martes, 19 de mayo de 2020

Cuánto te llevaría leer todos los “términos y condiciones” de las aplicaciones más populares en tu celular

Antes de descargar cualquier aplicación o comenzar a utilizar un servicio sería recomendable leer los términos y condiciones de uso para entender a qué nos estamos comprometiendo. Estos acuerdos detallan los datos a los que acceden las plataformas, el uso que le darán así como otras cuestiones vinculadas a los derechos y responsabilidades que tienen tanto los proveedores del servicio como los usuarios.

¿Pero quién se toma el tiempo para consumir toda esa información? Leer las 15260 palabras de los términos y condiciones de Microsoft llevaría poco más de una hora. Casi lo mismo que “Macbeth”, de Shakespeare. En cuanto a Tik Tok o Spotify, el tiempo necesario sería de 35:48 minutos y 31:24 minutos, respectivamente. Los datos surgen de un análisis realizado por Visual Capitalist que incluyen 21 de las plataformas más populares y fueron compilados en un gráfico que se reproduce a continuación:

Visual Capitalist consideró que una persona lee unas 240 palabras por minutos y en función de ese dato calculó cuánto se demoraría en leer los términos y condiciones de algunas de las plataformas online más populares. La extensión y, en ocasiones, la dificultad que implica digerir esta información ha sido fruto de análisis y controversias hace años.

El documental Términos y condiciones (Terms and conditions may apply) del año 2013 y dirigido por Cullen Hoback pone el foco no sólo en la longitud de los acuerdos sino en en la compleja jerga legal que se incluyen en muchos de estos acuerdos que publican las compañías.

En el último tiempo, algunas de las plataformas más populares fueron adaptando y re escribiendo sus términos y condiciones para facilitar la lectura de esta información por parte de los lectores. Aún así, un usuario necesitaría en promedio 250 horas para leer todos los acuerdos de todos los servicios que emplea en sus celulares o computadoras.

Al analizar cada uno de los servicios, según el ranking de Visual Capitalist, la empresa que se destaca en la lista es Microsoft, que tiene el documento más largo de todos, como ya se mencionó. Hay que destacar que esa cantidad de palabras cubre todos sus productos y servicios, que son muy variados.

En segundo y tercer lugar están Spotify y Niantic (Pokémon Go), con acuerdos de 8.600 y 8.466 palabras respectivamente, que llevarían poco más de 35 minutos leer. El cuarto y segundo puesto es para Tik Tok y Apple, cuyos documentos se leerían en poco más de media hora.

Las plataformas cuyos acuerdos tienen menor cantidad de palabras son Instagram, Netflix y Dropbox. En estos casos bastarían 11 minutos para leer la información. YouTube, Amazon, Google, Facebook y Linkedin están bastante cerca de estas métricas también con tiempos que van desde 13 a 18 minutos.

Cabe señalar que este estudio se hizo sobre la base de los textos en inglés y que en castellano puede haber pequeñas variaciones en el conteo final que puede diferir en una o dos decenas de palabras pero que no modifica en mayor medida el conteo y el ranking establecido.

Otro punto importante es que en este caso se están teniendo en cuenta los términos y condiciones de uso, donde no siempre se suele incluir de forma completa la política de privacidad. En muchos casos esto es un apartado diferente que requiere otro tiempo extra de lectura.

La dificultad de la lectura

Más allá de la extensión de los textos, también vale la pena analizar la dificultad de los términos empleados. Y para eso, en el informe se emplea la prueba de legibilidad de Flesch-Kincaid o prueba nivel de facilidad de lectura de Flesch, un sistema que evalúa la facilidad de comprensión de un documento en inglés empleando la siguiente fórmula:

206.835 -1.015 (total de palabras/total de oraciones) - 84,6 (total de sílabas/total de palabras)

La prueba otorga al texto un valor dentro de una escala de puntos. Cuanto más elevado sea el resultado, más fácil será comprender el documento. Un resultado de entre 51 y 56 implica que para leer el texto se requiren habilidades de comprensión que se esperan de un alumno de entre décimo y doceavo grado, o sea los últimos años de secundaria o educación pre universitaria. Un número menor de 51 implica que se requiere tener una capacidad lectora de un universitario para comprender fácilmente el texto.

Según estas métricas, Facebook (56) , Google (56), Instagram (54) , Linkedin (54), Microsoft (54), Snapchat (54) y Dropbox (51) incluyen los documentos legales más sencillos de entender con métricas que van entre 56 y 51, con lo cual estos textos podrían ser comprendidos sin dificultad por alumnos de los últimos años de secundario.

El resto de los servicios analizados, con métricas que van desde 50 a 36 reportan un dificultad de lectura mayor. En este sentido, los acuerdos más complejos de comprender son los de Slack (36), Niantic (36), Twitter (39), Uber (40) , Zoom (42) , Spotify (44) y Tik Tok (44).

Qué información se encuentra en estos acuerdos

En estos documentos se le explica al usuario qué dato se recopilarán y de qué modo serán utilizados. Además de dar cuenta del tipo de servicios se ofrece, la responsabilidad y derechos que existen en relación al contenido publicado. También se explica cómo rescindir el acuerdo, entre otras cuestiones. La forma y el contenido puede variar en cuanto a detalles y especificaciones.

Entender a qué se compromete el usuario cuando decide utilizar un servicio, en el mundo analógico o en el virtual, es importante porque hace alusión a sus derechos. También porque ayuda a entender y contextualizar lo que implica el uso de cualquier producto o servicio. En definitiva, siempre se trata de hacer un análisis de costo-beneficios.

Además de todo esto, comprender ayuda a poder sostener un debate con argumentos para que el usuario pueda plantearse si realmente algún servicio solicita que se acceda a ciertas condiciones que pueden ser consideradas desmedidas o no. ¿Vale la pena otorgar estos permisos? ¿Realmente difiere mucho lo que solicita una aplicación respecto de otra?

En ocasiones surgen polémicas en torno a cómo un servicio solicita accesos a determinados permisos o le solicita tal o cual dato al usuario. En esos casos habrá que preguntarse, tras un análisis exhaustivo y responsable, cuánto difiere lo que pueda pedir un servicio de otro y cuán respetuoso o no es de los derechos de los usuarios a su privacidad y sus datos personales para, eventualmente, plantear cambios si la situación lo requiere o no.

Fuente: Infobae

domingo, 17 de mayo de 2020

La verdad en las democracias algorítmicas


trump_fake_news.pngResumen del artículo


La conversación pública se ha digitalizado. La red nos ofrece un espacio horizontal y descentralizado con una superabundancia de contenidos, mientras se ha acelerado un proceso de desintermediación que ha puesto fin al monopolio de los intérpretes tradicionales de la realidad. Los universos informativos y opinativos se mezclan, confunden e hibridan nuevos contenidos. La percepción de los hechos está mediada por las emociones y las verdades son de libre elección. Esta transformación no se explica solo por la crisis de los sistemas mediáticos tradicionales, sino también por el nuevo orden algorítmico que controla en gran medida la predeterminación selectiva de la información. ¿Cómo afecta al sistema democrático que el debate público tenga lugar en espacios tecnológicos de propiedad privada? ¿Quién controla este espacio digitalizado? El verdadero desafío existencial que supone para la democracia la creación de nuevos sistemas de poder y nuevas desigualdades sociales se dirimirá en la dataficación y la gobernanza algorítmica.

Palabras clave

desintermediación, posverdad, desinformación, política, democracia, consenso, algoritmo, datos, aceleración digital

Artículo completo

Imagen: Alainet

Fuente: Revista CIDOB

viernes, 15 de mayo de 2020

La sobredosis informativa por coronavirus también amenaza la salud

La tos, la fiebre y el malestar general son algunos de los múltiples síntomas de la COVID-19. Pero en tiempos de pandemia, advierten distintos trabajos, la infección no es el único peligro para la salud pública. La ubicuidad informativa del nuevo coronavirus también puede provocar ansiedad y estrés en muchas personas.

A principios de febrero, antes de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarase la pandemia por coronavirus, lo hizo por ‘infodemia’: el peligro por exceso de información alrededor de este virus. La gente quiere respuestas en un momento en el que todavía hay poca evidencia científica y mucha incertidumbre, lo que dificulta la búsqueda de fuentes fiables.

Es más, esta sobreexposición mediática puede suponer “una amenaza para la salud”, alerta un artículo reciente publicado por investigadores de la Universidad de California en Irvine (EE UU) en la revista Health Psychology de la Asociación Americana de Psicología. Dana R. Garfin y el resto de autores indican que el consumo excesivo de noticias puede incrementar la sensación del riesgo para la salud y amplificar el estrés. Las secuelas pueden persistir en el tiempo, más allá del brote.

Durante la primera semana de confinamiento, los estadounidenses que se sintieron más deprimidos fueron los que estuvieron más expuestos a informaciones sobre la COVID-19, según una encuesta en línea de la Universidad de Texas, en Austin (EE UU), a 5.626 individuos. El 17% de los encuestados se pasaron más de siete horas diarias consultando informaciones sobre el virus.

Cuando las informaciones corren por redes sociales, los resultados son similares. Otro estudio, publicado recientemente por científicos de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Fudan (China) en PLoS One, observó que los jóvenes que más usaron las redes mostraron más ansiedad y depresión que el resto, tal y como se desprende de casi 5.000 encuestas en línea, hechas a finales de enero en el epicentro del brote.

Estas consecuencias sobre la salud –más allá de la enfermedad que provoca la infección–, ya se habían observado en epidemias anteriores. “Las enfermedades contagiosas nuevas dan miedo, nos asustan porque son desconocidas e imprevisibles”, apunta en un artículo en The Conversation Karin Wahl-Jorgensen, que investiga la relación entre los medios y las emociones en la Universidad de Cardiff (Reino Unido).

El miedo, según esta investigadora, ha tenido un papel clave en la cobertura informativa del nuevo coronavirus. Wahl-Jorgensen encontró la palabra ‘miedo’ en uno de cada diez artículos publicados entre mediados de enero y febrero de este año. Y el miedo, como tantas emociones, es contagioso y se puede propagar rápidamente, cuenta.

Ojos que no ven

El miedo, como los virus, es una amenaza invisible. Durante la crisis del ébola de 2014, según un trabajo anterior de Garfin, los estadounidenses que más siguieron las noticias sobre la enfermedad presentaron niveles más altos de estrés, preocupación y deterioro funcional por el miedo al contagio, a pesar de encontrarse lejos del brote, que asoló África occidental entre 2014 y 2016 en su peor brote.

“La manera en que se comunica un riesgo, a menudo a través de las noticias, también puede afectar en cómo se percibe el riesgo”, subraya un artículo publicado en los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) sobre la percepción pública del ébola en Estados Unidos.

Que la novedad es noticia también aplica a los virus. El ébola reapareció en África en 2018. La cobertura durante el primer mes del rebrote no tuvo nada que ver con la atención mediática que ha recibido ahora el coronavirus. El SARS-CoV-2 generó durante su primer mes 23 veces más artículos y 27 más titulares en la prensa escrita anglosajona que la epidemia del ébola, según datos de LexisNexis para la revista Time.

Hay otras circunstancias que modulan cómo procesamos la información en situaciones de alerta sanitaria, dice a SINC Gema Revuelta, directora del Centro de Estudios de Ciencia, Comunicación y Sociedad de la Universidad Pompeu Fabra. Algunos de estos factores son la familiaridad con el tema o la situación previa de vulnerabilidad emocional y mental de la gente.

Las personas con menos tolerancia a la incertidumbre sufren más la amenaza viral, concluyó un estudio sobre la pandemia por gripe A de la Universidad de Carleton (Canadá). En 2009, el virus H1N1 también aumentó los niveles de ansiedad entre la población, sobre todo entre aquellas personas que consideraban estresante la ambigüedad en su vida.

Sin papel de váter

La sobredosis informativa por coronavirus puede provocar respuestas distorsionadas, advierten los investigadores de la Universidad de California en Irvine (EE UU). Los autores ponen como ejemplo la compra compulsiva de papel higiénico previa al confinamiento, una reacción bastante universal que se replicó en otros países, a pesar de ciertas variaciones territoriales. En Estados Unidos, el miedo al coronavirus disparó la venta de armas.

Más allá de la anécdota, que ha generado muchos memes, el problema emerge cuando estas reacciones afectan a necesidades básicas. Los mismos expertos advierten del desabastecimiento de mascarillas, claves para la protección de los sanitarios, o de la saturación del sistema sanitario.

La congestión y la desorganización de los hospitales, centros de salud y morgues son problemas comunes en las pandemias, relata un informe para la protección de la salud mental de las comunidades en estas situaciones, publicado hace casi una década por la Organización Panamericana de la Salud de la OMS.

“La comunicación es una parte importante de la evolución del brote epidémico”, considera Revuelta. “Es la única manera en la que puedes conseguir que se lleven a cabo las medidas de protección”, y pone el quédate en casa como ejemplo de éxito.

Los medios de comunicación se acercan a la realidad través de palabras y metáforas que le ponen nombre a lo que está ocurriendo. ‘Guerra’, ‘lucha’ y ‘héroes’ son algunos de los conceptos militares que se repiten estos días.

Este tipo de lenguaje se ha utilizado para informar y explicar estas enfermedades durante al menos un siglo, señala un estudio sobre el impacto mediático del SARS en 2003 de la London School of Economics (Reino Unido). El lenguaje militar ha permeado los discursos de inmunología, bacteriología e infecciones.

Comunicar en tiempos de pandemia

Las cifras demuestran la sobreexposición mediática al coronavirus es real. En España, el consumo de información creció un 59 % la semana del 23 de marzo –en plena pandemia–, en comparación a enero del mismo año, según Comscore.

La televisión e internet son los canales más utilizados para ponerse al día en esta crisis, según un estudio del Instituto Reuters publicado recientemente sobre acceso a la información en plena pandemia. En España –uno de los seis países analizados– destaca el uso de las redes sociales, sobre todo WhatsApp para hablar con familiares y amigos.

Para evitar el malestar de la población inmersa en la pandemia, distintos organismos están compartiendo recomendaciones. Los CDC aconsejan tomarse un descanso sin ver, leer o escuchar noticias, incluidas las redes sociales, ya que “escuchar hablar repetidamente sobre la pandemia puede ser molesto”.

Los periodistas también están en el punto de mira. “La responsabilidad social del periodismo exige que quienes lo ejercen sean conscientes de que su manera de informar influye no solo en el conocimiento de la ciudadanía, sino en la manera de conocer, entender y metabolizar la información”, apunta Elena Lázaro, presidenta de la Asociación Española de Comunicación Científica (AECC).

La entidad, que acoge medio millar de periodistas y demás comunicadores científicos entre los cuales también hay investigadores que divulgan, ha lanzado una guía para informar sobre la COVID-19. En la lista de consejos figuran informar sin generar alarmismo y manejar adecuadamente la incertidumbre.

Fuente: SINC