Las universidades de Estados Unidos se encuentran en apuros, enzarzadas en una guerra cultural en múltiples frentes en la que se les acusa de "wokismo", antisemitismo, admisiones discriminatorias, prácticas de contratación preferenciales, adoctrinamiento y rebaja de los estándares académicos. Una encuesta reciente reveló que "solo el 28% de los administradores y el personal de apoyo que trabajan en instituciones privadas de cuatro años están totalmente de acuerdo en que la educación que imparte su institución vale lo que cuesta" (Shaw et al. 2025). Un estudio del Banco de la Reserva Federal de Filadelfia informa de que hasta 80 universidades podrían cerrar en los próximos cinco años (Kelchen et al. 2024). Las universidades tienen un grave problema con su propuesta de valor, y su propia supervivencia pende de un hilo.
A los problemas de las universidades se suman las serias preocupaciones sobre la libertad académica. Según los informes, alrededor del 80% de los estudiantes universitarios se autocensuran en sus interacciones con compañeros y profesores (Carrasco, 2021). Esos hallazgos coinciden con mi propia experiencia. Habitualmente preguntaba a mis alumnos el primer día de cada semestre si sentían alguna presión a la hora de responder a las preguntas de los debates en clase o de los exámenes para complacer las inclinaciones políticas o sociales de sus profesores. De media, el 85% respondía afirmativamente a esta pregunta. Hay cierta ironía en el hecho de que la libertad académica esté siendo atacada precisamente por los mismos profesores que alegan que se está violando su derecho a la libertad de expresión, amparado por la Primera Enmienda.
Es una práctica habitual que las universidades prohíban la entrada a determinados ponentes en el campus porque se les considera demasiado controvertidos y pueden incitar a la violencia. Esas preocupaciones pueden partir de buenas intenciones, pero existe un riesgo significativo de que se transformen en algo más siniestro: intentos apenas velados de controlar el pensamiento de los estudiantes y sofocar el debate sin restricciones.
Principios
El principio de la libertad académica es la idea consagrada por el tiempo de que tanto los profesores como los estudiantes deben ser libres de dedicarse a la investigación, al discurso intelectual crítico y al debate apasionado y razonado sobre prácticamente cualquier tema o cuestión relevante sin temor a represalias o prejuicios. Se supone que la universidad debe servir como el foro intelectual que promueve una contienda de ideas rigurosa, objetiva y sin tapujos. Existen esencialmente dos tipos de profesores: los que educan para formar líderes intelectuales y los que adoctrinan para crear seguidores acríticos. Los primeros entienden que el aprendizaje es un proceso de destrucción creativa en el que las nuevas ideas desafían y desplazan constantemente a las antiguas. En 1837, Ralph Waldo Emerson subrayó esta idea en un discurso titulado "El erudito americano" ante la Sociedad Phi Beta Kappa del Harvard College:
Los jóvenes dóciles crecen en las bibliotecas, creyendo que es su deber aceptar las opiniones que Cicerón, Locke y Bacon han expuesto, olvidando que Cicerón, Locke y Bacon no eran más que jóvenes en las bibliotecas cuando escribieron esos libros.
La misión educativa no es producir clones intelectuales de los profesores, sino animar a los estudiantes a tener el valor de pensar de forma rigurosa, crítica y objetiva para desafiar la ortodoxia imperante. John Maynard Keynes describió este ejercicio como "una lucha por escapar de los modos habituales de pensamiento y expresión".
Límites difusos
Los profesores a veces hacen declaraciones polémicas y las universidades han tenido dificultades para lidiar con las consecuencias. En una historia que atrajo la atención nacional, la profesora de Derecho de la Universidad de Pensilvania Amy Wax fue relevada de la docencia de una asignatura obligatoria de primer curso, se le redujo la mitad de su salario anual y se le retiró su cátedra dotada porque, supuestamente, hizo declaraciones despectivas sobre la capacidad de los estudiantes negros. En un podcast de octubre de 2017 presentado por el economista de la Universidad de Brown Glenn Loury, dijo: "No creo haber visto nunca a un estudiante negro graduarse entre el primer cuarto de la clase, y muy, muy rara vez, entre la mitad superior".
La cuestión no es si estas declaraciones están protegidas por la Primera Enmienda; lo están. Pero Penn no es una institución estatal; es una entidad privada que, dentro de ciertos parámetros, establece sus propias políticas de empleo. Entre esas políticas se encuentra la concesión de una amplia libertad académica al profesorado. Sin embargo, esas políticas también obligan al profesorado a respetar la libertad académica de los estudiantes. Por lo tanto, la cuestión es si las declaraciones de Wax socavan la misión educativa de Penn al hacer prácticamente imposible que los estudiantes negros participen en un discurso crítico en su aula y sigan creyendo que serán evaluados objetivamente únicamente en función de los méritos de su rendimiento; es decir, si se viola su libertad académica. Si es así, entonces Wax ha traspasado los límites de la libertad académica, y su empleo puede verse en peligro.
En otro ejemplo muy sonado, Larry Summers fue destituido como rector de Harvard después de que se interpretara que unos comentarios que hizo en una conferencia académica sugerían que las mujeres tienen menos aptitudes matemáticas que los hombres (Lo que realmente dijo fue que los hombres están sobrerrepresentados en ambos extremos de la distribución de aptitudes matemáticas, y que esto podría ser una razón por la que los hombres superan en número a las mujeres en los puestos de élite del profesorado de ingeniería y ciencias). La respuesta de la comunidad académica fue rápida y virulenta. Es posible que las declaraciones de Summers estuvieran redactadas de forma poco sensible, pero no fueron maliciosas a propósito. Se le pidió específicamente que abordara por qué el mundo académico ha tenido un éxito limitado a la hora de conceder la titularidad a profesoras de ingeniería y ciencias físicas, a pesar de los esfuerzos por equilibrar la representación de género.
Actualmente hay una falta de un sólido respaldo empírico (lo cual no quiere decir que no haya ningún respaldo en absoluto) para la hipótesis de Summers y, en particular, sobre si las diferencias que puedan existir son de naturaleza biológica o ambiental (Vos et al. 2023). No obstante, la conjetura en sí misma no es descabellada. Los psicólogos educativos han descubierto que hombres y mujeres no aprenden necesariamente de la misma manera, lo que ha dado lugar a experimentos con escuelas y aulas específicas para cada género. Por lo tanto, no es inconcebible que las fortalezas relativas de hombres y mujeres puedan variar según las disciplinas académicas.
Todo esto plantea la pregunta de si Summers fue destituido como rector de Harvard porque su conjetura carecía de un sólido respaldo empírico o porque se consideró de forma instintiva que era herética. Descartar la posibilidad de que existan diferencias porque tal idea pueda "ofender" es contrario al propósito de la academia, que es abordar activamente cuestiones difíciles (y a veces incómodas). La universidad debería ser un lugar sagrado donde ninguna pregunta, independientemente de su potencial para ofender, se considere tabú.
Asumir que no hay diferencias cuando estas existen puede dar lugar a una asignación ineficiente de los recursos de la sociedad. Las universidades tenderían naturalmente a aplicar un porcentaje uniforme de profesorado femenino en todos los departamentos académicos, cuando la eficiencia podría exigir un porcentaje no uniforme. Este es el principio económico de la ventaja comparativa en acción. Esto no quiere decir que la eficiencia estática deba ser determinante, ya que el peso asignado a los modelos a seguir que fomentan un mayor interés por las ciencias entre las mujeres también debería tenerse en cuenta.
Una controversia relacionada con la "libertad de expresión" saltó a la palestra tras el asesinato del activista político Charlie Kirk. Una profesora de psicología de la Universidad Estatal de Fort Hays (Kansas), Nuchelle Chance, fue suspendida después de escribir en Facebook que "los hombres blancos estadounidenses son los animales más peligrosos del planeta". Un profesor de arte de la Universidad de Dakota del Sur, Phillip Michael Hook, fue amenazado con el despido cuando supuestamente se refirió a Kirk como un "nazi que difunde el odio". En una resolución provisional, el juez del caso Hook determinó que el profesor "tiene derecho a la protección de la Primera Enmienda" y que la universidad no presentó "ninguna prueba de perturbación" en respuesta a su publicación en las redes sociales.
En otro caso más, indicativo de un problema creciente de antisemitismo en los campus universitarios, un profesor de Derecho de la Universidad de Kentucky, Ramsi Woodcock, alegó que se habían violado sus derechos amparados por la Primera Enmienda cuando fue expulsado del aula tras pedir públicamente una acción militar para acabar con la existencia de Israel. La universidad replica que tiene la obligación, en virtud del Título VI de la Ley de Derechos Civiles de 1964, de velar por la seguridad y el bienestar de sus estudiantes y personal.
Las universidades no han establecido una prueba de fuego para determinar cuándo el ejercicio de la libertad de expresión por parte de un profesor viola el principio de libertad académica, ni es probable que dicha prueba se establezca en un futuro próximo. No obstante, resulta útil esbozar cuáles podrían ser las líneas generales de dicha prueba. La prueba podría comenzar preguntando si existe una alta probabilidad de que las declaraciones públicas del profesor, incluidas las publicaciones en redes sociales, pongan en riesgo a los miembros de la comunidad universitaria o desalienten el discurso crítico y el libre intercambio de ideas en el aula de una manera que justifique las preocupaciones sobre sesgos, prejuicios o falta de objetividad en la evaluación del rendimiento de los estudiantes. Una respuesta afirmativa a cualquiera de estas condiciones sería, en principio, motivo de descalificación.
Las cortes llevan mucho tiempo luchando por encontrar el equilibrio adecuado entre la protección de la libertad de expresión y la regulación de contenidos considerados dañinos o inapropiados. En Jacobellis v. Ohio (1964), un caso histórico sobre la obscenidad, el juez Potter Stewart admitió en su famosa frase que, aunque tal vez no fuera capaz de definir la obscenidad, "la reconozco cuando la veo". Se plantean retos similares en el contexto de la libertad de expresión protegida constitucionalmente y la expresión que se considera contraria al principio de la libertad académica.
Conclusión
Fuente: El Cato