miércoles, 2 de marzo de 2022

Mapas colaborativos ciudadanos: tecnología y cooperación durante la invasión rusa de Ucrania


Ante una situación de crisis como la que está viviendo la población ucraniana, compartir información es clave para organizarse y facilitar la supervivencia: dónde está el refugio más próximo, dónde han sido los últimos bombardeos o qué países están aceptando desplazados es información de absoluta necesidad, algo que los ciudadanos han tratado de compartir gracias a mapas colaborativos que han surgido desde que estalló el conflicto.

Estos mapas colaborativos son contenidos web generados por una o varias personas y que pueden tomar formas muy distintas. Con el avance de la tecnología para colaborar y compartir, estas herramientas digitales se han convertido en un arma de la población contra una situación extrema como lo es una guerra. El verdadero poder de los mapas colaborativos es que cualquiera puede acceder a él y aportar información, con el objetivo de crear un compendio de datos útiles para tomar decisiones. El riesgo ante este tipo de iniciativas: la fiabilidad o los fallos de actualización.

El mapa de los refugios en Kiev

Con 4.209.243 vistas desde octubre de 2021, este mapa, que también ha sido difundido por las autoridades ucranianas, señala todos los lugares de Kiev donde pueden acudir los ciudadanos ante el aviso de una alarma antiaérea y que pueden usar como refugio. Incluye edificios públicos, estaciones de metro y pasos inferiores.

Russia-Ukraine Monitor Map: bombardeos, ataques y presencia de tropas rusas

Son muchas las fuentes que notifican un nuevo bombardeo o un ataque por parte de las tropas rusas o ucranianas, pero la información suele ser confusa y desigual en las primeras horas. Uno de los primeros canales para informar de un nuevo ataque o la presencia del ejército en una región son las redes sociales, como Twitter, Reddit o Telegram.

El Centro para la Resiliencia de la Información (CIR), una organización sin ánimo de lucro dedicada a combatir la desinformación, ha creado un mapa basado en las publicaciones de Twitter en el que se pueden consultar los movimientos militares de Rusia, los ataques, ya sean bombardeos o disparos, y las bajas civiles, daños de edificios y bajas militares.

Los puntos que aparecen en el mapa representan vídeos o imágenes que han sido verificadas por satélite para determinar el punto exacto en el que se tomaron. Según explican en su página web, a este mapa contribuyen otras organizaciones, como Bellingcat, una asociación de periodistas centrada en el periodismo de investigación.

Plataforma de asilo para refugiados

En tan solo seis días, unas 875.000 personas han huido de Ucrania a otros países vecinos, según los últimos datos gubernamentales recopilados por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). La organización asegura que este conflicto podría convertirse en la mayor crisis de refugiados de Europa en lo que va de siglo.

Para conectar a ciudadanos ucranianos desplazados por el conflicto que buscan un refugio en el extranjero con aquellos que quieren y pueden proporcionarlo, el profesor de económicas de la Universidad de Kiev Liubomyr Bregman ha creado un mapa donde aparecen todos los puntos donde hay alguien dispuesto a acoger a quien lo necesite.

En la plataforma, bautizada como Shelter for Ukraine, aparece el contacto de la persona que ofrece un refugio, así como información sobre la residencia y el máximo de personas que podría aceptar. La plataforma asegura que por el momento “hay unos 2.200 extranjeros de toda Europa y más allá que están listos para aceptar a 4.000 ucranianos, y el número va aumentando”.

Después de completar un formulario, quien busque refugio será puesto en contacto con quien ofrezca. Cuatro días después de su creación, “21 personas ya se han asentado” a través de la plataforma, explican.

Ukraine Control Map: la situación en Ucrania según fuentes abiertas

Estos días podemos ver en redes sociales diferentes colectivos que van reuniendo, verificando y compartiendo información relativa al conflicto que se van encontrando por internet. Uno de estos colectivos, Project Owl OSINT, ha creado un mapa en el que muestran la información que consiguen reunir.

En el mapa se pueden encontrar zonas bajo el control de Rusia o Ucrania, zonas en disputa, ataques a infraestructuras e incluso enlaces de cámaras que están emitiendo imágenes de directo de Kiev.

Puntos de control fronterizos

Más de medio millón de personas han salido de Ucrania en la última semana para buscar refugio, y cerca de 20.000 han entrado. Dado que el espacio aéreo está cerrado, para facilitar la salida o la llegada a Ucrania se ha creado una dirección en Google Maps donde aparecen todos los puestos de control fronterizos de la zona oeste del país, en la frontera de Ucrania con Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumanía.

Los puestos fronterizos son importantes porque son los puntos donde se acumulan las personas que quieren traspasar la frontera ucraniana. Asimismo, es el punto donde muchas organizaciones humanitarias ofrecen asistencia y ayuda, como Médicos Sin Fronteras, cuyos equipos de emergencia han llegado a la frontera polaco-ucraniana y tratan de llevar personal y suministros esenciales a Ucrania y ayudar a emergencias en ambos lados de la frontera, como aseguran en un comunicado.

“Muchos de los que cruzaron la frontera polaca nos dijeron que pasaron largas horas en colas con temperaturas bajo cero. Algunos estaban deshidratados y otros padecían hipotermia”, explica MSF.

Fuente: Newtral

martes, 1 de marzo de 2022

Estamos ante la Primera Guerra Mundial Digital


Anonymous le ha declarado la guerra al dictador ruso, Vladimir Putin. El ataque contra las webs del gobierno local de Chechenia y el central de Rusia, la filtración de 200 GB de correos electrónicos de la empresa de armamento bielorrusa Tetraedr y las llamadas constantes en sus redes a combatir la desinformación son algunas de las acciones que ha llevado a cabo en los últimos días el colectivo hacker. Las noticias las ha ido dando, a medida que iban ocurriendo, en su cuenta de Twitter que suma más de siete millones de seguidores, y mediante videos de YouTube y otros canales de difusión.

Es solo una de las caras más visibles del poliedro cibernético y global que rodea la invasión de Ucrania liderada por Putin. Estados Unidos ofrece hasta 10 millones de dólares de recompensa por datos sobre las operaciones cibernéticas maliciosas impulsadas por Rusia en el tablero internacional, porque el campo de batalla no solo se encuentra en el este de Europa, afecta a los macroservidores y a los algoritmos, a las páginas web de los países en conflicto y a ese espacio paralelo y fundamental que llamamos internet. La guerra es ahora esencialmente híbrida. Antes de cruzar la frontera de Ucrania, Rusia lanzó un ataque preventivo: no con misiles, sino con malware.

El ejército de Putin ataca y ciberataca. Durante los últimos diez años, mientras preparaba las infraestructuras agrícolas o financieras del país para la invasión de Ucrania y las sanciones internacionales que iban a acompañarla, el mandatario también desarrollaba su plan cibernético. Sus tropas militares solamente pueden actuar físicamente en el país y los territorios fronterizos, pero lo hacen en todo el mundo por medio de operaciones en internet. La nueva guerra bacteriológica es digital y tiene como objetivo neutralizar la viralidad del enemigo. Un enemigo que va más allá de Ucrania, Estados Unidos o la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Esperemos no estar ante los primeros días de la Tercera Guerra Mundial. Pero es seguro que lo que estamos viviendo es la Primera Guerra Mundial Digital.

Rusia ya previó la sanción que Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea acaban de aplicarle: la desconexión de algunos de los bancos del país de la red internacional SWIFT. En 2014 lanzó el MIR, un sistema de pago alternativo, cuya tarjeta es el único modo de acceder a los subsidios estatales. La guerra ha llegado antes de que se haga efectiva la RuNet o internet rusa, que permitirá que Putin controle tanto la geografía física y humana de Rusia como su doble en la red. De modo que, de momento, debe lidiar con la hiperconexión de su ciudadanía a las grandes plataformas.

Facebook ha restringido la monetización de las cuentas oficiales de varios medios rusos y, en contrapartida, Rusia ha limitado parcialmente el acceso a la red social de Meta. Después de que el Ministerio de Transformación Digital ucraniano se lo pidiera mediante Twitter, Elon Musk ha puesto a su servicio la conexión satelital Starlink. Las influencers ucranianas más seguidas han dejado de hablar de sus viajes o sus marcas para mostrar a sus cientos de miles de seguidores de todo el mundo el calibre de la tragedia. La guerra es tendencia global tanto en las plazas o frente a las embajadas como en todas y cada una de las redes sociales. La mitad de la realidad, la que albergan los macroservidores y gestionan los algoritmos, sufre a su nueva e importante manera también las agresiones y las muertes.

La invasión de Ucrania no solo es la primera gran guerra del siglo XXI híbrida —el conflicto en Siria tuvo un alcance civil, nacional—, también lo está siendo su representación mediática. La están cubriendo tanto periodistas como youtubers o personas anónimas en Tik Tok. En otros ámbitos de la comunicación encontramos esa misma convivencia entre formas clásicas y formas virales. La propaganda impresa en papel o transmitida por televisión se expande, en paralelo, a las redes sociales o se automatiza a través de bots. La carta de 600 científicos rusos en contra de la guerra coexiste con los cuadrados negros y mensajes también contrarios a la violencia de miles de instagramers del mismo país. Y las viñetas editoriales y lo panfletos del humor gráfico tradicional se complementan con los memes de la viralidad contemporánea.

Lo primero que publicó el gobierno de Ucrania en su cuenta oficial de Twitter el 24 de febrero, cuando inició la invasión, fueron los hashtags para denunciarla en redes (#StopRussianAggression y #RussiaInvadedUkraine). Y un meme. Una imagen muda que mostraba a Adolf Hitler acariciando a Putin como si fuera su hijo o su mejor alumno, acompañada de un mensaje digno del pintor conceptual René Magritte: “Esto no es un meme, sino nuestra y tu realidad ahora mismo”.

La guerra en nuestra época empieza con la movilización de tropas o el lanzamiento de misiles y —al mismo tiempo— con un ciberataque o con la aplicación de una estrategia de defensa digital. También la pandemia se ha desarrollado en esos dos planos paralelos: el de la biología, los cuerpos, los hospitales; y el de la difusión viral de la información, los memes y las noticias falsas. Conscientes de las nuevas reglas del juego de la realidad, las dictaduras del siglo XXI expanden su control biopolítico a la esfera virtual. La censura digital en China es implacable. Y no es casual que Donald Trump o Jair Bolsonaro llegaran al poder en Estados Unidos y Brasil en parte gracias a las redes sociales; o que el giro autoritario de Nayib Bukele en El Salvador incluya el uso oficial de criptodivisas.

La invasión terrestre y aérea de Ucrania ha provocado reacciones que no vimos cuando Rusia influyó, tal vez decisivamente, en consultas democráticas de países de Occidente (como las elecciones de Estados Unidos o el referéndum del Brexit en Reino Unido). Todavía siguen pesando más las acciones en el mundo analógico que las del mundo digital. Pero ahora sabemos que aquellos ciberataques fueron el prólogo de una ofensiva a la vieja usanza, con infantería y tanques.

Todas las guerras son también culturales. El conflicto va más allá de los ejércitos y los civiles, los Estados y las corporaciones, los influencers y los colectivos antisistema. En su trasfondo está el choque entre el paradigma del poder horizontal que sigue prometiendo internet y el poder vertical que representa a ultranza Putin. El siglo XX colisiona frontalmente con el siglo XXI.

Es tendencia en redes #TerceraGuerraMundial porque durante los últimos tres días nuestros cerebros no han parado de retuitear esa etiqueta. Ese espectro del siglo pasado que, como el de Iósif Stalin, se obstina en habitar el siglo presente. E intenta a toda costa definirlo.

Fuente: The Washington Post

Hipnotizados por la guerra en plano fijo: por qué arrasan las ‘webcams’ desde Ucrania


Mientras se teclean estas palabras, hay 24.354 personas conectadas al plano fijo que enfoca, en directo, la plaza de la Independencia de Kiev desde el canal de Youtube de The Washington Post. Ninguna voz en off narra la situación. No hay últimas horas con textos superpuestos que manchen la imagen, efectos de sonido que alerten al espectador, ni pantallas partidas con expertos opinando sobre implicaciones geopolíticas. La imagen, prácticamente desnuda y sin artificios, funciona como ventana con sonido directo a lo que acontece en ese rincón de un país en guerra. Se observan unos cuantos coches, diminutos desde el punto de vista aéreo, transitando al anochecer. Su sonido es como el de un plácido oleaje del mar, pasando de largo por una ciudad prácticamente desierta.

La cámara del Post no es la única que tiene a decenas de miles de internautas enganchados. La mayoría de diarios nacionales e internacionales, incluido El País, tienen o han tenido la misma conexión integrada en sus canales de YouTube con otros tantos miles de usuarios conectados. El pasado 16 de febrero, la agencia Reuters tuvo que interrumpir su transmisión desde esa misma plaza porque un bromista, más que atemorizarse por un posible ataque aéreo, decidió que era el momento ideal para hacer volar su dron sujetando un cartel que rezaba “Se vende plaza de garaje” como guiño humorístico a todo el asunto en plena escalada de tensión global.

“Nada es falso aquí; no hay algoritmo. No es una pantalla en la que los expertos de la televisión discuten el próximo movimiento de Rusia. La transmisión en vivo no está tratando de convencerme de nada; solo me muestra las cosas como son. Los coches escapan a algún lugar antes de que salga el sol. Ventana a ventana, la luz de la mañana trepa por los edificios. Los habitantes de Kiev comienzan su rutina matutina”, escribe Jane Lytvynenko, una ucraniana que trabaja como investigadora del Centro Shorenstein de Medios, Política y Políticas Públicas de la Escuela Kennedy de Harvard a propósito de cómo esta retransmisión directa y prácticamente silenciosa calma su ansiedad frente al terror de pensar en lo que pueda acontecer en su hogar de origen. Así lo ha descrito en No puedo dejar de mirar la conexión en directo a Kiev en la revista The Atlantic.

“Desde hace semanas, la tecnología se ha apoderado de todas mis horas de vigilia. Todo está en línea. Los videos engañosos a favor del Kremlin están por todo Telegram. TikTok ofrece clips de jóvenes en Ucrania que explican lo que está pasando y videos de la llegada de equipos militares. Los debates en Twitter son interminables. Un canal de Zello [una app que funciona como un walkie talkie] siempre está parloteando de fondo, como una especie de radio ciudadana. Las noticias que llegan a través de esta tecnología han sido abrumadoras”, escribe la periodista, a propósito de la torrencial información de la guerra y por qué esa pantalla fija funciona como elemento distractor sin dejar de estar conectada a su casa.

Cuando Lytvynenko compartió el texto en su cuenta de Twitter, recibió respuestas de usuarios que recurren a esta cámara como vía de escape a la caja de resonancia febril en la que se convierten las redes sociales en tiempos de doomscrolling (o el scroll del fin del mundo, esto es, cuando consumimos compulsivamente noticias sobre catástrofes o conflictos bélicos sin poder parar, lo que genera aún más ansiedad). “Yo tampoco puedo dejar de mirarla. Todos los días durante la última semana y media he estado mirando a través de esa ventana a la plaza de Independencia. Ver el tráfico con normalidad calmaba la ansiedad que sentía por Ucrania”, respondía una tuitera

Desde la Primavera árabe en 2011 al 15-M o el movimiento Black Lives Matter, el consumo de emisiones en directo en línea ha explotado en las redes en la última década como estrategia para generar empatía y que los espectadores en la distancia se sientan conectados y tomen conciencia de los conflictos. Lo defiende en su ensayo Livestreaming desde primera línea del frente y testigos en la distancia el académico Sam Gregory, experto en el poder de la imagen y en el uso de tecnologías participativas en temas relacionados con derechos humanos. Gregory cree que aunque esas imágenes pueden caer en la “distancia mirona impropia” entre los espectadores y los streamers, si las webcams y las retransmisiones en vivo en la esfera digital han servido para algo ha sido “para facilitar la conexión y la solidaridad”.

Así pasó con la retransmisión en directo de los disturbios de Barcelona de 2019 desde el canal local, BTV, que decidió apostar por una pantalla a partida a tres durante casi una semana entera para narrar, con escasas aportaciones, en tono neutral y valiéndose del poder de la imagen en directo, lo que sucedía en los altercados en la ciudad. Esa cobertura alejada de la adrenalina impostada de otros canales le valió al equipo de informativos un premio Ciutat de Barcelona en 2021 por “la proximidad, honestidad y transparencia” en el retrato de los choques tras la sentencia del procès.

La paradoja del asunto asoma cuando esas mismas webcams que muestran el conflicto ahora mutan hacia espacios que sirven para respirar de la toxicidad, ruido y ansiedad que produce el consumo informativo en las redes sociales. En la era de la nueva televisión ambiental, cuando aquellos canales que solo emitían chimeneas ardiendo durante 24 horas a principios de los 2000 se han transformado en webcams conectadas a cualquier rincón del planeta —desde charcos en la jungla de Tanzania a fenómenos como Windowswap, que ofrece la oportunidad de abrir ventanas en distintas ciudades y lugares del globo—, tenía que llegar el consumo de la guerra en plano fijo. Cámaras en directo que funcionan como distractores bélicos. Ventanas que nos permiten estar conectados a la actualidad, pero sin el superávit de opiniones y la asfixia del consumo compulsivo de noticias. En 2022, cuando la actualidad se pone todavía más cuesta arriba y las redes nos embarullan con gritos por las interpretaciones polarizadas del conflicto, esa webcam desde la plaza de la Independencia en Ucrania, también es, por el momento, una forma de evadirse del terror de una guerra que todo el mundo quiere interpretar en vivo y en directo.

Fuente: El Pais