martes, 8 de noviembre de 2022

Reconquistando la contemplación


En un artículo poco conocido de Hermann Hesse (Kleine Freuden, Pequeñas alegrías en español), publicado en 1899, el autor alemán alertaba sobre los peligros de introducir la rapidez en todas las facetas de nuestra vida y denunciaba la enfermiza aceleración a la que nuestra existencia está sujeta: «Este carácter desenfrenado de la vida actual ha ejercido sobre nosotros una nefasta influencia ya desde la primera educación; es triste. Lo peor es que la prisa de la vida moderna se ha apoderado ya de nuestras escasas parcelas de ocio: nuestra forma de gozar y divertirnos apenas es menos nerviosa y agotadora que la barahúnda de nuestro trabajo», escribía de forma contundente y premonitoria.

La frontera entre el tiempo de ocio y el tiempo de trabajo se ha desdibujado: todo responde al imperativo de la producción, la rentabilidad y la utilidad. Aún más: hemos aceptado y normativizado esta perspectiva existencial, y las prisas y la medición y rentabilización son los nuevos fetiches de nuestra época, junto con las alarmas, las agendas, las notificaciones y los dispositivos y relojes inteligentes, que sondean, chequean y evalúan nuestros tiempos de vida y nos indican si los hemos adecuado al precepto contemporáneo del fitness.

Como ha apuntado el profesor Rafael Argullol, en Las pasiones según Rafael Argullol (Acantilado): «La época que nos ha tocado vivir está dominada por un ritmo vertiginoso que no da pie a un verdadero conocimiento o experiencia. Es cierto que la velocidad crea una ilusión de inmortalidad y de consagración del instante, pero también puede provocarnos una sensación de fatiga continua, extenuante e injustificada».

La velocidad nos embauca con una falsa sensación de libertad: a cambio de experiencias superfluas y pasajeras, nos otorga la promesa de un permanente volver a comenzar. En su ininterrumpido y desbocado compás, la existencia se ve extrañamente impulsada hacia un futuro de prometida plenitud que, sin embargo, nunca llega, pero esa insatisfacción se amortigua con la esperanza de que, tras cualquier final, siempre podemos volver a comenzar.

La rapidez nos alimenta de un modo en que nunca nos vemos saciados pero, misteriosamente, nos sentimos colmados… de vacuidad. Todas las personas con las que he hablado sobre este asunto declaran ser muy conscientes de esta dinámica de trivialidad y vaciedad (el scrolling infinito, engancharse durante horas a TikTok o a los reels de Instagram), pero se autodeclaran inoperantes para quebrar ese adictivo movimiento por el que quedamos instrumentalizados y narcotizados. La pregunta se impone: ¿depende de nosotros cortocircuitar este proceso? Me atrevería a decir que sí.

Queremos vivir todo aquí y ahora, no damos espacio para que las experiencias se desarrollen en todo su esplendor y, con ello, impedimos que la dimensión contemplativa se haga hueco en nuestra cotidianidad, de lo que resulta un estado anestesiado que coarta la posibilidad de sentir auténtica alegría: solo buscamos un inocuo y continuo placer, de forma que nuestros estilos de vida acaban asemejándose a los de sujetos experimentales a los que se somete a una cadena interminable de estímulos que los mantienen entretenidos al precio de insensibilizarlos frente a vivencias más hondas y plenas. Y lo que es aún peor: tales ritmos han normalizado la presencia de trastornos fisiológicos (como el insomnio) y emocionales (como la ansiedad y la depresión) que asientan nuestra vida sobre un terreno de incómodo malestar. Y consentimos: «Es el precio de la vida moderna». «Hay que ser resilientes», nos invitan. «Aguanta. Todo pasará».

Pero más allá del diagnóstico, vayamos a la posible solución. La importancia del texto de Hesse no solo reside en evidenciar, hace más de un siglo, que la permanente inquietud, el estrés y la continua persecución de un efímero y aletargador placer son las características de la cultura imperante, sino también y sobre todo en poner el foco en el papel activo que debe desempeñar el individuo a la hora de contrarrestar ese bucle invisible, como lo ha denominado la pensadora Remedios Zafra en su último libro.

Hay que decirlo alto y claro: la posibilidad de frenar y poner coto a la aceleración y a la mecanización de la vida está en manos de cada uno de nosotros. No debemos ser ingenuos ni despreciar el útil y facilitador papel de la tecnología en nuestra cotidianidad. El problema reside en acomodar todos los procesos de la vida a las dinámicas propias de los dispositivos electrónicos. Tampoco nos engañemos: la dependencia al móvil es autoinfligida, nos sometemos a los aparatos y a sus modos de operar de manera voluntaria. El zombie tecnológico no llega a serlo porque se le haya inoculado un virus, sino porque, deliberada y paulatinamente, ha consentido mutar en un sujeto sedado y amodorrado. No es que los dispositivos electrónicos nos mantengan entretenidos, sino que, al contrario (y este es el punto clave), han secuestrado nuestra capacidad de atención y concentración. Y lo han hecho porque queremos.

Como leemos en los textos éticos de Aristóteles, el hábito llega a serlo porque se insiste en él, por su voluntaria repetición. Por eso, es necesario contrapesar ciertas costumbres asociadas a los dispositivos electrónicos, que nos presentan bajo una engañosa capa de libertad, con otras más plenamente humanas: la lectura y la escritura, el paseo sin rumbo, las charlas y encuentros en persona lejos de las notificaciones, levantar la vista cuando caminamos por la calle. Quienes sostienen que podemos prescindir de las humanidades, de la belleza o la filosofía, del arte, de la enseñanza musical o de la contemplación de un hermoso paisaje tienen toda la razón. Pero olvidan, a su vez, que entonces e igualmente la vida perdería gran parte de su valor.

A veces sospecho con preocupación que la voluntad de las nuevas corrientes pedagógicas por ludificar y gamificar cualquier entorno académico, tanto en enseñanza media como universitaria, esconde la pérfida intención de acostumbrarnos a identificar productividad y juego, de manera que ya no podamos distinguir entre trabajo y ocio y que, incluso, consideremos el esfuerzo como algo innecesario en cualquier faceta de la vida. Todo debe estar atado al disfrute y al placer, a un pasar intrascendente y melifluo en el que no hay lugar para las resistencias y las dificultades, lo que, a la postre, crea sujetos poco o nada adaptados a la frustración y al fracaso, dimensiones elementales de la existencia.

Escribió Stefan Zweig en uno de sus últimos poemas un verso clarividente: «La pura contemplación del mundo / sólo es de quien ya no desea». O Epicteto en sus bellas Disertaciones: «El deseo es un amo inquebrantable, modúlalo para que se dirija a lo poco que no pueden quitarnos, lo que no depende de los demás, aquello que no puede esclavizarnos».

Es momento de (re)educar nuestro deseo y, como nos invita Hermann Hesse, de reconquistar los tiempos de la contemplación, de la pausa, del desinterés. Es tiempo de reapropiarnos de nuestra atención. Y saber que está en nuestra mano hacerlo. Que ese es nuestro poder, y que podemos ejercerlo. Nadie ni nada lo impide, salvo la adicción (libremente asumida) a las dinámicas zombies.

Como ha señalado muy acertadamente Alessandra Aloisi, «a diferencia de cuanto superficialmente se cree y apresuradamente se afirma, el problema hoy no es tanto la distracción como su contrario, es decir, un exceso de atención que deja a la mente cada vez menos tiempo para vagar o divagar» (El poder de la distracción, Alianza Editorial). Si consentimos que nuestro deseo se convierta en un objeto más de consumo, habremos claudicado y entregado nuestra más valiosa –y quizá única– posesión: la posibilidad de elegir cómo queremos ser.

Imagen: Saatchi Art

Fuente: Ethic

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