Estuve en estos días en Polonia y recordé algo que creía lejano. En una visita al museo dedicado a la vida cotidiana en la Polonia comunista, volví a encontrarme con la censura. Para mí nunca fue un concepto académico, sino una parte de una realidad que conocí personalmente. En el régimen comunista había instituciones encargadas de decidir qué podía publicarse y qué debía desaparecer de un periódico, de un libro, de un programa de televisión o de una película. La censura tenía instituciones, funcionarios, procedimientos y argumentos para justificar su existencia.
Desafortunadamente, al regresar a México no me liberé del triste recuerdo. Más bien, se reforzó el temor a volver a los tiempos de la censura ante un gobierno mexicano que busca controlar los contenidos producidos en los medios de comunicación usando el argumento de los derechos de las audiencias. En abstracto, proteger a las audiencias parece una causa difícil de cuestionar, dado que todos quieren información confiable y plural. El problema aparece cuando observamos quién pretende garantizar esos derechos y en qué contexto. No es lo mismo tener estas políticas en los países nórdicos, conocidos por su calidad democrática, transparencia y gran libertad de prensa, que en México, donde el estado de la democracia va empeorando año tras año.
México no llega a este debate como un país con una trayectoria impecable en materia de libertad de expresión. La organización Reporteros Sin Fronteras lo coloca en el lugar 122 de 180 países en su Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa y constata que en México “no hay ninguna ley que obstaculice la libertad de informar, sin embargo, la censura se ejerce mediante amenazas o ataques directos contra los periodistas”. En semejante contexto, cualquier ampliación de la capacidad del Estado para intervenir en el entramado informativo asusta.
Además, hay una contradicción difícil de ignorar. Si la preocupación central fuera realmente que los mexicanos recibieran información de calidad, cabría esperar una política mucho más sistemática frente a la desinformación, basada en educación mediática, fortalecimiento del pensamiento crítico desde edades tempranas, transparencia gubernamental, acceso efectivo a información pública y herramientas para que la ciudadanía aprenda a distinguir fuentes confiables de contenidos manipulados. Pero nada de esto ocurre en México, donde la desinformación campea.
La experiencia de la censura en el comunismo me dejó una desconfianza hacia los intentos del poder político de convertirse en árbitro de lo que los ciudadanos deben escuchar. Hoy existe una gran necesidad de luchar contra la desinformación, tal como se hace en muchas democracias europeas. No obstante, la experiencia del siglo XX enseña que la censura sirvió principalmente para acallar las voces críticas y de oposición en el camino hacia un Estado autoritario, y eso es justamente lo que preocupa en el contexto mexicano.
Fuente: El Heraldo
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