viernes, 23 de julio de 2021

Todas las extensiones de Google Chrome pensadas para educación


Les presentamos una colección de las mejores 50 Extensiones de Google Chrome para docentes y estudiantes para ayudarlos a aprovechar el poder de su navegador web. La mayor parte del trabajo moderno de los docentes y estudiantes se realiza dentro de un navegador web. Si estás en el colegio o universidad, las posibilidades son la mayor parte de tu trabajo y el estudio también se realiza en el navegador.

Hay cientos de apps educativas que funcionan con Google Classroom. Estas integraciones permiten a los profesores y alumnos ahorrar tiempo, además de compartir información entre Classroom y sus apps favoritas de forma sencilla.

Cada vez más aplicaciones educativas incorporan la integración con Classroom. Con integración nos referimos a algo más que una mera forma de compartir un enlace o acceso rápido: al “integrarse” nos van a permitir importar listas de alumnos o exportar calificaciones para incorporarlas al aula virtual.

En sus páginas de Ayuda, Google Classroom las agrupa bajo el hashtag #withClassroom. He aquí algunas generales y otras más específicas de asignaturas concretas.

1. EDpuzzle y Google Classroom

EDpuzzle es una herramienta que permite editar vídeos con el objetivo de convertirlos en material educativo: el profesor puede cortarlos, superponer su propia voz y añadir preguntas para después comprobar si los alumnos han visto el vídeo y han respondido correctamente. Con estas características, se ha convertido en un recurso muy utilizado por los docentes que practican flipped learning.

EDpuzzle se integra fácilmente en Google Classroom, de manera que los vídeos editados aparecerán en el flujo de tareas y se importará automáticamente la lista de alumnos de la clase.

El registro en EDpuzzle es sencillo: si entramos con nuestra cuenta de Google (ha de ser la misma que utilizamos en Classroom), no tenemos que dar ningún dato más. Eso sí, hay que dar permiso a la aplicación para que acceda a nuestro Classroom. Desde ese momento, nuestras clases y el nombre del nuestros alumnos aparecerán en EDpuzzle y desde ahí podremos crear tareas, asignarlas y monitorizarlas. Los alumnos, sin necesidad de registro previo, podrán acceder a la tarea de EDpuzzle que les habremos anunciado en Classroom. Una vez calificada la tarea, podemos exportar las notas a una hoja de cálculo.

2. Geogebra y Google Classroom

Dentro de las aplicaciones específicas para las distintas disciplinas, cabe destacar en Matemáticas, el software Geogebra que dispone de miles de applets listos para usar y que se pueden compartir directamente en Classroom de manera muy sencilla, bien como información o como tareas.

3. Screencast-O-matic y Classroom

En ocasiones resulta muy útil elaborar un pequeño video para explicar cómo realizar algo en el ordenador. Esta aplicación integrada con Classroom, permite realizar estos videos de forma rápida y sencilla y colocarlos instantáneamente en el muro de los alumnos como un anuncio, una pregunta o una tarea.

4. Otras aplicaciones:
  • Actively Learn: Permite trabajar de forma conjunta sobre un documento pdf. con el objetivo de fomentar una lectura comprensiva. Permite subir nuestros propios textos o escoger alguno de un catálogo (en inglés), y, sobre el texto, realizar preguntas, insertar links, aclaraciones… e incluso definiciones (el diccionario por defecto está en inglés). Se integra con Classoom porque importa la lista de alumnos y permite comprobar sus progresos individuales, así como publicar directamente las tareas en Classroom. https://help.activelylearn.com/hc/en-us/articles/115000501654-Google-Classroom-integration
  • Adittio app es una aplicación, de pago, que permite llevar un cuaderno de notas digital sincronizado con Google Classroom: http://www.additioapp.com/es/google-classroom/
  • Classcraft: plataforma de ludificación. La integración con Classroom permite importar clases, compartir documentos de Drive y exportar calificaciones. https://help.classcraft.com/hc/en-us/articles/217901468-Connecting-to-Google-and-Google-Classroom
  • Duolingo, concebida para facilitar el aprendizaje de idiomas, se integra con Google Classroom permitiendo una rápida asignación de tareas: https://www.duolingo.com/
  • Flat/ Soundtrap: orientadas a profesores de Música. https://flat.io/edu#works-with y https://soundtrap.zendesk.com/hc/en-us/sections/201735632-Google-Classroom Hay que registrarse.
  • Kami: es una aplicación que permite trabajar de forma colaborativa sobre documentos pdf, entre otras cosas. Un editor admite subrayar, comentar al margen y también añadir texto. Kami guarda las aportaciones de cada uno, indicando quién las ha hecho. Se ha integrado con Google Classroom y permite asignar tareas de manera rápida si tenemos instalada (nosotros y nuestros alumnos) la correspondiente extensión de Google Chrome (el administrador de Google Suite puede habilitarla). https://help.kamiapp.com/google-classroom/how-to-use-kamis-upgraded-google-classroom-integration
  • Quizziz es una herramienta de creación de cuestionarios similar al popular Kahoot integrada en Classroom: https://quizizz.zendesk.com/hc/en-us/articles/207153729-How-to-use-the-Google-Classroom-integration-

Fuente: Web del Maestro

jueves, 22 de julio de 2021

Los recientes ciberataques muestran el futuro de los conflictos informáticos entre países


El lunes, el mundo despertó con un tipo de revelación que se ha convertido en una rutina desconcertante.

Durante años, unos hackers chinos montaron una campaña para robar investigación científica de gobiernos y universidades, según una denuncia del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Por otro lado, varios gobiernos, incluido el gobierno de Joe Biden, acusaron a Pekín de contratar a grupos de atacantes informáticos para infiltrarse en las empresas y los gobiernos más grandes del mundo a cambio de beneficios económicos.

Tan solo unas horas antes, un consorcio de agencias noticiosas informó que gobiernos de todo el mundo habían usado un software espía que les vendió una empresa israelí para monitorear a periodistas, defensores de derechos humanos, políticos de oposición y jefes de Estado extranjeros.

La avalancha de acusaciones representa la nueva normalidad de hackeos continuos vinculados con gobiernos que ahora podrían ser un rasgo permanente del orden mundial, según expertos en ciberseguridad y política exterior.

Los gobiernos se han vuelto más astutos al momento de explotar la conectividad de la era digital para promover sus intereses y debilitar a sus enemigos, lo mismo sucede con los hackers independientes que a menudo venden sus servicios a los Estados, lo cual difumina la línea entre un ciberconflicto internacional y un crimen cotidiano.

El hackeo se ha convertido en una herramienta de uso generalizado para la manipulación política, la opresión y la ganancia económica pura. Es una estrategia barata, poderosa, fácil de subcontratar y difícil de rastrear. Cualquiera con una computadora o un teléfono inteligente es vulnerable.

Y hackear comparte un rasgo común con la mayoría de las armas desestabilizadoras de la historia, desde los dispositivos de asedio medieval hasta las armas nucleares: es mucho más eficaz para un uso ofensivo que defensivo.

No obstante, después de una década en la que los estrategas militares se preocuparon de que un ciberconflicto pudiera tener una consecuencia verdadera, los peligros emergentes de esta nueva era son un tanto distintos de los que alguna vez nos imaginamos.

En vez de parecerse a un nuevo tipo de guerra, el papel de la piratería informática en el siglo XXI es muy similar al del espionaje en el XX, según analistas y exfuncionarios. Es un juego interminable del gato y el ratón que juegan tanto los Estados pequeños como las grandes potencias. Conflictivo, incluso hostil, pero tolerado dentro de ciertos límites. A veces se le castiga o se le previene, pero se asume que es una constante.

Sin embargo, según los expertos, hay una diferencia importante. Las herramientas de espionaje las usan sobre todo los gobiernos en contra de otros gobiernos. La naturaleza casi democrática de hackear —más barato que crear una agencia de inteligencia— implica que los individuos privados también se pueden involucrar, con lo cual se enturbian más las aguas digitales. Además, debido a que puede escalar con facilidad, casi ningún blanco es demasiado pequeño, por eso casi todo el mundo está expuesto.

La competencia dentro de los límites

Desde los primeros ciberataques internacionales en la década de 1990, a los legisladores les ha preocupado que un gobierno pueda ir demasiado lejos al atacar los sistemas de otro y que exista el riesgo de que la escalada se convierta en una guerra.

Para 2010, Washington había institucionalizado su visión del ciberespacio como un “campo de guerra” —junto con la tierra, el mar, el aire y el espacio— que sería dominado por un nuevo equipo militar llamado Cibercomando. El hackeo era visto como un nuevo tipo de guerra que se debía desalentar y, si era necesario, ganar.

Pero muchos ataques han sido más de espionaje que una guerra.

Los operadores de China robaron patentes comerciales y militares. Rusia irrumpió en los correos del gobierno estadounidense y, después, divulgó algunos para lograr un impacto político. Los estadounidenses monitorearon a autoridades internacionales y filtraron virus en los sistemas de gobiernos hostiles.

Los gobiernos comenzaron a tratar a los hackers extranjeros más como espías extranjeros. Interrumpían una conspiración, acusaban y sancionaban directamente al responsable y reconvenían o castigaban al gobierno que lo respaldaba.

En 2015, después de una serie de incidentes, Washington llegó a un acuerdo con Pekín para limitar el hackeo. Los ataques chinos sobre blancos estadounidenses cayeron de inmediato, concluyeron algunos grupos de ciberseguridad. Volvieron a aumentar en 2018, en medio de un incremento en las tensiones durante el gobierno del presidente Donald Trump, lo cual fue visto como un indicio de una nueva norma en la que los ataques digitales aumentan o bajan según las relaciones diplomáticas.

Aunque, en esencia, los gobiernos abandonaron la disuasión al estilo militar, han llegado a castigar ataques especialmente graves. Corea del Norte sufrió cortes de internet a nivel nacional poco después de que Barack Obama declaró que Washington iba a tomar represalias por un ataque cibernético norcoreano. Obama consideró opciones similares en contra de Rusia por sus ataques durante las elecciones de 2016.

“Nuestro objetivo sigue siendo enviarle un mensaje claro a Rusia y otros países para que no nos hagan esto, porque podemos hacerles daño”, dijo poco antes de dejar el cargo. “A veces lo haremos público. A veces lo haremos de tal manera que ellos lo sabrán, pero no todo el mundo”.

Una nueva zona gris

Para fines de la década, muchos coordinadores militares y de inteligencia se habían dejado convencer sobre una idea que expresó Joshua Rovner, un académico residente en la Agencia Nacional de Seguridad y el Cibercomando de Estados Unidos hasta 2019.

En un ensayo para el sitio War on the Rocks, Rovner escribió que, en casi todos los casos, el hackeo no se había convertido en una especie de guerra, sino en “una competencia abierta entre Estados rivales” que se parece al espionaje y, a menudo, es una extensión de eso.

Esta nueva interpretación “pone en perspectiva la competencia en el ciberespacio, pero se requiere estar dispuesto a vivir en la ambigüedad”, agregó.

Las disputas de espionaje nunca se ganan. Hay victorias y derrotas en todas partes y operan en lo que los teóricos militares definen como una “zona gris” que no es ni guerra ni paz.

Conforme los gobiernos han sabido qué tipo de respuesta provocará una operación, el mundo ha confluido poco a poco en reglas no escritas para la cibercompetencia.

Los académicos Michael P. Fischerkeller y Richard J. Harknett han descrito el resultado como “una interacción competitiva dentro de esos límites, en vez de una escalada en espiral a nuevos niveles de conflicto”.

No es que los gobiernos prometan que nunca cruzarán esos límites. Más bien, entienden que hacerlo traerá ciertos castigos que tal vez no quieran soportar.

Los académicos dicen que estas normas “todavía están en fase de formación”, a la espera de ser impuestas por los gobiernos que prueban la tolerancia de los demás y las consecuencias de excederlas. Pero se han usado lo suficiente como para que comiencen a surgir algunos patrones.

La referencia de Obama a las represalias secretas y públicas fue un indicio de algo que desde entonces se ha convertido en un procedimiento estándar. Los hackeos de rutina pueden provocar una represalia secreta: por ejemplo, el desmantelamiento de los sistemas del gobierno responsable del incidente, para imponer un castigo sin correr el riesgo de una escalada o una mayor ruptura diplomática.

Sin embargo, los gobiernos pueden responder a los hackeos graves con un contrataque público, al denunciar el blanco y advertir a otros gobiernos que el incidente fue demasiado lejos. Por ejemplo, Estados Unidos hizo saber que sus hackers se infiltraron en la red eléctrica de Rusia, una escalada calibrada para convencer a Moscú de que la intromisión en las elecciones no valía la pena.

La conducta de Rusia en 2016 también provocó que las autoridades buscaran una “disuasión por medio de la negación”: métodos para reducir las probabilidades de éxito de ataques similares. El objetivo fue aumentar el costo de esas acciones mientras se reducían los beneficios.

Al convocar a los gobiernos del mundo para que condenaran el ciberrobo chino de esta semana, el presidente Joe Biden intenta imponer un costo diplomático que le podría afectar más a Pekín que a Moscú. Es una táctica que al parecer funcionó con Obama. No obstante, con lo sensible de las relaciones, Pekín podría sentir que tiene menos que perder.

Un peligro descentralizado

En realidad, se puede hacer poco para evitar que los gobiernos decidan aceptar los riesgos que conlleva iniciar un ciberataque. Además, debido a que la cibertecnología de ofensiva ha superado de manera tan constante las medidas defensivas, es inevitable que algunos de esos hackeos tengan éxito.

Esa dinámica tan solo se está acelerando, pues los gobiernos están contratando a más firmas privadas o directamente a criminales para que realicen sus ataques. Moscú fue uno de los primeros innovadores, al contratar a hackers independientes en el extranjero, incluido un canadiense de 20 años, para infiltrarse en las cuentas del gobierno estadounidense.

La industria oculta de la contratación de hackers ha explotado en años recientes. Los investigadores especializados en seguridad han identificado grupos muy capaces que tienen entre sus blancos a gobiernos, firmas financieras y legales, desarrolladoras de inmuebles, empresas energéticas del Medio Oriente y la Organización Mundial de la Salud.

Se cree que la mayoría son contratados por medio de plataformas de la red oscura que ofrecen anonimato para ambas partes. Aunque sus trabajos parecen beneficiar a ciertos gobiernos o corporaciones, a menudo es imposible identificar a sus empleadores, por lo tanto, se reduce el riesgo de las represalias.

La globalización y los avances en la tecnología del consumidor han permitido el surgimiento de un número casi infinito de piratas informáticos. Se cree que muchos son jóvenes de países con problemas económicos, donde el trabajo legítimo es escaso, especialmente durante la pandemia. El software de piratería comercial y la expansión de la banda ancha permiten que casi cualquier persona participe en esas operaciones.

Algunos grupos operan de manera abierta. Una empresa india se ofreció a ayudar a sus clientes a espiar a sus rivales y socios comerciales. El software Pegasus, que se encuentra en el centro de las acusaciones recientes de ataques a periodistas y disidentes en todo el mundo, es vendido por NSO Group, una empresa israelí.

El panorama cambiante es un indicio de la brecha entre lo que esperan los legisladores de la era de los ciberconflictos y lo que es en realidad. Los ataques de gran envergadura como el de Washington en contra de Irán o el de Rusia durante las elecciones de 2016 ocurren con menos frecuencia.

Más bien, la nueva normalidad son hackeos pequeños pero constantes: criminales con el respaldo de China saquean decenas de empresas durante años, autoridades paranoicas que espían a periodistas locales, políticos rivales… o incluso defensores de la nutrición que quieren un impuesto para las gaseosas. Todo esto cada vez cae más en las manos de terceros o software privados que tal vez son menos sofisticados, pero son más fáciles de propagar y de negar.

Ninguno de esos hackeos cambiará de manera drástica el orden internacional. Sin embargo, en conjunto, sugieren que estamos entrando en una era de omnipresencia de los robos digitales, la venta de influencias y el fisgoneo. Y podría ser una era en la que, como muchas de las víctimas de Pegasus aprendieron esta semana, casi nadie es demasiado común como para ser un objetivo.

Fuente: NYT

miércoles, 21 de julio de 2021

La Inteligencia Artificial llama a la puerta de los gobiernos


La inteligencia artificial (IA) está llamada a ser la joya de la corona de la gestión pública en los gobiernos de América Latina. No hace falta que nos vayamos a la ciencia ficción: actualmente se está usando para reducir la deserción escolar, para detectar a evasores de impuestos, para identificar casos de Covid o para señalar ineficiencias en la contratación pública y reducir los niveles de corrupción.

Los más entusiastas la consideran una herramienta que ayudará a solucionar los grandes retos del desarrollo de América Latina y las grandes falencias de sus gobiernos. Del otro lado, los escépticos hablan de riesgos y peligros, en su mayoría asociados a la seguridad de la información y a la transparencia de ciertos procesos.

En el primer grupo se encuentra Juan Corvalán, Director del Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la Universidad de Buenos Aires. “La Inteligencia Artificial es como la nueva electricidad. Estamos ante una nueva ecuación entre nuestros objetivos y la burocracia que se fue generando por la imprenta y después por la digitalización”, dijo en un reciente webinar.

Según el experto, la gestión pública se basa en datos, tareas, decisiones y documentos. La IA invita a integrar estos elementos de una manera diferente y más armoniosa, y el resultado es una mayor eficiencia y una reducción de tiempos asombrosa. En otras palabras, los usos de la IA tienen el potencial de mejorar integralmente la gestión pública.

Existen varios ejemplos prácticos que ayudan a ilustrar este concepto. Por ejemplo, la IA puede leer un gran número de documentos en muy poco tiempo. Esto, para el sector de la justicia puede ser revolucionario, y también aplica a la selección de procesos, a las compras públicas, a la asignación de recursos a programas sociales, a los patrones de movilidad o a la salud. Estas mejoras, a fin de cuentas, deberán traducirse en servicios públicos más oportunos y personalizados para los ciudadanos.

“Para hacer realidad los beneficios de la inteligencia artificial es imprescindible tener estrategias nacionales, marcos éticos y regulatorios adaptados a las nuevas necesidades y acelerar la capacitación de talento humano que pueda aprovechar esta tecnología”, asegura María Isabel Mejía, Ejecutiva Senior de la Dirección de Innovación Digital del Estado en CAF.

El uso de la IA requiere habilitar infraestructuras digitales, conectividad, manejar eficientemente los datos y profundizar en la transformación digital. En este frente, la región tiene mucho por hacer. Actualmente, solo el 68% de la población tiene suscripción a banda ancha móvil, y la informalidad laboral que dificulta la bancarización y digitalización de la mitad de latinoamericanos.

“Necesitamos trabajar paralelamente en aprovechar las oportunidades de las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial y en cerrar las brechas digitales que existen en la región. Los beneficios de la IA de alguna manera trascienden a una conexión a Internet”, dice Mejía.

Argentina, Colombia, Chile y Uruguay son los países de la región que llevan la delantera en cuanto a la integración de la IA en los procesos públicos. De todas formas, estamos en una etapa temprana, donde por ahora existe un interés (creciente) y una generación de conocimiento, que en los próximos años deberán mutar hacia la implementación. Y esto implica grandes transformaciones.

Riesgos de la IA en el sector público 

Aprovechar la colaboración hombre-máquina también implica riesgos. Los más notorios tienen que ver con la transparencia y la “explicabilidad” de las decisiones que se tomen a partir los sistemas de IA, la seguridad y la privacidad de la información que alimenta estos sistemas.

Según la OCDE y el Grupo de Expertos de Alto Nivel sobre IA de la Comisión Europea, debe haber varios requisitos esenciales para que los sistemas de Inteligencia Artificial sean considerados como confiables: es necesaria la intervención y supervisión humana; la información debe almacenarse de manera segura; se debe garantizar la privacidad y una buena gobernanza de los datos; asegurar la transparencia y la posibilidad de explicar los resultados de la IA; asegurar la diversidad, no discriminación y equidad; el bienestar social y medioambiental; y la responsabilidad y rendición de cuentas.

“Es imprescindible garantizar la transparencia en el proceso de entrenamiento, desarrollo y adopción de soluciones de IA, el cual debe ir acompañado de principios éticos claros, generando una cultura de uso responsable de esta tecnología”, dice Armando Guío, Investigador del Berkman Klein Center for Internet & Society en la Universidad de Harvard.

El experto señala que los sistemas de IA deberán cimentarse en la transparencia, y poner mucho énfasis en la comunicación con los ciudadanos. Por ejemplo, el ciudadano deberá conocer en qué sentido un sistema de IA influyó en la aceptación o rechazo de un crédito, o en la selección para ser beneficiado de un programa social, por ejemplo. Esto supone otro riesgo: si ya de por sí es difícil entender las entrañas de la IA, todavía lo será más explicar sus implicaciones a los ciudadanos.

Los riesgos asociados a la seguridad son quizás los que más dolores de cabeza costarán. Si consideramos que un ataque cibernético podría cambiar los parámetros y funcionalidades de un sistema de IA, cualquier vulnerabilidad en los códigos trascendería el ámbito digital para llegar al físico, ya sea en los ámbitos de salud, transporte y otros sectores. “Por eso es tan importante ratificar el control humano sobre la IA”, enfatiza Guío.

Imagen: Unir

Fuente: CAF