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jueves, 14 de mayo de 2026

Grecia quiere acabar con el anonimato en internet


El gobierno griego ultima una ley que prohibiría el anonimato en redes sociales y obligaría a las plataformas a verificar la identidad real de cada perfil. Lo cuenta Javier Pastor en Xataka a partir de declaraciones del ministro de gobernanza digital griego Dimitris Papastergiou a Euractiv. El catalizador es claro: las elecciones generales que Grecia celebrará a principios de 2027 y la preocupación creciente del primer ministro Kyriakos Mitsotakis por deepfakes, desinformación y discursos tóxicos durante el proceso electoral. Los pseudónimos seguirían permitidos, pero solo asociados a una identidad real verificable por las autoridades.

La medida iría más allá que cualquier sistema de verificación de edad existente actualmente en Europa. No regula qué pueden hacer los menores en internet sino quién puede usar internet. Y plantea un debate fundamental: si el coste de combatir desinformación es eliminar el anonimato como herramienta legítima de protección de la privacidad y la disidencia.

El argumento del gobierno: democracia ateniense 2.0

Papastergiou recurrió a una analogía histórica para justificar la propuesta. «En la antigua Grecia, todo el mundo podía expresar su opinión de forma abierta y con su nombre. Levantaban la mano y compartían su perspectiva. Esto debería inspirarnos ahora que queremos perfilar una nueva democracia digital», declaró a Euractiv. La analogía es retóricamente potente pero técnicamente cuestionable: en la antigua Atenas, solo el 10-15 por ciento de la población (varones libres, ciudadanos atenienses) tenía derecho a hablar en la asamblea. Las mujeres, esclavos y metecos no participaban. La identidad pública era tanto un privilegio como una herramienta de control social.

El argumento operativo es más concreto. El ministro destaca cómo el anonimato se ha convertido en escudo perfecto para acoso coordinado y difamación. La policía helena ha intentado investigar este tipo de casos sin éxito por la opacidad de las plataformas. Si una cuenta queda vinculada criptográficamente a una persona, el gobierno argumenta que el coste social de la difamación pasa a ser equivalente al de la vida real.

La estructura prevista: pseudónimos sí, anonimato no

La medida no busca prohibir avatares ni pseudónimos en sí. Lo que pretende es garantizar que el sistema sepa exactamente qué ciudadano está detrás de cada etiqueta. La opinión pública seguiría siendo válida (incluso bajo nombres ficticios), siempre que quien la exprese sea rastreable por las autoridades en caso de infracción legal. En la práctica, eso significa que las plataformas tendrían que verificar identidad real de cada cuenta y compartir esa información con el gobierno cuando se solicite legalmente.

Eso afectaría a Facebook, X, TikTok, Instagram, YouTube y cualquier plataforma que opere en Grecia, incluidas redes y foros menores. Todas estas plataformas se construyeron asumiendo perfiles potencialmente anónimos como base de su crecimiento de usuarios. Cualquier sistema de verificación obligatoria erosiona esa base.

La conexión con el ecosistema regulatorio europeo es clara. La UE acaba de dejar lista su app de verificación de edad y Ursula von der Leyen ha avisado que «ya no hay más excusas». El movimiento griego es la siguiente escalada: pasar de verificar la edad a verificar la identidad completa, una transición conceptual significativa pero que se construye sobre la misma infraestructura técnica.

El precedente preocupante

Reddit ya empezó este camino en marzo de 2026 al explorar métodos de verificación de identidad para combatir bots de IA. Apple introdujo verificación de edad obligatoria para cuentas de iCloud británicas con iOS 26.4. La Comisión Europea ha investigado a Snapchat, Pornhub y otras plataformas por verificación de edad insuficiente. Cada uno de estos pasos ha sido justificado por un objetivo concreto (combatir bots, proteger menores, evitar contenido para adultos), pero el efecto acumulado es la construcción de una infraestructura regulatoria y técnica que habilita exactamente el tipo de control que Grecia ahora propone llevar al límite.

El debate sobre verificación de edad ya ha mostrado las tensiones. Apple no estaba legalmente obligada a verificar edad en Reino Unido, pero lo hizo anticipándose a la regulación. Reddit, fundada sobre una promesa implícita de anonimato, está explorando Face ID y servicios de verificación de terceros bajo la presión de bots de IA y reguladores. La trayectoria del sector apunta consistentemente hacia menos anonimato.

Los riesgos: privacidad, disidencia, vulnerabilidad de bases de datos

Hay tres categorías de problemas con la propuesta griega.

Primero, privacidad y derechos digitales europeos. La GDPR establece principios de minimización de datos: las plataformas solo deberían recoger información estrictamente necesaria para sus servicios. Verificar identidad real para uso de redes sociales va en dirección opuesta. La Comisión Europea ha pasado años haciendo auditorías a plataformas para que reduzcan recolección de datos; una ley que las obligue a recoger más datos por mandato gubernamental es un giro regulatorio significativo.

Segundo, efectos sobre disidencia política. El anonimato en redes sociales protege a personas que critican al gobierno, denunciantes corporativos, víctimas de violencia doméstica que mantienen presencia online sin que los agresores las localicen, personas LGBT en familias o entornos hostiles, periodistas que investigan grupos extremistas. Eliminar el anonimato significa que todos estos casos enfrentan riesgos significativamente mayores. El argumento del gobierno griego es que las autoridades solo accederán a la identidad real con orden judicial, pero ese argumento depende de que las autoridades sean confiables (un supuesto que los hechos históricos cuestionan en cualquier país).

Tercero, vulnerabilidad de bases de datos centralizadas. Si las plataformas mantienen registros de identidad real de cada usuario griego, esas bases de datos son objetivos extraordinariamente valiosos para hackers, gobiernos extranjeros y grupos de cibercriminales. Las filtraciones de identidad ya son un problema con datos parciales; con identidad completa vinculada a perfiles sociales, una sola filtración masiva podría exponer a millones de griegos a robo de identidad, doxxing coordinado y consecuencias mucho más serias que las filtraciones que conocemos hasta ahora.

El debate sobre verificación se ha vuelto recurrente en Europa con lecciones que Grecia ignora. El internet «pide carnet» cada vez en más contextos: redes sociales, plataformas de vídeo, servicios de IA, videojuegos. Pero los mismos sistemas de verificación que protegen a menores crean infraestructuras de vigilancia que pueden usarse para mucho más. Y las filtraciones de identificaciones escaneadas ya son un problema documentado en sistemas existentes.

Mi valoración

La propuesta griega es uno de esos casos donde la ambición política sobrepasa con creces lo que la realidad operativa permite, y donde el coste para los derechos digitales europeos puede ser desproporcionado al beneficio prometido. Lo que más me preocupa es el efecto en cascada que esto tendría en el resto de Europa. Grecia es estado miembro de la UE; cualquier ley que apruebe operará dentro del marco europeo, y crear un precedente de «verificación de identidad obligatoria para redes sociales» en un país europeo sienta una base que otros gobiernos pueden invocar. Hungría, Polonia, Italia con su gobierno actual: todos tendrían razones internas para seguir el ejemplo. La excepción se vuelve estándar regional con velocidad sorprendente. Lo que más me convence (en términos de honestidad sobre el problema, no la solución propuesta) es que el gobierno griego está reconociendo algo real. Las elecciones europeas de los últimos años han sido contaminadas por bots, deepfakes y campañas de desinformación organizadas. La policía no tiene herramientas efectivas contra el acoso coordinado online. Las plataformas son lentas, opacas y a menudo deliberadamente poco cooperativas con investigaciones legítimas. El problema existe. La pregunta es si la solución propuesta es proporcional o si crea daños mayores que los que pretende resolver. La proporcionalidad fracasa, en mi lectura. Hay alternativas menos intrusivas: verificación de edad mínima sin identidad completa (la EUDI Wallet permite probar mayoría de edad sin revelar nombre); regulación específica de bots y cuentas automatizadas (sin afectar usuarios humanos anónimos legítimos); cooperación obligatoria de plataformas con investigaciones judiciales sin acceso administrativo abierto. Cualquiera de estas medidas atacaría el 80 por ciento del problema con el 20 por ciento del coste para derechos digitales. La solución de eliminación total de anonimato es la más maximalista posible y parece pensada más para enviar señal política antes de las elecciones de 2027 que para resolver el problema concreto. La pregunta a 12 meses es si la ley se aprueba con la formulación maximalista o si la presión de la Comisión Europea, organismos de derechos digitales y la propia oposición griega logra suavizarla. Mi predicción es que la versión final será más limitada que la propuesta inicial (probablemente reducida a «cooperación reforzada» entre plataformas y autoridades en lugar de «eliminación de anonimato») pero que el daño narrativo ya está hecho: el debate europeo sobre verificación se ha movido un escalón en dirección autoritaria.

Fuente: WWWhat's New

lunes, 8 de septiembre de 2025

IA: ingenio acumulado


Mi universidad propuso hace unos años una charla con un ingeniero informático. La titularon “La inteligencia artificial al servicio de la enseñanza y el aprendizaje” y hay que reconocer que resultó muy instructiva. El ingeniero no cesaba de pronunciar vocablos como “herramienta” o “instrumento” y de explicarnos para qué “servía” una IA o cómo podíamos “emplearla”. La inquietud de mis colegas fue casi unánime. ¿No corremos el riesgo de que muy pronto la universidad nos sustituya por esta tecnología? Después de todo, sería capaz de dar una clase mucho mejor que nosotros. El ingeniero insistía en que no. Pero no sé si diría lo mismo hoy. El escenario de una sustitución de los trabajadores humanos por máquinas, en todo caso, es uno de los más antiguos de la filosofía de la técnica. Aristóteles lo planteó en la primera parte de su Política, cuando propuso, precisamente, una clasificación de las “herramientas”. Las catalogaba en dos grupos: las inanimadas y las animadas. Y a cada uno de estos los dividía a su vez en dos: las naturales y las artificiales. ¿En qué grupo entraría la IA? No se trata de una “herramienta inanimada”, esas que manejamos con la mano, como los cuchillos, las hachas o las azadas. Organa las denominaba Aristóteles, recurriendo al mismo vocablo griego que aludía a los órganos del cuerpo y que derivaba del sustantivo érgon, trabajo. Como nuestros miembros, esos instrumentos nos obedecen. Se pliegan a nuestra voluntad. Nos sirven. Solo que, a diferencia de nuestros brazos o nuestras piernas, se trata de “órganos separados”: no nacen ni crecen con nosotros, es decir, no son “naturales” sino “artificiales”.

Habría que recordar que Aristóteles se estaba dirigiendo a un público que desde su más tierna infancia escuchaba el mito del titán Prometeo. Su hermano, Epimeteo, se había olvidado de darles a los humanos los órganos que les permitieran sobrevivir en un medio natural. No disponían ni de cuernos ni de garras para defenderse, ni de patas dotadas de cascos o pezuñas para correr sin lastimarse, ni de un caparazón o una piel lo suficientemente dura como para protegerse de las agresiones, ni de una pelambre lo suficientemente tupida que los aislara del frío, ni de una dentadura capaz de atravesar cueros y cáscaras. Para compensar esta distracción, Prometeo tuvo que suministrarles dos cosas: el ingenio para concebir armas y herramientas, pero también el fuego para fabricarlas (el propio vocablo herramienta sigue recordándonos en español ese hierro y, como consecuencia, esa fragua). Aristóteles no pensaba algo distinto: las herramientas venían a remediar nuestras falencias orgánicas, de modo que nuestra especie, incapacitada desde el nacimiento para sobrevivir en cualquier medio natural, logra adaptarse a todos, incluidos los más inhóspitos, gracias a sus armas para defenderse o cazar y sus instrumentos para cultivar los campos o fabricar viviendas y vestidos. Volver a la naturaleza significaría condenarnos a muerte. El ser humano es esencialmente faber y loquens, un animalito desvalido cuya naturaleza se define, paradójicamente, por dos artificios: la técnica y el lenguaje.

Aquellas herramientas les servían a los humanos, pero su servicio tenía algunas limitaciones. Para empezar, no remediaban la maldición del trabajo. De modo que algunos humanos se deshicieron de esta infligiéndosela a sus enemigos. ¿Qué es un esclavo?, se preguntó Aristóteles. Pues una “herramienta animada”. A diferencia de las inanimadas, estas no se manejan con la mano sino con la palabra. Al amo le basta con darles órdenes para que efectúen un trabajo. Y cuando estos servidores debían encadenar una serie de rutinas durante un periodo de tiempo, los amos les dejaban esas instrucciones “escritas por adelantado”. Es lo que significaba el sustantivo programma en griego.

Pero estas herramientas animadas nacían, crecían y morían, de modo que eran “naturales”. ¿Había herramientas animadas artificiales? Sí, también, aunque no muchas por entonces. Los griegos las conocían sobre todo a través de algunos mitos. Aristóteles afirmaba así que, si los telares tejieran solos (autómathous) y las cítaras ejecutaran solas sus músicas, no harían falta más esclavos. En esa época, los autómatas eran fabricados por dos herreros legendarios: Hefestos y Dédalo. Los griegos ya confeccionaban algunos, reales, pero no servían para trabajar sino para asombrar a la concurrencia (a estos autómatas los griegos los llamaban thaumata, un vocablo que aludía a las cosas asombrosas: aquellas que se movían sin que llegáramos a saber cómo y que estaban en el origen del pensamiento filosófico). Hubo que esperar dos mil años para que los telares empezaran a tejer solos y los órganos a interpretar melodías sin necesidad de instrumentista. Muchos se preguntaron entonces si no había llegado el momento anunciado por Aristóteles: una sociedad sin esclavos que trabajaran “al servicio” de los amos o sin patrones que “emplearan” a trabajadores para efectuar una tarea. De Karl Marx a Bertrand Russell, muchos se dijeron que algún día los instrumentos animados artificiales reemplazarían a los naturales. Y el tan denostado “progreso” no significaba otra cosa: se trataba de la paulatina supresión de esas dos maldiciones jovianas llamadas enfermedades y trabajo. Para estos pensadores, el “desempleo” no era una maldición sino una salvación, a condición, por supuesto, de que esos servidores artificiales sirvieran a todos por igual. Por eso añadían a los progresos médicos y tecnológicos los adelantos jurídicos: que esas máquinas dejaran de ser propiedades privadas para convertirse en propiedades comunes.

¿Pero cómo hacía ahora el amo para darle órdenes a ese instrumento animado que, a diferencia del esclavo, no entendía ni jota del lenguaje humano? Había que traducir esas instrucciones en un lenguaje muy básico compuesto de ceros y unos. Y esta codificación binaria era posible gracias a los tambores dentados o las cintas y tarjetas perforadas. Cuando Jacques Vaucanson inventó a mediados del siglo XVIII los primeros telares para tejer paños de seda, se inspiró en dos fabricantes de órganos automáticos que habían ideado un dispositivo de cintas caladas para programar las melodías. Que los telares funcionaran impulsados por un motor a vapor o un molino hidráulico es una diferencia crucial. Sobre todo para el clima. Pero, desde la perspectiva del progreso tecnológico, lo importante era la programación precisa de los movimientos que debían efectuar esos autómatas. Y esta programación se aloja en una memoria. Suele asociarse la revolución industrial con los motores a vapor de James Watt, y no cabe duda de que proporcionaron la fuerza requerida para mover los gigantescos telares de Manchester o Lyon a finales del siglo XVIII. Pero se pasa por alto que estos tejedores mecánicos ya eran máquinas cibernéticas. Norbert Wiener aseguraba que la cibernética es la disciplina que estudia la manera de dar instrucciones a una máquina para que realice una tarea (Wiener acuñó este vocablo, cybernetics, derivado del griego kybernesis, porque significaba pilotaje de una embarcación y gobierno de una polis). La revolución industrial no consistió solamente en la capacidad técnica para transformar combustible en movimiento (es la actividad de los motores), sino también órdenes en operaciones (es la tarea de las máquinas). De los dones prometeicos, solemos recordar el fuego y olvidarnos del ingenio. Y sin embargo la clave no se encuentra en el primero (que hoy tratamos de evitar para reducir el CO₂) sino en el segundo.

Saberes y poderes

Cuando a fines del siglo XIX Herman Hollerith fundó su International Business Machines Co., más conocida por sus siglas IBM, hizo funcionar sus máquinas de cómputo con las mismas cintas y tarjetas perforadas que empleaba Vaucanson en sus telares o Edwin Votey en sus pianos mecánicos. Una computadora es una máquina que recibe instrucciones para ejecutar una tarea. Una máquina programada es una máquina obediente o, si se prefiere, cibernética. Solo que estas no llevan a cabo ahora operaciones físicas sino mentales: sus rutinas son cómputos e inferencias lógicas. Como la palabra lo indica, una operación es un trabajo, y un trabajo, por supuesto, la transformación de una cosa en otra. En lugar de transmutar un árbol en sillas o una bobina de hilo en telas, esos autómatas convierten un conjunto de datos en otros. Son “motores de inferencia” (inference engines). Aunque también hay que decirles qué operación efectuar. Supongamos que la instrucción sea x2. La máquina tendrá que multiplicar por sí misma cualquier cifra que ingrese en ella. Si la cifra es 2, el resultado será 4. Y si x=3, entonces y=9. Las computadoras no piensan: solo ejecutan las instrucciones que un programador les impartió.

Dicho sea de paso, Aristóteles inventó uno de los primeros inference engines capaces de transformar un input en un output. Lo llamó silogismo. Imaginemos una instrucción o una regla: “Todos los hombres son mortales.” Si usted introduce en esa máquina el input “Sócrates es hombre”, obtendrá el output “Sócrates es mortal”. Esto significa que, bien mirado, un silogismo lleva a cabo una operación semejante a una función f(x)=y. La función sería aquí la premisa mayor (Todos los hombres son mortales), la ‘x’ sería la premisa menor (Sócrates es hombre) y el resultado ‘y’ sería la conclusión (Sócrates es mortal). Cambie la función e instruya este engine diciéndole que “Los hombres son animales políticos” y el resultado será otro: si Sócrates es un hombre, entonces será un animal político. Instrúyalo con la regla “Todas las mujeres son amas de casa”, y esta maquinaria patriarcal enviará a Frida Kahlo o Hannah Arendt a servir a sus maridos. Si esta capacidad de transformar una información en otra es lo que llamamos saber, este no puede separarse de las instrucciones que la maquinita lógica recibe: eso que llamamos poder. Si en una sociedad es “normal” que las mujeres se ocupen del cuidado de la casa y la crianza de los niños, esto significa que alguien estableció esa norma y es la instrucción impartida a aquel inference engine. Si una mujer no obedece esas instrucciones, si no funciona como corresponde, no tardarán en asomarse los sacerdotes o psicólogos que se ocuparán de la pecadora o la neurasténica…

Pero estas máquinas capaces de operaciones lógicas traían aparejado un problema. Desde el momento en que los humanos son seres racionales, son capaces de razonar siguiendo estos silogismos. ¿Pero de dónde provenían esas premisas mayores, esas reglas o instrucciones? Aristóteles aseguraba que algunas se obtenían a través de la experiencia. No era una inferencia deductiva sino inductiva: como cada uno de los humanos que atravesaron nuestra historia terminaron, tarde o temprano, muriéndose, concluyo que los humanos son, por regla general, mortales. No podemos estar cien por ciento seguros dado que esta generalización no se obtuvo a través de una deducción racional sino a través de muchas experiencias. Pero es probable que así sea: se trata de una inferencia estadística. Cuestión: que las mujeres de una sociedad y un momento de la historia se ocupen de las tareas domésticas, ¿significa que son, por definición, “amas de casa”? La inducción convierte en norma general un estado de cosas particular y contingente.

¿La IA es una “herramienta animada artificial”? No exactamente. Animada no significa inteligente. Es más, la expresión “inteligencia artificial” le hubiese parecido absurda a Aristóteles. Porque, a su entender, la inteligencia se encontraba del lado de los que mandan. Y aunque efectúen operaciones lógicas, las máquinas obedecen. De hecho, era el criterio que invocaba para distinguir a amos y esclavos: estos entendían las instrucciones, pero eran incapaces de impartirlas. Hay sin embargo dos tipos de IA. Las primeras, que suelen llamarse simbólicas o cognitivas, son programadas por alguien. Son inference engines más complejos. La inteligencia, en este caso, sigue encontrándose del lado del programador. Las segundas, conocidas como deep learning, imitan el funcionamiento de las conexiones neuronales del cerebro y proceden por inducción: ellas mismas infieren las reglas o las generalidades gracias a la absorción de millones y millones de casos. Ya no hace falta programarlas para que saquen la raíz cuadrada de una cifra. Esta IA va a percibir varios pares de cifras −4 y 2, 9 y 3 o 10.582.009 y 3.353− y terminará infiriendo su regla de transformación: la raíz cuadrada.

Así, a partir de mediados de 2017, AlphaGo Zero aprende a jugar al go sin que nadie la haya programado con las reglas de ese juego. La IA aprendió a hacerlo sola, “observando” millones de jugadas efectuadas por campeones. Y jugando a continuación contra ella misma. Algo similar sucederá con la serie GPT (Generative Pretrained Transformer). No se la programa con las reglas gramaticales de tal o cual lengua natural: la propia IA las infiere a través del “conocimiento” de unos 175 mil millones de ocurrencias. No hace falta que le digan que los sustantivos y los adjetivos se vuelven en español plurales cuando les añadimos los sufijos ‘-s’ y ‘-es’. Ella infiere esta regla después de haber recabado millones de casos.

Imaginemos entonces que usted tiene que traducir un texto del alemán al español. Carga el texto en la IA y en un santiamén le propone una traducción de una precisión pasmosa. En principio, pareciera que esta IA funciona como cualquier computadora: convierte el input (el texto alemán) en un output (el texto español). Solo que ahora el programa que permite efectuar esta traducción no fue elaborado por un programador. La propia IA “aprendió” a traducir después de haber sido “entrenada” con cientos de miles de traducciones realizadas por humanos. Los traductores se encuentran hoy en una situación semejante a la vivida por los tejedores reemplazados por telares automáticos de la noche a la mañana. A los dueños de las manufacturas les bastaba con contratar a algunos obreros que ignoraban cómo tejer un paño y se limitaban a supervisar el funcionamiento de los telares, reparar los hilos cortados, cambiar las bobinas o transportar los rollos de tejido. Lograron inundar así los mercados con tejidos que terminaron arruinando a la mayoría de los viejos artesanos. Suele olvidarse, no obstante, que esas máquinas no necesitaban solamente ser diseñadas sino también programadas por ingenieros y expertos con altas competencias técnicas y científicas. El capitalismo industrial fue, antes que nada, eso: la sustitución del savoir faire tradicional de los artesanos por el saber técnico-científico de los ingenieros. Este saber ya no se aloja en el obrero descalificado sino en la máquina misma: es ella quien sabe tejer los géneros con diseños sumamente complicados.

La acumulación primitiva

Por eso Marx explicaba en sus Grundrisse que, a medida que el capitalismo avanza, ese trabajo intelectual altamente calificado se vuelve más importante para generar riqueza que el trabajo manual descalificado de los operarios. Para decirlo en términos de Aristóteles: quienes mandan se vuelven más importantes que quienes obedecen. Porque esas operaciones cada vez más complejas y sutiles son efectuadas por autómatas. Y cuando hablamos de quienes mandan, no nos referimos a los propietarios de los medios de producción sino a los técnicos e ingenieros capaces de programar a los operarios artificiales. Si esa propiedad se colectivizara, ese trabajo intelectual seguiría siendo más importante que el trabajo humano susceptible de automatización.

Solo que, para Marx, ese trabajo intelectual no proviene de tales o cuales individuos sino del general intellect: la inteligencia colectiva. Y es lo que sucede hoy con la IA: esta no funcionaría si no fuese alimentada con la inteligencia acumulada en los monumentales data centers. La IA traduce cada vez mejor un texto del alemán al español porque es entrenada con un número cada vez mayor de traducciones. Pensamos que el trabajo de transformación desde el input hasta el output lo lleva a cabo la IA, pero se trata de una ilusión. La IA no podría hacerlo sin acumular en su memoria cantidades descomunalmente grandes (big data) de cultura: saberes, imágenes, músicas, textos literarios, traducciones o simples conversaciones. Con la IA, el programador individual es reemplazado por el general intellect.

Cuando hablamos entonces de una herramienta o una máquina en referencia a la IA, no hay que confundirla con los autómatas que conocimos. Nos encontramos con un fenómeno sin precedentes en la historia de la tecnología. Por primera vez un artificio inteligente puede programar una máquina, es decir, puede darle instrucciones a un operario, artificial o natural… Solo que ese artificio precisa alimentarse con el ingenio humano colectivo. Por tomar solo un ejemplo, un 18% de los temas musicales difundidos hoy en Deezer son generados por la IA, pero esta no podría hacerlo si no hubiese sido entrenada con el 82% de los títulos restantes. Por eso los músicos protestan: quieren que se les pague no solo derechos de autor por los temas difundidos sino también por aquellos que sirvieron para entrenar a la IA. Y algo semejante podrían exigir hoy los traductores que se quedan sin trabajo a pesar de que sus traducciones pasadas sirvieron para alimentar la misma IA que los arroja al desempleo. La IA puso en evidencia que el ingenio es la auténtica fuente de riqueza y que este ingenio es colectivo. Solo que, en ese mismo momento, este artefacto se lo apropia y nos inflige el “fuego” de los data centers. IA no deberían ser las siglas de la inteligencia artificial sino del ingenio acumulado. El inicio de un nuevo modo de producción pero también de una nueva lucha por la colectivización de los medios, es decir, los artefactos.

Fuente: Letras Libres

domingo, 9 de febrero de 2025

Robots y autómatas en la antigüedad


Claro que hablar de robots y cyborgs en la antigüedad es, estrictamente, un anacronismo. Ambos términos fueron acuñados en el siglo XX, integrándose en nuestra vida cotidiana gracias a los desarrollos de la tecnología en las últimas décadas. Sin embargo, algunos fragmentos de la literatura de los antiguos griegos muestran que el concepto era conocido y que, al menos literariamente, ya estaba incorporado en el imaginario popular. Un artículo firmado por la clasicista Rocki Wentzel, “Robots and Cyborgs in Antiquity”, recientemente publicado por la Oxford University Press, revisa este concepto que, en la mentalidad de los antiguos, se sitúa a medio camino entre lo natural y lo artificial, lo humano y lo no humano, lo mortal y lo inmortal.

En griego antiguo, el término autómatos define algo que “actúa por sí solo”. Para los antiguos griegos, el concepto oscila entre la tecnología, lo mágico y lo divino. En la mitología, muchos de los primeros objetos tenidos por “autómatas”, es decir, capaces de un comportamiento autónomo, fueron creados por Hefesto, el ingenioso dios del trabajo y de la forja. Así las puertas del Olimpo, que se abren “por su propio impulso” (Il. V 749), o los trípodes con ruedas que se desplazan autopropulsados para servir a los dioses en los banquetes (Il. XVIII 373-379), o ya, directamente, unos robots de oro, “semejantes a doncellas vivientes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza”, en las que el dios cojo se apoyaba para caminar (Il. XVIII 417-420). Sin embargo, en ningún momento se aclara si estos artilugios se mueven mecánicamente o si hay una especie de encantamiento divino, como es el caso de las criaturas hechas por el aprendiz de brujo del Philopseudes (“el amante de las mentiras”) de Luciano.

Como imitaciones de objetos vivientes, estas creaciones impresionan, pero también causan terror. En Homero y Hesíodo, la palabra daídalon es utilizada para referir a objetos (sobre todo estatuas) tan bien construidos que parecen vivos. En la mitología Dédalo es el ingenioso arquitecto y artesano que construyó el laberinto de Creta (Apol. I 1, 3-4). Según Homero, también construyó una pista de baile para Ariadna, la hija del rey Minos (Il. XVIII 591). Caído en desgracia, Dédalo fue encerrado en el laberinto, el edificio que él mismo construyó. Queriendo escapar, ideó las alas con las que pudo volar junto a su hijo Ícaro. Dédalo había advertido a su hijo que no se elevara demasiado para que el sol no derritiera la cera con que había pegado las plumas de las alas. Ícaro desoyó a su padre y ya conocemos la historia.

Es tradición que las estatuas, agálmata, construidas por Dédalo estaban tan bien hechas que parecían tener vida, como dice Eurípides en la Hécuba (838). Según otros como Platón, estaban dotadas de movimiento. En el Fedón (97 d) el filósofo cuenta que, si no se sujetan, las estatuas de Dédalo “huyen y andan vagando”. Como arte capaz de imitar la vida, algunos mitos dan a la tecnología un origen divino. En el relato de Prometeo, Hesíodo cuenta cómo el titán robó el fuego, símbolo de la técnica y la ciencia, a Zeus para entregarlo a los hombres (Op. 535 ss.). En consecuencia, Zeus les envió a Pandora, portadora de todos los males. A partir de este mito (también el de Dédalo) podríamos decir que la tecnología es producto de una transgresión, o al menos de un desafío a la voluntad de los dioses. También que el mal es una consecuencia de la tecnología.

Pandora es un autómaton, una criatura hecha a imagen y semejanza de las doncellas de Hefesto, solo que de barro. Como las demás autómata de la antigüedad, Pandora es una “maravilla”, tháuma (Hes. Theog. 575), hermosa y fatalmente seductora. Estas cualidades las comparte con otra célebre estatua, la de Pigmalión. El mito es conocido sobre todo a partir de Ovidio (Met. X 243-297). Pigmalión era el rey de Chipre. Durante años buscó una mujer de la cual enamorarse aunque con una condición: que fuera perfecta. Como no la encontraba desistió de su búsqueda y se dedicó a crear esculturas de mujeres hermosas. Una de estas esculturas, Galatea, era tan hermosa que Pigmalión se enamoró de ella, pidiendo a los dioses que le concedieran una esposa así de bella. Conmovida por el deseo del rey, Afrodita convierte a Galatea en mujer y la entrega a Pigmalión como esposa. En otra versión del mito divulgada por Clemente de Alejandría (Prot. IV), la estatua de Pigmalión es un agalma de Afrodita. Una versión vincula a la tecnología con lo divino, la otra con el deseo.

Claro que no todos los robots son tan amorosos. Apolodoro en su Biblioteca (I 9, 26) nos habla de Talo, un inmenso autómata de bronce que vigilaba y protegía la isla de Creta, dándole tres vueltas al día. Según algunas versiones, Talo fue construido por Hefesto con ayuda de los cíclopes. Según otras, fue hecho por el mismo Dédalo. Talo impedía que los extranjeros se acercaran demasiado a Creta y destruía sus barcos, pero también que los cretenses abandonaran la isla sin permiso del rey. Si alguien se atrevía, Talo se metía en el fuego y después lo abrazaba hasta achicharrarlo. Tenía una sola vena que lo recorría desde los talones hasta el cuello y terminaba rematada por un clavo para que no se desangrase. Era su único punto vulnerable. En las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (IV 1, 639), Medea hipnotiza a Talo y hace que él mismo se arranque el clavo; pero Apolodoro en su Biblioteca (I 140) dice que la hechicera lo enloquece con sus pócimas. Lo cierto es que Talo se quita el clavo y se desangra derramando su ikhôr, la sangre de los dioses. Nuevamente el lazo entre la tecnología y lo divino.

Tampoco todos los robots son humanoides. En la Odisea (VII 91-94), Homero cuenta que Hefesto forjó en oro y plata unos perros inmortales para que guardasen el palacio de Alcínoo. Los perros son descritos así, como “inmortales”, athanátous, y que “nunca envejecen”, agérôs, términos que generalmente se usan también para el oro y la plata. Pronto autómatas y robots comienzan a dejar el espacio de lo mítico y se convierten en realidad gracias a la ciencia. Hacia el año 400 a.C. Arquitas de Tarento, filósofo pitagórico que fue amigo de Platón, impresionaba al mundo con una paloma impulsada por vapor (D.L. VIII 87-93), y en el siglo I de nuestra era el ingeniero y matemático Herón de Alejandría inventaba un motor a vapor y un molino de viento. Incluso se habla de unos títeres automatizados hechos por él, capaces de representar una tragedia entera. Herón escribió un tratado titulado “Los autómatas”, Automatopoiêtiké, considerado el primer libro de robótica de la historia.

Apolodoro (Bibl. III 8), pero también Pausanias (VIII 53, 2), Diodoro Sículo (IV 60) y Virgilio (Eg. IV 5 ss.), nos cuentan de una vaca hueca que Dédalo construyó para que Pasífae, la reina de Creta, pudiera engañar a un hermoso toro blanco del que se había enamorado por culpa de Poseidón. De esta unión zoofílica nació el Minotauro, monstruo mitad toro, mitad humano. También a Falaris, tirano de la ciudad siciliana de Acragas que vivió en el siglo VI a.C., le construyeron un toro hueco como el de Dédalo, pero con fines muy diferentes. El famoso “Toro de Falaris” fue uno de los instrumentos de tortura más crueles de la antigüedad. Se trata de una estatua hueca de cobre con forma de toro en la que se introducía a los ajusticiados, colocándola después sobre una hoguera. Los gritos de los torturados al quemarse salían por el hocico del toro y sonaban como mugidos. Dicen que la primera víctima del cruel artilugio fue su mismo inventor, Perilao, un arquitecto ateniense que fue echado al interior del toro por el mismo tirano.

El Toro de Falaris es mencionado por Aristóteles (Ética a Nicómaco 1148 b 25) como un extremo de la depravación humana, y consta que algunos de los primeros mártires cristianos, como san Eustaquio y san Antipas, fueron ejecutados con él. Modernamente, hay quienes han sugerido la posibilidad de una conexión entre el Toro de Falaris y ciertos cultos fenicios (el becerro de oro bíblico). En todo caso, el artefacto queda como ejemplo de una concepción mítica que asocia al ingenio y la robótica con el mal, como desafío y transgresión de un orden establecido por los dioses.

Imagen: Njoy

Fuente: Polis

sábado, 23 de diciembre de 2023

¿La sociedad abierta comenzó en la antigüedad?


En 1932, el filósofo vitalista francés Henri Bergson publicó Las dos fuentes de la moral y de la religión. En la obra, el premio Nobel propuso el concepto de «sociedad abierta» mediante el que se refirió a aquellas sociedades abiertas y tolerantes, con gobiernos enfocados sobre las necesidades y demandas de la ciudadanía. Bergson eligió morir como judío en el París ocupado por las fuerzas nacionalsocialistas alemanas en 1941. La influencia de su pensamiento, no obstante, se mantuvo entre la intelectualidad de la época.

Uno de los mayores desarrolladores del concepto de «sociedad abierta» fue Karl Popper. En su ensayo La sociedad abierta y sus enemigos, publicado en 1945, concibió esta clase de sociedad como un marco mental en el individuo, siendo imprescindible una ruptura con la proyección gregaria del ser humano. Según Popper, el progreso ético y epistémico genera conciencia humanitarista que es la responsable del desafío a las estructuras de poder, puesto que una vez alcanzada no puede suprimirse. Críticos y defensores de estas ideas al margen, ¿cuándo comenzó a fraguarse el cambio de las sociedades colectivistas y tribales a las abiertas? ¿Comenzó la sociedad abierta en la antigüedad?

El pasado es nuestro espejo

Bergson construyó su pensamiento sobre un profundo conocimiento de la filosofía antigua y clásica griega. Conceptos anteriores como el élan vital («impulso vital»), postulado en La evolución creadora (1907), se apoyan en la idea de «fuerza vital» del filósofo estoico Posidonio, del siglo I a. C. Al margen de las referencias, el análisis que realizó el francés sobre la evolución de las sociedades humanas se fundamentó en un progreso en la participación y toma de conciencia cívica que construyeron las sociedades en la antigüedad y que lo siguen haciendo hoy en día.

El pasado es nuestro espejo. Vivimos en un mundo globalizado que tiende a un proceso de homogeneización. Sin embargo, en la Grecia arcaica, la civilización egipcia fue su espejo. En el segundo milenio antes de nuestra era tuvo lugar la primera de las grandes revoluciones conocidas. «Todo el país gira sobre sí mismo como si fuese el torno de un alfarero», escribió un enigmático príncipe llamado Ipu en las Lamentaciones que llevan su nombre. Antes de que estallase la guerra civil que duró un siglo, la mística sociedad egipcia rompió sus estrechos lazos con el orden establecido, donde el faraón regía la nación del Nilo desde las dimensiones política, ética y religiosa. El privilegio a los enterramientos conforme a los ritos funerarios reservado para los aristócratas y familias adineradas, los abusos de los monarcas sobre una población fundamentalmente rural y campesina, la pérdida de valor del comercio y las artesanías y, por último, la invasión hicsa fueron detonantes para la toma de conciencia social de la población. Cuando terminó el que hoy conocemos como Primer Periodo Intermedio, los egipcios adquirieron una mayor igualdad ante la ley, el derecho a un entierro adecuado y determinadas puestas en valor de su condición campesina.

En Grecia, los filósofos presocráticos iniciaron un proceso mucho más sibilino, pero también infinitamente más potente, de transición de una concepción místico-religiosa del cosmos a una racional. El famoso tópico del paso del «mitos al lógos», que no fue tal, ofrece una idea de la revolución que proporcionaron los fisiócratas: algunos de ellos, educados en Mesopotamia y Egipto, establecieron la confianza en la existencia de un principio, el arché, que explicase el cosmos. Más allá de la discusión sobre la naturaleza, grados y orden de manifestación de la sustancia inteligible y material que sostenía el cosmos (agua, aire, el ápeiron, etc.), el legado común de estos primeros buscadores de la verdad fue la racionalización de los procesos naturales y humanos. Es decir, el prolífico panteón griego, con la caprichosa voluntad divina como explicación última del misterio, dio paso al esfuerzo por el estudio de los acontecimientos, su ordenación paulatina en factores de causa y efecto. La civilización griega, además, centró su fuerza en la pólis o ciudad-estado, en la urbanidad frente al medio rural. La ciudad como núcleo de relación entre extranjeros, viajeros y habitantes con muy diversos oficios y funciones sociales las convirtió en el espacio perfecto para la transmisión del pensamiento y de las ideas.

Contemporáneos a los primeros fisiócratas surgieron diversos tiranos y estadistas que introdujeron reformas que aportasen cohesión a la sociedad urbana. Es el caso de los Siete Sabios. Además de Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene se esforzó por reducir el poder de los aristócratas en favor del demos. Quilón de Esparta introdujo la famosa educación militar que se ofrecía a los ciudadanos de la ciudad y creó sistemas de control de los funcionarios y cargos públicos. Periandro de Corinto introdujo revolucionarias reformas sociales para la época: protegió los derechos de los campesinos, limitó la influencia de la clase aristócrata, reglamentó el trabajo de los esclavos y consolidó la estabilidad de la que era una potencia en ciernes, más aún al incentivar una política colonial.

Atenas y la democracia

Por último, Solón de Atenas destacó por sus contribuciones como reformador. La capital ática era una urbe descomunal en los siglos VII y VI a.C. tanto por el número de habitantes como por las riquezas derivadas del comercio a través del puerto de El Pireo. La caída de la monarquía derivó en el gobierno de los eupátridas («los bien nacidos», o sea, de linaje ateniense). Existía entonces un peculiar proceso de endeudamiento que amenazaba con convertir a los campesinos pobres en siervos de los aristócratas. El proceso fue tan abusivo que derivó en una insurrección de las clases populares en busca de la abolición de las deudas, una mejora en los derechos, la participación política de la población y la reforma de los tribunales, que emprendió el arconte (magistrado gobernante) Dracón, limitando la aplicación del derecho de uso y costumbre. Aristóteles, en su Constitución de los atenienses, reflejó con posterioridad la situación de extrema conflictividad que vivía la ciudad. La solución fue el nombramiento de Solón como arconte y árbitro entre las dos facciones para impedir una guerra civil abierta.

Solón abolió la esclavitud por deudas, recuperó las tierras embargadas por la usura de los aristócratas y reformó aspectos de la vida civil como el matrimonio, mejorando en un mínimo grado los derechos de las mujeres, el rol del pater familias sobre su prole, el sistema censitario y la estructura institucional, entre otros muchos aspectos. El aperturismo de Solón no solo mantuvo el delicado equilibrio en la sociedad ateniense, sino que su éxito permitió que los siguientes estadistas fuesen ampliando reformas, siendo uno de los más destacados Clístenes, opositor del oligarca Iságoras a finales del siglo VI a. C., quien introdujo la «isonomía», o «igualdad ante la ley» en tanto a reparto de derechos civiles y políticos de los ciudadanos sin dependencia del grado de riqueza o de herencia familiar que autores como Heródoto equipararon al término que hoy conocemos como «democracia». A partir de ese momento, Atenas entró en su periodo democrático que finalizó con su derrota en la Guerra del Peloponeso contra Esparta.

En la democracia ateniense, muy diferente a la concepción de origen ilustrado con la que la asimilamos hoy en día, tuvo lugar el florecimiento de un humanitarismo destacado, al desarrollo de las artes, de las técnicas, la sofística y la filosofía, con Sócrates en su etapa final. El proceso griego también tuvo su equivalente en China, con Confucio, con un marcado carácter agnóstico sobre los deberes ritualísticos hacia los espíritus de los antepasados y un enfoque destinado hacia el ser humano y su rol en la sociedad, jerarquizada desde la familia al emperador, donde el individuo era reconocido por su impacto en la comunidad mediante su buen obrar conforme la ley del cielo (ética) y las leyes humanas (tanto los edictos como las costumbres) mediante el concepto de «piedad filial» y que inició dos fenómenos: una etapa de intenso diálogo filosófico entre escuelas y corrientes de pensamiento y, más adelante, la poderosa dinastía Han, que incorporó las enseñanzas del maestro Kong y sus posteriores discípulos durante cuatrocientos años.

Fuente: Ethic

lunes, 25 de septiembre de 2023

La invención de la censura


Como tantas otras cosas buenas y malas, los griegos también inventaron la censura. Y no debe extrañarnos, porque griegos son también dos inventos que están estrechamente ligados a la censura: democracia y libertad de expresión. La democracia, lo sabemos, nació en Atenas en el siglo v, y básicamente consistía en que cualquier ciudadano podía ser electo para ejercer funciones de gobierno. Sin embargo, lo más importante de la democracia es que ésta supone que todos los ciudadanos son por igual sujetos de derechos y de deberes. Un concepto entonces absolutamente novedoso, algo nunca antes visto, pues en la monarquía y en la tiranía el pueblo prácticamente carecía de derechos, los cuales recaían exclusivamente en aquél que detentaba el poder: el monarca o el tirano. Los griegos se sentían más que orgullosos de haber inventado la democracia. Decían que gracias a ella se diferenciaban de los pueblos bárbaros. Solo los griegos, decían, eran ciudadanos libres. Los bárbaros no podían ser más que esclavos por naturaleza, pues se postraban ante un tirano o ante un rey.

El concepto de libertad de expresión sí era bastante diferente del nuestro, y mucho más restringido. Los griegos la llamaban parresía, que significa algo así como la posibilidad de «decirlo todo». Se trataba de un derecho que tenían los actores cómicos de burlarse de todo lo que les viniera en gana, solo y solo durante los festivales de comedias, una vez al año. Por supuesto que ese derecho lo aprovechaban los comediógrafos para hacer las más atrevidas denuncias contra los políticos atenienses, a los que acusaban de corruptos y depravados, y de cuyas amantes y concubinas se mofaban, un poco medio en serio y medio en broma sin que nadie pudiera tocarlos con el pétalo de una rosa.

Sin embargo, la conquista de las libertades civiles también fue para los antiguos griegos -por qué no habría de serlo también para ellos- un largo y difícil camino. Un camino señalado por los que entonces llevaban la voz de la inteligencia: los poetas y los filósofos. En un libro fundamental, La censura en el mundo antiguo (Madrid, 2007), el filólogo español Luís Gil nos cuenta cómo el primer caso de censura gubernamental en Grecia fue la constitución de Licurgo, que convirtió a Esparta en un estado cerrado y militarista. Para ello, era necesario mantener a la población alejada de toda influencia externa. Este aislamiento se materializaba prohibiendo a la población los viajes al exterior, pero también censurando a los poetas y a los filósofos, quienes podían «contaminar» con sus novedosas ideas a los habitantes de ese gran cuartel llamado Esparta. También estaban prohibidos los festivales de teatro, y las clases de filosofía y de retórica.

Uno de esos peligrosísimos poetas era Arquíloco. Éste se burlaba en sus poemas de la vieja mentalidad militar, así como de las hazañas de los héroes homéricos. Esto, para un gobierno militarista y conservador como el de Esparta, constituía una afrenta inadmisible y una postura amenazadoramente subversiva. Cuenta Plutarco que el día que a Arquíloco se le ocurrió pasarse por Esparta fue expulsado en el instante mismo de su llegada. A esto añade el historiador romano Valerio Máximo que los espartanos «ordenaron sacar fuera de la ciudad los libros de Arquíloco», temiendo que pudieran ser leídos por sus hijos. En realidad, no fueron los únicos libros en ser arrojados de la ciudad. Plutarco, en sus Instituciones lacedemonias, nos recuerda que los libros en general estaban prohibidos, como también los maestros extranjeros.

Sin embargo, el caso más célebre de censura contra un intelectual en la antigüedad fue sin duda el juicio y condena de Sócrates, el humanista y librepensador por excelencia. Es verdad que Atenas gozaba de un régimen tolerante que consagraba las libertades democráticas, pero parece que Sócrates fue demasiado lejos. Por ser un popular maestro se le acusó de corromper a los jóvenes. Por estudiar los fenómenos celestes se le culpó de irrespetar a los dioses, es decir, de impiedad, asébeia. Todo esto lo cuenta Platón en su llamada Defensa de Sócrates, que recoge el discurso pronunciado por el mismo maestro el día de su juicio. Dice que por entonces circulaba un oráculo en que Apolo declaraba que el hombre más sabio de Atenas era Sócrates. Éste, convencido de su propia ignorancia («solo sé que no sé nada») e intrigado por la palabra del dios, quiso confirmarla por sí mismo. A tal fin, se dio a la tarea de entrevistar a los especialistas más conocidos de la ciudad, para que le demostraran cuánto dominaban su oficio. Así conversó con un juez, esperando que le explicara en qué consiste la justicia. Lo mismo hizo con un general, esperando que supiera del valor. Y con un artista, esperando le revelara el sentido de la belleza. Sócrates se sintió muy defraudado al comprobar que tampoco ellos sabían nada, ni mucho menos dominaban su oficio. Entonces propuso que la ciudad, en vez de condenarlo, lo premiara con una cena en el Pritaneo (un honor reservado a atletas y famosos), agradecida por haber demostrado que los más ilustres ciudadanos atenienses no eran más que una cuerda de ignorantes. El jurado, enfurecido, lo condenó a muerte.

No es casual el que los primeros casos de censura en la historia hayan coincidido con el nacimiento de la democracia y del concepto de las libertades civiles. Tampoco parece azaroso el que sus primeras víctimas hayan sido precisamente dos maestros de la palabra: el bardo y el pensador. La censura a estos dos intelectuales, Sócrates y Arquíloco, filósofo y poeta, nos muestra cómo opera siempre en esa zona crepuscular que media entre la libertad y la opresión, entre la verdad y el silencio. También nos muestra cuán violenta puede ser la reacción por parte del poder cuando se siente amenazado

Fuente: Polis

lunes, 21 de agosto de 2023

Robots y autómatas en la antigüedad


Claro que hablar de robots y cyborgs en la antigüedad es, estrictamente, un anacronismo. Ambos términos fueron acuñados en el siglo XX, integrándose en nuestra vida cotidiana gracias a los desarrollos de la tecnología en las últimas décadas. Sin embargo, algunos fragmentos de la literatura de los antiguos griegos muestran que el concepto era conocido y que, al menos literariamente, ya estaba incorporado en el imaginario popular. Un artículo firmado por la clasicista Rocki Wentzel, “Robots and Cyborgs in Antiquity”, recientemente publicado por la Oxford University Press, revisa este concepto que, en la mentalidad de los antiguos, se sitúa a medio camino entre lo natural y lo artificial, lo humano y lo no humano, lo mortal y lo inmortal.

En griego antiguo, el término autómatos define algo que “actúa por sí solo”. Para los antiguos griegos, el concepto oscila entre la tecnología, lo mágico y lo divino. En la mitología, muchos de los primeros objetos tenidos por “autómatas”, es decir, capaces de un comportamiento autónomo, fueron creados por Hefesto, el ingenioso dios del trabajo y de la forja. Así las puertas del Olimpo, que se abren “por su propio impulso” (Il. V 749), o los trípodes con ruedas que se desplazan autopropulsados para servir a los dioses en los banquetes (Il. XVIII 373-379), o ya, directamente, unos robots de oro, “semejantes a doncellas vivientes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza”, en las que el dios cojo se apoyaba para caminar (Il. XVIII 417-420). Sin embargo, en ningún momento se aclara si estos artilugios se mueven mecánicamente o si hay una especie de encantamiento divino, como es el caso de las criaturas hechas por el aprendiz de brujo del Philopseudes (“el amante de las mentiras”) de Luciano.

Como imitaciones de objetos vivientes, estas creaciones impresionan, pero también causan terror. En Homero y Hesíodo, la palabra daídalon es utilizada para referir a objetos (sobre todo estatuas) tan bien construidos que parecen vivos. En la mitología Dédalo es el ingenioso arquitecto y artesano que construyó el laberinto de Creta (Apol. I 1, 3-4). Según Homero, también construyó una pista de baile para Ariadna, la hija del rey Minos (Il. XVIII 591). Caído en desgracia, Dédalo fue encerrado en el laberinto, el edificio que él mismo construyó. Queriendo escapar, ideó las alas con las que pudo volar junto a su hijo Ícaro. Dédalo había advertido a su hijo que no se elevara demasiado para que el sol no derritiera la cera con que había pegado las plumas de las alas. Ícaro desoyó a su padre y ya conocemos la historia.

Es tradición que las estatuas, agálmata, construidas por Dédalo estaban tan bien hechas que parecían tener vida, como dice Eurípides en la Hécuba (838). Según otros como Platón, estaban dotadas de movimiento. En el Fedón (97 d) el filósofo cuenta que, si no se sujetan, las estatuas de Dédalo “huyen y andan vagando”. Como arte capaz de imitar la vida, algunos mitos dan a la tecnología un origen divino. En el relato de Prometeo, Hesíodo cuenta cómo el titán robó el fuego, símbolo de la técnica y la ciencia, a Zeus para entregarlo a los hombres (Op. 535 ss.). En consecuencia, Zeus les envió a Pandora, portadora de todos los males. A partir de este mito (también el de Dédalo) podríamos decir que la tecnología es producto de una transgresión, o al menos de un desafío a la voluntad de los dioses. También que el mal es una consecuencia de la tecnología.

Pandora es un autómaton, una criatura hecha a imagen y semejanza de las doncellas de Hefesto, solo que de barro. Como las demás autómata de la antigüedad, Pandora es una “maravilla”, tháuma (Hes. Theog. 575), hermosa y fatalmente seductora. Estas cualidades las comparte con otra célebre estatua, la de Pigmalión. El mito es conocido sobre todo a partir de Ovidio (Met. X 243-297). Pigmalión era el rey de Chipre. Durante años buscó una mujer de la cual enamorarse aunque con una condición: que fuera perfecta. Como no la encontraba desistió de su búsqueda y se dedicó a crear esculturas de mujeres hermosas. Una de estas esculturas, Galatea, era tan hermosa que Pigmalión se enamoró de ella, pidiendo a los dioses que le concedieran una esposa así de bella. Conmovida por el deseo del rey, Afrodita convierte a Galatea en mujer y la entrega a Pigmalión como esposa. En otra versión del mito divulgada por Clemente de Alejandría (Prot. IV), la estatua de Pigmalión es un agalma de Afrodita. Una versión vincula a la tecnología con lo divino, la otra con el deseo.

Claro que no todos los robots son tan amorosos. Apolodoro en su Biblioteca (I 9, 26) nos habla de Talo, un inmenso autómata de bronce que vigilaba y protegía la isla de Creta, dándole tres vueltas al día. Según algunas versiones, Talo fue construido por Hefesto con ayuda de los cíclopes. Según otras, fue hecho por el mismo Dédalo. Talo impedía que los extranjeros se acercaran demasiado a Creta y destruía sus barcos, pero también que los cretenses abandonaran la isla sin permiso del rey. Si alguien se atrevía, Talo se metía en el fuego y después lo abrazaba hasta achicharrarlo. Tenía una sola vena que lo recorría desde los talones hasta el cuello y terminaba rematada por un clavo para que no se desangrase. Era su único punto vulnerable. En las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (IV 1, 639), Medea hipnotiza a Talo y hace que él mismo se arranque el clavo; pero Apolodoro en su Biblioteca (I 140) dice que la hechicera lo enloquece con sus pócimas. Lo cierto es que Talo se quita el clavo y se desangra derramando su ikhôr, la sangre de los dioses. Nuevamente el lazo entre la tecnología y lo divino.

Tampoco todos los robots son humanoides. En la Odisea (VII 91-94), Homero cuenta que Hefesto forjó en oro y plata unos perros inmortales para que guardasen el palacio de Alcínoo. Los perros son descritos así, como “inmortales”, athanátous, y que “nunca envejecen”, agérôs, términos que generalmente se usan también para el oro y la plata. Pronto autómatas y robots comienzan a dejar el espacio de lo mítico y se convierten en realidad gracias a la ciencia. Hacia el año 400 a.C. Arquitas de Tarento, filósofo pitagórico que fue amigo de Platón, impresionaba al mundo con una paloma impulsada por vapor (D.L. VIII 87-93), y en el siglo I de nuestra era el ingeniero y matemático Herón de Alejandría inventaba un motor a vapor y un molino de viento. Incluso se habla de unos títeres automatizados hechos por él, capaces de representar una tragedia entera. Herón escribió un tratado titulado “Los autómatas”, Automatopoiêtiké, considerado el primer libro de robótica de la historia.

Apolodoro (Bibl. III 8), pero también Pausanias (VIII 53, 2), Diodoro Sículo (IV 60) y Virgilio (Eg. IV 5 ss.), nos cuentan de una vaca hueca que Dédalo construyó para que Pasífae, la reina de Creta, pudiera engañar a un hermoso toro blanco del que se había enamorado por culpa de Poseidón. De esta unión zoofílica nació el Minotauro, monstruo mitad toro, mitad humano. También a Falaris, tirano de la ciudad siciliana de Acragas que vivió en el siglo VI a.C., le construyeron un toro hueco como el de Dédalo, pero con fines muy diferentes. El famoso “Toro de Falaris” fue uno de los instrumentos de tortura más crueles de la antigüedad. Se trata de una estatua hueca de cobre con forma de toro en la que se introducía a los ajusticiados, colocándola después sobre una hoguera. Los gritos de los torturados al quemarse salían por el hocico del toro y sonaban como mugidos. Dicen que la primera víctima del cruel artilugio fue su mismo inventor, Perilao, un arquitecto ateniense que fue echado al interior del toro por el mismo tirano.

El Toro de Falaris es mencionado por Aristóteles (Ética a Nicómaco 1148 b 25) como un extremo de la depravación humana, y consta que algunos de los primeros mártires cristianos, como san Eustaquio y san Antipas, fueron ejecutados con él. Modernamente, hay quienes han sugerido la posibilidad de una conexión entre el Toro de Falaris y ciertos cultos fenicios (el becerro de oro bíblico). En todo caso, el artefacto queda como ejemplo de una concepción mítica que asocia al ingenio y la robótica con el mal, como desafío y transgresión de un orden establecido por los dioses.

Imagen: El vuelo de Ícaro de Jacob Peter Gowy, 1635-37

Fuente: Prodavinci

lunes, 28 de noviembre de 2022

Estoicismo moderno, o cuando Séneca se mete a coach


Llama la atención la cantidad de libros que últimamente se han publicado sobre el estoicismo. No tanto los estudios históricos y filosóficos acerca de la Estoa –que también son muchos–, sino más bien la cantidad de libros que pretenden entregar el saber del Pórtico a la gente común, al ciudadano medio que vive presa de las angustias y prisas de nuestro mundo moderno con el objeto de liberarlo de sus temores y mortificaciones, de “enseñarlo a vivir”. La lista de los últimos cinco años es impresionante: Cómo ser un estoico. Utilizar la filosofía antigua para llevar una vida moderna, de Massimo Pigliucci (2017); La felicidad es el problema, de Pedro Vivar Núñez (2019); Lecciones de estoicismo. Filosofía antigua para la vida moderna, de John Sellars (Lessons in Stoicism. What ancient philosophers teach us about how to live, 2019); El arte de la buena vida. Un camino hacia la alegría estoica, de William Irvine (2019); Mi cuaderno estoico. Cómo prosperar en un mundo fuera de tu control, de Massimo Pigliucci y Gregory López (2019); Escuela de estoicismo moderno. Cómo prepararte mental, emocional y espiritualmente para cualquier cosa que venga (porque vendrá), de Isra García (2020); Invicto. Logra más, sufre menos, de Marcos Vázquez (2020); Diario para estoicos. 366 reflexiones sobre la sabiduría, la perseverancia y el arte de vivir, de Ryan Holiday y Stephen Hanselman (2020), por solo citar algunos. También en Hispanoamérica se han hecho esfuerzos similares, menos guiados, seguramente, por modas editoriales ni por urgencias del mercado. Tengo en mi biblioteca un ejemplar dedicado por mi amigo François Gagin, filósofo de la Universidad del Valle en Cali, de su ¿Una ética en tiempos de crisis? Ensayos sobre el estoicismo (2003), y otro de Éticas de crisis. Cinismo, epicureísmo, estoicismo, del venezolano Josu Landa (2012).

He querido copiar los subtítulos de estos libros consciente de que suelen servir para orientarnos acerca de sus intenciones. Al margen de cuán profesional sea su factura, si han sido escritos por verdaderos especialistas o por simples charlatanes, si el libro nace de una convicción sincera o de una moda editorial, todos parecen partir de un punto en común: la idea de que el remedio para nuestros problemas y el camino para nuestra felicidad se encuentra en nosotros mismos, en nuestro interior. Aquí la herencia socrática se manifiesta. Fue Sócrates, en la Atenas del siglo V a.C., el primero en enseñar que la clave de nuestro destino no estaba en el capricho de los dioses ni en el azar inescrutable, sino en la capacidad de la razón para guiar nuestra conducta por el camino de la virtud y del conocimiento. Como comenta Aristóteles en la Ética a Nicómaco (1141 b 21-27), para Sócrates nadie obra mal sino por ignorancia de lo que es el bien y la virtud. Lo que Sócrates ni sus sucesores Platón y Aristóteles pudieron prever fueron las consecuencias que estas ideas tuvieron para la filosofía y para la política.

En efecto, este “intelectualismo ético”, que después muchos tuvieron tiempo de criticar, significó la creación y el desarrollo de la ética y la política como ciencia y como método, en una palabra, la invención de las humanidades. En efecto, la idea de que el secreto de la felicidad, de las personas como de las comunidades, estaba en el conocimiento del bien y la virtud hizo que los filósofos se abocaran a la búsqueda y especulación –en el mejor de los sentidos– sobre la esencia y la naturaleza del bien, pero también a las relaciones entre nuestra voluntad y el mundo circundante. En otras palabras, la libertad como problema filosófico. A esto se dedicaron Platón y Aristóteles, pero también las llamadas escuelas socráticas menores: cínicos, estoicos, epicúreos y escépticos principalmente. Y cada escuela supo dar su propia explicación a estos problemas.

En realidad, habrá que detenerse un poco en lo que significó la decadencia de la Atenas del siglo IV a.C. para entender por qué los estoicos hicieron suya la búsqueda interior de Sócrates. El 7 de agosto del año 338 el ejército de Filipo II de Macedonia aplastaba al ejército ateniense, lo que significó en cierta forma el fin de la polis. En el 322 morirá Demóstenes, el gran orador de la democracia, pero también Aristóteles. Un historiador del pensamiento como André Bridoux (Le Stoïcisme et son influence, Paris, 1966) llama la atención acerca del sentimiento de abatimiento que debió embargar entonces a los atenienses. Según las cronologías, ocho años después Zenón de Citio, que sería el fundador de la Estoa, llegaba a Atenas.

La ciudad sin embargo todavía conservaba mucho de su antiguo esplendor intelectual. La Academia estaba dirigida por Polemón, su cuarto escolarca; los cínicos seguían a Crates de Tebas y el Liceo tenía por jefe a Teofrasto, discípulo directo y sucesor de Aristóteles. Diógenes Laercio (VII 1) cuenta que Zenón, que era un mercante fenicio, había naufragado frente a las costas de El Pireo. Ya a salvo en Atenas, un día se encontraba mirando libros en la tienda de un librero cuando se topó con las Memorabilia de Jenofonte, una especie de diario que cuenta los recuerdos de Sócrates. Impresionado con su lectura, preguntó al librero dónde podría encontrar hombres tan admirables como los del libro. Justo en ese momento pasaba frente a la tienda Crates el Cínico. Entonces el librero lo señaló y le dijo a Zenón: “¡síguelo!”.

Zenón escuchó a Crates, pero también a otros filósofos durante unos veinte años, hasta que hacia los cuarenta y dos años decidió enseñar y fundar su propia escuela. Comenzó en un rincón del ágora, una pequeña columnata llamada el “Pórtico colorido” (Stoá poikílê), por lo que sus seguidores fueron llamados al comienzo “zenonianos”, y después, definitivamente, estoicos. Los historiadores han reparado en el complejo clima espiritual de aquella Atenas de finales del siglo IV a.C. La ciudad había dejado de ser autónoma y se había incorporado al poderoso imperio macedónico. Los ciudadanos habían dejado de serlo para convertirse en súbditos de un desconocido conquistador llamado Alejandro. La polis había dejado de concentrar la atención de los atenienses, mientras llegaban continuas influencias de las más diversas formas religiosas y creencias místicas orientales. Perdida la polis, expuestos sus antiguos dioses a las más diversas influencias y formas sincréticas, los atenienses debieron recogerse en sí mismos. Refugiados en su propia vida interior, tuvieron que recordar la vieja máxima socrática, y comenzaron a buscar la felicidad en sí mismos.

Zenón y después Crisipo enseñaron que la práctica de la virtud era suficiente para ser feliz, que los vicios son el origen de todo sufrimiento (páthos) y que hay que extirparlos radicalmente como si fueran un tumor. Enseñaron también que nuestro destino ya ha sido decretado por la voluntad divina y que lo más inteligente que podemos hacer es aceptarlo con indiferencia. Que en esto consiste la tranquilidad y la verdadera libertad: aceptar el mundo y controlar nuestras emociones. Enseñaron, finalmente, que todo lo que el hombre común desea: el poder, las riquezas, la fama, la belleza, deben sernos indiferentes, y que lo único que en realidad importa para ser felices es la práctica de la virtud. Es decir, que lo único de lo que verdaderamente depende la felicidad, la anhelada eudaimonía, es de nosotros mismos.

Hacia el siglo I a. C., cuando el estoicismo desembarcó en Roma, su éxito y su acogida no pudieron ser mayores. Los romanos admiraban la virtud y la austeridad de sus antepasados, a la vez que estaban sometidos a un poder cada vez más lejano e impersonal, primero por parte del Senado y después del emperador. Estas circunstancias crearon un clima propicio para que filósofos como Séneca, Epicteto o Marco Aurelio florecieran. Sus vidas no pudieron ser más disímiles. Séneca provenía de una influyente familia cordobesa. En Roma llegó a ser un consumado orador y un senador respetado. Después fue cónsul, consejero y tutor de Nerón. Fue cuando cayó en desgracia con el emperador, quien injustamente lo acusó de sedición y lo condenó a muerte. Entonces Séneca decidió suicidarse. Sus cartas, sus diálogos filosóficos y sus obras de teatro lo convirtieron en el principal exponente del estoicismo romano. Epicteto fue un esclavo frigio que vivió en Roma y que después de ser liberado comenzó a enseñar en Nicópolis, pequeña ciudad al noroeste de Grecia. No escribió nada, pero sus enseñanzas fueron recogidas por su discípulo Claudio Arriano, quien las recopiló en un “Manual”, Enquiridion, y unas “Disertaciones”, Diatríbai. Marco Aurelio fue el último de los llamados “Emperadores Buenos” de Roma. Gobernó entre los años 161 y 180 de nuestra era y su mandato estuvo signado por la justicia y una relativa paz. Escribió unas Meditaciones (Pròs heautón, “palabras para sí mismo”, por su título en griego), una especie de diario filosófico personal. Los tres, sin embargo, comparten una sabiduría común signada por la búsqueda interior, el cultivo de la virtud y la austeridad, el autocontrol y la imperturbabilidad, ataraxía, como camino a la felicidad.

Más allá de los best sellers y los éxitos de venta, más allá de que esta llamada “literatura de aeropuertos” consista en verdaderas reflexiones o meras charlatanerías, la existencia de todo un género de autoayuda que invoca al pensamiento del Pórtico conlleva una serie de consideraciones que no deben soslayarse. Implica ante todo la vigencia de una tradición marcada por una interioridad y una espiritualidad, pero también por una fe inquebrantable en los poderes de la razón como único camino hacia la felicidad. En otras palabras, la persistencia de la tradición socrática. También muestra la existencia, hoy como ayer, de una humanidad frágil y sufriente que busca una respuesta ante los avatares del mundo y los caprichos del destino, que desea blindarse ante la irrebatible existencia del mal, el sufrimiento y el dolor.

Imagen: El Mundo

Fuente: Prodavinci

jueves, 8 de septiembre de 2022

Parménides, padre de la verdad


Las olas acarician las pulidas rocas que delimitan la frontera del reino del mar. Los barcos se bambalean, mansos, mientras en la urbe hombres y mujeres parlotean ajenos al vuelo de los pájaros, al áureo recorrido del sol y a la razón por la que las estrellas aparecen cada noche, ante la mirada humana, en el mismo sitio. Antes de que la luz se extinga bajo el manto de Poseidón y vuelva a dar paso a un renovado día, el paisaje habrá cambiado. «¿Qué permanece entonces?», se pregunta el filósofo, que debe atender a un nuevo paciente.

Parménides de Elea fue, ya en su tiempo, un mito viviente. Polifacético, sus leyes hicieron prosperar la ciudad que diferenció su nombre, llegando a realizar investigaciones sobre la naturaleza que lo convertirían en un «físico» notable. Pero su mayor contribución la hizo al mirar más allá de lo que lo hacían sus contemporáneos: Parménides, del que solo nos quedan fragmentos de la que parece que fue su única obra, un poema, no estaba conforme con lo aparente. Había algo más y, por supuesto, tenía que descubrirlo.

El peso de la verdad

Todo cuanto conocemos del filósofo nos ha llegado a través del testimonio y de la discusión de su trabajo. No sabemos cuándo nació, si bien sabemos que lo hizo en el seno de una familia adinerada e influyente alrededor del año 530 antes de nuestra era. Unos sostienen que fue discípulo de Jenófanes, considerado el escéptico primigenio y otros, en cambio, que lo fue de Anaximandro e incluso que tuvo relación estrecha con los pitagóricos, posibilidad que resulta muy plausible. 

Lo que sí conocemos con certeza es su influencia en la posteridad gracias al peso con el que contribuyó su estudio de la naturaleza. Fue, con todas las letras, un «físico». Según historiadores como Estrabón o Diógenes Laercio, Parménides dedicó gran parte de su vida a las tareas de gobierno en la ciudad: su código legal mejoró la dinámica de la ciudad y él fue admirado y reconocido en el mundo helénico por su tesón. También se cree que pudo haber sido galeno (es decir, médico), razón que justificaría su preocupación por incluir en el trabajo que le es atribuido algunas observaciones fisiológicas y anatómicas del cuerpo humano con bastante más detalle que el habitual.

Pero no fue su influencia política o su legado como legislador y médico el motivo por el que pasó a la historia como un pilar indispensable para el pensamiento occidental. Fueron sus observaciones y sus análisis de la realidad lo que creó escuela y fomentó la discusión. Literalmente.

Ser o no ser

El pensamiento de Parménides fue revolucionario: su época de apogeo intelectual apenas dista siglo y medio de la de los sabios de Mileto, iniciada por el célebre Tales. Desde entonces, muy diferentes posturas habían eclosionado alrededor de las ágoras de las ciudades y colonias griegas: que si el origen es el agua, que si se trata de lo indefinido, que si es, en cambio, el aire, el fuego, la tierra, o bien este no se puede conocer. Contemporáneo de Parménides fue un pensador un tanto enigmático, Pitágoras, cuya influencia también resultó ser categórica: el inicio, sostuvo, fue el número. Además de sus aportaciones al acervo matemático, la influencia del samio creó sectas a su alrededor con varios seguidores –entre ellas bastantes de pensadoras– en torno a su cosmovisión. 

Parménides bebió de este contexto de pluralidad de opiniones acerca de cómo se constituye el cosmos y se interpreta la veracidad –o falsedad– de la realidad tal y como nos la ofrecen los sentidos. ¿Resulta engañoso lo que vemos? Puede ser, se planteó probablemente Parménides. Ahora bien, ¿nos engatusa el pensamiento? Esta es la cuestión que parece querer resolver en los fragmentos que han llegado a nosotros de su única obra, un poema escrito en –ya arcaico en su época– griego homérico y que, de alguna manera, parece sintetizar sus ideas. 

Parménides busca un elemento fijo para la realidad, un elemento que es mudable y que parece fluctuar ante nuestros ojos: en vez de discutir sobre lo que aprecian o dejan de percibir sus sentidos físicos, este se dedica a utilizarlos como vía para razonar. Los retazos del poema Sobre la naturaleza, que han sido recopilados con metódico estudio desde el siglo XIX, señalan el gran avance del pensador: establecer la noción fija del ser, nada clara en la época.

Durante el poema, Parménides establece un soliloquio donde argumenta que lo que es, es lo que es, inmóvil, inengendrado, indestructible y perfecto, entre otros atributos. Por el contrario, lo que no es, no puede ser al no poseer entidad. La «nada», entendida como una vacuidad total, es imposible: para ser «nada» tendría que ser algo, y si es algo ya no puede ser absolutamente nada. El «ente» –es decir, lo que es, existe o puede existir– de Parménides es, además, uniforme e íntegro, no se puede fragmentar. La intelección, por tanto, sólo puede establecerse en y sobre sí misma: abarca al «ente», no a lo aparente. 

Mientras la razón revela que debía existir la entidad con una naturaleza inmutable y perdurable, la experiencia parece sugerir justamente lo contrario. Parménides atribuye esta paradoja a la corrupción que ofrecen los sentidos y el lenguaje. En el camino de sus razonamientos, Parménides fue introduciendo estructuras lógicas que Aristóteles desarrollaría más adelante. Es el caso de la deducción, el principio de razón suficiente («de lo que no es no puede surgir lo que es») o la reducción al absurdo, entre otros. Además, aportó observaciones que quizá hoy puedan parecernos pueriles o erróneas, pero que en su época fueron tenidas muy en cuenta: sobre astronomía, meteorología, cosmología, fisiología, biología, anatomía e incluso reproducción humana. 

Un pensamiento muy vigente

La metafísica de Parménides atrajo muy pronto la atención de los sabios de la época, entre ellos los pensadores que siguieron sus pasos y que formaron lo que hoy conocemos como Escuela de Elea. Platón, en el diálogo homónimo que dedica al filósofo, recrea el encuentro que mantuvo con Sócrates cuando viajó hasta Atenas en su senectud, acompañado de uno de sus discípulos, el célebre Zenón de Elea. Tras la crítica en los trabajos de Platón y de Aristóteles, los posteriores eruditos griegos y romanos siguieron recogiendo fragmentos de su poema y discutiendo pareceres. Gracias a ello, el pensamiento presocrático de Parménides es uno de los más ricos y estudiados que ha llegado hasta nosotros.

Pero ¿qué puede aportar Parménides a nuestros días? La respuesta es sencilla: el valor de la racionalidad. En un tiempo en que dudamos de todo y de todos y en el que el asombro, la calma y el pensamiento crítico son cuestionados casi como formas pseudo teológicas en valor de la prisa, la productividad sin descanso y la dialéctica vacua, la defensa del intelecto como la herramienta suprema que nos permite aspirar a entrever la verdad entre las numerosas apariencias es regeneradora. No hay más prueba que la que demuestra la razón, mientras que el lenguaje puede ser usado para engañarnos y las evidencias se han podido falsear. Este principio, que ha conducido a la ciencia a su máximo esplendor, es democrático: en vez de creer a ciegas en gurús que se amparan en explotar el prejuicio ajeno de una falta de conocimiento adquirido, Parménides nos invita a distinguir con esfuerzo y dedicación reflexivas. Sapere aude [atrévete a saber], escribieron Horacio y Kant. Aunque a veces finjamos olvidarlo.

Imagen: austrianartblog

Fuente: Ethic

domingo, 10 de julio de 2022

Parodia y ridículo en la Grecia antigua


Érase una vez un ratón llamado Robamigas quien, huyendo del acoso de una comadreja, se acercó a un estanque para beber. Allí conoció a la rana Inflamofletes, rey y caudillo de las ranas del estanque. Inflamofletes invita a su palacio a Robamigas, que era el rey de los ratones. Le pide que se suba a su espalda para cruzar el estanque, pero aparece un insecto inmenso y la rana, para salvarse, se sumerge en el agua, haciendo que Robamigas se ahogue. Roepán, padre del desdichado Robamigas, iracundo declara la guerra a las ranas. Inflamofletes, por su parte, convoca a los caudillos de las ranas, les asegura que Robamigas no murió por su culpa y declara también la guerra a los ratones. Muy lejos de mantenerse fuera del conflicto, Zeus convoca a los dioses para que digan quién apoya a las ranas y quién a los ratones. Atenea, que no perdona que los ratones le hayan roído los peplos, se inclina por las ranas. No obstante recomienda a los dioses no decidirse por ninguno y contemplar el combate de lejos. Comienza la batalla con una brutal matanza. Destaca entre los ratones un guerrero llamado Robapartes, “superior a los demás, émulo del propio Ares”. Éste “amenazaba con aniquilar a la estirpe de las ranas”. Entonces Zeus interviene y, lanzando un rayo, les manda refuerzos. Finalmente los ratones se dan a la fuga.

No es una fábula. Es el argumento de la Batracomiomaquia, la “Guerra de las ranas y los ratones”, parodia de la Ilíada que por mucho tiempo pasó por haber sido escrita por el mismo Homero y que ha llegado íntegra hasta nosotros. Plutarco, por su parte, asegura en su Moralia que fue escrita hacia el siglo V a.C. por un tal Pigres de Caria, dato que repite la Suda, la enciclopedia bizantina del siglo X. Incluso hay quienes argumentan que no pudo haber sido compuesta antes de la época helenística, hacia el siglo I a.C. El poema, de unos trescientos versos, está escrito de manera irregular, en parte en trímetros yámbicos, el metro del teatro, y en parte en hexámetros dactílicos, el metro de la épica. Reproduce en tono burlesco elementos del estilo épico, como la invocación a la Musa (“suplico al coro de Helicón que me llegue al corazón…”) o los epítetos guerreros. También remeda escenas fácilmente reconocibles de la Ilíada, como la asamblea de los reyes, el consejo de los dioses o el combate entre Glauco y Diomedes en el canto VI, como para que no quede duda de su intención paródica.

No es esta la única parodia antigua que conocemos. Igualmente famoso fue un poema llamado Margites, del que apenas se conservan siete fragmentos. Trata de un campesino jonio del mismo nombre, paradigma de idiotez, que “sabia muchas cosas, pero todas las sabía mal”, en palabras de Platón (Alc. 147 a). El poema también fue atribuido a Homero, lo que repiten Platón y Aristóteles, aunque la Suda lo atribuye a Pigres. Para Aristóteles (Poet. 1448 b), los orígenes de la comedia deben buscarse en el Margites, del mismo modo que están en la Ilíada y la Odisea los de la tragedia. La figura de este campesino estúpido e ignorante, “que no sabe contar hasta más de cinco” y que “no sabe si lo parió su madre o su padre”, es tenida como una parodia de Odiseo, que, como sabemos, era “ingenioso” y “astuto”. A esta lista se añadirá una Galeomiomaquia, la “Guerra entre los ratones y una comadreja”, que debería remontarse al siglo III a.C., según un papiro publicado en 1983 (P. Michigan, inv. 6946). Sin embargo, para Aristóteles, el inventor de la parodia fue Hegemón de Tasos, comediógrafo que floreció durante la Guerra del Peloponeso y de quien no se conservó prácticamente nada. Aristóteles dice en su Poética (1448 a) que, así como Homero representaba a los hombres mejores de lo que son, Hegemón los representaba peores de lo que son. Al parecer, su técnica consistía en alterar levemente los versos de poemas conocidos, transformándolos así de sublimes en ridículos.

Así pues, no hubo que esperar a la decadencia de la épica para ver el surgimiento de su propia parodia. Qué esperaremos entonces de los poetas líricos. En un yambo de Arquíloco de Paros, que vivió una generación antes que Safo y Alceo, se lee:

Algún tracio lleva, ufano, mi escudo, mi arma irreprochable
que abandoné tras un matorral a mi pesar.
Pero yo me salvé, ¿qué me importa el escudo?
Que se vaya al carajo. Ya me compraré otro que no sea peor (fr. 6 D).

Irreverente donde los haya, este yambo de Arquíloco, poeta y mercenario, desafía y ridiculiza los valores guerreros tal y como están plasmados en la tradición homérica. Más allá de su utilidad práctica, recordemos que el escudo (aspis) tiene un valor simbólico y moral para el soldado. El hoplita tiene el deber de defender su escudo y no permitir que el enemigo se lo arrebate. En ello va su honra. Por eso las palabras que, cuenta Plutarco (Mor. 240 f 16), decían las madres espartanas a sus hijos cuando partían a la guerra: “regresa con tu escudo o sobre él”. Hijos de una época y de unos valores diferentes, los versos de Arquíloco son a la vez superación, desafío y burla.

No es difícil imaginar que la comedia haya sido el lugar por excelencia para la parodia y el ridículo. Casi dos siglos después de Arquíloco, en las Nubes de Aristófanes (ca. 420 a.C.) Sócrates es presentado como un embaucador que enseña a los jóvenes las malas artes de la sofística en su academia, llamada “El Pensadero”. Al final de la comedia Estrepsíades, el enfurecido padre de uno de los alumnos de Sócrates, prende fuego al Pensadero y Sócrates tiene que huir. En las Ranas (405 a.C.) hay una competencia entre Esquilo y Eurípides para saber cuál de los dos poetas trágicos es el mejor. Siguiendo la técnica de Hegemón, ambos poetas recitan sus propios versos en contextos muy diferentes, por lo que el efecto de lo cómico está garantizado. El juez de este certamen es un Dioniso afeminado y torpe. Para bajar al infierno, Dioniso ha tenido que pedir consejo de Heracles, su hermanastro fortachón, brutazo y glotón. También en las Aves (414 a.C.) Heracles es presentado como un fortachón y un glotón que no puede pensar en otra cosa que no sea comida. Y es que, en Aristófanes, ni los dioses se salvan.

Sin embargo, no se podría hablar de parodia y ridículo en la literatura griega sin mencionar a Luciano de Samósata. Luciano nació en Siria, aunque su cultura y su lengua fueron griegas. Vivió en el siglo II de nuestra era, un tiempo especial en el que las viejas religiones paganas ya habían perdido su vigor, pero aún no se había impuesto el cristianismo, cuando Roma aún dominaba el Mediterráneo y el estoico y bueno de Marco Aurelio era el emperador. Quizás por eso fue que Luciano pudo escribir las cosas que escribió. Sin ser filósofo, tomó del epicureísmo su hostilidad contra la religión popular, del cinismo su desprecio por la falsedad y del escepticismo su desconfianza hacia cualquier creencia. Tampoco quiso disimular su repulsión hacia los cristianos, y todo eso lo convirtió en literatura. Quizás sea la Suda lo que mejor lo defina: “blasfemo o maledicente, o mejor dicho, ateo”. Apreció sin embargo a Epicuro y la filosofía del cínico Menipo de Gadara, y admiró la vida humilde y sencilla del ecléctico Demonacte, quien fue sin duda su maestro. 

Luciano fue uno de los mayores genios satíricos de la literatura, uno de los más irónicos de todos los tiempos. Su corpus, unos ochenta opúsculos conservados casi en su totalidad, escritos en un ático clásico y purísimo, no deja títere con cabeza. Las Historias verdaderas, una de sus obras más conocidas, son una parodia de los relatos de viajes, donde cuenta en primera persona cómo él también hizo un viaje increíble y llegó hasta la luna. En Cómo debe escribirse la historia se burla de las descripciones maravillosas que hay en los libros de Heródoto. La Subasta de los filósofos es una critica de las escuelas filosóficas, una por una. Los Diálogos de los dioses y los Diálogos de los muertos recrean las más cómicas situaciones de los dioses en el Olimpo y de los héroes en el infierno. En el Elogio de la patria se burla de los lugares comunes en este tipo de discursos y el Prometeo es un ejercicio retórico donde se propone un juicio al titán benefactor.

Espíritu brillante y descreído, Luciano no es un ideólogo ni un moralista. Acaso un pedagogo empeñado en mostrarnos a través de la sátira y la parodia lo ridículos que podemos llegar a ser. No debe extrañarnos el que haya sido tan imitado incluso en vida, como muestra el Discurso verdadero contra los cristianos de su contemporáneo Celso, pero especialmente entre los bizantinos. A partir del Renacimiento se convirtió en autor de culto, cuya influencia es incontestable en obras como los Coloquios de Erasmo, o más tarde en el Coloquio de los perros, una de las Novelas Ejemplares de Cervantes. También en Los viajes de Gulliver de Swift o el Viaje a la luna de Bergerac, y sobre todo en Voltaire, llegando hasta las novelas de Verne y, por qué no, la Rebelión en la granja de Orwell. No cabe duda de que los griegos también nos enseñaron a reírnos de nosotros mismos, desarrollando las técnicas de la parodia y el ridículo, porque está claro que el viejo truco de Hegemón de Tasos, ese de introducir un elemento discordante en un contexto diferente, sigue siendo origen de risas y de burlas.

Imagen: Theodor Kittelsen

Fuente: Prodavinci

martes, 30 de noviembre de 2021

Andrea Marcolongo: La ignorancia se ha convertido en un valor social


Desde hace unos años el mundo clásico ha ido estando cada vez más presente en nuestras librerías, un fenómeno —agudizado por la pandemia, durante la cual asistimos a reediciones de Séneca y Marco Aurelio, entre otros—, que ha convertido en superventas libros como El infinito en un junco de Irene Vallejo, Una nueva historia del mundo clásico de Tony Spawforth o Seis semanas con los filósofos griegos de Ilaria Gaspari. Pionera de esta corriente, en 2017 la escritora y periodista Andrea Marcolongo (Milán, 1987) hizo lo propio con La lengua de los dioses, un apasionante recorrido por el griego clásico y las huellas que ha dejado en nuestro presente.

Y es que para Marcolongo, “lo clásico es la única manera de contar el presente. Para mí son unas gafas para ver el mundo, pero no un mundo pasado, pues clásico no es viejo, sino que está fuera del tiempo. Es atemporal”. Este es el espíritu que envuelve su nuevo ensayo, Etimologías para sobrevivir al caos (Taurus), un viaje al origen de 99 palabras de uso cotidiano cuyo significado original puede cambiar nuestro presente. Como dice la escritora, “cuando estamos perdidos y nos rodea el caos es cuando sobreviene de nuevo el mundo clásico. Es como un manual de instrucciones, está comprobado que funciona, porque los antiguos ya lo han comprobado. En tiempos de fractura y desorden, como está sucediendo hoy en día, nos ayuda resistir y reaccionar”.

Pregunta. Su libro viaja a las raíces de las palabras. ¿Vivimos hoy en un mundo que deforma y retuerce su significado y su contenido? ¿Están en peligro ciertas palabras?

Respuesta. Sin duda. El interés por las raíces de las palabras nace del pensamiento que esconden en su interior. Estudiar y amar las palabras tiene una relación con amar la capacidad de pensar. El lenguaje es una ciencia humana y cambia porque nosotros cambiamos. Si las palabras están en peligro, inmediatamente debemos identificarlo como un signo de la fragilidad de la manera de pensar de esa época. Las palabras nunca van a desaparecer. Son inmanentes a nosotros, pero en la actualidad el peligro está en ser capaces pensar de una manera objetiva y hacer el esfuerzo de encontrar los términos adecuados, para que cada palabra corresponda a un pensamiento o una idea, y que no se vacíen de contenido. Las palabras son como maletas y el pensamiento es el contenido.

P. Inevitablemente, este viaje etimológico nos lleva en buena medida a la Grecia y la Roma clásicas, cuna común de nuestros idiomas. ¿Se puede resucitar el pensamiento de una cultura al recuperar una lengua?

R. De algún modo sí se puede resucitar el pensamiento de hace 2.000 años. Este libro es una declaración de amor hacia eso. Supone traer a nuestros días la belleza de pensar como mediterráneos. Volver al pasado es como ir a la fuente de las palabras, son como las ramificaciones del río. La fuente es única y ahí alcanzas los pensamientos no contaminados, porque estás en el origen. Todas las constantes de la cultura están en nuestra lengua. El mundo anglosajón se ha puesto de moda hace poco y su pragmatismo, su espíritu marcadamente económico, han colonizado nuestra manera de ser. Es muy respetable, pero no es lo nuestro. Los mediterráneos no somos hijos del sistema capitalista. No nos levantamos diciendo qué tenemos que producir hoy. Somos hijos y herederos de la belleza y la alegría de vivir. Con una pandemia es más difícil, pero esa alegría está en nuestra forma pensar. Me refiero al goce, al buen humor. Nuestra mentalidad está más volcada a crear que a producir. Es lo que hay en el alma de las culturas mediterráneas, y reside en nuestra manera de hablar y, por lo tanto, de pensar.

Intelectuales irresponsables

P. Habla de volver a esa fuente en la que palabra y pensamiento iban de la mano, cuando hablar era sinónimo de llegar a la verdad. ¿Es así en la actualidad?

R. Tenemos esa idea de la Grecia antigua como un mundo cristalino y perfecto, pero no todos eran filósofos y tampoco creo que hoy todo el mundo emplee mal las palabras. No todos estamos perdidos. Escribir mis libros me han enseñad que los intelectuales tienen una responsabilidad, sobre todo cuanto más baja el nivel cultural contemporáneo. La cultura es una cuestión claramente política y al descender su nivel, se debilita la manera de pensar de la sociedad. Creo que, en general, las personas tienen ganas de pensar, no es cierto que haya que simplificar la cultura para hacerla accesible. Nuestro cerebro es hoy el mismo que hace 2.500 años y debemos potenciar que la gente se esfuerce en pensar.

P. Ahora que habla del debilitamiento del pensamiento me viene a la mente el pensiero debole de Gianni Vattimo y su idea de que la modernidad uniformiza el lenguaje y al hacerlo encubre realidades. ¿Cómo se pueden combatir esas palabras vacías que se usan en muchos contextos sociales, la política, por ejemplo?

R. Ciertamente hay que luchar contra eso. Y la manera de hacerlo es preguntando, refutando, sin ceder a la comodidad ni mirar todo el rato hacia las pantallas o tomar por cierto todo lo que nos llega de ellas. Hay incesantes declaraciones de los políticos que son manifiestamente falsas y bastaría una palabra para desmontarlas, pero nadie la dice. En este sentido, los intelectuales y la propia cultura tienen una responsabilidad clara.

P. Habla del papel de los intelectuales, pero ¿no han cedido el espacio del foro público a otros actores menos cualificados?

R. Estoy de acuerdo. Es muy cómodo para un escritor o pensador ceder ese espacio público mientras ellos se dedican a otras cosas. O verter opiniones simplemente en ciertos círculos privados o exclusivos. Pero es un deber que tiene todo intelectual. Escribir es un don, pero también impone ciertos deberes. No se pueden escribir libros únicamente para que te saquen fotos o para viajar. Cuando uno escribe tiene el deber de ocupar ese espacio en la sociedad.

Cómo formar ciudadanos

P. Hablando de este deber, en España hay constantes quejas del descuido y maltrato que sufren las Humanidades, ¿por qué deberíamos luchar por ellas y como pueden influir no sólo a nivel cultural, sino también político?

R. Después de este año de pandemia, el sistema educativo es un problema. Me encantaría que en todos los colegios se enseñara las lenguas clásicas, pero muchas veces el nivel educativo es la primera señal del estado de un país, de cuál es su nivel. Se ha convertido la educación en una mera formación para trabajar. Se forman trabajadores, pero no ciudadanos que puedan pensar por sí mismos. Esta debería ser la primera responsabilidad de los políticos, antes de hablar de cualquier otra cosa: el estado de su sistema educativo y cómo mejorarlo.

P. Sin embargo, hoy vivimos en un mundo dominado por la Ciencia. ¿Cuál es el papel de las humanidades en una sociedad tan volcada hacia la tecnología? ¿No deberíamos recuperarla ante los problemas éticos que plantean los retos científicos?

R. Nos hemos olvidado, de una forma escandalosa, de que las humanidades son también una ciencia. Desde la antigüedad, Ciencias y Letras eran lo mismo, materias de la física, del estudio del mundo. La ciencia descubre y las humanidades intentan comprender hasta qué punto merecen la pena ciertos descubrimientos y donde poner los límites éticos. Hemos construido un sistema educativo en que parece que solo piensan los científicos mientras los humanistas, se ocupan de las musas.

P. Esa tendencia parece encaminada a corregirse poco a poco, pero ¿cuándo se produjo entonces esa separación entre ambos campos del saber?

R. Esta gran fractura histórica se produce con la Ilustración, cuando empezó a considerarse una fantasía el pensamiento de las letras. Pero las humanidades son fruto de un recorrido político y, si se les quita valor, tendremos ciudadanos que producen, pero incapaces de interrogarse o pensar. Esta pandemia me ha entristecido mucho, porque nos hemos sentido solos a muchos niveles. El miedo nos ha hecho estar unidos, pero unir a un pueblo alrededor del miedo es lo más peligroso que se puede hacer. Superado el miedo nos sentimos más solos todavía.

Un acto político

P. La manipulación actual el lenguaje político es evidente, pero parece que ha trascendido a toda la sociedad, que parece regodearse en hablar mal. ¿Nuestra sociedad ha olvidado la importancia del lenguaje?

R. El lenguaje, por ejemplo, en muchos programas de televisión, no es que sea de un gran nivel, pero el problema en general, si lo ponemos en relación a la generación de nuestros abuelos, que no era gente con carrera universitaria, es que ellos sí entendían el valor político del idioma. Sabían que la cultura, todo lo que integra el saber, el hablar bien, era fundamental para sus derechos, para la democracia. Por el contrario, hoy la ignorancia se ha convertido en un valor social, de forma paradójica. De hecho, cuanto más ignorante, vulgar, cuanto menos cuidada sea tu manera de hablar, estás más de moda y eres más aceptado. Vuelvo a la pandemia. Hace dos generaciones, nadie que no fuera médico se atrevería a decir a un doctor que no tenía razón en un asunto sanitario. Ahora, de la libertad de opinión se ha pasado a la dictadura de la opinión. Todos quieren imponer una opinión, sin tener ninguna competencia para ello.

"Las palabras son un acto político desde Grecia hasta hoy. Lo primero que hace un dictador de cualquier época es cambiar las palabras"

P. Dedica una de las entradas del libro a la palabra “libertad”, cuya etimología significa: “aquel que tiene derecho a pertenecer a un pueblo”. ¿Es quizá la palabra más pervertida y damnificada hoy en día?

R. Desde luego es la palabra más necesaria para recuperar, porque la libertad no es anarquía, no es decir: “Ahora hago lo que quiero porque soy el más fuerte”. Libertad es el derecho de elegir dónde quieres a estar. Utilizar “libertad” para oponerse a otra cosa o a otros, es negar eso y no puede ser. La libertad es el derecho y el deber de elegir. Me da miedo cuando la política las retuerce y deforma. Yo vivo en Francia, y recuerdo cuando Macron dijo que estábamos en “guerra” al referirse a la pandemia. Es una palabra muy fuerte. Se usan así las palabras para despertar una emoción, pero cuanto más las empobrecemos, más necesidad tenemos de gritar otras más fuertes. Cuando “emergencia” ya no es suficiente, pasamos a “guerra”, y esto desvirtúa su sentido. Usar las palabras para suscitar una emoción es bárbaro. Es como gritar a alguien, en lugar de hablarle. Es mejor que las palabras se empleen para hacer pensar y que después que cada uno decida en libertad.

P. Desde el siglo XIX los idiomas se han convertido en un arma política en ciertas regiones. ¿Hasta qué punto las palabras pueden configurar un mundo propio que se enfrente a otros?

R. De hecho lo hacen, porque las palabras no son únicamente cosas preciosas que uno se embelesa mirando, son un acto político, desde Grecia hasta nuestros días. Lo primero que hace un cambio político es cambiar las palabras. Lo hizo Alejandro Magno con el griego clásico y en su novela 1984 George Orwell ya dice que lo primero que hace un dictador es cambiar las palabras. En este sentido, la decisión de escribir este libro también es política. No nace para deleitarme con las raíces de las palabras, sino para que no se manipulen impunemente ni nos las arrebaten, porque en la fuente nadie las puede deformar.

Imagen: Hércules en la encrucijada de Annibale Carracci (1596)

Fuente: El Cultural