jueves, 14 de mayo de 2020

El aliado visible: datos abiertos sobre la red de emprendedores y sus respuestas al COVID-19

Los emprendedores son expertos en movilizarse rápido y convertir los desafíos en oportunidades. En el marco de la pandemia, BID Lab realizó un mapeo regional para visibilizar las soluciones que van surgiendo de esta red. Estos datos abiertos, presentados con una interfaz intuitiva, sirven para facilitar colaboraciones, escalar conceptos robustos, y dimensionar la capacidad de los creadores de América Latina y el Caribe. Te invitamos a explorar la herramienta.

En tan solo algunas semanas, la vida como la conocíamos cambió. La disrupción de la pandemia se hizo evidente en todos los niveles de la sociedad, desafiando las expectativas sobre cómo gestionar los negocios y las finanzas, definir los servicios esenciales, y atender al bienestar de las personas en medio de una emergencia de escala mundial.

Frente este contexto complejo y dinámico, las y los emprendedores de América Latina y el Caribe ejemplificaron el significado de “pivotear”. De manera individual y descentralizada, comenzaron a liderar la creación de soluciones innovadoras y de base tecnológica, girando sus estrategias, productos y servicios para dar respuestas ágiles a las nuevas necesidades generadas por el COVID-19. 

Pero identificar las soluciones más relevantes requiere colaboración. Actores como aceleradoras, asociaciones de startups, redes de inversionistas, agencias de innovación y espacios de co-working comenzaron a identificar las soluciones emergiendo desde sus ciudades, países y hasta otras regiones. Un esfuerzo tremendo que deja en claro la importancia y el potencial de promover ecosistemas de innovación inclusivos y cada vez más conectados – para conocer, vincular, y escalar soluciones a nivel regional.

Un mapeo de mapeos: juntando datos para visibilizar soluciones al nivel regional

Desde BID Lab, el laboratorio de innovación del Grupo BID, integramos todos estos esfuerzos en un solo mapa –un mapeo de mapeos– para poner datos abiertos a disposición del público, información que esperamos sea útil para hacer frente a la crisis y juntar las soluciones más relevantes.

El Mapa de Innovadores de América Latina y el Caribe COVID-19 te permite explorar un mapa interactivo de una base de datos abierta, unida y consolidada de los esfuerzos diversos realizados por los emprendimientos alrededor de la región. Desde este mapa, se puede filtrar por país, categoría o fuente de datos –o también puedes descargar la información en una tabla de Excel.

Ahí podrás encontrar desde aplicaciones para educación y trabajo a distancia, soluciones para cuidar la salud mental y apoyar en nuevos desafíos sociales, plataformas que facilitan el consumo local hacia pequeños negocios, hasta telemedicina, soluciones digitales para el manejo del monitoreo y la cuarentena, soporte para logística de diagnósticos, sistemas de matching entre oferta y demanda de productos para hospitales, estudios de makers que ofrecen impresión 3D de materiales, y mucho más.

Juntamos varias fuentes de información, como los resultados de un ejercicio de crowdsourcing (el formulario sigue abierto), soluciones de las empresas de ConnectAmericas y las listas curadas de los mapeos lanzados por los principales actores del ecosistema. Todas las soluciones pasan por un filtro básico, que consiste en verificar que: 1) la compañía existe 2) está ofreciendo un producto o servicio innovador o de base tecnológica 3) con implementación en nuestra región 4) puede ser útil para enfrentar la crisis de COVID-19 y 5) cuenta con información accesible en línea. 

Interfaces que facilitan la exploración de estos datos

La página principal del mapa presenta algunas opciones sencillas para consumir los datos en un primer vistazo. En el centro, se encuentra la visualización geolocalizada de todas las soluciones disponibles en la base de datos. El mapa utiliza Arcgis online para alojar los datos y publicar un mapa geográfico de manera rápida y sencilla. El menú al lado izquierdo permite filtrar el mapa y arriba, se encuentra el botón que te invita a contribuir más soluciones a la base de datos.

También hay un resumen del número total de soluciones en la base (hasta la fecha, más de 500) y los diversos sectores que representan.

Tabla web en GitHub Pages

Para ampliar las oportunidades de trabajar con estos datos, quisimos brindar una solución en código abierto para que los usuarios puedan descargar los datos del mapa sin necesidad de abrir una cuenta en Arcgis online o entender datos geográficos. Elegimos un truco, usando una opción de GitHub pages (gh-pages) para proveer esos datos: visita la tabla de los datos aquí.

Básicamente, se transforman los datos desde un formato CSV en una tabla web. Las capacidades de la interfaz son básicas: visualización, ordenamiento, filtrado de datos, búsquedas libres y botones para descargar el contenido como CSV o en Excel.

Para crearlo, hicimos un ejercicio estilo "Hello World" en un repositorio de Github, usando unas librerías Javascript open source que conecta directamente a los datos desde Arcgis online para presentar el resultado en una página Github.io. A medida que publicamos cambios en el mapa en Arcgis online, la página Github los refleja automáticamente. Prácticamente, utilizamos Github como una interfaz de acceso a datos de manera abierta, aunque esos datos no estén alojados ahí.

Les invitamos a inspirarse de este código si tienen un caso similar que resolver. En el repositorio de Github, se encuentra el código fuente bajo una licencia de código abierto, y también el live demo directamente publicado y alojado ahí mismo, que muestra en forma tabular toda la información del mapa.

¿Qué sigue con esta iniciativa?

BID Lab y sus socios están trabajando en refinar los datos del mapa para identificar las soluciones más relevantes del ecosistema, darles visibilidad ante nuestros socios del sector público y privado, sumar este repositorio a mapas de talla mundial, y visibilizar recursos de conocimiento para startups y conectarlas con convocatorias y otras oportunidades.

Fuente: Abierto al Publico

miércoles, 13 de mayo de 2020

Fui a fiestas virtuales como quien se traslada en la realidad

Los sonidos de los vasos chocando, las conversaciones entremezcladas con la música de fondo, el festejo de bienvenida al amigo que llega, al tema que pedimos, al dealer en la puerta. Todo esto parece un recuerdo de la época de oro. Esa época donde tirábamos nuestros abrigos en la esquina del bar deseando volver a verlos al amanecer. Con nuestro maquillaje corrido y el último cigarrillo en la boca finalmente salíamos tambaleando y parábamos un taxi para irnos a dormir. Cansados, borrachos, solos o acompañados. Hoy nada de eso es posible, el cierre de la noche de sábado dejó de ser el retorno eterno a nuestras casas —con paradas en el medio en búsqueda de más tabaco y un poco de agua, con desvíos improvisados rogando por preservativos en las puertas de las farmacias 24 horas— y pasó a ser un botón de off que apaga nuestra felicidad en un segundo y nos deja sin escalas a los pies de la cama.

Es desde mi habitación, un espacio de tres por tres, donde me dispongo a asistir a mis primeras fiestas de cuarentena. Este sábado me tomaré mi búnker con un volumen que cruzará el límite de lo permitido en el edificio. Quiero saber si puedo quitarme el prejuicio que tengo frente a la convocatoria de la virtualidad. Las opciones son variadas, así que tengo ubicadas tres tipos de fiesta totalmente diferentes.

Creo que desde que comenzaron estos eventos multitudinarios el verbo que se utiliza es “ir”. A la fiesta se va, no se conecta, entra, une, engancha. ¿Vas a ir a la fiesta por Zoom? Es la pregunta. Y me siento extraña, porque no me trasladaré corporalmente a ningún sitio, estoy a un segundo de aparecer y desaparecer de la vida de la gente sin gastar tiempo ni dinero. Todos estamos exactamente en la misma situación. Las fiestas virtuales trascienden edades y clases sociales, es un click de acceso a cualquier lugar con música variada y luces de neón. No existen el sur y el norte, la entrada a mil pesos ni las zapatillas nuevas para poder “entrar”. Con mi computadora y mi celular cargados de batería será suficiente.

Fiesta uno: la vergüenza se va

Prepará tu traguito, primpiate un outfit pa perrear y creá tu pista de baile en casa, dice la descripción de la cuenta de Instagram de Se PiCall, la primera fiesta a la que voy. Pido el acceso por un mensaje privado y me pasan el link a través del cual debo conectarme. Cuando clickeo aparece un cartel con algunas reglas a seguir: me piden que por favor tenga mi cámara prendida y el micrófono apagado. Me advierten que si no quiero ser reconocida puedo usar una máscara y cambiar mi nick. Y lo importante y más llamativo: que si alguien no me responde a los mensajes privados, no insista o si alguna persona me molesta con estos mensajes puedo reportarlo a les anfitriones de la sala. Estos organizadores fueron precavidos y atentos a las reglas de cuidado virtual que una fiesta vía Zoom debe tener. No nos olvidemos que el ciberacoso puede ser un fastidio y sigue existiendo por más COVID que ronde en el mundo.

El cartel desaparece y una decena de cuadraditos toma la pantalla de mi computadora. Se ven torsos sin cabeza bailando al compás de la música mezclada por el DJ invitado. Algunos movimientos de caderas dejan entrever tragos de fondo. Otras personas tienen el ángulo un poco más abierto, se pueden ver con máscaras de alien, tapabocas diseñados adrede y un outfit de noche. De fondo, luces de colores que giran, lámparas de pie que apenas iluminan el ambiente. Aparentemente la mayoría de las personas le dedicó unos segundos a tunear su casa para convertirla en una pista de baile por las próximas horas.

Mientras veo obnubilada la situación decido improvisar mi noche. Una lata de cerveza helada arriba de mi mesa de luz, un poco de tabaco y palo santo. ¿Palo santo? Sí, porque a nadie le gusta dormir con olor a cigarrillo y estoy decidida a que mi pista de baile ocurra en mi habitación, nada de andar meneando en el salón de mi casa. Tengo vergüenza.

Sin nada de maquillaje espero diez minutos sentada tipo india hasta sentir un poco de agitación en mi pecho. “Yo perreo sola”, de Bad Bunny, me invita a ponerme de pie y empezar a mover el cuerpo. Decido en un principio no mostrar mi cara, apunto la cámara de la pantalla del cuello para abajo. Tengo una remera negra y un jogging. Es a la primer fiesta en mi vida que voy con esa facha. Ni siquiera me molesté en peinarme, en bañarme, en ponerme un poco de perfume ¿para qué? Si nadie puede oler mi piel, mi aliento, mi sudor. Entiendo que algunas personas deciden arreglarse para ellas mismas durante esta cuarentena, pero en mi caso el maquillaje es algo que exclusivamente me requiere un esfuerzo, y si hay algo que creo bello en mi aspecto es el hecho de sentirme y mostrarme cómoda. No estoy dispuesta a hacer una performance con un rouge coloradísimo para quedarme en mi habitación.

Bailo con gente pero estando sola, miro cómo los cuerpos siguen el ritmo de la música sin ningún tipo de timidez. Comienzo a transpirar, voy por mi segunda lata de cerveza, mis piernas reconocen de a poco los movimientos que habían perdido. Y ahí estoy yo, sin corpiño, meneando como el mes pasado pero sin ser juzgada ni tocada ni acompañada. Dos horas después veo cómo una chica se aleja de la cámara en ropa interior, más arriba un otro chico está sin remera, hace calor. Soy cómplice de la desnudez ajena en la era de la virtualidad, de un mundo que busca la exposición de la intimidad con seres extraños.

Empiezo a sentirme cómoda dentro de un territorio completamente inexplorado, que poco a poco se transforma en un momento agradable. No miro para atrás. Nunca miro para atrás porque me hace recordar mi soledad. Decido, como todos los participantes, no alejar ni mi vista ni mi cuerpo de la pantalla, marcando el paso con mis caderas, bajando, subiendo y dando giros rápidos al compás del reggaetón. Por momentos paso con un click las páginas de los cuadraditos para ver cuerpos diferentes. Veo de todo: una señora de unos cincuenta años está sentada frente a la cámara siguiendo la música con la cabeza, una pareja baila apretada mientras come pizza, un chico semidesnudo salta con las manos en alto arengando dentro de su balcón.

Decido ir a una segunda fiesta antes de abrir la tercera lata de cerveza. No saludo a nadie, ni aviso a los anfitriones, me voy como llegué: sola.

Fiesta dos: a puro emoticón

Claro que no es lo mismo. No puedo comparar mi bar preferido, el espíritu de fiesta ubicada en la otra punta de la ciudad donde conozco gente en la puerta, intercambio números de teléfono o cuentas de Instagram, con estar completamente sola en mi habitación. Decido trasladarme al living con mi parafernalia tecnológica y darlo todo. Aquí no huele a esa mezcla de porro y transpiración del bar de Colegiales; aquí huele al aceite de las empanadas que acabo de pedir por delivery. Me pedí con ajo y picante: de mi casa no me voy a ninguna parte y menos que menos terminaré a los besos en un sillón viejo y sucio cargado de gente extraña.

La segunda fiesta es conocida de la época de oro; la Bresh decidió adaptarse a la nueva era del aislamiento social y preventivo. Actualmente se convirtió en un live de Instagram que convoca a más de 400 mil personas todos los sábados. Jóvenes que comentan durante el mismo live sin parar tanto el acting del DJ como la música seleccionada. “En casita se acortan las distancias y se revoluciona el aislamiento”, escribe un participante. Un hit reguetonero tras otro, los pibes enloquecen enviando corazones. En la pantalla se ve a un chico con movimientos rápidos, un showman perfecto detrás de un escenario montado, como si fuese una cabina exclusiva de DJ. El público agita a puro emoticón y comentario escrito; parte del atractivo que tiene la Bresh es compartir en tiempo real cómo la va viviendo cada uno desde sus casas. Parece que en la fiesta digital hablarles a los otros mientras bailan no es un crimen.

En la Bresh no se ve nada más que el DJ en pantalla así que me relajo un poco. Ya no veo cuerpos, máscaras, caras y tragos ajenos. Aprovecho para tomar un poco de agua, ir al baño, a la cocina y a la ventana a tomar aire. Tengo la sensación de que mi presencia no está tan exigida por la ausencia de la cámara.

“Ella se arrebata bata bata bata”. Bailo. Canto. Me sé todos los temas. Me siento sola, pero a la vez algo liberada de tener mi espacio de baile. Una amiga me manda un Whatsapp para que le recomiende una película y le contesto que más bien nos encontremos en la fiesta y que bailemos juntas. Ella se conecta y nos empezamos a reír. Mientras hablamos por videollamada, en la otra pantalla suena reggaetón. Mi amiga me dice que me saca a bailar. Somos la dupla perfecta en una pista invisible. Apenas nos vemos entre nosotras y hacemos un chin chin con el mismo aire. La fiesta la hacemos entre las dos, en ningún momento decido intervenir en el live con comentarios y corazones.

Tengo la sensación de que muchos participantes entienden mejor que yo este tipo de dinámica. Por momentos circulan cuentas de personajes famosos que tienen menos de 25 años: ellos tienen más aguante, son jóvenes y bellos. Decido irme antes de hacer papelones e intervenir pidiendo un tema pasado de moda, como si fuese la tía desubicada. Estuve lo suficiente como para entender de qué va un live, no perdí dinero y bailé virtualmente con una amiga. Me despido de ella y voy por más alcohol a la cocina.

Fiesta tres: la nostalgia que nunca se fue

Ya son las 4 am. Estoy cansada, algo borracha. Me siento demasiado lejos de volver a mi vida prepandemia, de salir fuera de mi casa y tener alguna anécdota bizarra en mi recorrido de bares por Buenos Aires.

Decido cambiar nuevamente de fiesta. Vía Instagram me voy a una fiesta inclusiva llamada A pura cuarentena. En su descripción se definen como La mejor fiesta virtual, abierta e inclusiva de la Argentina. Las recomendaciones para entrar están relacionadas con la apariencia: Lookeate, maquillate, ponete máscaras, cotillón, glitter, luces para alegrar la fiesta. LO QUE DÉ. Un cartel simple que presencialmente puede invitar a un encuentro descontrolado. Virtualmente también, quien sabe si puertas para dentro la gente tiene más ánimo de provocación.

Me sirvo un último vaso de alcohol para inyectar algo de energía en mi cuerpo. Siento que no estoy bailando tanto como si fuese una fiesta presencial, quizás es el encierro que cansa mis músculos más rápido. También pienso que mi estado de ánimo subió demasiado rápido en las últimas horas y que ya es momento de bajar y acordarme de que la distancia social existe hace más de cincuenta días y que quizás esto ya es mucha interacción con gente en una misma noche.

A pesar de las recomendaciones no me cambio de ropa ni uso ninguna máscara. De todas maneras, sí decido mostrar mi cara porque a esa altura ya estoy desinhibida por completo. Siento que ya tengo mi anécdota bizarra del fin de semana. Bailo otra vez, completamente sola. Bailo como si no hubiera mañana. Me termino de emborrachar en el medio de la oscuridad de mi living sin hablar con nadie. Suena J Balvin y veo glitter a través de mi pantalla, militantes del movimiento LGTBQ+ con sus banderas de fondo, jóvenes moviendo las cabezas. Me gusta ver gente bailar y cantar el tema que están pasando. Esta vez decido hacer un movimiento de manos saludando al público, como si alguien me conociera. Tiro un beso a la pantalla y apago la computadora.

Decido irme a la cama prácticamente sin cambiarme de atuendo, son sólo cinco metros desde mi living como epicentro. Esta vez me ahorré el taxi de regreso.

Al otro día me despierto con una leve resaca, con el cuerpo extenuado. Le escribo a mi amiga: “era lo que necesitaba. Descargar energía. ¿Se podría decir que salimos de fiesta? ¿Cuenta como tal?”.

No sé, pero por ahora es la única que tengo cerca. La fiesta estuvo en mi cabeza, en mis objetos tecnológicos y en parte de mi cuerpo: la interior, la que se movía. La parte superficial la dejo para cuando sea libre, siento que extraño ver mi almohada manchada con el rímel de la noche anterior.

La cuarentena nos vino a recordar la necesidad de la presencia física, la importancia de la comunicación no verbal, la exigencia de la materialidad del cuerpo del otro. De todas maneras, más allá de mi pesimismo virtual, reconozco que la música y la compañía a través de una pantalla hizo un poco más feliz mi fin de semana. Bailar es el aguante que le ponemos al confinamiento. Solo recemos para que internet no se nos corte y el delivery de alcohol llegue a tiempo a nuestros hogares.

Fuente: Vice

martes, 12 de mayo de 2020

Covid-19: ¿Por qué todos llevamos un tertuliano dentro?

La crisis de la COVID-19 y el correspondiente confinamiento han dado lugar a una explosión de artículos, post en redes sociales, conversaciones familiares e intervenciones en tertulias mediáticas cuestionando, criticando, analizando, explicando o aportando soluciones para luchar contra la pandemia.

Pocos son los científicos, periodistas o particulares que no hayan hecho su aportación. Destacan algunos tertulianos, que azuzados por la moda de la comunicación, antes llamada telegenia, han sustituido a los virólogos, epidemiólogos y expertos en gestión de pandemias.

El efecto Dunning-Kruger

A estas alturas de la crisis, con una sociedad semiparalizada por la pandemia y sometida a sobrecarga informativa, debemos ahondar ya no en el efecto de la desinformación, sino en analizar qué pretenden conseguir aquellos que, con opiniones en muchas ocasiones infundadas, abordan tan complejo escenario de crisis sanitaria mundial.

El efecto Dunning-Kruger, o cómo los humanos nos convertimos en opinadores de todo sin saber apenas de nada, podría explicar el surgimiento de corrientes de pensamiento no expertas, capaces de solucionar cualquier problema sin importar su naturaleza. Esta teoría se fundamenta en el estudio realizado por David Dunning y Justin Kruger en la Universidad de Cornell, a partir del cual pretendían investigar el comportamiento de unos sujetos poco preparados ante una situación racionalmente compleja.

El resultado del estudio fue la concreción de una teoría según la cual se manifiesta la incapacidad de los sujetos para reconocer su ignorancia así como la tendencia a menospreciar el conocimiento de los expertos en dichas materias. Este sesgo, paradójicamente, convierte a través de una ilusión de superioridad a personas con conocimientos superficiales de algunos asuntos en verdaderos expertos que se atreven con materias tan complejas como la gestión institucional de un escenario tan inusual como el que hoy vivimos.

Es cierto que esta particularidad no resulta especialmente novedosa. Ya Isaac Asimov, en una columna titulada A cult of ignorance, intentó definir las características propias de un pensamiento contrario a las reflexiones de los expertos. Desde entonces, poco ha cambiado porque, en definitiva, vivimos en lo que se ha convenido en llamar la era del anti-intelectualismo.

Relación Gobierno-expertos

Cuando empezaron a llegar las primeras informaciones sobre la COVID-19, se hacía difícil imaginar que la situación llegaría a los extremos que estamos viviendo en España, con más de 26 000 fallecidos en algo más de dos meses en un país con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo.

La cabeza visible de la gestión de la crisis es Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. Hombre cuyo currículum es digno de elogio. Por resaltar algún hito en su carrera: fue director del Centro de Investigación en Enfermedades Tropicales de Manhica (Mozambique) y del Hospital de Ntita en Burundi, además de dirigir el programa del Centro Nacional de Epidemiología (CNE).

Es lo que se llama un experto. Este hecho contrasta con quien es la autoridad máxima del Ministerio de Sanidad, Salvador Illa. Licenciado en Filosofía y máster en Economía y Dirección de Empresas.

Esta situación es usual en política. No siempre los políticos son especialistas en la materia que gestionan. Esa falta o carencia de conocimiento específico se suple con la figura de los asesores. Son, quizá, una figura poco conocida, pero con una transcendencia muy relevante. Son cargos discrecionales basados en la confianza. Son seleccionados por el político para que aporten lo que a él le falta, no sólo ya en el plano científico sino en el personal.

En suma, esta crisis se está gestionando de modo equivalente al resto de países. Los científicos forman el comité de asesoramiento que analiza y aconseja al Ejecutivo en la toma de decisiones. Por tanto, y aunque la cabeza visible no sea un experto, no es cierto que esta pandemia se esté gestionando al margen de la opinión de éstos.

¿Visos de solución?

Comenzábamos cuestionando la actividad de aquellos tertulianos omniscientes, pero sus aportaciones no distan mucho de las de algunos representantes políticos. Con intervenciones llenas de reproches y de descalificaciones personales, apenas se percibe diferencia entre lo que se dice en una tertulia televisiva y lo que escuchamos en la sede de la soberanía nacional. El efecto Dunning-Kruger se ha instalado también entre la clase política española.

El surgimiento de plataformas donde el anonimato permite una condición de libertad de expresión superior ha provocado un incremento del fenómeno, siendo estas plataformas un altavoz capaz de amplificar cualquier opinión particular sin atender a responsabilidades individuales. Cierto es que también sirven para diseminar el conocimiento científico y las recomendaciones y análisis de los realmente expertos.

El termómetro de la opinión ciudadana

La exposición pública permite, entre otras cosas, que algunos ciudadanos nos envalentonemos y demos la opinión que estimemos conveniente sobre asuntos complejos cuya profundidad, quizá, no nos hemos parado a analizar. Esto hace que las redes sociales influyan en gran medida en los partidos políticos. Twitter no debería ser utilizado como termómetro de la opinión ciudadana. Esta situación se intensifica en España por un sistema de partidos altamente polarizado. En consecuencia, España se encamina hacia una realidad crítica. En plena pandemia, partidos políticos y exégetas mediáticos parecen tener un objetivo marcado: acabar con el Gobierno o ensalzar su gestión.

Quizá sea el momento de abandonar luchas mediáticas en busca de réditos partidistas y comenzar a arrojar luz sobre un futuro que se avecina incierto. Ello dependerá de la capacidad de conciliación de los representantes electos y de la voluntad de reconocer al enemigo real, el virus. Separar la gestión de la crisis sanitaria de la ideología debería ser una obligación, y más en estos tiempos de zozobra. Esta doctrina, aunque revolucionaria, plantea la única forma de focalizar, sin lente doctrinal, el problema real. No es el Gobierno, es la COVID-19.

Fuente: Ethic