miércoles, 30 de septiembre de 2026

IA gana espacio como herramienta de trabajo: 70% ya ahorra tiempo en Bolivia


La inteligencia artificial empieza a consolidarse como una herramienta de uso cotidiano entre los bolivianos. Según el Monitor de Inteligencia Artificial 2026 de Ipsos Ciesmori, 69% afirma tener un buen entendimiento de qué es la IA y 54% señala que sabe qué productos y servicios utilizan esta tecnología. Además, 54% considera que la IA ya cambió profundamente su vida diaria durante los últimos tres a cinco años.

Pero uno de los datos que más destaca en el caso boliviano está relacionado con el trabajo: 70% de quienes actualmente trabajan afirma que las herramientas de IA le han ahorrado tiempo durante el último año, ocho puntos porcentuales por encima del promedio global de 62%.

Una herramienta para hacer más en menos tiempo

La percepción sobre la utilidad de la IA también se refleja en las expectativas hacia los próximos años. 58% de los bolivianos considera que un mayor uso de esta tecnología permitirá realizar tareas en menos tiempo, mientras que 57% cree que contribuirá a mejorar su trabajo.

El impacto esperado también alcanza al conjunto de la economía. 40% considera que la IA ayudará a mejorar la economía del país, mientras que 44% espera efectos positivos sobre el mercado laboral. En ambos casos, los porcentajes registrados en Bolivia están por encima de los resultados globales reportados por Ipsos.

La relación con la tecnología, sin embargo, no es completamente lineal. 57% de los bolivianos afirma sentirse entusiasmado con los productos y servicios que utilizan IA, pero 51% reconoce que estos también le generan nerviosismo.

Usar IA aun cuando no existe plena confianza

El estudio también muestra una característica relevante en la adopción de estas herramientas: 63% de los trabajadores bolivianos señala que no siempre confía en las herramientas de IA, pero las utiliza igualmente. Esta proporción supera al promedio global, situado en 62%.

Esto se relaciona con una demanda creciente de transparencia. 82% considera que los productos y servicios que utilizan IA deberían revelar que hacen uso de esta tecnología, frente a 80% en el promedio global.

En materia de confianza, 65% de los bolivianos afirma confiar en que la IA no discrimine ni muestre sesgos hacia determinados grupos, diez puntos porcentuales por encima del promedio global de 55%.

La productividad convive con la transformación del empleo

El avance de la IA como herramienta de apoyo no significa que los trabajadores no anticipen cambios importantes. 71% considera probable que la IA cambie la forma en que realiza su trabajo actual durante los próximos cinco años.

Asimismo, 56% considera probable que la IA sustituya su empleo actual, el porcentaje más alto entre los países comparados en el estudio. El dato muestra que, junto con el reconocimiento de sus beneficios como herramienta, existe una expectativa de transformación sobre determinadas ocupaciones y funciones.

Bolivia y la tendencia regional

En América Latina, la percepción sobre los beneficios de la inteligencia artificial se mantiene relativamente estable. Ipsos señala como excepciones a Brasil y México, los dos mercados más grandes de la región, donde se registraron caídas en este indicador.

En el uso laboral, Bolivia registra un 70% de trabajadores que afirma haber ahorrado tiempo con herramientas de IA, por encima de Perú (74%), México (70%), Colombia (70%), Chile (65%), Argentina (64%) y Brasil (59%), aunque por debajo del resultado de Perú. El promedio global es de 62%.

La percepción de que la IA puede mejorar el trabajo también presenta diferencias dentro de la región. En Bolivia, 57% considera que su trabajo será mejor con un mayor uso de IA, frente a 40% que estima que permanecerá igual y 19% que prevé un deterioro.

En conjunto, los resultados muestran que la conversación sobre inteligencia artificial en Bolivia está pasando de la expectativa tecnológica hacia un escenario más práctico: la IA comienza a utilizarse para ahorrar tiempo y apoyar el trabajo, mientras empresas y trabajadores enfrentan el desafío de adaptarse a cambios en las tareas, las capacidades requeridas y determinadas ocupaciones.

Aspectos técnicos

El Monitor de IA 2026 de Ipsos Global Advisor encuestó a 23.532 adultos menores de 75 años en 32 países entre el 20 de marzo y el 3 de abril de 2026. Para Bolivia, Ipsos Ciesmori realizó 400 encuestas en línea a personas de entre 18 y 81 años durante abril de 2026.

Fuente: Economy

La primera extinción de los videojuegos: la muerte de Flash


En el panorama actual de la industria del videojuego, nos encontramos ante una puerta sin retorno: el formato físico se encamina aceleradamente hacia sus últimos días, enfrentando una extinción provocada de forma deliberada por las mismas corporaciones que los producen, ya que prefieren el control absoluto de las tiendas digitales sobre la propiedad tangible del consumidor. Nos han convencido de que poseer una licencia digital equivale a tener un juego, ignorando que lo digital es intrínsecamente volátil. Sin embargo, para quienes crecimos al margen de los grandes mercados, es vital recordar que esta no es la primera vez que la comunidad atraviesa un periodo de aniquilación cultural masiva.

Hace años, toda una era de la cultura interactiva digital sufrió una aniquilación sistemática con la muerte de Flash. Podemos tomar este fenómeno con el antecedente directo de la crisis patrimonial que vivimos hoy con las consolas modernas y la desaparición del soporte físico: un recordatorio de que, para la industria la memoria colectiva es descartable.

¿Qué era Flash? El diseño simple, ligero y efectivo de la infancia latinoamericana

Para entender el peso de esa pérdida, hay que mirar al pasado material. Para las infancias de muchos jóvenes latinoamericanos (en contextos donde acceder a consolas de última generación o a títulos comerciales de alto costo era un privilegio alcanzable para pocos) Adobe Flash marcó un antes y un después.

Pero ¿qué era exactamente? A finales de los 90 y durante los 2000, Adobe Flash (originalmente Macromedia Flash) se convirtió en el estándar de la web interactiva. Era una plataforma multimedia basada en gráficos vectoriales que permitía programar animaciones fluidas y videojuegos completos dentro de un archivo diminuto que corría directamente en el navegador web, sin necesidad de instalaciones pesadas ni tarjetas gráficas sofisticadas.

Esta ligereza técnica era un requisito indispensable de supervivencia regional. Como señala el teórico de los medios Ian Bogost al analizar cómo las limitaciones computacionales y materiales moldean los sistemas de juego, las restricciones de una plataforma no son simples obstáculos, sino los marcos estructurales que definen nuestra interacción con la tecnología. Las conexiones a internet de la época en nuestra región estaban muy lejos de la fibra óptica actual; descargar una actualización de 8 gigabytes (el estándar trimestral de la industria hoy) era un trabajo titánico e impensable para las capacidades de la época. En ese ecosistema, los juegos debían ser ligeros, directos y memorables. Nadie iba a esperar horas para que cargara un título.

Sumado al auge de los cibercafés, donde cada minuto de alquiler se pagaba con dinero contado, el jugador latinoamericano desarrolló una economía de la eficiencia muy específica (como explico con más profundidad en mi artículo sobre GTA: San Andreas). En ese contexto de restricciones, el diseño de los juegos Flash brillaba por su funcionalidad, la lógica era simple. Si el motor y la plataforma solo te permitían hacer una cosa, esa única acción mecánica debía ejecutarse de forma perfecta.

El colapso: ¿Qué pasó y cuándo acabó?

Ese ecosistema vibrante no colapsó por falta de interés de su público, sino por una decisión corporativa y tecnológica externa. Durante años, portales masivos como Friv, Minijuegos o páginas de contenido informal acumularon horas y horas de entretenimiento gratuito que definieron la imaginación de una generación. Sin embargo, a medida que la web evolucionaba hacia estándares de seguridad más estrictos (como HTML5) y dispositivos móviles que rechazaban la arquitectura de Adobe por fallas de rendimiento y vulnerabilidades, se sentenció el final de este modelo.

El golpe definitivo llegó a finales de 2020, cuando Adobe descontinuó oficialmente el soporte para Flash Player y los principales navegadores web (como Google Chrome, Firefox y Edge) bloquearon su ejecución por completo, volviéndolo técnicamente incompatible con la internet moderna. De la noche a la mañana, todo ese vasto archivo de la cultura digital se convirtió en código roto: millones de obras interactivas, animaciones y proyectos independientes quedaron inútiles, incapaces de cargar sin la asistencia de software externo.

Aquí es donde entra la reflexión teórica sobre el patrimonio (mi parte favorita). Como señala Pierre Bourdieu en sus análisis sobre la dominación cultural y el capital simbólico, las instituciones y corporaciones dominantes deciden qué artefactos culturales merecen ser preservados y cuáles deben ser desvalorizados o convertidos en obsolescencia. Al no estar alineados con los modelos de monetización hipercapitalistas de las grandes tiendas de aplicaciones o los modelos de suscripción, los juegos de navegador fueron borrados de golpe del mapa oficial. Sin la intervención de comunidades de usuarios y desarrolladores independientes que crearon emuladores de código abierto (como BlueMaxima’s Flashpoint) para rescatar este material, habríamos presenciado una nueva tragedia alejandrina, donde el conocimiento y el arte de una época se pierden por completo debido al fuego de la desidia institucional.

Del formato físico a los santuarios clandestinos: la contradicción corporativa

Frente al empuje actual de gigantes hipermonetizados de la era del smartphone y el juego como servicio (Fortnite, Roblox, Call of Duty Mobile), aquellos viejos juegos en 2D con artes bizarros y mecánicas rudimentarias pueden parecer hoy obsoletos ante los ojos del mercado masivo. Sin embargo, la nostalgia y el valor afectivo juegan un rol fundamental; muchos guardamos recuerdos entrañables de títulos que técnicamente podían ser simples o incluso defectuosos, pero para la mente de un niño que no se asume como crítico especializado, el puro disfrute lúdico era más que suficiente.

Los juegos Flash se extinguieron de los canales oficiales, sí; hoy solo podemos acceder a ellos en rincones especializados de la web, casi como si fueran animales resguardados en zonas protegidas o museos de la resistencia digital. Y lo mismo está ocurriendo frente a nuestros ojos con el formato físico de las consolas. Si aún hoy podemos conseguir para PlayStation 2 discos piratas con mods de FIFA o PES marcados con el año actual y plantillas actualizadas, podemos dar por sentado que la comunidad encontrará la manera de preservar estos especímenes físicos.

Sin embargo, lo verdaderamente perverso de este sistema radica en la contradicción legal y ética de la industria actual: las corporaciones optan por la obsolescencia programada, retirando catálogos enteros del mercado digital y dejándonos sin ninguna vía legal, oficial o accesible para comprar, alquilar y disfrutar de ciertos títulos clásicos. Te niegan el acceso, destruyen el formato físico y, aun así, si un grupo de usuarios o terceros independientes crea una alternativa comunitaria de preservación o emulación por puro amor al medio, la maquinaria legal se activa implacable con demandas y amenazas de censura. Que la responsabilidad de resguardar el patrimonio cultural de los videojuegos dependa enteramente del esfuerzo clandestino del consumidor (luchando contra el desinterés corporativo y los vacíos legales) solo demuestra el valor real que la industria le otorga a la cultura: uno donde el usuario es tratado como un simple cliente exprés, y el archivo histórico se convierte en un daño colateral descartable.

Fuente: Casa de Nadie

martes, 29 de septiembre de 2026

El dividendo de la integridad informacional: El valor de saber


No nos falta información. Nunca hemos tenido tanta. Sin embargo, en todo el mundo, las personas luchan por responder a las preguntas más simples: ¿Qué ocurrió realmente? ¿Quién decidió qué? ¿Es cierto?

Esta es la paradoja de nuestra era. Las sociedades más conectadas de la historia son también algunas de las más vulnerables a la confusión, la manipulación y la desconfianza. La información se mueve más rápido que la rendición de cuentas. Los algoritmos premian la indignación antes que la precisión. La inteligencia artificial genera falsedades verosímiles a gran escala. En un entorno así, el derecho a saber no es solo una cuestión de transparencia; es el latido de la libertad.

Sin una comprensión precisa de lo que está sucediendo y de lo que se hace en su nombre, la niebla del engaño se espesa, y los actores de mala fe pueden desinformar con impunidad.

La sociedad es más vulnerable cuando se niega el acceso a la información. Access Now y la coalición #KeepItOn documentaron 313 cortes de internet en 52 países en 2025, la cifra más alta jamás registrada. Estos cortes bloquean el periodismo, silencian a las comunidades y niegan a las personas información que puede llegar a salvar vidas.

Las leyes de acceso a la información son un pilar de la integridad de la información, y el último monitoreo de la UNESCO muestra avances. Su encuesta de 2025 mostró que 141 países cuentan con garantías legales de acceso a la información. Pero la adopción no equivale a la implementación, y muchos países aún enfrentan brechas prácticas en supervisión, apelaciones, aplicación de la ley, gestión de registros y de datos. De los países encuestados, 51 no pudieron aportar datos sobre la gestión de registros, pese a haber declarado contar con sistemas o procedimientos establecidos.

Los órganos reguladores de acceso a la información y otros órganos de supervisión convierten las disposiciones legales en derechos exigibles. Sin embargo, muchos de ellos se ven limitados por mandatos débiles, nombramientos tardíos, recortes presupuestarios, injerencia política, restricciones a sus facultades y ataques a su independencia. Para que el acceso a la información funcione, estos órganos deben estar protegidos por ley, contar con facultades y recursos adecuados, y quedar resguardados frente a influencias indebidas.

Esta brecha fue confirmada además por una prueba de 2025 sobre las leyes de acceso a la información, realizada conjuntamente por la UNESCO y el Centre for Law and Democracy. A partir de 146 solicitudes idénticas presentadas en 76 países, el 38 % no recibió una respuesta sustantiva, solo el 42 % resultó en divulgación completa, y el tiempo de respuesta promedio fue de 22 días. Este año se repetirá un ejercicio similar para medir posibles cambios.

El acceso a la información debe evolucionar, pero las deficiencias son evidentes en todas partes, incluso en países con legislación bien intencionada.

Y en un vacío informativo, el periodismo valiente e independiente resulta indispensable. El periodismo destila la información en comprensión pública. Investiga, interroga, corrobora y contextualiza, pero también contrarresta la desinformación. Formula preguntas que algunas partes preferirían evitar. Y ofrece a la ciudadanía los medios para participar de manera significativa en la vida pública.

El daño causado por la desinformación es real. La UNESCO estima que los casos individuales de desinformación pueden generar costos económicos y sociales de entre 350.000 y 510.000 millones de dólares estadounidenses al año, debido al debilitamiento de las respuestas de salud pública, la distorsión de procesos electorales, el retraso en la acción climática, las pérdidas financieras, el daño reputacional y la erosión de la confianza en las instituciones. La desinformación no es, por tanto, solo un problema de comunicación. Es un riesgo de gobernanza, un pasivo económico y una amenaza directa a la capacidad de las personas para tomar decisiones informadas.

Los medios de servicio público y las organizaciones de noticias independientes son un contrapeso clave frente a este problema. Su mandato no es perseguir la interacción a cualquier costo, sino informar y servir a todas las audiencias. Pero enfrentan simultáneamente las presiones de audiencias fragmentadas, la disminución de la confianza, la injerencia política, las limitaciones financieras, la dependencia de las plataformas y la proliferación de contenido falso, sintético y manipulado. Su lucha por seguir produciendo periodismo de calidad no es una preocupación sectorial, es una preocupación democrática.

La respuesta debe incluir una inversión renovada en el periodismo de interés público, la independencia editorial, la verificación de datos, la verificación mediante fuentes abiertas, la alfabetización mediática e informacional, y la colaboración transfronteriza. Así como las falsedades viajan globalmente, quienes difunden un periodismo confiable deben cooperar de manera transnacional. El ecosistema informativo sería más pobre y mucho más frágil sin los medios de interés público, pero estos no pueden defenderlo solos.

En el Día Mundial de las Noticias y el Día Internacional para el Acceso Universal a la Información, el desafío es concreto, y hacemos un llamado a todos los actores del espacio informativo para que hagan más:
  • Los gobiernos deben hacer cumplir las leyes de acceso a la información y proteger la supervisión independiente.
  • Las plataformas y las empresas tecnológicas deben asumir plena responsabilidad por los espacios informativos que crean, en total conformidad con el derecho internacional de los derechos humanos.
  • Y las organizaciones mediáticas de todo tipo deben elegir siempre el rigor por encima del alcance.
La información fluida y confiable es un bien compartido. Pero depende de autoridades que protejan el acceso a la información, de periodistas que persigan la verdad por encima de todo, y del derecho de la ciudadanía a los hechos. El dividendo de la integridad es real, pero solo se paga cuando todos cumplimos con nuestra parte.

Imagen: La Nacion

Fuente: Urgente