Hay territorios que pueden contarse a través de sus paisajes. Otros, a través de sus mercados, sus cultivos o de aquello que hierve lentamente en una olla. En Bolivia, cuatro registros de patrimonio alimentario permiten recorrer esa diversidad desde la comida y, sobre todo, desde las personas que mantienen vivos sus saberes y los jóvenes que deciden preservarlos a futuro.
Los registros de patrimonio alimentario sobre Porvenir (Pando), Llallagua (Potosí), Camargo (Chuquisaca) y Caranavi (La Paz) serán presentados este 3 de septiembre durante el Foro Latinoamericano de las Juventudes, en el marco de Latimos, un encuentro que reunirá en La Paz a 16 jóvenes rurales de Bolivia, Colombia, Guatemala y Honduras.
Los cuatro registros alimentarios se desarrollaron en el marco del proyecto Huellas: Patrimonio alimentario para sistemas alimentarios sostenibles, liderado por la organización no gubernamental Conexión con el apoyo financiero del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) en coordinación con el Ministerio de Educación y socios como MIGA, Manq’a y CASM.
El patrimonio alimentario es memoria viva
En Porvenir, la temporada de la castaña puede cambiar el ritmo entero de un municipio. Allí, el bosque funciona como despensa, fuente de ingresos y también como memoria viva: castaña, asaí, majo, copoazú y otros frutos forman parte de una relación cotidiana con el territorio.
“Entre las preparaciones destacadas de Porvenir se encuentra el Dunucuavi que actualmente se elabora muy poco en las familias. Su particularidad radica en que emplea utensilios proporcionados por la propia naturaleza, como la tacuara, las hojas de japaina y una parrilla improvisada con maderos verdes”, detalla la, Mery Osco, investigadora de MIGA a cargo de los registros de patrimonio alimentario.
A cientos de kilómetros, en Llallagua, el patrimonio alimentario tiene otro paisaje. La papa, el chuño, la muraya y el ají conviven con una memoria marcada por la minería. El kanka uchu y el phampaku muestran cómo una cocina puede reunir lo andino, lo urbano y lo minero en una misma identidad.
Sobre el kanka uchu, Osco explica que, si bien es reconocido como un plato emblemático de Llallagua, pocas cocineras conocen su preparación, por lo que no siempre es posible encontrarlo. Es una elaboración contemporánea que conserva su raíz en la “kanka”, preparación de las zonas rurales, e integra productos representativos del territorio, como chuño, papa, arveja seca, haba, carne de llama y ají rojo.
En Camargo, la memoria también se cultiva entre viñedos, durazneros y hornos de barro. Allí, la tradición vitivinícola convive con una cocina valluna donde el ají, el maíz, la papa y las frutas transformadas forman parte de la identidad local. El registro recoge historias como la de Isabel “Chavela”, cuyo lechón al horno (foto de abajo) pasó de una pequeña cocina familiar a ocho hornos de barro que trabajan a plena capacidad por la demanda, mientras su hija comercializa el plato mediante redes sociales, pagos QR y envíos a distintos puntos de Bolivia.
También aparecen los saberes de familias productoras que convierten duraznos en kacha (deshidratado natural), proyectan nuevos vinos y buscan que sus hijas e hijos continúen y transformen ese legado.
En tanto, en Caranavi, alimentos como el café, el plátano, la yuca, los frutos amazónicos y productos del bosque construyen una cocina diversa y en permanente adaptación.
Uno de los elementos destacados en la investigación es el hongo conocido localmente como “oreja de mono” y el ají amarillo de árbol. El primero era recolectado principalmente durante la época de lluvias, pero actualmente se utiliza muy poco.
“Respecto al ají amarillo, Carla, una joven del territorio, recordó que su abuela le contaba que antes existían varios árboles. Con el tiempo fueron retirados porque no sabían cómo usarlo y hoy su familia conserva uno de los pocos ejemplares. Para ella, este ají posee un sabor particular y muy apreciado”, comenta Osco.
Lo que puede perderse también forma parte de la historia
El registro también revela lo que puede perderse. La sopa de postre verde tiene un riesgo alto de desaparición; el hongo “oreja de mono” mantiene vivo su conocimiento en comunidades rurales, pero pierde presencia en el ámbito urbano. Y en Porvenir, el Dunucuavi, enfrenta igualmente un alto riesgo de desaparecer.
La investigadora detalla que muchas de estas preparaciones están presentes en la memoria y en la vida cotidiana de las comunidades; sin embargo, su origen, la razón por la que fueron adoptadas como propias y su relación con los productos locales, presentan vacíos respecto de su historia, sus ingredientes, sus técnicas de elaboración y los significados que tienen para la población.
Estos testimonios muestran que el riesgo de desaparición no afecta solamente a los platos terminados: también alcanza a los ingredientes, las formas de recolección, las técnicas culinarias y los recuerdos que permiten reconocerlos como parte de la herencia alimentaria del territorio.
Los registros muestran que detrás de cada preparación hay mucho más que una receta: hay ingredientes, formas de producir y recolectar, técnicas y conocimientos que pasan de una generación a otra.
Un aporte que busca preservar la riqueza de los territorios
“Desde la perspectiva de Conexión, el principal aporte de los registros de patrimonio alimentario es hacer visible y poner en valor una riqueza que ya existe en los territorios: alimentos, saberes, prácticas productivas, técnicas, recetas, historias y conocimientos que forman parte de la identidad de las comunidades”, señala Conny Toornstra, directora regional para América Latina de Conexión Icco Latam.
Destaca a su vez que la motivación del proyecto Huellas no fue únicamente documentar ese patrimonio, sino generar una herramienta que permita reconocerlo como un activo vivo, con potencial para fortalecer la identidad territorial, promover el uso sostenible de la biodiversidad y, sobre todo, generar nuevas oportunidades económicas para las comunidades.
La importancia de las nuevas generaciones para preservar el patrimonio
Huellas parte de la idea de que este patrimonio puede perderse si las nuevas generaciones dejan de reconocer su valor, pero también de que los jóvenes pueden darle nuevas formas de vida y de futuro. Los registros permiten que conozcan y se apropien de lo que existe en sus territorios y, desde allí, puedan innovar, comunicar y transformar en productos, servicios, emprendimientos o experiencias y generar ingresos sin desvincularse de su identidad.
“Para Conexión, se trata de conectar patrimonio, juventud y oportunidades económicas, haciendo que aquello que viene de generaciones anteriores pueda convertirse también en una oportunidad para las generaciones que vienen”, concluye la representante regional.
El proyecto Huellas: patrimonio alimentario para sistemas alimentarios sostenibles
El proyecto Huellas es una propuesta regional financiada por FIDA e implementada por Conexión que coloca a las juventudes en el centro de la revitalización territorial. El proyecto trabaja en 12 territorios rurales de Bolivia, Colombia, Guatemala y Honduras para fortalecer las capacidades de 3.600 jóvenes, al menos 60% mujeres y 60% pertenecientes a pueblos indígenas, recuperando el valor de su patrimonio alimentario, cultural y ambiental y convirtiéndolo en oportunidades de liderazgo y crecimiento económico sostenible.
A través de formación integral, impulso a empleos y emprendimientos con triple impacto, participación juvenil y generación de conocimientos para escalar el modelo, Huellas fortalece el rol de las juventudes como protagonistas y narradoras del cambio.
Fuente: Brujula Digital