La modernidad creyó haber encontrado una ecuación estable: más conocimiento significaba más poder, y más poder prometía mayor libertad. Durante siglos, esa alianza entre saber técnico y emancipación humana sostuvo la legitimidad del progreso. La técnica no era solo un instrumento, era un medio orientado hacia fines compartidos, al menos en el plano de las declaraciones. Pero hoy esa ecuación comienza a resquebrajarse. No porque la tecnología haya dejado de avanzar, sino porque el vínculo entre poder y sentido se debilitó. Podemos hacer cada vez más cosas, pero resulta menos evidente para qué las hacemos. La inteligencia artificial se inscribe precisamente en esa fisura.
Con frecuencia la IA se presenta como el punto culminante del desarrollo técnico: sistemas capaces de aprender, optimizar y anticipar con una eficacia sin precedentes. Sin embargo, lo decisivo no es su sofisticación, sino el tipo de racionalidad que consolida. Cuando la eficacia se convierte en criterio suficiente, la pregunta por los fines se vuelve secundaria, incómoda o directamente irrelevante.
Es en este marco donde adquiere especial relieve el diagnóstico de José María Lasalle en Civilización artificial (2024). Su tesis no se limita a advertir sobre riesgos tecnológicos o regulatorios. Lo que identifica es un desplazamiento más profundo: la consolidación de un nihilismo funcional, en el que los valores dejan de orientar la acción colectiva frente al imperativo de la eficiencia.
El nihilismo como normalidad
Según Lasalle el nihilismo actual no adopta la forma dramática de la negación de todos los valores. Se instala de manera más discreta: los fines no desaparecen, pero dejan de orientar la acción colectiva. Lo decisivo pasa a ser el rendimiento y la maximización de resultados.
La inteligencia artificial encarna de manera paradigmática esta lógica. Aprende, clasifica y predice con una eficacia creciente. Funciona. Y ese funcionamiento tiende a convertirse en su principal fuente de legitimidad. El problema no reside en sus errores —que pueden ser corregidos—, sino en su éxito sin dirección explícita.
La amenaza no es una rebelión de las máquinas, sino una adaptación progresiva de la sociedad a criterios maquínicos. Allí donde todo es cuantificable, lo que no se deja medir pierde relevancia pública. El riesgo no es el caos, sino un orden perfectamente administrado en el que la pregunta por el sentido ha sido desplazada.
El dilema fáustico
Lasalle describe esta situación como un dilema fáustico. Por primera vez, la humanidad se descubre capaz de producir entidades que imitan procesos cognitivos tradicionalmente asociados a lo humano. La cuestión no es solo técnica, sino antropológica. ¿Qué significa ser humano cuando fabricamos sistemas que aprenden y deciden?
La modernidad había fundado la dignidad humana en la capacidad de pensar por uno mismo y de responder moralmente por las propias acciones. Kant convirtió la autonomía en el núcleo de esa dignidad. Sin embargo, cuando externalizamos decisiones en sistemas, que operan con mayor velocidad y precisión, la tentación es confiar en el cálculo porque reduce la incertidumbre.
El desplazamiento no se produce mediante imposición, sino por comodidad. Si la máquina anticipa mejor, dejamos que anticipe; si optimiza mejor, dejamos que optimice. La delegación técnica puede volverse, casi sin advertirlo, renuncia a la orientación.
Geopolítica del nihilismo
Este proceso no es neutral. La carrera global por la inteligencia artificial enfrenta modelos de poder que, pese a sus diferencias ideológicas, comparten un trasfondo semejante. Por un lado, el modelo de mercado impulsado por grandes plataformas tecnológicas que conciben la IA como instrumento para maximizar beneficios y anticipar comportamientos. Por otro, el modelo autoritario que utiliza la IA como herramienta de vigilancia y gestión social.
Ambos reducen la política a administración eficiente. La legitimidad se apoya en la capacidad predictiva y en la gestión del riesgo. La diferencia radica en quién controla la infraestructura, no en el tipo de racionalidad que la orienta.
En este contexto, la concentración de datos y de poder tecnológico genera nuevas asimetrías globales. La soberanía ya no depende solo del territorio, sino de la capacidad de procesar información y entrenar sistemas a gran escala. Las democracias enfrentan así un desafío que no es únicamente regulatorio, sino estructural.
La respuesta humanista
Lasalle no propone una retirada nostálgica ni una moratoria tecnológica. Tampoco sugiere competir con la máquina en el terreno de la velocidad o del cálculo. Su apuesta es más exigente: recuperar la pregunta por el sentido como criterio rector de la acción política y cultural.
Aquí adquiere relevancia la noción de sabiduría. No se trata de acumulación de información ni de eficiencia operativa, sino de capacidad de discernimiento. La sabiduría implica reconocer límites, ponderar consecuencias, asumir responsabilidad. No optimiza funciones, orienta decisiones.
La inteligencia artificial puede y debe ocupar el lugar de la técnica: gestionar complejidad, asistir procesos, ampliar capacidades. Pero la dirección de la civilización no puede delegarse en sistemas que carecen de experiencia moral, memoria biográfica y conciencia del límite. Gobernar la inteligencia artificial no significa dominarla técnicamente, sino subordinarla a fines explícitamente humanos.
Una decisión en curso
La civilización artificial no es un destino cerrado, ya que es un proceso en marcha. La cuestión es si aceptaremos que la lógica de la eficiencia se convierta en el criterio último de organización social o si seremos capaces de sostener espacios donde la pregunta por el sentido siga teniendo primacía.
No se trata de demonizar la técnica ni de idealizar un pasado pretecnológico. Se trata de algo más elemental: decidir qué lugar ocupa en nuestra vida colectiva y qué no estamos dispuestos a delegar. Una sociedad puede ser altamente sofisticada y, al mismo tiempo, profundamente desorientada.
Fuente: Dialogo Politico
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