domingo, 30 de agosto de 2026

Bolivia Lab 2026 lleva adelante la Muestra Internacional de Películas


En el marco del XV Taller Internacional de Guion – Bolivia Lab 2026, se desarrolla en Cochabamba, la Muestra Internacional de Películas (MIP) Bolivia Lab. La actividad es gratuita y se tiene contemplado un conversatorio con los directores después de la exhibición de las películas de largometraje.

La proyección de dos filmes está prevista para el martes 1 y miércoles 2 de septiembre en la Alianza Francesa de Cochabamba.

El martes, desde las 19:00, se proyectará la película “Postales colombianas”, del cineasta Ricardo Coral.

La actividad es impulsada por Bolivia Lab- Historias de vuelo, con el respaldo de Alianza Francesa, Awa Gestión Cultural, Red Colombiana de Escritores Audiovisuales SGC, ABRA, Herbert Suárez.

La película colombiana relata la historia de Piedad, Caridad y Fanny, mujeres intelectuales, feministas, bien posicionadas profesionalmente, autónomas y de clase media, que se reencuentran una noche para compartir sus vivencias, recuerdos y puntos de vista.

Esa misma noche se cruzan con tres hombres de apariencia normal; ellos terminarán siendo sus verdugos porque el ente de poder para el que trabajan les ha ordenado entregar nuevos “positivos”. En el argot militar colombiano “positivos” es el nombre que se les da a los enemigos dados de baja en combate.

El miércoles 3 de septiembre será el turno de la cinta brasileña “A los ojos de Ernesto”, de la directora Ana Luisa Azevedo.

El filme tiene una duración de 112 minutos y refleja la vivencia de Ernesto, quien se enfrenta a las limitaciones de la vejez, como la soledad y la creciente pérdida de visión, conoce a Bia, quien trastorna su existencia y pone en peligro su vida cotidiana al convertirse en un eterno extraño.

Fuente: Los Tiempos

Albertina Sacaca


El 2018 publiqué La Paz en el torbellino del progreso (IIS-UNAM, disponible gratuitamente), un libro donde explicaba el alcance de las transformaciones urbanas en las últimas dos décadas vistas desde lo cultural. 

En el segundo capítulo titulado De la marginalidad a la frivolidad: los nuevos estilos de vida, me detenía en algunas figuras paceñas típicas que vivieron una fuerte mutación. Empezaba retomando los personajes de la ciudad oculta de Jaime Saenz y contrastaba aquel bosquejo citadino de los 80 con la realidad del nuevo siglo.

Analizaba el entusiasmo modernizador del masismo, el crecimiento del mercado inmobiliario, el impresionante aumento del consumo en restaurantes, vehículos costosos, productos de perfumería o cosméticos, joyería y hasta alcoholes (por ejemplo el whisky que entró a muchos hogares como regular bebida espirituosa), vinos sofisticados, chocolates y cafés. La Paz del nuevo siglo era otra. 

En el último apartado, me detenía en la novela de Juan Recacoechea Abeja Reina y en el escándalo de Gabriela Zapata. Recapitulemos. En el libro, se narra la historia de Mercedes, una mujer de clase alta que cae en picada fruto de las medidas del gobierno del MAS. Su decadencia social es recompensada con cirugía plástica que le permite, si no recuperar su posición, al menos mantener su capital erótico y seguir en el circuito del deseo. 

Como contrapunto de aquella feminidad en retirada, explicaba la emergencia de la atractiva Gabriela Zapata, justo cuando el escándalo estaba en boga. Una mujer humilde que estudia en la Universidad de San Simón en Cochabamba, se vincula con Evo Morales y dotada de un cuerpo generoso, asciende social y económicamente. Gabriela tomó la plaza pública con una seguridad antes no vista, paseaba por eventos exclusivos, barrios distinguidos, joyerías carísimas demostrando su poder y prestancia.

Gabriela y Mercedes eran dos caras de la misma moneda. Una mujer en descenso y la otra en ascenso, un proceso político y cultural que movía las entrañas, las formas dominantes de lo femenino en una sociedad en profundo reacomodo. Ambas figuras desafiaban a los sociólogos que encontraron en las categorías de antaño como “chola, birlocha o señorita” la posibilidad de explicar lo que sucedía. Hogaño no era igual.

Pues bien, son casi 10 años de aquel texto. Hoy tenemos otras maneras, incluso más diversas, de mostrar lo femenino. Y me detengo en Albertina Sacaca, notable y bella influencer nacida en Chayanta (Potosí) en 1999. Con 25 años ha acariciado el sueño de todo joven creador de contenidos digitales. Se dice que en el 2025 tenía 9 millones de seguidores en TikTok y más de un millón en Instagram, todos regados por el mundo entero (en México es muy conocida).

En sus videos, Albertina se pasea por India, Río de Janeiro o Nueva York con inigualable soltura. A la vez nos lleva a la cotidianidad de su casa, su terreno, su construcción. Un día la vemos vestida con traje típico de la India, al día siguiente con una tenida popular potosina cosechando habas o haciendo una mezcla se cemento, y al día siguiente ataviada a la moda citadina. 

Tan versátil como atractiva, Sacaca, que no cambió ni su nombre ni su apellido al alcanzar la fama, nos lleva de la mano por la vida cotidiana de su origen social y étnico, o por los lugares dominantes de legitimidad turística mundial. Su acento, su estilo, su sello está anclado en las profundidades potosinas que no abandonó.

Es curioso, sin un discurso identitario que reivindique su posición de clase –pocas veces habla de política–, introduce en el discurso global otra forma de feminidad, que no es la de la exitosa y guapa empresaria que se empeña en mostrar que conquistó Los Ángeles (como Carla Ortiz), ni la líder indígena que exhibe su cultura para ganarse un lugar.

Albertina dejó atrás a miles de personas que quisieron usar las redes para conseguir la gloria. Y lo hizo volteando a sí misma, llevando su celular a su dormitorio, a su patio, a su calle, a su olla. No tuvo que enredarse con el poder como Gabriela Zapata, ni que acudir a la cirugía como Mercedes en la novela de Recacoechea. Solamente se mostró diáfana, sin filtro, natural.

Es curioso, Sacaca nació el último año del siglo XX y es el modelo del siglo XXI. Un fruto tanto de la situación estructural de El proceso de cambio que abonó y permitió ese tipo de expresiones, como del internet y la globalización. No tuvo que ir a La Paz, vincularse con un político o seducir a un señorito; no necesitó estudiar en la universidad, sentarse en algún escritorio de la burocracia estatal, recorrer los pasillos urbanos sufriendo discriminación y racismo para batallar por reconocimiento. Desde su dormitorio en Potosí y en Sucre, se colgó de la fibra óptica, se saltó todos los protocolos tradicionales del ascenso social, y llegó al pedestal de la celebridad.

En algunos textos he sostenido que Albertina es el verdadero reflejo de la sociedad boliviana actual resultado de los últimos años de transformación: una mujer orgullosa de sí misma y de su cultura, despolitizada y desideologizada, especialmente hábil para las redes sociales, tan ambiciosa y estratégica como inteligente, coqueta y sensual. 

Tal vez para comprender mejor la Bolivia actual, habría que detenernos en este tipo experiencias, en vez de voltear hacia los políticos tradicionales, los sindicatos y los partidos, las banderas desgastadas o los lugares comunes de comprensión de lo colectivo. Albertina Sacaca es, a mi entender, uno de los rostros que mejor explican en qué estamos actualmente. Hay que ponerle atención. Por lo pronto, no me pierdo ninguno de sus videos y me declaro su ferviente admirador.

Imagen: La Patria

Fuente: Inmediaciones

Del dunucuavi al kanka uchu: cuatro territorios cuentan su patrimonio alimentario


Hay territorios que pueden contarse a través de sus paisajes. Otros, a través de sus mercados, sus cultivos o de aquello que hierve lentamente en una olla. En Bolivia, cuatro registros de patrimonio alimentario permiten recorrer esa diversidad desde la comida y, sobre todo, desde las personas que mantienen vivos sus saberes y los jóvenes que deciden preservarlos a futuro.

Los registros de patrimonio alimentario sobre Porvenir (Pando), Llallagua (Potosí), Camargo (Chuquisaca) y Caranavi (La Paz) serán presentados este 3 de septiembre durante el Foro Latinoamericano de las Juventudes, en el marco de Latimos, un encuentro que reunirá en La Paz a 16 jóvenes rurales de Bolivia, Colombia, Guatemala y Honduras.

Los cuatro registros alimentarios se desarrollaron en el marco del proyecto Huellas: Patrimonio alimentario para sistemas alimentarios sostenibles, liderado por la organización no gubernamental Conexión con el apoyo financiero del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) en coordinación con el Ministerio de Educación y socios como MIGA, Manq’a y CASM.

El patrimonio alimentario es memoria viva

En Porvenir, la temporada de la castaña puede cambiar el ritmo entero de un municipio. Allí, el bosque funciona como despensa, fuente de ingresos y también como memoria viva: castaña, asaí, majo, copoazú y otros frutos forman parte de una relación cotidiana con el territorio.

“Entre las preparaciones destacadas de Porvenir se encuentra el Dunucuavi que actualmente se elabora muy poco en las familias. Su particularidad radica en que emplea utensilios proporcionados por la propia naturaleza, como la tacuara, las hojas de japaina y una parrilla improvisada con maderos verdes”, detalla la, Mery Osco, investigadora de MIGA a cargo de los registros de patrimonio alimentario.    

A cientos de kilómetros, en Llallagua, el patrimonio alimentario tiene otro paisaje. La papa, el chuño, la muraya y el ají conviven con una memoria marcada por la minería. El kanka uchu y el phampaku muestran cómo una cocina puede reunir lo andino, lo urbano y lo minero en una misma identidad.

Sobre el kanka uchu, Osco explica que, si bien es reconocido como un plato emblemático de Llallagua, pocas cocineras conocen su preparación, por lo que no siempre es posible encontrarlo. Es una elaboración contemporánea que conserva su raíz en la “kanka”, preparación de las zonas rurales, e integra productos representativos del territorio, como chuño, papa, arveja seca, haba, carne de llama y ají rojo.

En Camargo, la memoria también se cultiva entre viñedos, durazneros y hornos de barro. Allí, la tradición vitivinícola convive con una cocina valluna donde el ají, el maíz, la papa y las frutas transformadas forman parte de la identidad local. El registro recoge historias como la de Isabel “Chavela”, cuyo lechón al horno (foto de abajo) pasó de una pequeña cocina familiar a ocho hornos de barro que trabajan a plena capacidad por la demanda, mientras su hija comercializa el plato mediante redes sociales, pagos QR y envíos a distintos puntos de Bolivia. 

También aparecen los saberes de familias productoras que convierten duraznos en kacha (deshidratado natural), proyectan nuevos vinos y buscan que sus hijas e hijos continúen y transformen ese legado. 

En tanto, en Caranavi, alimentos como el café, el plátano, la yuca, los frutos amazónicos y productos del bosque construyen una cocina diversa y en permanente adaptación. 

Uno de los elementos destacados en la investigación es el hongo conocido localmente como “oreja de mono” y el ají amarillo de árbol. El primero era recolectado principalmente durante la época de lluvias, pero actualmente se utiliza muy poco. 

“Respecto al ají amarillo, Carla, una joven del territorio, recordó que su abuela le contaba que antes existían varios árboles. Con el tiempo fueron retirados porque no sabían cómo usarlo y hoy su familia conserva uno de los pocos ejemplares. Para ella, este ají posee un sabor particular y muy apreciado”, comenta Osco.

Lo que puede perderse también forma parte de la historia 

El registro también revela lo que puede perderse. La sopa de postre verde tiene un riesgo alto de desaparición; el hongo “oreja de mono” mantiene vivo su conocimiento en comunidades rurales, pero pierde presencia en el ámbito urbano. Y en Porvenir, el Dunucuavi, enfrenta igualmente un alto riesgo de desaparecer.

La investigadora detalla que muchas de estas preparaciones están presentes en la memoria y en la vida cotidiana de las comunidades; sin embargo, su origen, la razón por la que fueron adoptadas como propias y su relación con los productos locales, presentan vacíos respecto de su historia, sus ingredientes, sus técnicas de elaboración y los significados que tienen para la población.

Estos testimonios muestran que el riesgo de desaparición no afecta solamente a los platos terminados: también alcanza a los ingredientes, las formas de recolección, las técnicas culinarias y los recuerdos que permiten reconocerlos como parte de la herencia alimentaria del territorio. 

Los registros muestran que detrás de cada preparación hay mucho más que una receta: hay ingredientes, formas de producir y recolectar, técnicas y conocimientos que pasan de una generación a otra. 

Un aporte que busca preservar la riqueza de los territorios

“Desde la perspectiva de Conexión, el principal aporte de los registros de patrimonio alimentario es hacer visible y poner en valor una riqueza que ya existe en los territorios: alimentos, saberes, prácticas productivas, técnicas, recetas, historias y conocimientos que forman parte de la identidad de las comunidades”, señala Conny Toornstra, directora regional para América Latina de Conexión Icco Latam. 

Destaca a su vez que la motivación del proyecto Huellas no fue únicamente documentar ese patrimonio, sino generar una herramienta que permita reconocerlo como un activo vivo, con potencial para fortalecer la identidad territorial, promover el uso sostenible de la biodiversidad y, sobre todo, generar nuevas oportunidades económicas para las comunidades.

La importancia de las nuevas generaciones para preservar el patrimonio

Huellas parte de la idea de que este patrimonio puede perderse si las nuevas generaciones dejan de reconocer su valor, pero también de que los jóvenes pueden darle nuevas formas de vida y de futuro. Los registros permiten que conozcan y se apropien de lo que existe en sus territorios y, desde allí, puedan innovar, comunicar y transformar en productos, servicios, emprendimientos o experiencias y generar ingresos sin desvincularse de su identidad. 

“Para Conexión, se trata de conectar patrimonio, juventud y oportunidades económicas, haciendo que aquello que viene de generaciones anteriores pueda convertirse también en una oportunidad para las generaciones que vienen”, concluye la representante regional. 

El proyecto Huellas: patrimonio alimentario para sistemas alimentarios sostenibles

El proyecto Huellas es una propuesta regional financiada por FIDA e implementada por Conexión que coloca a las juventudes en el centro de la revitalización territorial. El proyecto trabaja en 12 territorios rurales de Bolivia, Colombia, Guatemala y Honduras para fortalecer las capacidades de 3.600 jóvenes, al menos 60% mujeres y 60% pertenecientes a pueblos indígenas, recuperando el valor de su patrimonio alimentario, cultural y ambiental y convirtiéndolo en oportunidades de liderazgo y crecimiento económico sostenible. 

A través de formación integral, impulso a empleos y emprendimientos con triple impacto, participación juvenil y generación de conocimientos para escalar el modelo, Huellas fortalece el rol de las juventudes como protagonistas y narradoras del cambio.

Fuente: Brujula Digital