sábado, 15 de junio de 2024

Más sobre la expresión inteligencia artificial


Antes he escrito sobre este tema en varios medios, incluyendo en Infobae, pero como el debate continúa es del caso volver sobre este asunto tan delicado e importante.

Inteligencia es un atributo humano por lo que resulta del todo improcedente extrapolarlo a la máquina aunque se le adicione el adjetivo de “artificial”. Como se ha señalado las palabras sirven para pensar y para transmitir pensamientos, si recurrimos a un lenguaje confuso, confusos serán nuestros silogismos y se dificultará en grado sumo la comunicación. No es pertinente denominar al perro gato y viceversa.

Afortunadamente hay bibliografía respecto a la cuestión que ahora abordamos en la dirección apuntada pero menciono la obra de quien ha sido profesor en MIT, Harvard y en la Universidad de California/Berkeley, Hubert Lederer Dreyfus titulada What Computers Can´t Do: The Limits of Artificial Intelligence donde para resumir el texto en una píldora telegráfica el autor enfatiza que “inteligencia” remite al libre albedrío que es una propiedad del ser humano que cuenta con mente, psique o estados de conciencia tal como lo han puesto de manifiesto otros autores tales como el filósofo de la ciencia Karl Popper y el premio Nobel en neurofisiología John Eccles en el magnífico libro en coautoría que lleva el sugestivo y esclarecedor título The Self and Its Brain, muy bien traducido al castellano El yo y su cerebro, para subrayar que son dos áreas distintas aunque unidas. También es de interés consultar el célebre Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora donde, entre otras cosas, cita pensadores en los que la inter-legis revela estrecho e inescindible parentesco de la inteligencia con la psique que solo es propiedad humana.

Entonces, la inteligencia es una propiedad central del hombre y no de la programación por eso es que propuse en la Academia Nacional de Ciencias en la que presido la Sección Ciencias Económicas que para estos emprendimientos colosales que tanto bien realizan y prometen nuevas realizaciones a la humanidad se use el término “algoritmos informáticos”. John Searle ha llevado a cabo una prueba conocida como “el experimento del cuarto chino” para ilustrar cómo procede la máquina: se coloca a un individuo absolutamente ignorante en lengua china en una habitación para que traduzca un poema del chino y el sujeto hace una traducción perfecta, pero –y este pero es clave– para ese logro se le dan códigos para que los distintos versos en inglés calcen en los consignados en chino, al efecto de exhibir que el tema central es la programación que es como opera la máquina, por más sofisticada que sea y por más retroalimentación y reprogramación que esté condicionada para llevar a cabo.

Por lo dicho es que muchos ingenuos se sorprenden con respuestas consideradas tendenciosas por los aparatos (a veces con inclinaciones socialistas, racistas, abortistas etc) fabricadas vía los algoritmos correspondientes que naturalmente son alimentados por las antedichas programaciones iniciales de humanos.

Si el hombre no tuviera mente, psique o estados de conciencia (términos intercambiables que varían según los autores), es decir, si fuéramos solo kilos de protoplasma, lo que decimos y hacemos estaría determinado por los nexos causales inherentes a la materia y, por tanto, no habría ideas autogeneradas, no podríamos revisar nuestras conclusiones, no tendría sentido tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, no habría responsabilidad individual, tampoco moral y la misma libertad se convertiría en mera ficción al no haber libre albedrío. En esta línea argumental, el premio Nobel en física Max Planck junto con el filósofo Anthony Flew se detienen a considerar la diferencia entre causas y motivos.

Ahora viene otro asunto: se ha dicho erróneamente que los aparatos a los que nos venimos refiriendo provocarán desempleo. Es preciso comprender que dado que los recursos son limitados y las necesidades ilimitadas, donde operen acuerdos libres y voluntarios nunca se produce sobrante de aquello que es escaso y necesario. Desde el martillo en adelante todos los instrumentos tecnológicos liberaron trabajo para atender otras necesidades y los empresarios deseosos de obtener nuevos arbitrajes son los primeros interesados en capacitar personas para las nuevas faenas. Desde el hombre de la barra de hielo cuando se implantó la heladera, o el fogonero cuando irrumpió la locomotora diesel o en la actualidad el cartero cuando aparecieron los mails y así sucesivamente la liberación de trabajo permite encarar nuevas necesidades y demandas. En sentido contrario –como un ejercicio macabro de imaginación– pruébese destruir todos los equipos de capital y se verá que no aumenta el empleo sino que bajan abruptamente los salarios. Por otra parte, si las máquinas de referencia hicieran de todo para todos todo el tiempo, convertiríamos nuestro mundo en Jauja, lo cual sería una situación ideal puesto que obtendríamos las cosas y dejaríamos de lado el trabajo que es siempre un costo para obtener los bienes y servicios que deseamos. Pero desafortunadamente la naturaleza no es así por lo que el proceso evolutivo de desplazamientos, reconversiones y nuevas ofertas continua su marcha.

También se ha dicho que los aparatos de marras pueden causar daño… chocolate por la noticia. Otra vez, desde el descubrimiento del martillo puede usarse para romperle la nuca al vecino o para introducir un clavo. Se dice que lo actual presenta peligros mayores a escala planetaria pero con el martillo si a uno le rompen la nuca no hay mucho más que pueda hacerse. Todo puede utilizarse para bien o para mal, pero eso no es imputable a lo inerte sino a la envergadura moral o inmoralidad del ser humano, una propiedad con que no cuentan las máquinas. En los diferentes contextos, en libertad el hombre al desplegar su ingenio cuando lo dejan en paz puede actualizar sus potencialidades con lo que siempre contrarresta y busca canales para defenderse de agresiones y de poner al descubierto desfiguraciones, engaños y trampas de la más variada procedencia.

Por último, con razón se ha dicho que estos instrumentos de la tecnología moderna modificarán las formas de la enseñanza. Cuando aparecieron las computadoras ya no había necesidad de memorizar la forma de calcular logaritmos o incluso las tablas de multiplicar lo cual liberó espacios para atender otros requerimientos y en eso consiste el progreso que permiten las máquinas con una rapidez mucho mayor a la que pueden logran los humanos (un caballo corre con mayor velocidad que un humano pero eso no autoriza a confundir las propiedades del caballo con las humanas). Para no decir nada de los maravillosos empleos en la medicina y campos similares para mejorar vertiginosamente las condiciones de la humanidad.

Tengamos en cuenta que tergiversar conceptos y hacer malabarismos lingüísticos puede toparse con el inmenso peligro vaticinado por C. S. Lewis y plasmado en su libro titulado La abolición del hombre.

En resumen, la utilización correcta de los vocablos resulta esencial para evitar que se opaque una adecuada cooperación social, del mismo modo cuando se aplica equivocadamente la noción de memoria a los ordenadores que no son más que impulsos eléctricos: no es un atributo de la máquina la memoria. Cuando nuestras abuelas hacían un nudo en el pañuelo para recordar algo, nadie en su sano juicio ponderaba “la memoria del pañuelo”.

Imagen: Shutterstock

Fuente: publico.bo

viernes, 14 de junio de 2024

Papelistas y rescatadores: Ismael Sotomayor


“Nada más difícil para los escritores bolivianos que ubicar a los hombres en medio de su ciclo histórico (…) Cada uno, en esta caza de seres, va por su cuenta, atisbando en librerías, en recuerdos, cartas y papeles. Tenemos hombres cumbres que es necesario encontrar en cumbres también de desordenada folletería”.

Comienzo este artículo con este epígrafe de Porfirio Díaz Machicao (1909-1981) porque me sirve como (pre)texto para abordar el entrecruce entre literatura y bibliofilia. En esa línea, daré testimonio del gusto que me provoca comentar sobre la praxis que cumplen los papelistas y rescatadores de las letras nacionales. Un papelista y rescatador es más que un coleccionista, es un ser que está con el impulso de la búsqueda de un objeto literario. Objeto entendido como libros, folletos, papeles, panfletos, dibujos, manuscritos o inéditos valiosos de algún determinado autor. Por eso, siento que este quehacer lo efectúa un explorador apasionado. Un rastreador que mira “tesoros” en los estantes de librerías, bibliotecas particulares, lugares de libros usados o en espacios inimaginables.

En este primer apartado (de cuatro partes), daré relevancia a mirar la extrema labor del papelista y rescatador boliviano como una figura fetichista, erótica e incomprendida. Emprenderé con Ismael Sotomayor (1904-1961), escritor, historiador, coleccionista, librero y papelista paceño. En La trágica vida de Ismael Sotomayor y Mogrovejo de 1967, su autor Antonio Paredes Candía (1924-2004) indica que Sotomayor “es el estudioso paciente que dedica su vida a manejar infolios y papeles raros para desentrañar nuestro pasado desde el rico filón de la tradición; produciendo obra solitaria, abnegada y de elevado civismo”. O, en palabras de Carlos Medinaceli (1898-1949), Sotomayor es un creador de nacionalidad.

Algunos de los documentos raros que halló el papelista paceño son la “Carta del Libertador al coronel José María Silva”; la “Partida de bautismo del insigne pensador Dn. Vicente Pazos Kanqui y Silva”; la “Fotografía de VPKS” y el “Acta de fundación de la Universidad Menor de San Andrés”, entre otros. Estas piezas se encuentran publicadas como imágenes fotostáticas de la Antología Génesis Volumen 2 de 1948, libro homenaje del Centro Génesis al IV centenario de fundación de La Paz. Grupo cultural del cual Sotomayor es socio activo.

En este contexto, Sotomayor es un rescatador de documentos únicos, originales y extraños. De estos, tiene la conciencia de que no se puede determinar un precio definido. Lo que si tiene razón es que poseen una fuente de conocimiento cultural del pasado inestimable. Cada texto hallado es un soporte importante e inédito de consulta. Pero esta afición se convierte en fetichismo, ya que su deseo de encontrar escritos únicos (fetiches) los consuma y con placer. Más, esta parafilia le produce aniquilación de su cuerpo social. Me explico: cada libro o panfleto que consigue, sustituye su vestimenta, su alimentación y su vivienda. Por eso, su cuarto “Parecía el lecho de un estudiante pobre: era un catre de fierro, pintado de negro, con tosca y dura parrilla que sostenía un colchón de paja”.

En estas tristes condiciones, su anhelo de adquirir papeles extraños se ve como una forma de perversión (Freud) y que lo experimenta en soledad. En esta perversión “se transfiguraba como un avaro contando las monedas de su tesoro”. Poseer este tipo de material histórico del pasado, se vuelve una aspiración erótica. Este símbolo se ve reflejado en la medida en que el deseo de alcanzar rarezas lo forja desde un apetito amoroso. Sotomayor ama su oficio “por eso tenía tanta propiedad de acción en ese cuarto repleto de libros raros y papeles impresos” (Paredes Candía).

Esta su labor es excepcional, pero incomprendida. Sotomayor salva en folletería una cantidad de ediciones príncipes, guarda los primeros periodiquitos de Alasitas y revistas literarias muy antiguas. Estas colecciones con documentaciones estimables son para utilizarlos en la re-organización de nuestra historiografía cultural, pero a poca gente le interesa de esta ocupación. Esto se sintetiza en la pérdida parcial de esta compilación. El papelista sabe perfectamente que una simple hoja rescatada excede la percepción del valor de mercancía, por eso escudriñaba papeles-joyas con obstinación en lugares insólitos.

Fuente: Ramona Cultural

El boom de las cartas, la red social de los siglos XVI y XVII


En la era del correo electrónico y el WhatsApp es oportuno volver la vista atrás, a los siglos XVI y XVII, una época que también vivió una explosión sin precedentes de la comunicación personal por escrito. El medio fueron las cartas escritas en papel.

Desde luego, las cartas eran tan antiguas como la escritura, pero en la Edad Moderna, gracias a la extensión de la alfabetización, el desarrollo de la economía y el comercio y la mayor movilidad de las personas, su circulación aumentó de forma vertiginosa. Nunca como entonces la carta alcanzó una posición tan privilegiada en la vida cotidiana.

Pertrechados de pluma, papel y tinta, los hombres y mujeres de entonces redactaron innumerables misivas de todo tipo. Las cifras son inapelables. Entre 1504 y 1515, el conde de Tendilla escribió unas 6.000 cartas, tanto personales como relacionadas con su cargo de capitán general del reino de Granada; del banquero y mercader Simón Ruiz se conservan 56.721 misivas, y del conde de Gondomar, embajador en Inglaterra, cerca de 30.000 escritas entre 1613 y 1622.

Misivas de todos los tipos

Según la definición del Diccionario de Autoridades (1729), la carta es un «papel escrito y cerrado con oblea o lacre, que se envía de una parte a otra para incluir en él el negocio o materia sobre que se quiere tratar, y que vaya secreto». El mismo diccionario explica que las había de diversos géneros: de favor, de recomendación, de aviso… Las dirigidas a parientes o amigos se denominaban cartas familiares. Cada tipo de carta tenía sus propios requisitos en cuanto al estilo de redacción, las fórmulas de encabezamiento y despedida, la caligrafía y hasta la calidad del papel.

Distintos de las cartas eran los billetes, más breves y menos formales, que solían escribirse en fragmentos o pedazos de papel. El Tesoro de la lengua castellana (1611) de Covarrubias define el billete como un «papel en que se escribe algunas pocas razones».

Como las epístolas, los billetes tenían muy diversos fines. Podían servir de carta de recomendación, como el que pidió Esteban de Garibay a fray Diego de Yepes para entrevistarse con santa Teresa de Jesús: «Pedí al padre prior un billete para, mediante él, visitar a tan gran sierva de Dios».

Los billetes también se utilizaban para transmitir mensajes amorosos, lo que hizo que moralistas como el franciscano Juan de la Cerda condenaran su uso por las mujeres (1599): «El escribir ni es necesario ni lo querría ver en las mujeres, no porque ello sea de suyo malo, sino porque tienen la ocasión en las manos de escribir billetes y responder a los que hombres livianos les envían».

Una vez escrita la carta, en vez de ponerla en un sobre (éstos sólo aparecieron a finales del siglo XVIII), el papel se plegaba hasta formar un cuadrado en el que se anotaba el «sobrescrito», con las señas del destinatario y, eventualmente, la persona encargada del transporte; luego se cerraba sellándola con lacre.

En los billetes se podía prescindir del sobrescrito. Teresa de Jesús decía al padre Gracián en una carta del 5 de septiembre de 1576: «No olvide vuestra paternidad de escribirme cómo se llama el hombre a quien yo he de guiar las cartas a Madrid. Mire no se le olvide, y decirme cómo le he de poner en el sobrescrito».

Si el destinatario estaba relativamente cerca, por ejemplo dentro de la misma ciudad, lo más sencillo era encargar a otra persona que llevara el mensaje, por ejemplo, a un criado. Aunque éstos podían transmitir un recado de viva voz, el billete o la carta tenían la ventaja de evitar errores y guardar el secreto.

Como explicaba Covarrubias, el billete «fue muy buena invención para comunicarse con más quietud y tratar las cosas con secreto, no fiándolas de ningún tercero ni criado, que muchas veces tuercen la razón y por eso los llaman estraga recados».

Para distancias largas y mensajes de importancia cabía la posibilidad de pagar a lo que hoy llamaríamos un mensajero o, en el lenguaje de la época, un «propio», una persona a la que se pagaba para que entregara la carta en persona al destinatario. «Despachó un propio a toda diligencia con cartas suyas», se lee en una biografía de la monja Ana de Jesús.

Correos y estafetas

La otra opción era recurrir a un correo, «el que tiene el oficio de llevar y traer cartas de una parte a otra», como lo definía el Diccionario de Autoridades. Estos podían ser correos a pie, o peones, capaces de recorrer entre 25 y 50 kilómetros diarios. «Hacia ellos venía un hombre de a pie, con alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la mano, propio talle de correo de a pie», leemos en el Quijote.

O bien correos en mula o a caballo (troteros), que hacían un trayecto directo o bien iban de una ciudad a otra por la posta, esto es, cambiando de caballo en estaciones o postas, lo que les permitía cubrir distancias de entre 80 y 100 kilómetros al día.

Estos correos formaban parte de un sistema postal organizado por el Estado. Desde el siglo XV había ordenanzas que fijaban la partida y llegada regulares de los correos, la inviolabilidad de las cartas, los salarios y el derecho de reclamación en caso de pérdida.

Este correo ordinario –llamado así para diferenciarlo del extraordinario reservado a la comunicación diplomática– llegaba y partía en días fijos de la semana. «Hoy es día de correo y he de escribir a un amigo», decía un personaje de una obra teatral de Agustín Moreto.

Los lugares fijos donde se iba a recoger las cartas del correo o entregárselas se llamaban estafetas. «Venidos los martes y sábados, acudían mis estudiantes a la estafeta, recibían las cartas y, encendida una vela, las iban leyendo», escribía Jerónimo de Alcalá en una novela, Alonso, mozo de muchos amos, ambientada en Salamanca.

Llega el cartero

En el siglo XVII había también carteros –llamados ya así– que llevaban las cartas a casa, pero sólo las entregaban si el destinatario les pagaba el porte, según una costumbre bien establecida hasta la invención del sello postal en el siglo XIX.

Así, en una escena de una comedia de Agustín Moreto un cartero llama a la puerta de una casa y cuando le abren lee el sobrescrito de la carta («A don Pedro de Luján, en la calle de la Reina de Toledo») y dice el precio: «Tres cuartos vengan».

Los portes, que variaban con el número de pliegos de la carta, no eran baratos. Algunos incluso se asustaban cuando les llegaba una carta: «Correo es este que suena, / mas que viene por la posta. / Desmayado estoy de pena, / porque si viene a mi costa / no me ha de comer la cena», decía un personaje de un entremés de Quevedo.

Sin embargo, la curiosidad y el interés hacía que pocos rechazaran esos papeles doblados que podían traer quién sabe qué noticia o qué confesión de un amigo o pariente lejano.

Fuente: National Geographic