Es miércoles 5 de marzo de 2025, son las dos de la tarde y Dulce (nombre ficticio) se encuentra haciendo fila para ingresar a la cárcel de San Pedro. Tiene miedo, pero algo en su interior le dice que se arriesgue. Las manos le tiemblan, pero ella las controla; observa que la miran ojos que la juzgan, pero no le importa; está decidida. La fila es larga y la espera toma tiempo. Una señora de unos 40 años delante de ella le pregunta: ¿Cuál fue su delito? Ella responde: “defensa propia”. La mujer asiente y voltea; la fila avanza, llega su turno y pasa por la revisión rutinaria, entrega su documento de identidad e ingresa. Mira con asombro el lugar sombrío, la ciudad dentro de la ciudad, donde residen presos que han cometido diversos delitos, unos de bagatela (ilícito menor) y otros con años que no bastan para cumplir condena.
No sabe cómo moverse en esa pequeña ciudad; solo sabe que quiere ver al hombre que conoció por Facebook y la enamoró.
Es el relato que recuerda Dulce mientras se encuentra sentada en una banca de la plaza San Pedro, mirando el recinto penitenciario que visitaba a diario por casi tres meses y se cuestiona: ¿Qué estaba haciendo?
Es jueves, 20 de febrero de 2025, son aproximadamente las siete de la noche y Dulce se encuentra en su habitación, sentada en una esquina de su cama. El clásico sonido de notificación de mensajes se hace escuchar, y toma su teléfono móvil entre sus manos, ingresa a la red social de Facebook, un chat atrae su interés y responde:
—Hola
—Hola. ¿Quién escribe?
Así comenzó lo que más adelante Dulce denominará una etapa que nunca hubiera querido vivir, con un hola que despertó su interés. “Fue la curiosidad de mujer lo que me llevó a responderle, el estar sola y tener esa posibilidad de conocer a alguien”, recuerda. El chat seguía en línea:
—No te acuerdas de mí.
—No.
—Hemos estudiado juntos.
—¿Comunicación social?
—Sí, te veía introvertida, enfocada en los estudios. ¿No te acuerdas de mí?
En los últimos años, Facebook ha sido una de las redes sociales más utilizadas en el país, contando con 7.60 millones de usuarios activos que representan un 60.8 % de la población total boliviana, de los cuales 47.7 % de la audiencia son mujeres y 52.3 % varones, según datos del informe de Data Reportal hasta enero de 2025.
Por ende, “es una potencial ventana para innumerables riesgos: contacto con desconocidos, grooming, ciberbullying, sextorsión, hostigamiento y muchos más, traducidos en violencia digital, porque se gestan en estos ciberespacios y generan daño y sufrimiento”, explicó la fundadora del colectivo Ciberwarmis, Mujeres ayudando a mujeres, Yesica Velarde.
Dulce con la curiosidad de conocer a ese hombre misterioso que decía conocerla, y ella no recordaba, pero que le escribía con tanta familiaridad en tono ameno, incluso “tierno” para ella; recordándole el semblante de algunos amigos en común de la etapa universitaria.
Mantenían un chat constante; él incluso le pidió ser su novio y ella aceptó. Así pasaron semanas, hasta que un 4 de marzo de 2025, cuando las fiestas de carnavales se hacían sentir, y Dulce se encontraba junto a su grupo de la iglesia acampando en la Isla Tortuga, a unas dos horas de viaje de la ciudad de El Alto. Mientras apreciaba un cálido y tranquilo paisaje, su celular, que se encontraba dentro del bolsillo de su pantalón, vibró. Ella instintivamente revisó el chat:
—Estoy en detención preventiva.
—¿Qué ha pasado?
Él le contó que mientras amenizaba una boda como DJ, una muchacha se le acercó para pedirle su tarjeta; su pareja vio esa acción y, celoso, empezó a agredirlo verbal y físicamente. Se produjo una pelea golpe a golpe, lo arrestaron y llevaron a la cárcel de San Pedro en detención preventiva por el delito de defensa propia; tiempo después, Dulce descubriría que este relato era falso.
—¿Puedes venir a la cárcel a visitarme?
—Claro, voy a ir a verte, mi amor.
La abogada de Internet Bolivia y SOS Digital, Adriana Pérez Tudela, desde su experiencia en la asesoría tecnológica, psicológica y jurídica para víctimas de violencia digital, afirma que es nuevo ver casos de enamoramiento por redes sociales realizado por reos, y considera que los fines serían la extorsión, consiguiendo material de índole sexual o captación para la trata de personas, siendo que muchas redes operan desde la cárcel como enlaces. “Serían como los autores intelectuales, por así decir, pero siempre van a tener un grupo afuera que les ayude a concretar el delito”, detalló.
Añade un punto importante, el crecimiento de la violencia digital: “Desde la pandemia del Covid-19 hubo un boom tecnológico; ahora el celular es indispensable, entonces, la misma violencia que ocurre en el contexto físico se amplifica o se diversifica a través del mundo virtual”, explicó.
El “novio” de Dulce le pidió su número de WhatsApp; para explicarle como ingresar a la cárcel. Un taxi (privado de libertad que funge como transporte) ya la esperaba; la llevó al sector Posta, donde ella preguntó por Sergio Mamani y lo conoció. “Yo me arriesgué mucho, la verdad, con ese peligro, con mucho miedo, pero a la vez sentía un cariño especial hacia él; además, ya éramos novios, tenía que ir a apoyarlo”, cuenta Dulce.
—¿Tú eres Sergio?
—Hola, mucho gusto.
—No me acuerdo de ti, nunca te he visto en mi vida.
—Nos podemos conocer.
Ese miércoles, 5 de marzo, Dulce confirmó dos inquietudes: la primera, nunca antes había visto al hombre que estaba frente a ella; la segunda, había encontrado al amor de su vida. Retornó a su casa, pensando en la ilusión de formar una familia con él.
“Vivimos en una época donde muchas de nuestras interacciones se trasladan al espacio digital y por lo tanto no es extraño que una persona conozca gente en internet y se enamore, eso es algo que debe desmitificarse”, dice la psicóloga de la Fundación Internet Bolivia y SOS Digital, Narayani Rivera, al referirse a que habitamos nuestra sexualidad dentro y fuera de la virtualidad, y al llegar el boom tecnológico y las redes sociales, nos extendemos hacia ellas, haciendo que nuestra sexualidad desde nuestras relaciones sociales, emociones, sentires y demás, estén al alcance de miles y millones de usuarios: cercanos, lejanos, buenos, malos, haters, los que funan y donde existe un lado oscuro que daña.
En ese sentido, Narayani afirma que no se debe juzgar a la víctima antes que, al agresor, y de hecho nunca se la debe juzgar, pero algunas veces la racionalidad humana no es racional y el común de la sociedad se expresa: “¿Cómo se dejó engañar?”, “¿Qué tonta, ¿cómo no se dio cuenta?”.
“Nunca va a ser culpa de las víctimas”, insiste la psicóloga, y complementa: “Porque encontramos que hay muchos factores que pueden llevar a una persona a caer en ese tipo de situaciones; hablamos de personas socialmente aisladas, que tal vez tienen pocos amigos, que de pronto no tienen la mejor relación con su familia, con baja autoestima, que están sufriendo bullying; son las con mayor vulnerabilidad”.
A lo que añade que los agresores detectan a estas personas vulnerables, que puedan generar mayor dependencia y les muestran una idea donde ellos son lo más importante, lo más especial y lo más deseado.
Dulce tiene 32 años. Es una mujer delgada de mediana estatura, de cabello largo y negro como el carbón, que luce a menudo cuando no está realizando sus prácticas hospitalarias. Nació en la ciudad de La Paz, siendo la cuarta de seis hermanos, de familia humilde; fue un reto salir adelante. Estudio comunicación social, pero en su madurez la pasión por la salud la llevó a estudiar enfermería, con el principal deseo de cuidar a su madre adulta mayor y velar por los enfermos, haciendo prevalecer también su formación cristiana, aplicando uno de los versículos del libro sagrado, “el servicio a los convalecientes es el servicio a Jesús”.
Tuvo una infancia de la que poco le gusta hablar, marcada por la violencia, el bullying y el menosprecio de aquellos que la debían educar; sobrellevó el fallecimiento de su padre a sus 18 años. Así Dulce evaluó su situación emocional y reconoció que le falta cariño hacia ella misma, que vive con inseguridad, lo que la llevó a buscar aprobación en otras personas.
Dulce había vuelto rutinarias sus visitas a la cárcel, todos los miércoles y viernes llevando comida, golosinas, frutas y todo aquello que pensaba le gustaría a su amado. Él le dijo que la detención preventiva duraría tres meses, y mientras el tiempo transcurría sin prisa, ellos compartían, reían, se tomaban fotografías, ella le escribía cartas y él le prometía una vida feliz.
—Mi amor, nos vamos a casar y nos iremos a vivir juntos.
—Sí, mi amor, te vas a cuidar.
En las visitas, él no perdía tiempo para pedirle intimidad; a lo que ella se negaba y la parrillada continuaba, porque sí, hacía fiestas, parrilladas donde se presumía los privilegios de los que gozaba estando encarcelado: celulares último modelo, laptops, televisión de pantalla plana, cocina eléctrica, en una pieza de dos por dos metros bien equipada, dejando en claro que tenía una posición de estatus dentro del penal.
¿Los privados de libertad pueden tener acceso a dispositivos móviles? La Ley del Sistema de Seguridad Ciudadana prohíbe el uso de celulares dentro de los penales; sin embargo, otro es el cantar para la abogada y especialista en temas carcelarios, Luisa Chipana, quien afirma que, en Bolivia, “está prohibido, pero entre comillas, porque la gran mayoría de los reclusos tienen acceso a celulares y a internet; pueden crear perfiles en Facebook, Twitter, TikTok y demás. Entonces todo el tiempo están maquinando cómo conseguir algunos beneficios y seguir delinquiendo”.
La especialista afirmó que se debe incrementar la seguridad intracarcelaria para evitar el ingreso de dispositivos móviles y propone el uso de mecanismos como el paragua inhibidor de señal que bloquea el acceso a internet, pero considera que no será posible: “No olvidemos que existen grupos de poder que influyen para que no se implementen estos mecanismos”, advierte.
El exdirector de Régimen Penitenciario, Ramiro Llanos, confirma esa advertencia: “Comprar paraguas inhibidores es económico, pero para implementar se requiere valor, coraje, enfrentar a las empresas telefónicas, a los internos organizados y a los policías que reciben recursos para no dejar hacer este tipo de acciones”.
Pero hubo un intento, los inhibidores de señal fueron implementados en el penal más grande de Bolivia, Palmasola, construido en unas vastas 22 hectáreas de la capital cruceña. Según el director general de Régimen Penitenciario, Juan Carlos Limpias, cinco de estos aparatos se situaron en puntos específicos, pero los reclusos pudieron evadirlos y continuaron delinquiendo en la virtualidad, informó a los medios de comunicación a mediados de 2025.
Para el Director Nacional de Seguridad Penitenciaria, Rodolfo Machicado, en los últimos años la cantidad de funcionarios penitenciarios no ha tenido el mismo incremento en proporción al crecimiento de la población penitenciaria. Por lo tanto, el control para evitar el ingreso de celulares no es minucioso y reconoce que los reclusos utilizan las redes sociales para delinquir, y se contradice afirmando que son casos aislados; “por decir, en una gestión se dan 5 a 10 casos, que, haciendo una comparación con los 33 mil privados de libertad, no representa ni el 0,9%” y añade, “realizamos controles permanentes con requisas selectivas y se trabaja con información de los mismos reclusos para realizar operativos concretos”.
La directora de Fundación Construir, Susana Saavedra, afirma que para que exista un cambio, debe existir una reforma completa del sistema penitenciario, “porque todo parte de la saturación en las cárceles, con 33 mil privados de libertad que representan un 200% de exceso en la capacidad carcelaria, con poco personal policial, presupuesto limitado, sin programas efectivos de reinserción, ni de seguridad o de acceso a derechos básicos”.
Es miércoles, 21 de mayo, Dulce apresurada se dirige al instituto donde estudia enfermería, pensando en las dos semanas que le faltan a su novio para salir del recinto penitenciario. En ese mismo instante, le aturde un presentimiento, una duda y la búsqueda de certeza de saber quién realmente es “el amor de su vida”.
Una vez más está de visita y aprovecha para acercarse a un policía y preguntarle sobre el delito de su pareja. Quedo petrificada, decepcionada, y lloró toda la noche, rompiendo ilusiones que había construido.
Defensa propia, no, estaba en la cárcel por el delito de violación a una menor.
Dulce decidió visitar a su novio por última vez, el jueves 22 de mayo, y exigió la verdad; él lo confirmó y no solo eso, también le dijo que tenía una hija de 11 años y que nunca había estudiado la carrera de comunicación, que solo revisó su perfil de Facebook. "Yo he averiguado todo de vos", le dijo.
Tiempo después, Dulce analizó lo sucedido: “Jamás pensé que algo así me pasaría, creí que era un amor real; hoy pienso que su intención era captarme como su pareja y después haber tenido relaciones; solo Dios me cuidó de no caer”.
Para Luisa, ingresar a una cárcel conlleva ser un blanco fácil para caer en un sinfín de delitos y enfermedades venéreas. “Entrar a una cárcel donde la gente está tan deshumanizada es entrar en un mundo de terror”, enfatiza.
Las redes sociales son una herramienta que dependiendo de quién y cómo la utilice pueden hacer el bien o pueden dañar, en el caso de Dulce fue un arma mortal que disparo directo a su corazón, a sus emociones y si talvez el deseo de aquel cruel hombre encarcelado no se cumplió otras mujeres no corrieron con la misma suerte. Existen otros casos; por mencionar uno, a mediados de 2023, una joven fue contactada a través de Facebook, por un recluso que la invitó a su primera cita en la cárcel de San Sebastián Varones en Cochabamba. Ella ingresó a la celda número 121 y el recluso Roger Calderón la violó. El hecho quedo en una denuncia sin curso.
Las denuncias de violencia digital enfrentan vacíos legales según la abogada Adriana Pérez: “No se cuentan con tipos penales específicos y para que tome curso se adapta el tipo penal” añade, “la falta de normativa, el precario acceso a la justicia, la falta de personal policial capacitado y recursos para afrontar el delito, siendo que las denuncias verbales no tienen validez y deben ser presentadas de forma escrita, lo que para la víctima demanda un costo mínimo de tres mil bolivianos por un abogado; a esto se suma la burocracia de las pericias informáticas a los dispositivos móviles que demoran al menos seis meses, lo que deriva en el desgaste de la víctima”, son falencias que dejan en el limbo los casos de violencia digital.
En ese contexto, para Adriana y los equipos de Fundación Internet Bolivia y SOS Digital ha sido un reto atender 350 casos de violencia digital en 2025.
Para la abogada el cambio partiría por “el fortalecimiento de recursos económicos y humanos a los SLIMs y defensorías municipales, porque son los primeros lugares donde las víctimas acuden a denunciar y, si no reciben una buena orientación, ya es difícil que continúen en el proceso de denuncia”, afirmó.
Víctor Frankl, en su libro, El hombre en busca del sentido, escribe que un hombre incluso en condiciones trágicas puede decidir quién quiere ser espiritual y mentalmente. Dulce es un ejemplo de ello. Desde aquella banca, mientras mira esos muros altos de apariencia antigua y notorio deterioro, ella, la Dulce comunicadora y enfermera, cortó su cabello como símbolo de sanación, de recuperación de aquello que la marco mental y emocionalmente, y sabe que lo que le sucedió le podría pasar a otras mujeres y quiere prevenir: “A las señoritas les recomiendo tener mucho cuidado con lo que publican en las redes sociales y no dejarse llevar por palabras bonitas, corroborar quién escribe, y lo principal, amarse a sí mismas”.
Él insistió:
—Te amo, vas a ser la mujer más feliz del mundo.
—Yo quiero volver contigo.
—Me he equivocado, pero no vuelvo a mentir.
Fuente: Opinion
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