domingo, 14 de marzo de 2021

La velocidad de la tecnología atropella nuestros cerebros


En la notable serie Mrs. America, ambientada en los años setenta, llama la atención que la conservadora protagonista use grabaciones en cintas de casete y correo postal para difamar a sus oponentes feministas. En solamente una generación hemos pasado de esas tecnologías de la comunicación, que ahora nos parecen lentísimas, a la instantaneidad de Gmail, Facebook, Twitter o WhatsApp. Un salto de puro vértigo.

La velocidad del transporte, las comunicaciones y el conocimiento no ha parado de incrementarse exponencialmente en este cambio de siglo. En El futuro va más rápido de lo que crees, Peter Diamandis y Steven Kotler ponen un ejemplo rotundo de ello. En 1997, la computadora Deep Blue de IBM derrotó al ajedrez al campeón del mundo, Gary Kaspárov; exactamente veinte años más tarde, la AlphaGo de Google ganó al campeón de go Lee Sedol. La complejidad del ajedrez es de 10 elevado a 40; la del go, de 10 elevado a 360. Una diferencia de 320 en solamente dos décadas.

Esas diferencias aumentarán pronto, abismalmente, con la computación cuántica. Según otro tecnólogo estadounidense, Ray Kurzweil, en unos años cualquier ordenador portátil tendrá la misma potencia de cálculo que el cerebro humano. La tecnología está acelerando el mundo a una velocidad frenética y sin precedentes. El problema es que nuestros cerebros, en cambio, no han ganado en las últimas décadas mayor capacidad de procesamiento. De modo que nuestro ritmo mental, aunque sea extraordinario, es cada vez más lento en comparación con el de las redes y las máquinas.

El desequilibrio cada vez más extremo entre la velocidad del mundo y la de nuestros cerebros, entre la complejidad de la realidad y nuestra capacidad de pensarla y entenderla, está dilatando la brecha digital y está cambiando el sentido de lo que entendemos por desigualdad. Entre 2015 y 2030 vamos a pasar de 15.000 millones de dispositivos conectados a cerca de 500.000 millones en todo el mundo. Y se van a acabar de configurar dos categorías de ciudadanos o —lo que es lo mismo— de usuarios de internet. La distancia cada vez mayor entre los hiperconectados y los simplemente conectados no solo está decidiendo el futuro, también está creando un nuevo mercado.

Porque las mismas megacorporaciones que convirtieron el ordenador personal, el teléfono móvil o la conexión a internet en bienes de primera necesidad, ahora experimentan con los neuroimplantes que —en las próximas décadas— todos necesitaremos para no vernos obligados a bajarnos del tren superrápido de la ultramodernidad. Las grandes compañías tecnológicas van a lucrar con esa nueva ansiedad, comparable a la que durante el siglo pasado provocó la creación de las industrias de la autoayuda o la cirugía estética.

“Una de las formas de interpretar la aceleración tecnológica descrita en este libro es como parte de un viaje continuo hacia la abundancia”, afirman Diamandis y Kotler. La multiplicación de los recursos tecnológicos apunta, según ellos, hacia más democracia y mayor conciencia medioambiental. Ven la implementación de la robótica también con optimismo: va a permitir que el ser humano se dedique al ocio, los cuidados o la creatividad, mientras llega la renta básica universal. Los más talentosos y capaces, de cualquier rincón del planeta, podrán acceder a una educación superior y participar de esa supuesta fiesta de la inteligencia colectiva.

Pero la verdad no apoya esas fantasías. Según el último informe de Freedom House, no se puede afirmar que la democracia esté avanzando mientras sí lo hacen, brutalmente, las redes 5G o la interconexión de las cosas. Y ya ha empezado la carrera entre Estados Unidos y China por el 6G, que hará que internet sea cien veces más rápido de lo que es hoy. De modo que es legítimo pensar que la única motivación del cambio de paradigma y de la velocidad que lo impulsa es la sed de poder de las superpotencias y el lucro de sus mejores ingenieros.

El epílogo de El futuro va más rápido de lo que crees apoya esa idea: es un sorprendente espacio publicitario de los cursos, el coaching, las becas o los fondos de inversión que ofrece o gestiona Diamandis. Se trata de talleres y lecciones para “entrar en este estado de conciencia llamado ‘flujo’ —mayor productividad, aprendizaje, creatividad, cooperación, colaboración (y la lista sigue)—” que supuestamente “nos regala la habilidad necesaria para seguir el ritmo”.

En paralelo, Elon Musk y muchos otros emprendedores disruptivos y multimillonarios están invirtiendo en proyectos de neuroimplantes, que, al mismo tiempo que ayudarán a neutralizar la parálisis cerebral o el Alzheimer, también mejorarán brutalmente la memoria o la capacidad de aprendizaje de quien pueda pagárselos. Y multiplicarán fortunas que ya están fuera de toda escala.

El desfase entre la velocidad de la humanidad y la de cada uno de los seres humanos que la componen se está convirtiendo en un fallo central del sistema. Se trata de una brecha que trasciende la noción de género, de un abismo que se dilata en el corazón del abismo de la desigualdad. Mientras los ricos se vuelven cada vez más ricos y acumulan, en las nubes de sus empresas, más información y más conocimiento, millones de personas son atropelladas por la velocidad excesiva de la realidad.

Si ralentizar el ritmo de las múltiples convergencias científicas y tecnológicas es incompatible con el modo en que hemos cifrado la economía, al menos sí que deberíamos aprender de los errores recientes. Hemos permitido que las grandes plataformas impongan un sistema de vida y de consumo, sin haber previsto una regulación adecuada que controlara esa metamorfosis y la hiciera más transparente y justa. Pero todavía estamos a tiempo de llegar a acuerdos importantes en neuroderecho y en otros nuevos frentes que se abren en el núcleo del presente.

Chile ha tomado la delantera y se han convertido en un modelo, señalando el camino hacia un nuevo derecho humano, el de estar protegidos ante los avances de las tecnologías neurológicas. No se debería haber dejado la investigación de las vacunas contra los virus en manos de laboratorios privados, no se debe permitir que los neuroimplantes tengan también un copyright abusivo, y los gobiernos y organismos internacionales deben comenzar a regular en serio todo aquello que está dejando de ser ciencia ficción.

Es urgente incluir una fuerte dimensión ética en la carrera vertiginosa, afrodisíaca, de los dispositivos, las redes, la innovación, porque no sabemos a dónde nos conduce. Como dice el filósofo chino Yuk Hui en su interesantísimo ensayo Fragmentar el futuro, la tecnología nos ha situado en medio de otro tipo de flujo (muy distinto del que vende Diamandis): uno “de fuerza metafísico que está arrastrando a los humanos a un destino desconocido”. Tal vez, después de dos siglos de aceleración continua, haya llegado el momento de aprender de los accidentes que ya ha causado el exceso de velocidad.

Fuente: NYT

viernes, 12 de marzo de 2021

Día Mundial Contra La Censura En Internet: las cifras de la cibercensura en China


Para conmemorar el Día Mundial contra la Censura en Internet, que se celebra este 12 de marzo, Reporteros Sin Fronteras (RSF) recopila cifras que demuestran que China está alcanzando niveles sin precedentes de cibercensura.

La Administración del Ciberespacio de China (CAC), una entidad supervisada personalmente por el presidente Xi Jinping, ha puesto en marcha en los últimos años una amplia gama de medidas directamente enfocadas a los 989 millones de usuarios de la internet china. Con un ejército de censores y un sofisticado uso de nuevas tecnologías, el régimen controla la circulación de información cerrando páginas web, impidiendo del acceso a direcciones IP, filtrando webs y bloqueando palabras clave en las redes sociales.

Estas tecnologías fueron ampliamente utilizadas por el régimen para reprimir las críticas después del brote de Covid-19 el año pasado. Los datos recopilados por RSF confirman que, desde su ascenso al poder en 2013, el presidente Xi Jinping ha elevado a niveles sin precedentes la censura de internet en China.
  • Según el Centro de Información de la Red de Internet de China, la agencia administrativa del régimen responsable de los asuntos de la Red, a finales de 2020 había 989 millones de internautas en China, lo que representa el 22% del total de usuarios de la internet en el mundo.
  • El think tank estadounidense Jamestown Foundation estimó que, en 2020, China se gastó al menos 6.600 millones de dólares en censurar internet.
  • El aparato de censura de internet de China empleaba a 2 millones de personas en 2013, de acuerdo con fuentes oficiales. Es casi seguro que este número ha aumentado en los últimos 8 años.
  • Según la información de GreatFire, una organización que observa la censura en China, el 16% de los dominios situados en la lista Top 1000 de Alexa están actualmente bloqueados en el país.
  • El CAC reveló que, entre enero y septiembre de 2020, el gobierno chino cerró casi 130.000 cuentas de redes sociales y más de 12.000 webs.
  • Un estudio del instituto de investigación canadiense Citizen Lab realizado en agosto de 2020 detectó que más de 2,000 palabras clave relacionadas con la COVID-19 desencadenaron la censura en WeChat, la red social más popular en el país y que agrupa al 73% de los internautas chinos.
  • Los documentos filtrados publicados por The New York Times y ProPublica revelan que la CAC emitió al menos 3,200 directivas confidenciales y 1,800 memorandos a trabajadores de propaganda local y medios de comunicación para ocultar el alcance del brote de Covid-19 en sus primeras etapas.
China, que ocupa el puesto 177 de 180 en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de RSF, es la mayor cárcel de periodistas del mundo, con al menos 118 presos, muchas veces en condiciones que hacen temer por sus vidas.

Imagen: Vix

Fuente: RSF

jueves, 11 de marzo de 2021

¿Cómo se dice “innocent”?


Edinson Cavani estaba eufórico. La estrella uruguaya del Manchester United había anotado dos goles altamente espectaculares en un partido que su equipo perdía contra el Southampton y terminó ganando 3-2 en la Premier League inglesa. Su amigo y paisano Pablo Fernández lo felicitó por Instagram, y Cavani le agradeció usando su apodo de siempre: “Gracias negrito”.

Ese fue el inicio de sus problemas. Algunos en los medios británicos se agarraron de la respuesta que redactó Cavani para denunciarla como racista; el jugador de inmediato se disculpó y borró la publicación. Pero fue demasiado tarde. La Federación de Futbol inglesa –a pesar de “no haber hallado intencionalidad de discriminación ni ofensa de parte del jugador”– lo multó con 100 mil libras (cerca de 135 mil dólares) y lo suspendió tres partidos.

Para los latinoamericanos, este episodio raya en lo incomprensible. En inglés, el diminutivo “negrito” suena agresivo. Pero, como lo señaló la Academia Uruguaya de la Lengua, en español no es ofensivo; es un término cariñoso. Ni siquiera se trata de un término particularmente racializado: muchas personas blancas son apodadas negrita o negrito, incluido el amigo de Cavani. (que tiene el cabello negro).

“Lamentablemente”, escribió la Asociación de Futbolistas del Uruguay en un comunicado, “la Federación Inglesa de Fútbol expresa a través de su sanción una total ignorancia y desprecio por una visión multicultural del mundo”. La Conmebol también expresó su apoyo a Cavani. Un viñedo uruguayo comenzó a vender una nueva cosecha con la etiqueta “Gracias Negrito”.

Es fácil ver que este es un caso más del famoso “colapso contextual”: el inevitable malentendido en redes sociales que aparece cuando el contenido que se produce para un público llega a otro que está bien dispuesto para ofenderse. Pero en este caso, el asunto va más allá. Lo que el caso Cavani exhibe es la manera en la que los debates raciales en Estados Unidos se globalizan por medio de la exportación de una variante radical de una ideología antirracista que caracteriza las peticiones de contexto o entendimiento transcultural como simples justificaciones para los intolerantes.

Dejemos algo en claro: sin duda, los afrodescendientes en Latinoamérica enfrentan desventajas concretas. De acuerdo con un reporte del Banco Mundial de 2018, las personas afrodescendientes en la región tienen 2.5 veces más probabilidad de vivir en pobreza crónica que las personas blancas o mestizas. También tienen menos años de escolaridad en promedio, tasas de desempleo más altas y menos representación en puestos de toma de decisiones, tanto en entornos públicos como privados.

Sin embargo, la situación es mucho más compleja que el paradigma simplista blanco/negro que domina en los debates en Estados Unidos sobre el racismo. Por ejemplo, la población indígena en América Latina suma alrededor de 50 millones de personas, que pertenecen a 500 distintos grupos étnicos, según el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas. La pobreza material afecta a 43% de los hogares indígenas en la región, y la pobreza extrema es 2.7 veces mayor que en el resto de la población. Por encima de todo, la identificación y las dinámicas raciales en Latinoamérica son mucho más fluidas de lo que son en Estados Unidos o Gran Bretaña.

Lo que a mis amigas y amigos anglo les cuesta más trabajo entender es que la raza en Latinoamérica depende del contexto: las personas con el mismo tono de piel y la misma apariencia física pueden elegir identificarse de manera distinta dependiendo de dónde estén, a qué se dediquen o con quién estén. La raza no es algo fijo para nosotros –es una de las razones por las que las palabras racializadas en español no suelen ser tan hirientes como en Estados Unidos.

Y yo debería saberlo. Mi apellido es Sosa porque la abuela de mi abuelo paterno adoptó el apellido de sus “dueños”. Sus padres fueron secuestrados de lo que ahora es Angola y terminaron trabajando en una finca en Choroni, Venezuela. Yo crecí en Caracas y mi raza cambiaba sin esfuerzo, dependiendo de con quién estaba. En la preparatoria, cuando realicé una coreografía de las Spice Girls con un grupo de amigas, yo era Mel B, “Scary Spice” –mi cabello es rizado y mi nariz es ancha, y mis amigas todas tenían la piel más clara que yo, de modo que en ese contexto yo era negra. Después, cuando realizaba trabajo voluntario en una comunidad con niños cuya piel era más oscura que la mía, me llamaban “catira” –rubia– por el tono de mi piel, menos bronceado que el de la caribeña promedio. Si me preguntan cuál es mi raza, la única respuesta honesta que puedo dar es… depende.

En nuestra región, en la que el mestizaje con frecuencia fue la norma a partir del siglo XIX, tenemos un sistema de tonalidades de piel mucho más complejo que el simple blanco o negro: los brasileños, por ejemplo, emplean más de 130 palabras para describir los distintos tonos de piel. Intentar comprender las sutilezas de esas categorías empleando las categorías raciales angloamericanas es un caso perdido: esa no es la manera en la que conceptualizamos estos temas.

Paula Salerno –una lingüista que fundó Discursopolis, una herramienta en línea de análisis de textos en español– me dijo que prohibir una palabra dada sin importar el contexto en el que se emplea asume que las palabras existen aisladas del modo en el que se usan. Para una lingüista, se trata de un sinsentido.

En los medios en español hubo una reacción de desconcierto casi unánime frente a la sanción que recibió Cavani. “Injusta” y “desproporcionada” fueron algunas de las palabras que más se repetían. Por mucho que busqué, no pude hallar una organización en contra del racismo que apoyara de manera inequívoca y oficial el castigo.

No obstante, algunos activistas de la región sí consideraron que la multa y el castigo de tres partidos eran justificados. Sandra Chagas, una activista afrouruguaya contra el racismo, la apoyó, pero lo hizo solo después de que le insistí en que me dijera cuál era su postura. “Tiene connotaciones racistas que remiten a la esclavitud”, me dijo por teléfono. Su castigo es como “una multa de tránsito por estacionar tu vehículo en el lugar equivocado: no importa si lo hiciste con las mejores intenciones o si no sabías que era un lugar prohibido”.

Sin embargo, Alejandro Mamani, vocero de Identidad Marrón, un colectivo en línea para latinoamericanos de piel morena, rechaza la sanción. Su argumento es que debemos distinguir entre expresiones como “negrito”, que tiene connotaciones positivas, y expresiones que emplean la palabra “negro” en tono peyorativo, como en el caso de “mercado negro” o “magia negra”.

En años recientes, la Federación de Futbol inglesa ha apoyado una política de cero tolerancia frente al racismo. Si tomamos en cuenta la lamentable historia de racismo agresivo en contra de jugadores y fanáticos, la iniciativa se tardó en llegar. El racismo y el vandalismo plagaron los estadios, en particular en la década de los ochenta, y a los jugadores negros se les atormentaba con gritos abusivos y se esperaba de ellos que siguieran jugando aun cuando los vándalos en las gradas les lanzaban plátanos al campo. De manera tardía, las autoridades impusieron mano dura y los estadios de futbol en Inglaterra son sitios muy distintos ahora. Aún así, los jugadores siguen padeciendo el racismo, en especial por redes sociales. Por eso la Federación de Futbol está deseosa de apoyar iniciativas contra el racismo, ¿y qué puede tener eso de malo?

Preguntémosle a Cavani. Cuando se aplican sin considerar el contexto lingüístico, social y cultural, las iniciativas en contra del racismo corren el riesgo de convertirse en una caricatura de sí mismas, y abriendo una grieta entre las personas de distintas culturas en lugar de unirlas, como lo hace el futbol de manera tan impresionante alrededor del mundo, al vincular a personas de todo tipo de orígenes y colores en esfuerzos colectivos. La Federación de Futbol inglesa, con su sanción exagerada a Cavani, logró más bien evidenciar que adherirse a un tipo de ideología antirracista angloamericana y maximalista sirve muy poco para combatir al racismo en sí mismo.

En lugar de exportar esas neurosis raciales tan explosivas, el mundo anglo debería considerar si hay algo positivo que importar de las personas en Latinoamérica y nuestra manera de entender las vastas complejidades de la identidad, en lugar de buscar las oposiciones binarias –y en el mejor de los casos, el modo en el que reconocemos las diferencias superficiales con afecto, de un modo que le quita lo hiriente a las palabras con carga racial.

 Fuente: Letras Libres