sábado, 7 de febrero de 2026

Los cuellos de botella de la inteligencia artificial


En los últimos cinco años nos acostumbramos a pensar la inteligencia artificial como una carrera de capacidades: mejores modelos, más datos, cómputo más grande, arquitecturas cada vez más eficientes. En 2026, lo decisivo no es quién puede entrenar el mejor sistema, sino quién tiene autorización para hacerlo, en qué territorio, con qué insumos críticos, bajo qué jurisdicción y por cuánto tiempo antes de que las reglas –o el mundo– vuelvan a cambiar. El cuello de botella ya no es técnico, sino geopolítico, energético y normativo.

La inteligencia artificial empieza a parecerse menos a una carrera de innovación y más al tablero propio de la Guerra fría del siglo XXI, donde las reglas no solo cambian, sino que se reescriben mientras la carrera está en curso. Un reciente ejemplo revelador es el comercio del chip H200 de Nvidia con China: ya no se rige únicamente por la lógica de la oferta y la demanda, sino por decisiones estatales tomadas casi en tiempo real. Beijing ha pedido a empresas locales pausar pedidos incluso en un contexto de demanda elevada. No es casual que Jensen Huang, director de Nvidia, subraye que el apetito del mercado sigue siendo “muy alto” y que la cadena de suministro esté activada. Hoy, incluso cuando el mercado quiere comprar y el proveedor quiere vender, la pregunta decisiva ya no es comercial, sino política: si el gobierno chino autoriza la compra o si el gobierno de Estados Unidos permite la exportación.

El problema de negocio que corre por debajo de todo esto se vuelve cada vez más denso y escurridizo, incrustado en esos tejidos invisibles que ningún director general de ninguna empresa puede proyectar ni simular. La pregunta fundamental, ¿se puede?, ya no tiene una respuesta estable: hoy sí, mañana quizá. ¿Se pueden vender chips estadounidenses y, efectivamente, enviarlos? ¿Se puede adquirir una empresa con vínculos con China sin quedar bajo sospecha de espionaje? ¿Se puede entrenar, alojar y desplegar inteligencia artificial a través de fronteras sin despertar un día bajo una nueva definición de lo que ahora “cuenta” como transferencia tecnológica? Las empresas de inteligencia artificial siguen compitiendo en velocidad e innovación, pero la verdadera competencia se ha desplazado a otro plano: la capacidad de diseñar estrategias que no colapsen cuando las reglas cambian a mitad del camino, mientras el juego ya está en marcha.

Incluso China ha ido ampliando el perímetro del conflicto lejos de los reflectores, donde se decide lo verdaderamente importante. La pregunta ya no es “qué chip puedes comprar”, sino algo mucho más decisivo: “sobre qué chip puedes construir la columna vertebral de tu infraestructura nacional”. En noviembre del año pasado, Beijing trazó esa línea con claridad al emitir lineamientos que excluyen chips de inteligencia artificial fabricados en el extranjero de proyectos de centros de datos financiados, aunque sea en parte, por el Estado. De un día para otro, planes que parecían viables tuvieron que reescribirse o desaparecer. La magnitud del giro se volvió evidente en los números: la participación de Nvidia en el mercado chino de chips de inteligencia artificial pasó de dominarlo casi por completo en 2022 a desaparecer prácticamente en 2025.

Del lado estadounidense, el terreno tampoco es estable; los cambios constantes se han convertido, por sí mismos, en una fuente adicional de riesgo. A inicios de diciembre de 2025, el presidente Donald Trump afirmó, no sin polémica, que Estados Unidos permitiría la exportación de los chips H200 de Nvidia a China, imponiendo una tarifa arancelaria del 25% sobre las ventas y bajo supervisión del Departamento de Comercio. La señal parecía clara, pero duró poco. Días después, la propia administración abrió una revisión sobre esas ventas de chips avanzados, dejando en evidencia lo frágil que es la categoría de lo “permitido”. En la práctica, de nuevo, el corredor nunca está simplemente abierto o cerrado: vive en un estado permanente de redefinición, donde cada anuncio puede convertirse, casi de inmediato, en una condición provisional.

Si el frente geopolítico decide quién puede comprar y vender, el cuello de botella energético decide algo más básico: quién puede encender la inteligencia artificial y mantenerla despierta. Este ya no es solo un desafío de software, sino de infraestructura física: electricidad limpia, continua y barata, transmisión, capacidad firme, agua para enfriar servidores que trabajan sin pausa. El centro de datos se ha vuelto la fábrica del siglo, pero su materia prima no es el acero: son los megavatios. Y cuando una región llega al límite de su red, la innovación no se frena por falta de talento, sino por algo más prosaico: subestaciones saturadas, permisos lentos, cuellos de transmisión y contratos de suministro que se cierran con años de anticipación.

Por eso la competencia tecnológica está conduciendo, casi inevitablemente, a una competencia energética. La energía nuclear regresa no como nostalgia industrial, sino como respuesta práctica: entrega densidad, estabilidad y continuidad cuando la demanda crece más rápido que la capacidad de desplegar renovables y líneas de transmisión. Los gigantes tecnológicos ya negocian electricidad como si fuera un activo estratégico, firmando acuerdos de largo plazo para blindar su expansión; los Estados, por su parte, empiezan a tratar la potencia eléctrica como un asunto de seguridad nacional. En este tablero, el liderazgo ya no lo define solo quién construye el mejor modelo, sino quién logra garantizar el flujo constante de energía que lo sostiene: quien controle ese suministro tendrá, literalmente, el interruptor del próximo ciclo tecnológico.

El tercer cuello de botella, el normativo, es el más sutil, porque no se presenta como prohibición frontal, sino como una suma de definiciones, obligaciones y procedimientos que pueden volver inviable un producto sin necesidad de apagar un solo servidor. La Unión Europea empujó este giro con su Reglamento de Inteligencia Artificial, que no regula “la tecnología” en abstracto, sino sus usos por niveles de riesgo, imponiendo desde prohibiciones puntuales hasta cargas de cumplimiento que van de la documentación técnica y la trazabilidad, a evaluaciones, supervisión humana y responsabilidades claras cuando el sistema se despliega en sectores sensibles. Para modelos de propósito general, las obligaciones de transparencia y gestión de riesgos comenzaron a aplicarse en agosto de 2025, con una arquitectura de supervisión que se vuelve más exigente para los modelos considerados de “riesgo sistémico”, incluyendo evaluaciones, mitigación, reportes de incidentes y ciberseguridad.

En paralelo, la fragmentación regulatoria global vuelve la “autorización” un rompecabezas transfronterizo: en Estados Unidos predomina un enfoque más disperso –por estándares y mandatos administrativos– que se apalanca en órdenes ejecutivas y guías técnicas para pruebas, gestión de riesgos y reportes en capacidades avanzadas, con el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología como eje metodológico. China, por su parte, avanza con un esquema más estatal, donde la regulación sobre servicios de inteligencia artificial generativa y normas complementarias sobre algoritmos y “síntesis profunda” operan como un sistema de control: obligaciones de seguridad, etiquetado, gobernanza de contenido y, sobre todo, una lógica de cumplimiento que puede convertirse en condición de acceso al mercado. A esto se suma el combustible jurídico de toda inteligencia artificial moderna: los datos. La legalidad de transferirlos, alojarlos y reutilizarlos entre jurisdicciones se ha vuelto una variable de negocio; basta ver cómo los mecanismos para transferencias de datos entre la Unión Europea y Estados Unidos siguen bajo escrutinio judicial, introduciendo incertidumbre estructural para entrenar y operar sistemas globales.

Todo esto sugiere una conclusión incómoda: la inteligencia artificial difícilmente se estandarizará como se estandarizó internet. Cuando la tecnología se vuelve infraestructura estratégica, cada potencia busca que sus reglas, sus cadenas de suministro y sus definiciones legales sean también una frontera. En vez de un mercado global con una sola gramática, lo más probable es un mundo de ecosistemas: China y sus aliados consolidando un circuito propio de hardware, plataformas, datos y cumplimiento; Estados Unidos y sus aliados haciendo lo mismo; polos como la Unión Europea e India intentando sostener una autonomía regulatoria y productiva que les permita capturar valor sin quedar subordinados. En ese escenario, la ventaja competitiva ya no será solo inventar más rápido, sino construir modelos, empresas y cadenas de suministro capaces de operar en un mapa fragmentado, donde el acceso a mercados, datos y energía dependerá de pertenecer o ser aceptado en cada bloque.

Fuente: Letras Libres

viernes, 6 de febrero de 2026

Arranca el plan de siete mesas del CenGob para digitalizar y transparentar el Estado


El Centro de Gobierno (CENGOB) inició este viernes con la instalación de siete mesas de trabajo en un encuentro realizado en la ciudad de Santa Cruz, con la participación de los 14 ministros de Estado y representantes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Las autoridades trabajarán de manera transversal y con objetivos definidos, orientados a concretar acciones para digitalizar y transparentar la gestión pública.

El encuentro se realizará en siete pilares que están acordes al Plan de Desarrollo Económico y Social (PDES): Bolivia economía para la gente, Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia, Bolivia 50/50, Bolivia moderna y eficiente, Bolivia transparente, Bolivia bienestar para todos, y Bolivia verde y sostenible.
“Ustedes saben que uno de los pilares más importantes es destrancar el Estado, acabar con el ‘Estado tranca’. Ese es el primer paso para la gestión. No es el único objetivo, en realidad vamos a trabajar sobre los siete pilares que está trabajando el Ministerio de Planificación y Medio Ambiente que son los pilares que van a explicar el proceso de desarrollo económico y social de Bolivia en los próximos años. Este es un instrumento que le da la característica a la gestión”, destacó el ministro de la Presidencia, José Luis Lupo, durante la inauguración del encuentro.

La autoridad subrayó que la tecnología será una herramienta central para el funcionamiento del CENGOB y para consolidar la transformación del Estado. Asimismo, afirmó que la población será informada de manera permanente sobre los avances del proceso.

“Esto no se acaba en una sesión, pero esta sesión es muy importante porque nos permite al equipo ministerial del presidente Rodrigo Paz cumplir con su mandato, hacer el ejercicio de las acciones medibles y presentar, darle a cada uno de sus ministerios una ejecución de un plan, con variables medibles”, acotó.

El ministro Lupo también advirtió que Bolivia pierde seis puntos del Producto Interno Bruto (PIB) debido a la ineficiencia del gasto público. “Se calcula para Bolivia que es uno de los peores países en eficiencia del gasto público, se calcula que perdemos seis puntos del PIB por la ineficiencia del gasto público, un costo aún mucho mayor de lo que representaba el subsidio que teníamos a los carburantes”.
En ese marco, destacó que el BID desarrolló un modelo de eficiencia en la gestión pública que será replicado en el país.

Por su parte, el representante del BID en Bolivia, Leopoldo Avellán, señaló que en los últimos 15 años se aplicó este modelo en más de 20 países, tanto a nivel nacional como subnacional.

Avellán resaltó el trabajo previo realizado por los ministros de las distintas carteras de Estado para poner en marcha el CENGOB. “Desde la puesta en vigencia del Centro de Gobierno se va a conocer, desde los siete pilares que implica la ejecución de este Centro de Gobierno, planes de cada una de las carteras ministeriales, proyectos y cómo se va a ir dando seguimiento a la ejecución de los mismos”, precisó.

Asimismo, destacó que este trabajo se enmarca en el plan de gobierno del presidente Rodrigo Paz y adelantó que, si bien se impulsan proyectos de largo alcance, la ciudadanía podrá percibir resultados tempranos. “Sí, tenemos grandes proyectos, importantes proyectos, pero tenemos algunos logros tempranos en estos primeros meses de gobierno”, concluyó.

Fuente: Ministerio de la Presidencia

jueves, 5 de febrero de 2026

Conectividad, pagos y plataformas: el nuevo mapa digital que se abre para Bolivia


La llegada de Starlink a Bolivia, además de representar un avance tecnológico en materia de conectividad, abre la integración del país a los flujos digitales globales. Así lo sostuvo Lorena Parada, gerente general de dLocal Bolivia, durante una entrevista en el programa Factor K de ESN Live, donde explicó que el arribo del internet satelital es posible gracias a la convergencia entre infraestructura tecnológica, apertura regulatoria y sistemas de pago adaptados al mercado local.

Starlink, una de las verticales de SpaceX, ofrece internet satelital de alta velocidad y cobertura en zonas donde la conectividad tradicional es limitada o inexistente, como regiones rurales, áreas amazónicas o zonas por encima de los 5.000 metros de altitud. El servicio se contrata de manera directa a través de su sitio web, sin intermediarios, mediante un sistema que combina geolocalización del usuario, compra de hardware y suscripción mensual.

Según información de la empresa, el kit inicial de Starlink, que incluye la antena satelital y los equipos básicos para la instalación, tiene un costo único estimado entre Bs 2.400 y Bs 2.800, mientras que el router se adquiere por separado. Los equipos están diseñados para una vida útil de hasta 10 años y cuentan con tres años de garantía. La entrega del hardware se realiza mediante servicios de mensajería internacional, con plazos aproximados de 10 días.

Pagos en bolivianos y democratización digital

Un elemento clave para la operación de Starlink en Bolivia es la infraestructura de pagos desarrollada por dLocal, una fintech uruguaya que cotiza en el Nasdaq y opera en más de 40 países, especializada en pagos transfronterizos para mercados emergentes. Según Parada, dLocal permite que los servicios globales se paguen en moneda local, reduciendo fricciones y facilitando el acceso de los usuarios bolivianos a plataformas internacionales.

En el caso boliviano, Starlink puede pagarse mediante tarjetas de débito, crédito y códigos QR, el método de pago que actualmente lidera el mercado con una participación cercana al 76%. dLocal integra más de 900 métodos de pago a nivel global y registra crecimientos anuales cercanos al 60%, apoyándose en alianzas con bancos, procesadoras y pasarelas locales.

Este modelo, explicó Parada, no solo facilita el acceso del consumidor final, sino que permite a las grandes corporaciones cumplir con normativas locales, impuestos y procesos de compliance, creando un entorno formal y transparente para su operación en Bolivia.

Impacto económico y estratégico

Más allá de la conectividad, la ejecutiva subrayó que la llegada de Starlink es una señal de que Bolivia comienza a ingresar al radar de grandes multinacionales tecnológicas. La conectividad satelital de alta calidad impacta directamente en la productividad, la educación, el comercio electrónico, los servicios financieros y la eficiencia del Estado, en un contexto donde el país ha sido históricamente señalado por tener uno de los servicios de internet más caros y lentos de la región.

Starlink opera actualmente con más de 6.700 satélites en órbita y tiene planes de expandir su constelación hasta 42.000, lo que le permite ofrecer cobertura prácticamente global. Para Parada, este despliegue convierte al internet en una verdadera “autopista digital”, indispensable para que los sistemas de pago, el comercio electrónico y los servicios digitales funcionen de manera eficiente.

Un ecosistema en transición

En el marco del programa, se pusieron en evidencia los desafíos pendientes: la necesidad de mayor flexibilidad normativa, un cambio de mentalidad en los actores tradicionales y una adaptación más rápida a la transformación digital. Parada señaló que Bolivia cuenta con creatividad, adopción tecnológica temprana y talento, pero requiere acelerar la construcción de “carreteras digitales” para no quedar rezagada frente a la región.

En ese contexto, la ejecutiva remarcó que Starlink es solo la primera de varias verticales y plataformas globales que podrían desembarcar en el país si el ecosistema financiero, regulatorio y tecnológico continúa fortaleciéndose. “La conectividad ya no es un lujo, es un habilitador del desarrollo económico y social”, concluyó.

Fuente: Economy