viernes, 24 de julio de 2026

Habladores sin responsabilidad (fragmento)


Pequeño fragmento del libro Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb, sobre la ética de intelectuales y opinadores y sus consecuencias.

Hoy en día, alguien puede expresar una opinión que perjudica a otros (que dependen de ella) y, aun así, no rendir cuenta alguna. ¿Es eso justo?

Pero, claro, vivimos en la era de la información. Puede que este efecto de transferencia de fragilidad haya estado presente durante toda la historia, pero ahora se ha vuelto mucho más agudo gracias a la moderna conectividad y esta novedosa invisibilidad de las cadenas causales. El intelectual es hoy inmensamente más poderoso y peligroso que antes. El «mundo del conocimiento» provoca una separación entre el saber y el hacer (dentro de la misma persona, incluso) y contribuye a la fragilidad de la sociedad. ¿Cómo?

En los viejos tiempos, los privilegios comportaban obligaciones (salvo para la reducidísima clase de intelectuales que estaban al servicio de un mecenas o, en algunos casos, del Estado). ¿Que alguien quería ser un señor feudal? Debía estar preparado para ser el primero en morir. ¿Que quería ir a la guerra? Él sería el primero en la línea de combate. No olvidemos que ese principio está incorporado en la propia Constitución de los Estados Unidos: el presidente es el comandante en jefe. César, Alejandro y Aníbal estaban en el campo de batalla (el último de ellos, según Livio, era siempre el primero en entrar en combate y el último en abandonarlo). También George Washington entró en batalla, a diferencia de Ronald Reagan y de George W. Bush, que se dedicaban a jugar a videojuegos mientras ponían en peligro las vidas de otras personas. Hasta Napoleón se exponía personalmente a riesgos: sus apariciones durante las batallas equivalían a añadir de pronto unos 25.000 nuevos soldados a sus tropas. Churchill también hizo gala de una impresionante dosis de valentía física. Eran individuos que estaban en primera línea y que creían en ello. El estatus conllevaba asumir riesgos físicos.

Fijémonos en que, en las sociedades tradicionales, incluso quienes fracasan habiendo asumido riesgos ocupan un estatus superior al de quienes no se han expuesto al peligro.

Volvamos ahora sobre la idiotez de los sistemas predictivos, que tanto me enerva. Puede que tengamos mayor justicia social que antes de la Ilustración, pero también padecemos muchas más transferencias de opcionalidad: más que nunca (lo que supone un retroceso patente). Me explico. Toda esta parafernalia sobre el conocimiento (economía del conocimiento, sociedad del conocimiento, etc. ) se traduce necesariamente en un desplazamiento hacia la palabra en detrimento de la acción. Cuándo se trata de predicciones, las palabras de los académicos, los consultores y los periodistas pueden ser solamente eso, palabras, sin encarnación física alguna y despojadas de toda prueba de verdad. Como siempre sucede con las palabras, no siempre vencen las más correctas, sino las más cautivadoras (o aquellas que sirven para producir el material con una apariencia más académica).

Mencionamos ya anteriormente que nada de lo que escribía y decía el filósofo político Raymond Aron parecía particularmente interesante a sus contemporáneos, a pesar de sus habilidades predictivas, mientras que quienes andaban más que equivocados a propósito del estalinismo sobrevivían magníficamente bien. Aron era todo lo anodino y gris que se puede ser: pese a sus clarividentes ideas, tanto su aspecto como su escritura y su modo de vida eran propios de un asesor fiscal, mientras que muchos de sus enemigos, como Jean-Paul Sartre (por poner un caso), llevaban un estilo de vida mucho más llamativo, pero se equivocaban en casi todo e incluso se comportaron con suma cobardía ante los ocupantes alemanes, sin plantear ningún tipo de resistencia. Aun así, Sartre, el cobarde, era quien lució radiante, impresionante; y, por desgracia, fueron sus libros los que sobrevivieron (y, por favor, dejen de llamarlo Voltaire: no fue ningún Voltaire).

Fuente: Antifrágil

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