domingo, 8 de agosto de 2021

Ropa inteligente deportiva… y más allá del deporte: los ejemplos más destacados


Como en una novela de ciencia ficción, inventos que sonaban a locura han revolucionado en pocos años el deporte de alta competición. Los tejidos inteligentes han avanzado a la velocidad de la luz, y con ellos han llegado plusmarcas estratosféricas, como hemos visto en los recientes Juegos Olímpicos de Tokio. La tecnología mueve el mundo, y el deporte es un excelente campo de pruebas donde exhibir estos avances. Pero más allá de los atletas profesionales, la moda inteligente gana adeptos en todo el planeta y los fabricantes lanzan nuevas propuestas marcadas por la innovación, que recogemos en las siguientes líneas.

El grafeno y sus propiedades

La tecnología ha revolucionado la industria textil con el uso de prendas inteligentes que abren nuevas posibilidades en el deporte. Un ejemplo es el uso del grafeno plus (G+) en la ropa deportiva. Se trata de un material nanotecnológico 200 veces más resistente que el acero y el mejor conductor del mundo, tanto térmico como eléctrico.

Al incorporarlo a las prendas, garantiza el confort del deportista incluso en condiciones extremas, porque asegura la temperatura ideal del cuerpo. Su potencial parece cosa de magia: esparce el calor completamente para dar al cuerpo humano una temperatura uniforme tanto en climas cálidos como fríos. A su vez, los tejidos tratados con G+ son capaces de reducir el roce del aire y el agua. Sus resultados fueron inmediatos: la primera vez que el equipo nacional de esquí francés vistió con ropa de grafeno plus, consiguió el podio.

Tela de fibra de carbono

Los tejidos de fibra de carbono también han desempeñado un papel importante en la natación: los bañadores ya no son simples trozos de tela para cubrir parte del cuerpo. Estas prendas acuáticas son verdaderas obras de ingeniería, diseñadas para almacenar energía potencial que se libera durante las inmersiones, pataleos y giros. E incluso incorporan tecnología interactiva que se puede activar a través de una app.

Amortiguación para correr

Otro de los deportes de moda, el running, también ha evolucionado gracias a la inteligencia textil. Existen zapatillas que incorporan una amortiguación que comprime el impacto contra el suelo hasta en un 30 %, reduce las fuerzas de rotación y favorece una zancada más larga y potente. El calzado propulsa al corredor hacia adelante, a la vez que facilita el agarre y la tracción. Retos que parecían imposibles hace pocos años pero cuyas posibilidades hoy son infinitas. Y esto solo es el principio.

Ropa inteligente: un mercado al alza

Un informe de la consultora Juniper Research prevé que los ingresos anuales relacionados con la venta de ropa inteligente pasará de los 1.000 millones de dólares en 2020 a los 11.000 millones en 2025. Estas cifras demuestran cómo las marcas invierten cada año más dinero y recursos en I+D+i con el objetivo de desarrollar nuevas prendas y materiales que mejoren el rendimiento deportivo.

Por ejemplo, ya existen zapatillas deportivas con un chip incorporado que proporciona al atleta la información necesaria para entender cómo debe entrenar y evitar lesiones.

También hay prendas fabricadas con una infusión de minerales que han sido descompuestos en partículas activas, y que se introducen dentro de las fibras de poliéster de la ropa. Estos minerales absorben el calor que produce el cuerpo al hacer deporte y lo devuelven a nuestro organismo en forma de energía, lo que se traduce en una mejora del rendimiento físico.

Y todo esto sin olvidar el uso cada vez más extendido de apps y dispositivos para vestir (wearables) en camisetas, pantalones y calcetines que monitorizan constantes vitales como la temperatura, la respiración, el ritmo cardiaco o la presión sanguínea. Todo ello permite a los deportistas conocer la intensidad de sus entrenamientos y les ofrece datos muy valiosos para mejorar su rendimiento.

Más allá del deporte: calzoncillos que no se lavan y bikinis con sensores UV

Muchos de estos recursos tecnológicos no son exclusivos en el ámbito deportivo, ya que también se comercializa ropa inteligente de uso más cotidiano. Desde calzoncillos que matan a las bacterias y aguantan un mes sin necesidad de limpiarlos hasta camisetas que cargan la batería del teléfono móvil, chaquetas con calefacción incorporada o camisetas que se pueden enfriar o calentar a gusto del usuario.

La lista es más extensa, con bikinis que monitorizan los rayos ultravioletas y avisan cuando se ha excedido el tiempo de exposición al sol —lo que ayuda a prevenir posibles insolaciones o el cáncer de piel—; medias para bebés que miden la frecuencia cardíaca de los recién nacidos; pijamas que monitorean el organismo mediante sensores que avisan de posibles trastornos del sueño o de problemas de postura; o trajes de ejecutivo que permiten usar el teléfono móvil o accionar aparatos de oficina con un simple movimiento de muñeca.

En los últimos meses, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) han ido aún más allá, al desarrollar una ropa con sensores incorporados al tejido que detecta la presión de la persona que viste la prenda. Este nuevo material recopila datos sobre los movimientos corporales de los usuarios y ayuda a controlar la salud de determinados pacientes, ya que permite saber si alguien se ha caído o está inconsciente. Nuevos usos que demuestran que la ropa sirve mucho más que para vestir a la última o protegerse del frío.

Fuente: Eroski

La tecnología del futuro: entre la realidad y la utopía


En 1982 se estrenó la película Blade Runner bajo la dirección de Ridley Scott. Basada en ¿Acaso sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del maestro de la ciencia ficción Philip K. Dick, relata cómo, en el año 2019, la bioingeniería se había desarrollado de tal manera en Los Ángeles que hacía posible la fabricación de seres humanos artificiales, conocidos como replicantes.

Tratada por muchos como obra de culto, la obra retrata un futuro distópico. Desde el punto de vista socioeconómico, Blade Runner sugiere un futuro dominado por los gigantes tecnológicos como la Tyrell Corporation, que alcanza una posición dominante gracias a su capacidad de innovación en el campo biomédico.

¿Podría hacerse realidad un futuro económico controlado por algunas grandes compañías que tienen todo el poder del mercado? ¿Puede la digitalización conducir a una situación en la que la frontera mundial de la innovación esté dominada por unas pocas grandes empresas? ¿O esto es sólo ciencia ficción y el dinamismo económico siempre alimentará a un gran grupo de nuevas empresas aventureras (principalmente pymes) que evitarán la concentración del poder del mercado?

Tecnologías y desigualdad

Gracias a las nuevas tecnologías, la duración de las horas dedicadas al trabajo han ido disminuyendo a lo largo de los años, en general, y el nivel de vida ha aumentado. Pero no hay que olvidar que cualquier innovación inicialmente puede agravar cambios en las pautas de comportamiento social e individual generando nuevas tensiones en la libertad, privacidad y (des)igualdad.

La desigualdad es un hecho histórico. Se remonta a los tiempos en que las bandas de cazadores-recolectores mostraban una clara y estricta estructura social que les permitía sobrevivir en un mundo difícil e incluso cruel. No obstante, existía una jerarquía social que se puede observar en los enterramientos, donde la ostentación de unos contrastaba con los túmulos de tierra de la mayoría de individuos. Sin embargo, este antiguo sistema organizativo era más igualitario en términos de posesiones que cualquier sociedad humana posterior, ya que disponían de muy pocas pertenencias.

En el transcurso de los siglos, la concentración de propiedades, tierras y riqueza se hizo más patente, generando una brecha socioeconómica en la sociedad. Pero esta circunstancia aún podría empeorar de manera notable con la aparición de nuevas tecnologías cada vez más potentes: biotecnología, cibertecnología, nanotecnología e inteligencia artificial (IA).

Existe un debate entre los tecnooptimistas y los tecnopesimistas sobre el futuro. Esta realidad nos lleva a constatar el malestar generado por la turbulencia tecnológica que en los últimos años ha sufrido un crecimiento exponencial cada vez más acelerado, tal como indica la ley de Moore. Estas tensiones sociales donde los intelectuales se oponen entre sí en dos formas de crecimiento de la colectividad suponen un gran reto en la gobernabilidad de un proceso de cambio sin parangón.

La visión tecnooptimista

Los tecnooptimistas hacen hincapié en cómo la tecnología ha influido directamente en la mejora de la calidad de vida de la sociedad. Basándose en esta idea, muestran cómo una gran mayoría de las personas vive una vida mejor que la que tuvieron sus padres y sus abuelos, y que ésta se irá reduciendo.

Según el Informe sobre desarrollo humano de las Naciones Unidas, en 1990 había un 36% de la población mundial viviendo en extrema pobreza o que vivía con menos de USD 1,25 por día, en comparación con el menor 9% de 2018. Según los tecnooptimistas, esta circunstancia se debe a que la tecnología ha permitido abaratar los costos de los productos, ha mejorado la medicina y ha permitido sustituir muchas de las labores rutinarias y repetitivas de las fábricas.

Pero estos avances exponen a la sociedad a nuevas tesituras en un mundo cada vez más interconectado que nos lleva a cuestionarnos si pueden existir nuevas vulnerabilidades. El auge de las tecnologías podría eliminar el valor económico de la mayoría de los individuos. Es aquí donde impera la opinión de los tecnopesimistas.

La visión tecnopesimista

Año 2035, ciudad de Chicago. La compañía U.S. Robots and Mechanical Men produce robots que se han convertido en la principal fuerza laboral que trabaja para la humanidad. Sustituyen a los humanos en trabajos manuales, y robots de Japón y otras naciones ya realizan actividades de compañía a mayores, o bien la producción de bienes en fábricas y servicios. Frente a lo futurista de la película Yo, robot de Alex Proyas, basada en la obra de Isaac Asimov, hoy la realidad es menos extravagante y literal. Pero existe una evolución hacia la automatización, la robotización y la IA. Esta circunstancia plantea la siguiente pregunta: ¿nos estamos dirigiendo hacia un mundo de desempleados?

Es evidente que existirán cambios drásticos en la naturaleza de la fuerza de trabajo, que provocará un cambio en el paradigma laboral que conocemos. Muchos profesionales se encontrarán con que la robótica y la IA han sustituido sus puestos de trabajo. En 2013 los economistas Carl Benedikt Frey y Michael Osborne publicaron un artículo pronosticando que el 47% de los empleos podrían desaparecer en los próximos 15 años.

La tecnología comprende todos los campos (económico, sanitario, arquitectura, educación, entre otros) lo que hace que deje de ser un objeto para el ser humano y se transforme en su propia sustancia. Es por tanto consustancial al individuo, dando un paso adelante y dejando de ser una herramienta para ser integrado en su propio ser.

Se dice que quien domine cada vez más las nuevas tecnologías tendrá un futuro más holgado que aquellas personas que tengan una menor educación tecnológica. Si la tecnología está asociada a los datos, en consecuencia debe ser muy importante tener un conocimiento mayor de su gestión.

Todo parece indicar que a corto plazo parece improbable que la IA acabe con un tejido industrial de manera desagregada. No obstante, aquellos empleos que requieran de especialización en una estrecha gama de actividades rutinarias acabarán siendo automatizados.

Aunque esta circunstancia lleve a un pánico social generalizado no será un tsunami completo, ya que Frey y Osborne señalan que la sustitución por la IA y la automatización será mucho más complicada en aquellas actividades menos rutinarias, que requieren el uso de un extenso conjunto de habilidades blandas, así como aquellas actividades que implican tener que afrontar situaciones imprevistas.

Destrucción de empleo y brecha digital

¿Debe existir una preocupación por la pérdida de puestos de trabajo por la automatización? ¿Debemos ser los luditas modernos y, como en el siglo XIX en el Reino Unido, discrepar de manera radical de la tecnología porque destruye puestos de trabajo?

En la realidad de esta nueva fase creativa-tecnológica, la destrucción de puestos de trabajo es más rápida que la creación de nuevos. Pero, a pesar de que esta circunstancia puede llevar a generar una brecha motivacional, de esta destrucción creativa pueden salir oportunidades. Las nuevas generaciones conviven en armonía con la tecnología, convirtiéndose en un centauro moderno que con una formación continua puede resolver problemas que requieren cada vez más habilidades blandas como son el trabajo en equipo, la voluntad de aprender, la creatividad y la asertividad.

En esta catarsis tecnológica en la que la confrontación y el miedo escénico perduran y se hacen constantes, no hay una posición dominante sobre qué se debe y cómo se puede actuar. Sin embargo, parece claro que los gobiernos deben tener una actitud positiva y activa en la aplicación de la tecnología, por ser actores principales en su gestión y control. Las nuevas organizaciones internacionales o grandes corporaciones deberán rendir cuentas, ya que la globalización tecnológica y la vulnerabilidad pueden generar perturbaciones a las sociedades y a los estados.

Fuente: Infobae

sábado, 7 de agosto de 2021

Compartir datos de investigación en un mundo poscoronavirus requiere respetar la propiedad intelectual


La pandemia causada por el coronavirus SARS-CoV-2 ha cambiado el mundo en que vivimos. Hemos tenido que adaptarnos rápidamente a una sociedad parcialmente confinada, donde los tiempos de reacción han adquirido una importancia notable. En el caso de la ciencia, la necesidad de desarrollar vacunas que permitieran una inmunización global e inmediata ha supuesto un hito. Este ha estado marcado, en parte, por la colaboración científica.

Desde hace algunos años se puso de manifiesto la importancia de compartir los datos de investigación. Este esfuerzo, llamémosle filantrópico, permitiría dinamizar la ciencia y, por tanto, obtener resultados más rápidamente y con un menor coste, a la vez que aumentaría la transparencia y la reproducibilidad científica.

En líneas generales, el uso compartido de datos ha tenido defensores y detractores, argumentando estos últimos que compartir sus datos de investigación podría suponer una amenaza para su ventaja competitiva sobre otros grupos. En todo caso, es necesaria una labor pedagógica al respecto, ya que existe un desconocimiento general sobre el tema por parte de los propios grupos de investigación, que unido a la falta de reconocimiento científico desde las agencias evaluadoras dificultan su práctica.

El programa marco de investigación de la Comisión Europea Horizonte 2020 ya especificaba que cualquier acción investigadora financiada por la Unión Europea (UE) está sujeta a poner a disposición del público general todos aquellos datos derivados del estudio. Asimismo, durante la pasada década surgieron iniciativas, tales como OpenAIRE, y repositorios como Zenodo, que trataban de impulsar el intercambio de datos de investigación en la UE. Pese a ello, hay que contar con la voluntad de los equipos investigadores, para asegurarse de que los conjuntos de datos compartidos cumplan los principios FAIR (Findable, Accessible, Interoperable, Reusable).

Y llegó el SARS-CoV-2

Fue el pasado mes de marzo de 2020 cuando el mundo entero comprendió que estábamos ante una amenaza real, la pandemia, un tiempo en el que conservar la ventaja competitiva pasó a un segundo plano y lo único que importaba era una respuesta eficaz en un tiempo récord.

En el caso de las investigaciones sobre SARS-CoV-2, el número de trabajos publicados durante los primeros meses de 2020, tanto epidemiológicos como genéticos o clínicos, aumentó exponencialmente debido a esta emergencia de salud internacional, si bien el intercambio de datos tuvo un ligero incremento, en ningún caso comparable al número de publicaciones.

Tras la vertiginosa carrera por desarrollar vacunas eficaces por parte de laboratorios privados, con importantes aportes económicos provenientes de las esferas pública y privada, comenzó su producción y distribución a finales del año 2020. Al tratarse de una pandemia de alcance global, la exigencia de inmediatez debida a las graves consecuencias que el virus tenía sobre la salud pública generó una serie de problemas logísticos: no había suficientes vacunas para todo el mundo.

Los retrasos, dificultades en las plantas de producción, etc. llevaron a las autoridades públicas a cuestionarse la idoneidad de una suspensión temporal de patentes para que cualquier laboratorio pudiera fabricar nuevas vacunas y poder aumentar de esta manera el alcance de las mismas. Es decir, algo así como compartir datos de investigación pero de manera forzada, con el problema que genera el atentado contra la propiedad intelectual de las fórmulas y las repercusiones económicas que tendría sobre las farmacéuticas.

Se cumplían, por tanto, las profecías que los investigadores vaticinaban con respecto a la amenaza de compartir sus datos, a pesar de que los propios laboratorios también se hubieran beneficiado de esta práctica.

Un sistema eficiente que necesita protocolos

Así pues, entre las lecciones aprendidas en tiempos de pandemia, podemos concluir que el uso compartido de datos de investigación se ha revelado como un mecanismo eficiente, aunque no habitual, para la difusión de la ciencia, permitiendo optimizar recursos y acortar plazos, pero que es necesario implementar mediante la creación de estándares y protocolos de comunicación científica que fomenten la calidad de los datos de investigación.

Actualmente, Horizonte Europa 2021-2027 y España a través del Plan Estatal de Investigación Científica, Técnica y de Innovación 2021-2023 refuerzan este compromiso de Ciencia Abierta, con la necesidad de que los datos de investigación cumplan los principios FAIR y se compartan conforme al protocolo “tan abierto como sea posible y tan cerrado como sea necesario”.

En un mundo poscoronavirus el uso compartido de datos debe ser objeto de debate. Una suspensión de patentes, aun temporal, puede tener consecuencias en una futura implicación de la iniciativa privada en el desarrollo de vacunas, a sabiendas de que los gobiernos pueden apropiarse de los resultados en cualquier momento.

Compartir datos de investigación puede ser un aliado ante los futuros desafíos de la ciencia, pero la colaboración público-privada, tan necesaria, debe pasar por un respeto absoluto a la propiedad intelectual de los resultados de investigación para evitar que futuras situaciones de crisis perjudiquen los cimientos del movimiento de ciencia abierta.

Fuente: The Conversation