domingo, 30 de agosto de 2026

Albertina Sacaca


El 2018 publiqué La Paz en el torbellino del progreso (IIS-UNAM, disponible gratuitamente), un libro donde explicaba el alcance de las transformaciones urbanas en las últimas dos décadas vistas desde lo cultural. 

En el segundo capítulo titulado De la marginalidad a la frivolidad: los nuevos estilos de vida, me detenía en algunas figuras paceñas típicas que vivieron una fuerte mutación. Empezaba retomando los personajes de la ciudad oculta de Jaime Saenz y contrastaba aquel bosquejo citadino de los 80 con la realidad del nuevo siglo.

Analizaba el entusiasmo modernizador del masismo, el crecimiento del mercado inmobiliario, el impresionante aumento del consumo en restaurantes, vehículos costosos, productos de perfumería o cosméticos, joyería y hasta alcoholes (por ejemplo el whisky que entró a muchos hogares como regular bebida espirituosa), vinos sofisticados, chocolates y cafés. La Paz del nuevo siglo era otra. 

En el último apartado, me detenía en la novela de Juan Recacoechea Abeja Reina y en el escándalo de Gabriela Zapata. Recapitulemos. En el libro, se narra la historia de Mercedes, una mujer de clase alta que cae en picada fruto de las medidas del gobierno del MAS. Su decadencia social es recompensada con cirugía plástica que le permite, si no recuperar su posición, al menos mantener su capital erótico y seguir en el circuito del deseo. 

Como contrapunto de aquella feminidad en retirada, explicaba la emergencia de la atractiva Gabriela Zapata, justo cuando el escándalo estaba en boga. Una mujer humilde que estudia en la Universidad de San Simón en Cochabamba, se vincula con Evo Morales y dotada de un cuerpo generoso, asciende social y económicamente. Gabriela tomó la plaza pública con una seguridad antes no vista, paseaba por eventos exclusivos, barrios distinguidos, joyerías carísimas demostrando su poder y prestancia.

Gabriela y Mercedes eran dos caras de la misma moneda. Una mujer en descenso y la otra en ascenso, un proceso político y cultural que movía las entrañas, las formas dominantes de lo femenino en una sociedad en profundo reacomodo. Ambas figuras desafiaban a los sociólogos que encontraron en las categorías de antaño como “chola, birlocha o señorita” la posibilidad de explicar lo que sucedía. Hogaño no era igual.

Pues bien, son casi 10 años de aquel texto. Hoy tenemos otras maneras, incluso más diversas, de mostrar lo femenino. Y me detengo en Albertina Sacaca, notable y bella influencer nacida en Chayanta (Potosí) en 1999. Con 25 años ha acariciado el sueño de todo joven creador de contenidos digitales. Se dice que en el 2025 tenía 9 millones de seguidores en TikTok y más de un millón en Instagram, todos regados por el mundo entero (en México es muy conocida).

En sus videos, Albertina se pasea por India, Río de Janeiro o Nueva York con inigualable soltura. A la vez nos lleva a la cotidianidad de su casa, su terreno, su construcción. Un día la vemos vestida con traje típico de la India, al día siguiente con una tenida popular potosina cosechando habas o haciendo una mezcla se cemento, y al día siguiente ataviada a la moda citadina. 

Tan versátil como atractiva, Sacaca, que no cambió ni su nombre ni su apellido al alcanzar la fama, nos lleva de la mano por la vida cotidiana de su origen social y étnico, o por los lugares dominantes de legitimidad turística mundial. Su acento, su estilo, su sello está anclado en las profundidades potosinas que no abandonó.

Es curioso, sin un discurso identitario que reivindique su posición de clase –pocas veces habla de política–, introduce en el discurso global otra forma de feminidad, que no es la de la exitosa y guapa empresaria que se empeña en mostrar que conquistó Los Ángeles (como Carla Ortiz), ni la líder indígena que exhibe su cultura para ganarse un lugar.

Albertina dejó atrás a miles de personas que quisieron usar las redes para conseguir la gloria. Y lo hizo volteando a sí misma, llevando su celular a su dormitorio, a su patio, a su calle, a su olla. No tuvo que enredarse con el poder como Gabriela Zapata, ni que acudir a la cirugía como Mercedes en la novela de Recacoechea. Solamente se mostró diáfana, sin filtro, natural.

Es curioso, Sacaca nació el último año del siglo XX y es el modelo del siglo XXI. Un fruto tanto de la situación estructural de El proceso de cambio que abonó y permitió ese tipo de expresiones, como del internet y la globalización. No tuvo que ir a La Paz, vincularse con un político o seducir a un señorito; no necesitó estudiar en la universidad, sentarse en algún escritorio de la burocracia estatal, recorrer los pasillos urbanos sufriendo discriminación y racismo para batallar por reconocimiento. Desde su dormitorio en Potosí y en Sucre, se colgó de la fibra óptica, se saltó todos los protocolos tradicionales del ascenso social, y llegó al pedestal de la celebridad.

En algunos textos he sostenido que Albertina es el verdadero reflejo de la sociedad boliviana actual resultado de los últimos años de transformación: una mujer orgullosa de sí misma y de su cultura, despolitizada y desideologizada, especialmente hábil para las redes sociales, tan ambiciosa y estratégica como inteligente, coqueta y sensual. 

Tal vez para comprender mejor la Bolivia actual, habría que detenernos en este tipo experiencias, en vez de voltear hacia los políticos tradicionales, los sindicatos y los partidos, las banderas desgastadas o los lugares comunes de comprensión de lo colectivo. Albertina Sacaca es, a mi entender, uno de los rostros que mejor explican en qué estamos actualmente. Hay que ponerle atención. Por lo pronto, no me pierdo ninguno de sus videos y me declaro su ferviente admirador.

Imagen: La Patria

Fuente: Inmediaciones

No hay comentarios.:

Publicar un comentario