domingo, 12 de abril de 2026

Hola Nómadas, el primer ChatBot de periodismo ambiental en Bolivia que traduce datos complejos desde WhatsApp


Después de meses de trabajo, aprendizaje e innovación, Revista Nómadas lanza hoy al público boliviano e internacional Hola Nómadas, un ChatBot inteligente que transforma la manera en que las personas acceden a la información ambiental.

Se trata de un canal conversacional en WhatsApp que permite consultar, en pocos pasos, datos sobre incendios, deforestación, pérdida de bosques, acceder a reportajes, entrar en contacto, registrarse y formas de apoyar el periodismo independiente y libre de Revista Nómadas.

Para iniciar la comunicación con el Bot, debes agregarlo a tu lista de contactos de WhatsApp y después se debe escribir, primero: Hola Nómadas. Enseguida, el usuario recibe la siguiente instrucción:

Elige una opción:

1) 🌿 Consulta ambiental
2) 🎒 Reportajes
3) 💵 Donación
4) 📱 Contacto
5) 🪪 Registro

0) 🍽️ Menú

Este lanzamiento marca la culminación del proceso iniciado cuando Revista Nómadas fue seleccionado como uno de los 21 medios de América Latina para participar en la fase de implementación del AI Product Lab, el programa impulsado por Google News Initiative, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y Marktube. La apuesta era clara: después de varios meses de capacitación y mentorías, pasar de la idea a la acción, y convertir la inteligencia artificial en una herramienta concreta al servicio de la sostenibilidad y la innovación editorial.

Hoy, ese objetivo se materializa con Hola Nómadas, una interfaz conversacional que cierra la brecha entre datos ambientales complejos, periodismo independiente y ciudadanía a través de WhatsApp.

Un problema real: demasiada información, poco acceso útil

Durante años, la información ambiental ha estado disponible, pero no necesariamente accesible. Consultar focos de calor, alertas de deforestación o pérdida de cobertura boscosa implicaba navegar plataformas técnicas, interpretar mapas complejos y entender indicadores poco amigables para el público general.

A eso se sumaba un problema clave: el canal. La audiencia ya está en WhatsApp. Pedirle que salga de ese entorno para buscar información especializada generaba una fricción que, muchas veces, terminaba en abandono.

Revista Nómadas decidió atacar ese problema de raíz: reducir la distancia entre la información y el momento en que el usuario la necesita.

La solución: periodismo conversacional con inteligencia artificial

Hola Nómadas funciona como un asistente ambiental que responde desde WhatsApp. El usuario solo necesita elegir su departamento y seleccionar qué quiere consultar: focos de calor, alertas de deforestación o pérdida de bosque.

La respuesta no es un dato en bruto. Es una micro-historia periodística.

Aquí es donde entra la inteligencia artificial: no para reemplazar la información, sino para traducirla. El sistema toma datos de fuentes verificadas como NASA FIRMS, Global Forest Watch y Hansen/Global Forest Change, y los convierte en respuestas estructuradas que incluyen:
  • Un titular claro
  • Una explicación del indicador
  • Recomendaciones prácticas para entender o actuar
El resultado es una experiencia informativa que combina rigor técnico con claridad narrativa.

Mapas, contexto y acción en un solo flujo

El valor del chatbot no está solo en lo que dice, sino en cómo lo entrega.

Cada consulta incluye mapas ambientales por departamento, generados previamente para garantizar velocidad y estabilidad. La navegación es mínima, el acceso es inmediato y la información llega con contexto.

Además, el bot conecta directamente con el ecosistema de Nómadas: permite explorar reportajes, establecer contacto, registrase y apoyar económicamente al medio. Así, une tres dimensiones clave en un solo flujo: monitoreo ambiental, periodismo y sostenibilidad.

Los desafíos detrás de la innovación

Construir Hola Nómadas no fue un proceso simple.

Uno de los principales retos fue integrar distintas fuentes de datos ambientales, cada una con sus propias lógicas, tiempos y escalas. No es lo mismo trabajar con focos de calor en tiempo casi real que con pérdida anual de bosque.

También hubo desafíos técnicos: procesar datos geoespaciales, generar mapas y asegurar respuestas rápidas sin depender de cálculos en tiempo real exigió diseñar una arquitectura robusta basada en procesamiento previo, almacenamiento inteligente y automatización.

Pero quizás el mayor reto fue editorial: lograr que la información no se quede en lo técnico, sino que se convierta en conocimiento útil para la ciudadanía.

Un producto que ya funciona

Más allá del discurso, el resultado es concreto.

El chatbot ya cubre los nueve departamentos del país, integra tres líneas ambientales clave, cuenta con actualización programada y ofrece una experiencia estable desde un canal de uso masivo.

En esta etapa, el impacto se mide en términos de experiencia: menos pasos para acceder a información útil, menor tiempo de consulta, mayor claridad en las respuestas y una nueva forma de conexión entre el medio y su audiencia.

“Para nosotros en Nómadas, ‘Hola Nómadas’ es un paso importante porque convierte años de trabajo en una herramienta útil para la gente. Ya no se trata solo de publicar reportajes, sino de lograr que la información llegue de forma simple, directa y en el momento en que alguien la necesita. Acá estamos poniendo datos complejos sobre incendios, deforestación o pérdida de bosques en un lenguaje claro, dentro de WhatsApp, donde está la audiencia. Además, el bot conecta con nuestro propio trabajo: permite leer reportajes, registrarse y apoyar económicamente, algo clave para sostener un periodismo independiente”, señala Roberto Navia, director y fundador de Revista Nómadas.

“Esto también dice mucho sobre hacia dónde puede ir el periodismo. No perder el rigor, pero sí cambiar la forma de llegar. La inteligencia artificial, bien usada, ayuda a acercar la información y hacerla más útil. Y en un país como el nuestro, donde entender lo que pasa con el territorio es urgente, herramientas así pueden ayudar a que más gente se informe mejor y tome decisiones con más criterio. Este proyecto además fue posible gracias a la confianza de Google News Initiative, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y Marktube, que apostaron por lo que estábamos construyendo”, añade.

Lo que aprendió Nómadas sobre la inteligencia artificial

El proceso dejó una lección clara: la inteligencia artificial no es el centro, es la herramienta.

Su valor real aparece cuando cumple una función precisa. En este caso, traducir, sintetizar y dar forma a información compleja. No sustituye el dato, lo potencia.

También quedó demostrado que los mejores productos no nacen de la tecnología, sino del problema. “Hola Nómadas” no comenzó con la pregunta “¿cómo usamos IA?”, sino con una más simple y más poderosa: “¿dónde está la fricción para el usuario?”.

Lo que viene: de consulta a comunidad

El lanzamiento de Hola Nómadas no es el final, es el comienzo.

El siguiente paso será entender cómo interactúan los usuarios: qué consultan, con qué frecuencia, qué rutas generan más valor. A partir de ahí, el proyecto podrá evolucionar hacia alertas personalizadas, suscripciones temáticas y una relación más cercana y continua con la audiencia.

Fuente: Nomadas

sábado, 11 de abril de 2026

La era de la policrisis


Hay épocas de la historia que se deslizan con la paciencia de los siglos y otras que irrumpen con el filo de una navaja. La nuestra empieza a parecerse a lo segundo. Los años veinte del siglo XXI no parece una simple continuación del siglo pasado, sino el umbral de un nuevo orden mundial: un momento en el que tres estructuras que parecían inamovibles –la cohesión social dentro de las democracias, el orden internacional entre las naciones y la primacía intelectual del ser humano frente a la tecnología– comienzan a resquebrajarse al mismo tiempo. No se trata de crisis aisladas, sino de fisuras simultáneas en los cimientos que en el siglo pasado sostuvieron una cierta idea de estabilidad entre individuos, sociedades y naciones.

En el nivel más íntimo, esta época empieza por desestabilizar al individuo: por primera vez en mucho tiempo, la promesa de que la inteligencia, el esfuerzo y la preparación asegurarían un lugar reconocible en el mundo profesional comienza a desvanecerse ante la irrupción de una tecnología que no solo amplifica las capacidades humanas, sino que amenaza con volverlas reemplazables. 

Lo más inquietante de la inteligencia artificial no es solo su velocidad, sino la escala y la profundidad de los cambios que puede provocar. A diferencia de otras disrupciones tecnológicas, esta no amenaza únicamente tareas específicas, sino la noción misma de utilidad humana sobre la que descansaban el trabajo, el mérito y buena parte de la dignidad individual en las sociedades modernas de Occidente. Si se despliega sin freno ni brújula, no solo puede desordenar mercados laborales enteros y ensanchar la desigualdad. También puede concentrar poder en poquísimas manos; multiplicar la capacidad política, económica y militar de algunos actores privados y trasladar decisiones cada vez más delicadas a sistemas que avanzan más rápido que la deliberación humana. Y como no conoce fronteras, su fuerza desestabilizadora no se queda contenida en un país o en una industria: se propaga en semanas, erosiona certezas en tiempo real y obliga al individuo a enfrentar una pregunta inédita y brutal: qué lugar le queda al ser humano en un mundo donde incluso la inteligencia ha dejado de ser su última frontera.

Sobre esa incertidumbre personal se levantan sociedades cada vez más polarizadas entre versiones extremas de izquierda y derecha, en las cuales se han erosionado los consensos básicos que antes permitían mantener unidas a poblaciones diversas dentro de países democráticos o cuasidemocráticos: instituciones dignas de confianza, valores compartidos, una identidad nacional capaz de servir como punto de encuentro. En su lugar, se impone un clima de creciente extrañeza mutua, tensionado entre impulsos liberales y autoritarios, donde los distintos grupos se repliegan en universos morales, políticos y culturales cada vez más incompatibles entre sí. 

Las plataformas digitales aceleran esa disgregación al encerrar a cada individuo en cámaras de eco que le devuelven una versión distinta de una misma realidad, burbujas de percepción cada vez más incomunicadas entre sí que reemplazan a la visión de un mundo en común. A esa fractura se suma la desigualdad económica: quienes se han beneficiado de la globalización y del cambio tecnológico viven en horizontes materiales, culturales y digitales muy distintos de aquellos que han sido desplazados por esas mismas fuerzas. El resultado es una erosión cada vez más visible de la confianza en las instituciones que antes articulaban la vida colectiva –el gobierno, los medios, la inteligencia y guía en la voz de pensadores o intelectuales e incluso los propios procedimientos democráticos–, especialmente en los países en vías de desarrollo como México.

En el plano geopolítico, la erosión no es menos profunda. Durante décadas, el mundo vivió bajo un orden imperfecto surgido después de la Segunda Guerra Mundial, sostenido por tratados internacionales, reglas comunes, códigos de conducta entre Estados y ciertos principios de convivencia entre naciones, además de límites políticos y diplomáticos que, aun con frecuentes incumplimientos, hacían relativamente predecible la conducta de los países y mantenían a raya la posibilidad de una confrontación abierta entre grandes potencias. 

Hoy, ese marco empieza a agrietarse profundamente. En su lugar reaparece una lógica cruda y transaccional, donde el derecho internacional cede ante la fuerza, los compromisos se subordinan al interés inmediato y al lenguaje del poder desnudo. Lo que parecía una estructura destinada a contener la ambición de individuos, corporaciones o naciones se revela ahora como una excepción histórica, acaso más frágil y más breve de lo que quisimos creer.

La geopolítica empieza así a retroceder hacia su gramática más primitiva: la ley de la fuerza. Las reglas ceden ante las intervenciones unilaterales, el desprecio por los derechos territoriales, la erosión de la soberanía y operaciones militares emprendidas al margen de una legitimidad jurídica, institucional y política sólidas. Los mecanismos que alguna vez sostuvieron ese orden –desde el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional hasta las garantías tradicionales que suponían las alianzas como la OTAN– parecen cada vez más impotentes, erosionados o sometidos a una selectividad que termina por vaciar su autoridad. Incluso las nuevas iniciativas delatan ese viraje: ya no se busca reforzar la arquitectura existente, sino rodearla, sustituirla o volverla irrelevante mediante foros paralelos y arreglos ad hoc. En un entorno así, la cooperación duradera entre naciones deja de descansar en principios compartidos y apenas sobrevive, de forma precaria, cuando los intereses coinciden de manera transitoria.

Tal vez el nombre más preciso para este tiempo sea el que algunos académicos ya le han dado: una policrisis. No una crisis única, ni siquiera varias crisis superpuestas, sino una tormenta perfecta en la que cada fractura acelera a las demás y el conjunto termina por alterar mucho más que la suma de sus partes.

La ansiedad del individuo alimenta la polarización de las sociedades; la polarización erosiona la capacidad del Estado para actuar con la legitimidad y la rapidez necesarias para regular a los actores que controlan la infraestructura de la inteligencia artificial; ese vacío de poder permite que algunos de esos actores privados acumulen una influencia desproporcionada sobre la economía, la información, la seguridad y, cada vez más, sobre la propia arquitectura de la vida pública. 

Lo que empieza a insinuarse no es solo una concentración inédita de poder, sino una forma emergente de tecnoautoritarismo: un orden en el que decisiones antes sujetas al debate democrático se desplazan hacia sistemas opacos, plataformas privadas y élites o individuos que no responden ante los ciudadanos, sino ante su propia lógica de escala, control y aceleración. La pregunta, entonces, ya no es solo qué mundo está naciendo, sino si la democracia –concebida para la deliberación consensuada, los contrapesos y la construcción gradual de acuerdos– podrá resistir una época en la que la realidad se mueve más rápido que sus instituciones.

Desgraciadamente, las democracias están empezando a exhibir, cada una a su manera, una mezcla inquietante de lentitud estructural y vacilación política. En México, el partido oficial parece demasiado absorbido por sus propias fracturas, por las tensiones entre sus cuadros y por el costo político de los señalamientos sobre presuntos vínculos de figuras del poder con el crimen organizado, como para mirar con suficiente seriedad el reordenamiento tecnológico y geopolítico que ya está en marcha. A México le ha tocado enfrentar esta hora de fractura global bajo una forma particularmente adversa de gobierno: la de los menos aptos en el momento menos propicio. En Estados Unidos, el debate sobre la inteligencia artificial ha quedado subordinado, en buena medida, a la lógica de la rivalidad con China, la seguridad nacional y la reafirmación de su poder en el hemisferio y en otras regiones estratégicas, más que a una discusión de fondo sobre límites, legitimidad y control democrático. Y en Europa, aunque existe el mérito de haber intentado construir un marco regulatorio antes que nadie, también se percibe una respuesta demasiado tibia: ambiciosa en el papel, pero cautelosa, lenta y a ratos poco realista en su implementación.

Si las democracias no logran adaptarse con la velocidad que exige esta época, el resultado no será una simple acumulación de tensiones, sino una cadena de fracturas capaz de desbordarlas: mercados laborales trastocados, bases fiscales debilitadas, déficits en expansión, crisis monetarias, accidentes militares, usos maliciosos de la tecnología y una geopolítica cada vez más caótica por la erosión acelerada de las reglas que antes contenían a los Estados. Cuando el miedo se multiplica en los individuos, se extiende en la economía y se instala en la política, la confianza en los gobiernos y en las instituciones democráticas puede hundirse hasta niveles inéditos, y con ella crecer la tentación de giros autoritarios que, lejos de disipar la tormenta, probablemente la agravarían. Los regímenes sin contrapesos carecen de los mecanismos de corrección, la legitimidad y la flexibilidad necesarias para sostener un orden duradero. El desenlace sería todavía más sombrío: una cooperación internacional deshecha, una polarización casi irreparable y democracias exhaustas, sobrepasadas por una inestabilidad compuesta que ya no serían capaces de gobernar.

Si las democracias no logran adaptarse a tiempo, ¿quién llenará el vacío? ¿Quién gobernará un mundo donde el individuo ha perdido certezas mínimas, las sociedades han dejado de compartir una misma realidad y las naciones ya no reconocen límites comunes? ¿Serán los ciudadanos, a través de instituciones renovadas, o serán élites tecnológicas, aparatos de fuerza y liderazgos cada vez menos dispuestos a rendir cuentas? ¿Estamos entrando en una era de mayor inteligencia o en una era de menor libertad? ¿Podrá la democracia reconciliar deliberación y velocidad antes de que otros ofrezcan orden sin contrapesos? Y, sobre todo, cuando la historia vuelve a moverse al filo de una navaja, ¿quedará todavía en manos humanas la decisión sobre el mundo que viene?

Fuente: Letras Libres

viernes, 10 de abril de 2026

Impulso a la Ciudadanía Digital en el Sistema Universitario


Hoy jueves 9 de abril de 2026, se realizó en la Facultad de Ciencias y Tecnología – Palacio de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), el Acto de Firma de Convenios Interinstitucionales denominado “Impulso a la Ciudadanía Digital en el Sistema Universitario”.

Este evento constituye la segunda etapa de la alianza estratégica entre el Gobierno nacional (a través de la AGETIC) y el sistema universitario público. El primer acto se llevó a cabo el 11 de febrero de 2026 con seis universidades que reúnen a más de 300 mil estudiantes. En esta ocasión se amplía la alianza con siete nuevas instituciones:

Escuela Militar de Ingeniería (EMI)

Universidad Pública de El Alto (UPEA)

Universidad Mayor de San Simón (UMSS)

Universidad Autónoma Tomás Frías (UATF)

Universidad Técnica de Oruro (UTO)

Universidad Amazónica de Pando (UAP)

Universidad Nacional Siglo XX

Los convenios tienen como objetivo principal impulsar la Ciudadanía Digital en las universidades, convirtiéndolas en entidades de registro oficial de ciudadanía digital. Esto permitirá digitalizar y simplificar trámites para estudiantes y ciudadanos, reduciendo costos administrativos, el uso de papel, optimizando tiempos y garantizando mayor transparencia y seguridad en los procesos.

Durante su intervención, el Director General Ejecutivo de la AGETIC, Carlos Eduardo Rodrigo Prado, enfatizó: “La interoperabilidad es una muestra de respeto al tiempo del ciudadano”.

Ejes estratégicos de la alianza 

Durante la presentación del evento, a cargo de Carlos Eduardo Rodrigo Prado (Director General Ejecutivo de la AGETIC) y Nicol Sánchez (Jefa de Transformación Digital de la AGETIC), se detallaron los cuatro ejes principales de la alianza:

Gobierno Electrónico: Interoperabilidad y simplificación de procesos mediante firma electrónica y validación biométrica.

Ciberseguridad: Fortalecimiento de la seguridad digital del Estado, creación de CSIRT académicos y participación de las universidades en el Comité Nacional de Ciberseguridad.

Talento Humano: Formación especializada, actualización de mallas curriculares y desarrollo de capacidades en tecnologías estratégicas (IA, blockchain, big data, cloud, entre otras).

Investigación, Desarrollo e Innovación: Generación de prototipos, pilotos y soluciones aplicadas a problemas reales del Estado.

El programa del acto incluyó palabras de bienvenida, contexto histórico, presentación de video demostrativo, firma oficial de los convenios, intervenciones de los rectores participantes y palabras de cierre a cargo de Julio Héctor Linares Calderón, Viceministro de Coordinación y Modernización. 

Fuente: Agetic