martes, 20 de octubre de 2026

Día del Archivista Boliviano


La creación del Archivo Nacional de Bolivia en el siglo XIX fue el resultado de la convergencia entre el diagnóstico intelectual de Gabriel René Moreno, la iniciativa legislativa del diputado Demetrio Calvimontes y la voluntad política del presidente Narciso Campero. La promulgación de la ley que institucionalizó el repositorio nacional constituye un hito en la historia de la archivística boliviana y una referencia fundamental para comprender la construcción de la memoria documental del Estado.

1. El proyecto de siete puntos de Gabriel René Moreno

En 1874, el célebre historiador y bibliógrafo boliviano Gabriel René Moreno realizó un diagnóstico preciso del estado caótico y vulnerable en que se encontraban los documentos coloniales y republicanos en Sucre. Criticando lo que denominó el «sublime desdén boliviano» por su propio pasado, presentó en 1876 su plan de siete puntos para la salvaguarda documental.

Moreno pergeñó una estrategia breve, sencilla y económica para rescatar los manuscritos históricos del despilfarro, el saqueo y la destrucción. Introdujo la primera noción de una política archivística integral en el país y definió técnicamente el repositorio nacional como la gran bodega histórica de la memoria patria.

Este diseño operativo —que articulaba secuencialmente la centralización física inmediata, la clasificación técnica, la inventariación expeditiva, la prioridad absoluta de la documentación de límites, un presupuesto austero, la restricción del libre acceso y la institucionalización del repositorio— se convirtió en la matriz técnica e ideológica que el diputado Demetrio Calvimontes llevó al debate parlamentario de 1882 y que el presidente Narciso Campero consagró finalmente mediante la Ley de 18 de octubre de 1883.

2. La acción parlamentaria de Demetrio Calvimontes

El impulso intelectual de Moreno se tradujo en una realidad jurídica gracias al diputado por Potosí, Tomás Demetrio Calvimontes. Recogiendo los lineamientos del plan de Moreno, Calvimontes presentó formalmente el proyecto de ley ante el Congreso Nacional en 1882. Justificó la urgencia de estructurar un repositorio oficial no solo por su valor historiográfico, sino también por razones de soberanía geopolítica. Entre ellas destacaba la necesidad de clasificar prioritariamente los documentos relativos al Chaco, los puertos sobre el río Paraguay y los límites nacionales, departamentales y provinciales.

3. La Ley de creación del Archivo Nacional, promulgada por Narciso Campero

El proceso concluyó con la sanción legislativa y la posterior promulgación de la ley por el entonces presidente constitucional de la República, el general Narciso Campero, el 18 de octubre de 1883.
  • El artículo 1.º autorizó al Poder Ejecutivo a invertir hasta 40.000 bolivianos para poner en orden, clasificar y salvaguardar los documentos de la República.
  • El artículo 2.º declaró expresamente Archivo General de la Nación al fondo documental perteneciente a la antigua Real Audiencia de Charcas.
  • Para ejecutar esta ley fue nombrado el ingeniero prusiano Ernest Otto Rück.
En homenaje a la promulgación de esta ley, fruto de la convergencia entre el pensamiento archivístico de Gabriel René Moreno, la iniciativa parlamentaria de Demetrio Calvimontes y la decisión política de Narciso Campero, cada 18 de octubre se conmemora el Día del Archivista Boliviano.

Esta fecha no solo recuerda la institucionalización del repositorio nacional: reivindica también la importancia de los archivos como garantes de la memoria histórica, la soberanía documental y el patrimonio cultural de Bolivia. Reconocer a los archivistas es reconocer a quienes, mediante su trabajo técnico y científico, preservan las fuentes que hacen posible reconstruir nuestro pasado y comprender nuestro presente.

Fuente: Facebook - Luis Oporto

Bolivia registra su mayor avance en el Índice de Inclusión Financiera impulsado por las billeteras móviles


La inclusión financiera avanzó fuertemente en Bolivia en 2026, acompañado por un mayor uso de medios digitales de pago y una mejor percepción del sistema financiero. Así lo revela el Índice de Inclusión Financiera (IIF) 2026, presentado este lunes en Lima (Perú).

El estudio es realizado de manera anual por Credicorp desde el 2021 para medir la evolución de la inclusión financiera en ocho países de la región. En esta edición, el país logró 47,5 puntos sobre 100, creció 4,5 puntos en comparación con el año anterior y salió del último lugar del ranking, que ahora ocupa México.

“La mejora de Bolivia fue generalizada”, señala el informe, haciendo referencia a que el acceso a productos financieros incrementó, como también su uso y frecuencia. Una de las principales buenas noticias en la calidad percibida del sistema fue el aumento de la utilidad que los bolivianos perciben de los medios de pago digitales, entre los cuales priman las billeteras móviles o apps de pagos.

“Desde Credicorp impulsamos este estudio con la convicción de que contar con evidencia es clave para entender los avances y desafíos que existen en materia de inclusión financiera. Los hallazgos de esta edición permiten identificar tendencias, monitorear brechas y aportar información útil para la toma de decisiones, con el objetivo de desarrollar soluciones que respondan mejor a las necesidades de las personas”, señaló Gianfranco Ferrari, CEO de Credicorp, en el marco del IV Encuentro Regional de Desarrollo, realizado en el centro de convenciones del hotel Westin Lima.

Este año, el promedio general de los ocho países evaluados supera por primera vez la barrera de los 50 puntos.

Este crecimiento se debe, en buena cuenta, al uso de la billetera móvil, que registra en Bolivia algunas de sus mejores mediciones. Hoy, el 58% de los bolivianos ya cuenta con este producto; esto es, nueve puntos por encima del promedio regional y 43 puntos más que en el 2021, cuando dicho porcentaje era de apenas 15%. Además, el 37% de usuarios utiliza las billeteras móviles a diario, una señal de que estos medios de pago se vienen integrando a la rutina de los bolivianos.

Para el Gerente de Sostenibilidad del Banco de Crédito del Perú (BCP), Jorge Arrunátegui, una de las principales razones del  salto de Bolivia en el Índice se esto se debe a la confianza y el uso que se viene teniendo de los canales digitales o billeteras digitales. “Estuve en Bolivia hace algunos meses y me quedé impresionado, porque hay una diversidad muy grande de billeteras digitales y es muy común usar el QR para pagar el transporte, en los comercios o servicios. Esa cotidianidad se ve bastante reflejada en esta mejora del índice para el caso boliviano”, expresó.

La mejora en la percepción de la calidad del sistema financiero boliviano también impulsó el resultado general de la país en el IIF 2026. En particular, mejoró notablemente la percepción de la utilidad que los bolivianos atribuyen a las billeteras móviles: según el estudio, el 71% considera que los medios de pago digitales son útiles, frente al 53% que pensaba lo mismo en el 2025. Esta proporción supera el promedio regional y se acerca al de Argentina, uno de los países con mayor inclusión financiera del IIF. “La confianza que hoy generan los medios de pago digitales es una base valiosa que puede traducirse en ahorro, crédito y seguros formales, en especial para mujeres, emprendedores y familias del área rural”, agregó Ferrari.

Arrunátegui agregó que la mejora en la calidad percibida también está movida por la confianza que se tiene en el sistema bancario y en cada uno de sus productos. “Y eso es bien importante porque en la medida que usas cotidianamente estos productos, confías en ellos y sabes que estás recibiendo lo que tu requieres”, señaló.

El Índice de Inclusión Financiera (IIF) es un estudio elaborado por el Banco de Ideas, el think tank de Credicorp. Lanzado en el 2021, el IIF mide el avance de la inclusión financiera en ocho países de Latinoamérica: Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, Panamá y Perú, además de Bolivia. Este año se encuestó a más de 13.000 mayores de 18 años durante el mes de junio. A través de sus distintas ediciones, el IIF permite entender cómo evoluciona la relación de las personas con el sistema financiero.

Fuente: Economy

lunes, 19 de octubre de 2026

El día en que las máquinas empezaron a investigar


Las noticias sobre modelos de inteligencia artificial capaces de presentar avances y soluciones completas o parciales a centenares de problemas matemáticos abiertos, me resultaron muy interesantes por lo que tienen de paradójico: si lo que pretendemos es resolver problemas y hacer avanzar la ciencia, ¿qué importancia tiene que eso lo haga un matemático retorciendo su materia gris hasta que le salgan volutas de humo por las orejas, o que lo haga utilizando un modelo de inteligencia artificial? ¿No deberíamos poner la importancia en donde corresponde, en la resolución del problema, en lugar de en el ego del investigador? ¿O es que hay otros factores implicados que llevan la cuestión más allá?

Al respecto, me encontré tres artículos interesantes en The Economist que hablan del tema: «AI’s transformation of mathematics is a turning point for science«, «AI companies want to become frontier scientific researchers« y «What if the machines take over science?», que me pareció que podían marcar puntos de reflexión interesantes: los tres artículos describen piezas distintas del mismo cambio: la inteligencia artificial resuelve problemas matemáticos, las empresas tecnológicas aspiran a investigar en la frontera y las máquinas podrían ahora recorrer el proceso científico entero, casi «eliminando» la necesidad de investigadores, una perspectiva de sustitución que ya va más allá del trabajo de cuello azul o cuello blanco, y entra en en la propia definición de trabajo intelectual. The Economist plantea la tensión central: avanzar en el conocimiento sin entregar a sistemas opacos la capacidad de decidir por sí solos qué investigar y con qué fines.

Lo que me parece realmente relevante es tratar de distinguir capacidad real de autonomía ya demostrada. Efectivamente, tenemos ya sistemas capaces de generar hipótesis, hacer análisis de la literatura, proponer experimentos, analizar resultados y redactar artículos. The AI Scientist, estudiado en Nature, ha sido capaz de generar un paper que superó la primera ronda de revisión de un taller de inteligencia artificial. Es un avance sustancial, pero también muy acotado: no demuestra que tengamos ya un investigador autónomo, fiable y general (ni tampoco que queramos tenerlo).

Lo que sí parece claro es que una capacidad así supone ya un problema para el sistema que conocemos, y la señal de alarma más inmediata es de tipo institucional: En Organization Science, el número de papers recibidos creció un 42% después de la aparición de ChatGPT. Los editores, con toda la razón, relacionan gran parte de ese aumento con el uso de herramientas de inteligencia artificial, y observan una caída de la calidad de los textos. El estudio se limita a una revista, pero ilustra lo que puede pasar cuando abaratas la producción de manuscritos y eso se cruza con los incentivos de un sistema absurdo, un publish or perish llevado a los límites más absurdos de la Ley de Goodhart que premia el publicar mucho.

Es evidente que publicar más artículos no es un criterio que demuestre, por sí solo, más ciencia. El incremento de envíos no demuestra, por sí solo, que la inteligencia artificial sea ya una buena investigadora: muestra, sobre todo, que producir y enviar manuscritos se ha vuelto más fácil. La pregunta clave es si realmente hay una pregunta relevante, un diseño riguroso, unos resultados fiables y reproducibles, y una contribución real, o simplemente una excusa para apuntarse otro paper más en el curriculum sea como sea. Si las carreras siguen dependiendo del recuento, la inteligencia artificial es simplemente una forma más de inflar esa señal.

El conflicto de los matemáticos tiene una parte que puede ser una preocupación epistemológica y otra más puramente gremial. No podemos descartar la inquietud de los matemáticos como una simple defensa gremial: el trabajo sobre problemas difíciles genera métodos, intuiciones y conexiones que pueden llegar a ser más valiosos que una simple solución aislada. Pero las jerarquías construidas alrededor de quién publica primero o resuelve más problemas tampoco terminan siendo intocables: la respuesta debería distinguir el valor de los resultados del supuesto sistema de prestigio que se ha montado alrededor de ellos.

Sería una mala idea confundir la verificación mecánica con la comprensión científica: una prueba formal de una conjetura matemática, por ejemplo, puede ser correcta y, aun así, ser poco clara o totalmente estéril para el avance colectivo. En otras disciplinas, el reto puede ser incluso mayor: podríamos terminar, por pura comodidad o por una confianza que termine siendo ciega aceptando resultados que nadie sabe explicar, reproducir o conectar con hipótesis nuevas. La ciencia necesita resultados, pero también métodos y explicaciones que permitan a otros investigadores pensar y construir a partir de ellos.

Además, hay que añadir el coste de la concentración y la homogeneización: el estudio de 41,3 millones de artículos citado por The Economist sugiere que quienes usan inteligencia artificial publican más y reciben más citas, pero disminuyen tanto la diversidad temática como la atención a los trabajos de otros. No leo lo que publican otros, la inteligencia artificial lo hace por mí y lo convierte en citas, en un puro name-dropping, cómodamente. Si los sistemas favorecen áreas con abundantes datos y resultados rápidos, la ciencia puede acelerar, pero al mismo tiempo, ir estrechando su campo de visión.

Deberíamos plantearnos dar crédito a quienes formulan buenas preguntas, a quienes dirigen sistemas, comprueban resultados y los hace comprensibles, y además, valorar también datos, software y facilidades para la replicación. Una evaluación basada en el contenido y las contribuciones, no en métricas sustitutas o ya prácticamente prostitutas. La inteligencia artificial no tiene que obligarnos a abandonar la meritocracia, pero sí a replantear sus métricas: obliga a dejar de confundir mérito con cantidad de artículos o con el supuesto prestigio del journal en el que han sido publicados. Si no aprovechamos esta oportunidad para replantear los sistemas de valoración académica, terminaremos fosilizando la investigación en torno a una simple caricatura de sí misma con métricas grotescamente exageradas.

Fuente: Enrique Dans