La gestión cultural y la gestión turística son primas hermanas, tienen muchos objetivos y actividades en común; pero, también tienen objetivos y actividades muy diferentes. Lo que tienen en común es que ambas han adquirido en el mundo una importancia muy grande, especialmente desde hace medio siglo. Por eso, también mundialmente son sectores que han conseguido paulatinamente jerarquizarse tanto en el campo de la administración pública como en la formación académica y en actividades privadas y la sociedad civil.
Por eso, es que existen numerosos ejemplos de ministerios de cultura y ministerios de turismo por separado, o secretarías de Estado dedicadas exclusivamente a cada rubro. Si bien existen cambios en algunos países, en las últimas décadas, se pueden citar ejemplos de ministerios exclusivos para cultura y otros para turismo en España, Brasil, Ecuador, Uruguay, Venezuela y El Salvador. Ministerios de cultura o secretarías de cultura con rango de ministerio: Argentina, Bolivia (hasta 2025), Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Además existen ministerios de turismo combinados con industria y economía como en Colombia, Perú y Chile.
Para la implementación de las políticas culturales es importante complementar las tareas del quehacer cultural, con una buena administración cultural que comprende, como afirma Guédez, un conjunto de procesos relacionados con la organización, la planificación, la coordinación, el seguimiento y la dirección de los hechos culturales. Están estrechamente relacionados con la administración cultural la definición del modelo de gestión, los factores jurídicos, económicos; la gestión de imagen y de relaciones públicas, así como la evaluación.
Las políticas culturales son el conjunto de lineamientos, directrices, acciones que constituyen el marco ideológico y de actividades que tienen como fin el desarrollo cultural y la satisfacción de las necesidades culturales de la población. Gracias a las reuniones internacionales se han adoptado muchas políticas que son de carácter planetario: el apoyo a la identidad cultural, la diversidad cultural y la interculturalidad. La lucha contra el racismo y la discriminación étnica, de género, de opción sexual; el apoyo a la producción cultural en todos sus niveles (apoyo a creadores e intérpretes) y la reproducción cultural (industrias culturales y creativas), así como el consumo cultural y los servicios culturales; la construcción de infraestructura cultural; la identificación y puesta en valor del patrimonio cultural; el fomento al turismo cultural; el fortalecimiento de la institucionalidad cultural.
El modelo de gestión está directamente relacionado con la o las instituciones encargadas de la administración y del quehacer cultural. Una tarea fundamental relacionada con las políticas culturales es la de definir el modelo de gestión y la participación, con funciones bien definidas por cada una de las partes.
En Bolivia existen diferentes modelos institucionales, para la gestión cultural y para la protección del patrimonio: instituciones públicas, privadas y de la sociedad civil. Esto ha permitido un importante desarrollo cultural en los últimos cincuenta años. Sin embargo, también es necesario reconocer las enormes dificultades para la gestión cultural, debido a la debilidad institucional.
La institucionalidad pública está conformada por entidades pertenecientes al gobierno central, departamental y local, así como las universidades públicas. La cabeza del sector cultura es la dependencia del gobierno central encargada de la gestión cultural. La jerarquía y las funciones de esa dependencia han ido variando en los últimos cincuenta años.
De forma parecida a otros Estados latinoamericanos, la cabeza del sector fue durante varios años desde los 70s, el Instituto Boliviano de Cultura y a nivel municipal las Casas de Cultura. Posteriormente la cabeza fue Viceministerio de Cultura, dependiente del Ministerio de Educación y en una gestión del Ministerio de Desarrollo Económico. Luego, dentro de una tendencia mundial actualmente la cabeza de sector fue, hasta el año pasado, el Ministerio de Culturas. Al nivel central también tiene un papel muy importante la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, que está a cargo de varios repositorios. Tal como establece la CPE la administración cultural esta descentralizada según competencias en los gobiernos departamentales, municipales y las universidades públicas.
Es indudable que es necesario hacer una evaluación objetiva sobre los logros y las deficiencias de la gestión cultural pública; pero no por ello retroceder en su jerarquización que ha significado años de lucha del sector, toda actividad social requiere una cabeza del sector que se ve reflejada en un ministerio o en una instancia de igual importancia. Sería como al evaluar la crisis económica se llegaría a la conclusión de eliminar el ministerio de economía. No se puede negar la crisis por la que pasa el país, pero eso no significa reducir dos actividades que han demostrado mundialmente ser factores fundamentales para el desarrollo humano social y económico de los países y de las regiones. El crecimiento de la economía naranja es una muestra de ello.
Es cierto que en algunos países se ha optado por el sistema de agencias, pero son como una especie de viceministerios u oficinas especializadas dentro del ministerio, dedicadas a tareas específicas y no a las políticas generales, por ejemplo el Ministerio de Cultura de España gestiona varias agencias e instituciones culturales, como la Biblioteca Nacional de España, el Museo Nacional del Prado y el Instituto Cervantes, que se dedican a la promoción y difusión de la cultura española.
No se pone en duda la buena intención que pueda tener la decisión gubernamental, respecto a la disminución de rango de ministerio a una simple agencia, pero refleja una ideología, además de una errada percepción de la cultura como simple gasto. Peor aún, el nombre que se ha adoptado significa una reducción profunda a la diversa actividad cultural y también a la variada actividad turística.
El nombre de la nueva agencia confunde niveles de finalidad versus materias. El turismo es una finalidad/actividad (cómo se usa o se visita); mientras que folclore y gastronomía son dominios culturales (qué se muestra/gestiona). Cuando se pone solo esos dominios junto a la finalidad, la frase sugiere que esos son “los” dominios culturales relevantes para turismo, y que otros quedan fuera o son “de otro tema”. Produce una exclusión por enumeración (efecto lista cerrada), en lenguaje natural, una lista explícita suele activar el supuesto de “esto y no más”. Entonces, aunque la intención sea “incluye eso y también lo demás”, la forma lingüística—por economía del discurso—tiende a interpretarse como enumeración parcial con alcance restrictivo.
Por eso, aparecen automáticamente excluidos dominios culturales que también tienen que ver con el turismo como: paisajes, parques, zonas arqueológicas y paleontológicas, interés artístico, monumental e histórico, etc. Por eso el nombre no los representa y, por tanto, sugiere una cobertura incompleta.
Ya que folclore y gastronomía se vuelven marca-criterio de selección (no solo ejemplos). Si el rótulo es “agencia de X, Y y Z”, la gobernanza tiende a leer esos términos como criterios de elegibilidad: se financia/gestiona prioritariamente lo que encaja en X/Y/Z. El lenguaje, así, deja de ser descriptivo y se vuelve normativo: lo cultural queda “particionado” por el nombre. Además, folclore y gastronomía no agotan el contenido cultural turístico.
Más grave aún es observar que dentro de lo cultural hay otras grandes familias que no son mencionadas, por ejemplo el patrimonio material (monumentos, museos, arquitectura), patrimonio inmaterial (tradiciones, técnicas, celebraciones), paisajes y entornos culturales, arqueología y paleontología, artes y artes escénicas, cine, arte textil, cerámica, etc. Si solo se nombran dos, el lenguaje crea la impresión de que el resto es secundario “para otra agencia”.
Con todo ello no se quiere decir que turismo, folclore y gastronomía no sean relevantes. Al mezclar finalidad con un subconjunto de dominios y al enumerar sin dejar claro el alcance, induce una lectura restrictiva que deja fuera (o devalúa) otras dimensiones culturales que también alimentan turismo: paisaje, arqueología, paleontología, arte monumental e histórico y, que también elimina importantes ámbitos culturales que tienen estrecha relación con la identidad cultural, como los idiomas, indumentarias, los usos y costumbres, las espiritualidades, las expresiones culturales contemporáneas, las festividades, etc.
Imagen: Bolivia.com
Fuente: Fernando Cajías - Contrapoder
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