¿Crees que has perdido la capacidad de asombrarte? Porque para el científico más icónico de la historia, Albert Einstein, aquel que hizo saltar por los aires las reglas del espacio y el tiempo, los enigmas, los misterios... representan una especie de tesoro a proteger.
En su ensayo El mundo tal como yo lo veo (Wie ich die Welt sehe) de 1931, dejó plasmada una de sus reflexiones más interesantes: "El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo arte y ciencia verdadera". Las incógnitas como catalizadores de la imaginación.
El despertar de una "santa curiosidad"
Recordemos que Albert no fue un niño prodigio al uso (nació en Ulm, Alemania, allá por el año 1879); y tanto es así que tardó en hablar, y como alma rebelde, detestaba la educación memorística y rígida de su época -aún estamos a finales de siglo XIX-. Sin embargo, a los cinco años, su padre le regaló una brújula. Lejos de ser un objeto que puede que cualquier otro niño hubiese abandonado en un rincón perdido de su cuarto, al pequeño Albert le deslumbró, preguntándose a tan corta edad cómo era posible que una fuerza invisible e inescrutable obligara a la aguja de la brújula a apuntar siempre al norte. Este fue su primer encuentro con el misterio del universo.
Y, precisamente, esa curiosidad tan genuina fue la que lo llevó, años más tarde, a trabajar en una oficina de patentes en Berna (Suiza). Allí no sufría de los encorsetados muros académicos, por lo que tuvo su Annus Mirabilis que apuntamos en 1905. En este año tan crucial en el que él contaba con 26 años, publicó una serie de artículos que sentarían las bases de la física cuántica (como el efecto fotoeléctrico, por el que ganaría el Premio Nobel de Física en 1921) y formulando la ecuación más famosa de la historia: E=mc², la fórmula de la equivalencia entre masa y energía; una ecuación que dejó una huella permanente en la ciencia.
Pero nada de esto habría sido posible sin lo que él mismo denominaba una "santa curiosidad". Einstein no llegó a sus conclusiones solo apilando números, sino realizando "experimentos mentales", imaginando qué pasaría si cabalgara sobre un rayo de luz o si cayera del techo de una casa. Su ciencia estaba intrínsecamente ligada a la creatividad y a su infinita curiosidad por cómo funcionaba el mundo, por cómo funcionaba el universo.
La intersección entre el arte y la ciencia
Resulta llamativo que este gran físico sitúe al arte y a la ciencia en el mismo pedestal. Solemos pensar en la ciencia como un dominio de lógica fría y en el arte como el reino de la emoción y la sensibilidad; sin embargo, Einstein rompe esta dicotomía exponiendo que ambas disciplinas nacen de la misma cuna, que no es otra que el asombro ante lo desconocido.
El pintor que se sobrecoge ante un paisaje y el astrofísico que escudriña el comportamiento de un agujero negro o de un choque de galaxias ocurrido en el pasado lejano, comparten el mismo impulso fundamental. En palabras del propio genio: "Aquel para quien esta emoción es extraña, aquel que ya no puede detenerse a maravillarse y quedarse absorto en el asombro, está como muerto: sus ojos están cerrados".
Y es que para Einstein, aceptar los misterios del mundo equivalía al mayor acto de humildad que podía ejercer el ser humano. Reconocer que existe una inteligencia manifestada en la naturaleza, de la que solo podemos percibir una parte infinitesimal con nuestras "torpes facultades", era para él la verdadera esencia de la religiosidad y el motor del progreso.
La herencia de Einstein para nuestro mundo actual
Fuente: NetGeo
