (nos cansan más). En concreto, presentan tiempos de lecturas más largos y, cuando se analizan con la técnica del eye-tracker, se encuentran más movimientos hacia atrás (o regresiones). Esto es, los lectores, al encontrar un exceso de gerundios, dudan más de cómo interpretar el texto, lo releen y como consecuencia requieren más tiempo. Pero hay más, porque no es solo que vayamos a ser más lentos, sino que se ha encontrado que el resultado final es una peor comprensión. La razón que presentan los psicolingüistas es doble: por un lado, parece que los eventos imperfectos expresados por medio del gerundio resultan más complejos cognitivamente, precisamente por presentarse en su desarrollo, por no ser eventos cerrados; por otro, las construcciones de gerundio son altamente ambiguas y obligan al lector a tomar decisiones que a veces no son sencillas. 

Una vez más, como vemos, el problema no reside en el uso del gerundio, que es muy recomendable en los contextos adecuados, sino en su abuso. Porque, como se suele decir, lo poco gusta y lo mucho enfada. Haced caso a los profesionales y ya sabéis, simplificando, que es gerundio.

Fuente: Letras Libres

viernes, 30 de enero de 2026

Algunas reflexiones sobre la IA


La denominada Inteligencia Artificial (IA) está entre los grandes temas del tiempo presente que nos afectan a casi todos. Se escribe y discute sobre la denominada razón algorítmica, los big data y el futuro de la era digital dejando con frecuencia un poso de complejidad, de precaución y de expectación frente a estos temas. La lectura del último libro del profesor Daniel Innerarity, Una teoría crítica de la inteligencia artificial, informa, documenta y da respuestas a muchos de los interrogantes que surgen cuando hablamos sobre este tema. En palabras del autor, la crítica de la razón algorítmica que plantea se opone tanto al determinismo tecnológico como a la simplificación moralizante. El riguroso examen filosófico de su extenso ensayo puede inducir en cada uno de nosotros una gran diversidad de preguntas para las que solo el futuro nos irá desvelando sus correspondientes, a la vez que incompletas y provisionales, respuestas. También nos puede sugerir su lectura la reflexión sobre otros escenarios menos prosaicos, que, en última instancia, suponen la puesta en escena de mecanismos de acción y reacción que nuestra mente dispara cuando se enfrenta a determinados temas. Me permito en este artículo compartir algunos de los escenarios que me ha sugerido la lectura del libro, en los que se mezcla y confunde la historia real con la ficción intentando posteriormente ejemplarizar lo que denominamos inteligencia humana en relación a la inteligencia digital y codificada.

En una noche lluviosa de marzo de 1862 en Londres el físico escocés James Clerk Maxwell, docente en el King’s College, trabajando en sus cuatro ecuaciones que relacionan los campos eléctricos y magnéticos deduce algo que estaba implícito en las mismas: el secreto de la naturaleza de la luz. Albert Einstein sobre este hecho, quizás con sana envidia, dijo que se emocionaba pensando ante el hecho del momento, el instante justo de aquella noche, sublime en sus palabras, en que el físico escocés percibió claramente en el desarrollo de sus ecuaciones su trascendental conclusión sobre la naturaleza de la luz.

Una mujer diminuta, de apariencia frágil, que apenas viajó más allá de su domicilio en Amherst, Massachusetts, concibe y escribe durante casi cuarenta años a mediados del siglo XIX, a escondidas y en soledad, cientos de breves poemas con estrofas con la fuerza de esta: Hay cierta Oblicuidad de la luz / En las tardes de Invierno- / Que oprime, como el Peso / De la Música en la Catedral / … Su nombre es Emily Dickinson. Su sensibilidad y calidad poética se ha ido conociendo y acrecentando poco a poco y hoy día es poeta de culto.

Es abril del curso académico 2018/19 en un aula de un campus universitario. Un profesor acaba de desarrollar en una pizarra de color negro, adjunta a otras dos ya atiborradas de símbolos, números y esquemas, la obtención de la ecuación de onda de Schrödinger. Mientras habla a sus estudiantes la subraya, la puntea repetidas veces, la enmarca y, visiblemente agotado, con las manos manchadas de polvo y algún trazo de tiza blanca en su rostro, ya casi al final de la clase, abre justo una página señalada con una cinta violeta de un pequeño libro y les recita, muy despacio como si fuese el final de una liturgia, el soneto de Jorge Luis Borges El alquimista. Fin de la clase. 

En su desordenado estudio de Viena, un músico llamado Ludwig van Beethoven corrige por enésima vez la denominada Cavatina, un adagio molto espressivo, de la partitura de lo que será su opus 130, un cuarteto de cuerdas. Termina la obra definitivamente en 1825. Nunca sufrió tanto componiendo. Le comenta enfadado a sus cercanos, respecto al esfuerzo y tiempo que ha invertido en esta obra, que “no existe la obra perfecta, existe el cansancio”. Beethoven anotó en el manuscrito original de su partitura la palabra alemana Sehnsucht, “anhelo”. El cuarteto se estrena el año siguiente y desde entonces hasta nuestros días se habrá interpretado miles de veces; la mayoría de ellas habrá tenido lugar gracias a la concentración, múltiples ensayos, complicidad y capacidad artística de cuatro músicos. Todas las interpretaciones habrán sido singulares e irrepetibles al igual que la personal e íntima escucha de los miles y miles de los asistentes a dichos conciertos. Hoy día, dos siglos después, se siguem contando por millones los seres humanos atravesados por el resplandor de dicha música.

En su taller de un pequeño pueblo de las Alpujarras una joven ceramista premedita sin prisas, Borges de nuevo, un color y una forma. Al mismo tiempo, en otro lugar lejano, un fotógrafo mirando concentrado a través de su cámara siente ese instante casi mágico en que la imagen que va a capturar la ha visitado ya en su mente. El resultado final no le importa. Juegos de imágenes, tonos, colores y formas. Trozos del Paraíso robados a los dioses según la mitología griega.

Baruch Spinoza, el filósofo judío rechazado por su comunidad, termina su Ética, publicada póstumamente en 1677, definiendo, argumentando y demostrando el denominado tercer grado de conocimiento. En él, conocer las cosas y su esencia supone un supremo esfuerzo de la mente en la que las cosas singulares aparecen como puntos nodales unidos de una red causal infinita. Conocer dichos cruces de vectores es el único modo de conocer la infinita red de causas que en cada uno converge. Desde su publicación millones de personas han soñado con acercarse al sentido de este fascinante y misterioso enunciado.

La IA y el aura

De las breves historias anteriores se podrían deducir a modo de resumen varias palabras clave tales como intuición, sutileza, reflexividad, saber implícito, creatividad, contexto. Tomando estas palabras de guía a lo largo de las historias más arriba narradas (o en las que usted mismo sugiera), se podrían discutir varios argumentos y asignarlos a una o varias de las mismas. 

La primera cuestión que surge es, no puede ser de otro modo, una pregunta directa: ¿en qué consiste la inteligencia humana?, o varias: ¿podríamos llamar inteligencia a la IA?, ¿cómo configuran su sentido y significado ambas?, ¿tiene lugar, en el caso de la IA, una imitación o una compresión de la realidad? Quizás demasiadas preguntas fuera de nuestro alcance. Pero su sola formulación conduce a considerar aspectos, detalles en las historias antes presentadas que tienen presente la infinita y poderosa creatividad humana en forma de las estrofas de un poema, del lento torneado artesanal de un trozo de barro, de los mecanismos neuronales que se disparan a la hora de captar una fotografía o al plasmar unas notas musicales en un papel pautado. Mucho más aun, pensemos en todos los eventos vitales que han tenido que suceder para que una ceramista dé forma y color al barro amorfo, una mujer enclaustrada en su casa escriba versos de una belleza atemporal y para que unos músicos consigan una armonía sonora de una obra musical compuesta hace doscientos años por un compositor que sufrió en soledad escalando pautas de un belleza sonora inigualable. Y, siguiendo en estos ejemplos, ¿sería capaz una IA de enunciarnos, de recopilar, almacenar y sobre todo, es lo más importante, de dirigir patrones de acción concretos para acercarse a los resultados de estos ejemplos?, ¿sería capaz de albergar para ello la miríada de sutilezas y belleza explícita que hay detrás de todas estas historias?, ¿podría una IA componer una música a la que se le ha susurrado la hermosa palabra anhelo? Las correspondientes respuestas se las dejo a los lectores y lectoras de este artículo. Seguro que tendríamos que tener en cuenta el conocimiento de los contextos de cada caso y de toda la intuición y saber acumulados en ellos adscritos a experiencias vitales y emocionales irrepetibles. Como quiero pensar que sería imposible que un algoritmo pudiese llegar a incorporar el aura que ejemplos como los aquí descritos poseen. Aura, bella palabra, en el misterioso sentido de Walter Benjamin, concepto que habría que percibir y descubrir entre silencios y renglones no escritos: “una trama (Handlung) particular de espacio y tiempo, la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que esta pueda hallarse”.

No me olvido de los otros escenarios más arriba descritos. Podría servir, de nuevo, el concepto de aura en su significado y condición de esencia de lo irrepetible, de lo singular. O, ¿acaso no lo fue el instante en que Maxwell, en su soledad sonora, dedujo en qué consistía el milagro de la luz? O, ¿no fueron singulares los minutos en el que el imaginario profesor trasladó, o mejor, cómo trasladó a sus estudiantes con una tiza en la mano toda una concepción del mundo macro y microscópico?; también, ¿qué contexto físico y emocional le llevó a recitar a sus estudiantes un soneto en el que se habla de leyes que unen planetas y metales además del polvo del camino, de la nada y el olvido?, ¿serían capaces los algoritmos basados en patrones conocidos de llegar a la conclusión de Maxwell y sería la IA capaz de producir un vídeo de la docencia incluyendo los contenidos emocionales e implícitos de la mencionada clase? 

Un gran experimento

No podemos ni debemos ignorar las grandes ventajas que el uso de la IA puede proporcionar al trabajo de investigadores, ingenieros y profesionales de multitud de campos. Ventajas que seguirán creciendo en el futuro. Como no debemos ignorar y meditar sobre la propuesta expansiva, exponencial con que las grandes compañías de este ramo (OpenAI, por ejemplo) se están incorporando a la cotidianidad de todo el mundo. Google, Pinterest, Facebook, Whatsapp son ejemplos claros de ello. Como se indicó hace poco en un artículo (Modo ‘beta’ global: el experimento masivo de la IA | Tecnología | EL PAÍS) es como si los grandes de la IA tomaran a miles de millones de personas como cobayas de un gran experimento con herramientas de contenidos de todo tipo sin tener claras las consecuencias del mismo. Así no sabremos nunca si la respuesta, opinión, imagen o vídeo (en cualquiera de los casos con información sensible o no sensible) que podamos recibir por redes sociales es original o una sencilla y/o manipulada incorporación de la IA en cada caso. O si el trabajo que nos entrega un estudiante tiene marca IA o hasta qué punto un trabajo publicado por un investigador ha sido un constructo híbrido de dos tipos de neuronas, la propiamente humana o la digital. Como apuntaba recientemente la revista Nature la plataforma digital AI Scientist, generadora de nuevas ideas científicas a la vez que facilita y asiste en la redacción de manuscritos, aparece como sospechosa de claro plagio. A nivel sociológico y filosófico el tema es también preocupante. El pope Zuckerberg ha declarado que el objetivo sería proporcionar a todo el mundo su propia superinteligencia personal (sic). A nivel sociológico no nos bastaba ya con la pronosticable y decadente vulgaridad posmodernista (vulgaridad en el sentido que lúcidamente otorga Javier Gomá, valor cultural a la libre manifestación estético-instintiva del yo) sino que tendremos, además, que convivir en una sociedad en la que se desarrollará de un modo exponencial una inmensa vulgaridad digital de dudosa calificación cultural.

Cambio de paradigma

Finalizar con Spinoza nunca es difícil aunque ignoramos lo que pensaría sobre la IA. Quizás el ejemplo-escenario que se ha descrito en este caso se parezca más a una respuesta de la IA que tan alegremente y sin solicitarla se nos ofrece desde hace meses cuando tecleamos algún tópico en nuestro ordenador. El tercer género de conocimiento parece ofertar simbólica y geométricamente (como todo el desarrollo de la Ética spinozista) un punto de encuentro, una especie de principio de complementariedad, entre dos concepciones diferentes de la realidad física, al igual que el gran Niels Bohr aportó a sus colegas físicos cuánticos, el Komplementaritätsprinzip, hace justo cien años. La lección podría ser: ninguna perspectiva agota la realidad, como ilustra el lema del escudo familiar del físico danés: Contraria sunt complementa. Un principio por el cual lleguemos a pensar que las dos inteligencias aquí reseñadas puedan combinarse y entrecruzarse adecuadamente. Con plena consciencia evitando posiciones hiperbólicas catastrofistas como predicen muchos otros pensadores. Como directamente señala Innerarity, la IA es tan fascinante porque revela la complejidad del mundo y la función que los humanos ejercen en su configuración. Intentemos desmitificar y acercarnos sin prejuicios a una IA realmente generativa, despojada de vulgaridad, asumiendo que esta es capaz de hacer cosas que nos superan y nos puede complementar y asistir en muchos terrenos, pero sabiendo que esta inteligencia tiene carencias, le falta sentido de la individualidad, de vivencia, del contexto y de una experiencia no verbal difícil de conceptualizar. Y, aunque hay claras señales en esa dirección, seamos prudentes al constatar y analizar si la IA empieza a afectar a nuestras emociones más que al conocimiento y a la información. Involucrémonos en su diseño y optimización, tareas que requieren del concurso comprometido y profesional de no solo matemáticos e ingenieros sino también de investigadores de todo tipo, de pensadores y filósofos comprometidos como, afortunadamente, empieza a ocurrir en algunos países. Estamos inmersos, no lo dudemos, en un auténtico cambio de paradigma. Sirva esta emergente relación ser humano-máquina para valorar más y mejor lo que nuestra mente es capaz de lograr a la vez que para señalar y desvelar lo inútil, lo soez y la bagatela desechable. Trabajemos por y para ello. Y si al final resulta la versión más pesimista y terrible de esta historia, parafraseando el conocido verso de T. S. Eliot el mundo, nuestro mundo, no terminará con una explosión sino con un gemido. Este, seguro, tendría una conmovedora procedencia humana.

Fuente: Letras Libres