A mediados del siglo XX en varios países los maestros veían con desconfianza el uso del bolígrafo. Se creía que ese instrumento arruinaba la caligrafía. Aquellos educadores preferían la elegancia de la escritura con pluma fuente o manguillo de tinta, mucho más difícil y que deja frecuentes manchas. En Estados Unidos había profesores que impedían emplearlo en las escuelas. En Francia, hasta 1965 el Ministerio de Educación resolvió “ya no hay motivo para prohibir […] los bolígrafos”. El rechazo a nuevas tecnologías a menudo enmascara la incomprensión de sus posibilidades, o el temor al cambio.
El bolígrafo reemplazaba a las antiguas plumas de cartucho o tintero para desempeñar la misma función, que es la escritura. El teléfono celular trajo posibilidades de comunicación, información y entretenimiento que no teníamos antes. Es entendible que su utilización en las escuelas suscite resistencias, sobre todo por las abundantes fuentes de distracción que contiene. Atender a 40 alumnos con celulares, debe ser abrumador para cualquier docente. Pero por lo general, y a pesar de que llevamos dos décadas con ellos, no hemos aprendido de manera suficiente a utilizar los teléfonos inteligentes para apoyar y mejorar la enseñanza.
El gobierno mexicano prepara un “acuerdo nacional” para regular e incluso prohibir el uso de celulares en primarias y secundarias. Muchos países están tomando medidas que restringen esos dispositivos en los salones de clase y, por otra parte, limitan o de plano impiden que los menores de cierta edad (16 años, en varios sitios) tengan cuentas en redes sociodigitales. En México la Secretaría de Educación Pública ha organizado foros en donde se exponen quejas y angustias acerca del empleo de tecnologías digitales pero sin un auténtico intercambio entre especialistas en ese tema.
La discusión internacional se ha polarizado entre quienes confían en el empleo de esas tecnologías para mejorar, propagar e incluso individualizar la enseñanza, y aquellos que encuentran muchos más perjuicios que ventajas. Por una parte, a los celulares se les cuestiona por la capacidad que tienen para que los alumnos dejen de atender al profesor y a sus deberes dentro del aula. Por otra, hay quienes consideran que los teléfonos móviles y otros dispositivos, conectados a las redes digitales, hacen más tontas a las personas. Que propician desatención en clase resulta evidente, aunque no lo es tanto que de ella se derive menor rendimiento académico. Por otra parte, la idea de que celulares y redes alienan a niños y jóvenes y provocan enfermedades mentales, aunque se repite con enfática frecuencia, no tiene suficiente respaldo de investigación.
Los estudios más serios son cautelosos. La UNESCO, en un documento de 2023, señala que el empleo de dispositivos digitales entorpece el aprendizaje dentro y fuera del aula: “más allá de un umbral moderado puede tener un impacto negativo en el rendimiento académico”. Ese umbral varía de una circunstancia a otra. Es imposible generalizar acerca del empleo de tales tecnologías porque sus posibles efectos dependen del tiempo de uso, los contenidos que se miran o propagan con ellos, el temperamento, la experiencia y la instrucción: la circunstancia, en fin, de cada persona.
Ese documento de la UNESCO revisa otras investigaciones acerca del empleo de celular por parte de niños y jóvenes en 14 países y desde la enseñanza preescolar hasta la superior. Allí, se “encontró un pequeño efecto negativo que era mayor en el nivel universitario”. Nada más, nada menos. Por supuesto, mientras más distracciones haya en el salón de clases, resultará más difícil mantener la atención. Pero en esas indagaciones no siempre se documentan usos provechosos de los dispositivos digitales, entre otros para tomar notas, consultar bibliografía, fotografiar o grabar las exposiciones del maestro y los compañeros, crear redes de estudio o mantener contacto con el profesor fuera del aula.
El informe de la UNESCO presenta esta conclusión: “Los datos sobre el uso y la eficacia de la tecnología demuestran que, más allá de afectar a los resultados individuales del aprendizaje, puede tanto facilitar como perturbar los procesos de enseñanza y aprendizaje”. Pues sí. Ese hallazgo se parece al descubrimiento del agua tibia pero tiene el mérito de no allanarse ni al optimismo, ni al catastrofismo acerca de las tecnologías digitales en la enseñanza.
De allí se deriva una recomendación muy importante: “los gobiernos deben basar sus decisiones de adquisición y ampliación en pruebas fiables que analicen los efectos a largo plazo de las intervenciones, considerando cuidadosamente todos los elementos pedagógicos implicados”. Eso es lo que no tenemos hoy en México. El gobierno sataniza el uso de celulares en las escuelas y prepara una política restrictiva sin un diagnóstico riguroso.
El 3 de agosto la presidenta Claudia Sheinbaum, durante su conferencia en Palacio Nacional, presentó una videollamada con el profesor Jonathan Haidt de la Escuela de Negocios de la Universidad de Nueva York. Se trata del autor del libro La generación ansiosa, que ha tenido enorme difusión y que sostiene que las tecnologías digitales son tan perniciosas que han “realambrado” el cerebro de los niños y jóvenes y les ocasionan ansiedad, depresión y otros trastornos.
Haidt considera que el empleo de celulares daña a la educación porque, desde 2013, en Estados Unidos y México han caído las calificaciones en los exámenes escolares. Tal regresión académica puede tener otras causas: carencias económicas, violencia social, déficits culturales, desatención gubernamental a las tareas educativas, etcétera, pero ese investigador solamente culpa a los celulares y las redes. Propone que en México sea prohibido el empleo de celulares durante toda la jornada escolar y que el uso de redes digitales esté vetado a los menores de 16 años.
Las fórmulas de Haidt son exitosas porque de manera drástica y simple, con aparente contundencia, pretende resolver los complejos dilemas que plantean los dispositivos digitales en la enseñanza y para los niños y jóvenes. Por eso ha recibido numerosos cuestionamientos —que el gobierno de México no recupera en sus foros— en la discusión académica. La psicóloga Candice L. Odgers de la Universidad de California, en Irvine, escribió en una reseña muy crítica del libro de Haidt: “Cuando se observan asociaciones a lo largo del tiempo, estas no sugieren que el uso de las redes sociales anticipe o cause depresión, sino que los jóvenes que ya padecen problemas de salud mental utilizan dichas plataformas con mayor frecuencia o de manera diferente a sus compañeros que no presentan estos problemas”.
Uno de los estudios más importantes sobre el empleo de teléfonos móviles en el salón de clases, publicado en 2025, lo hicieron en India tres investigadores de las universidades de Pennsylvania, Jawaharlal Nehru y de Copenhague, que revisaron el desempeño académico de casi 17 mil estudiantes en diez instituciones de enseñanza superior. Encontraron que la recolección forzosa de celulares en los salones de clase está relacionada con una ligera mejoría en el desempeño de los estudiantes, especialmente entre los que han tenido menor rendimiento académico y los alumnos de primer año. Pero eso no sucede entre quienes estudian materias de ciencias, tecnología, ingenierías y matemáticas. El estudio no aclara por qué la ausencia de celulares no tiene efectos registrables en esas disciplinas. Lo único que se puede asegurar a partir de ese estudio es que, con pequeños márgenes, cuando no tienen celulares los alumnos menos aventajados aprovechan más las clases.
El celular, sin embargo, puede ser enlace con la escuela e incluso el único acceso a ella en sitios alejados, o en donde no hay suficiente infraestructura educativa. The Economist relató en julio pasado que en India, en el pueblo de Nagepur que se encuentra en el estado de Uttar Pradesh, desde hace tiempo los celulares son empleados para hacer las tareas escolares. “Pero los chatbots de IA son una revelación. Si se pregunta a una clase de alumnos de entre 11 y 14 años si los utilizan, se alzará una oleada de manos… Entre los niños que utilizan teléfonos con fines educativos, tres cuartas partes afirman emplear la IA para practicar, resolver dudas y cubrir lagunas de conocimiento”.
El teléfono móvil, en manos de adolescentes, puede ser vehículo para el bullying, la creación y circulación de pornografía y para propagar violencia. Pero también sirve para aprender y, cada vez más, enlazar a los jóvenes con la inteligencia artificial, con todos los riesgos pero también todos los beneficios que ello implica. Cualquier intento para apartarlos de tales dispositivos puede vulnerar ese acceso a la información y al conocimiento.
La prohibición al celular, dentro e incluso fuera de las escuelas, avanza en varios países, con distintas modalidades, pero hasta ahora no se ha comprobado que tales medidas tengan resultados favorables para la salud mental de los jóvenes. El psicólogo Christopher J. Ferguson, de la Universidad de Stetson en Florida, explica:
“Es probable que la prohibición de los teléfonos inteligentes responda a una reacción intuitiva, ya que pocos docentes, padres o pediatras desean que los jóvenes presten atención a sus teléfonos en lugar de a los profesores. A diferencia de soñar despierto o hacer garabatos, los teléfonos inteligentes recuerdan de forma muy visible a los docentes que, a menudo, resultan aburridos para los alumnos”.
Prohibir los celulares es una medida vistosa, tranquiliza a los padres de familia desconcertados con la asiduidad de sus hijos a tales dispositivos, libera a los docentes de la necesidad de lidiar con ellos y permite que los gobernantes se luzcan como defensores del bienestar psicológico y la calidad de la enseñanza. Pero, como suele ocurrir con los prohibicionismos de toda índole, el veto al celular desvía la atención de otros problemas e impide aprovecharlo como recurso didáctico.
Añade ese investigador: “En la actualidad, la evidencia no respalda que el tiempo dedicado a las nuevas tecnologías, como los teléfonos inteligentes o las redes sociales, esté relacionado con el sueño de los jóvenes o la salud mental. Los meta-análisis sugieren que reducir el tiempo en las redes sociales no mejora la salud mental. Esto ha sido cierto en muestras tanto entre adultos jóvenes como en adolescentes”.
El pánico moral delante de tecnologías que no se comprenden o no se saben utilizar, o a las que se culpa de problemas de los que no son causa, tiende a confundir el contexto con las causas. El mismo Ferguson apunta: “El problema de los pánicos morales es que a menudo distraen a la sociedad de las preocupaciones reales… El temor a los teléfonos inteligentes distrae a los responsables de formular políticas de cuestiones como los sucesos adversos en el entorno familiar, o el acoso entre compañeros, que realmente anticipan problemas graves de salud mental en los jóvenes”.
Para que los celulares no rivalicen con el profesor en clase, podría regularse su empleo en algunos horarios y en materias específicas dentro de la escuela. Resulta indispensable que a esos y otros dispositivos se les reconozca como parte del entorno, la socialización y la información que reciben los jóvenes y niños. Por eso, en vez de abominar de ellos, el sistema educativo tiene la responsabilidad de aprender a aprovechar los instrumentos digitales y, por otra parte, enseñar a los estudiantes a utilizarlos para respaldar o incluso adquirir conocimiento. La alfabetización digital debe formar parte tanto de la capacitación de los maestros, como de las enseñanzas que ofrece la escuela.
Fuente: Inmediaciones