lunes, 19 de enero de 2026

Ojo con lo que prohíbes


El Ministerio de Educación ha estrenado gestión prohibiendo a estudiantes y maestros utilizar celulares en las aulas escolares. Al parecer (sobre todo en las redes sociales más venerables), quienes más aplauden la medida son padres de familia.

Como parte de una investigación sobre la lectura en el sistema educativo realizada por la Carrera de Literatura de la UMSA, he visitado, junto a estudiantes de la Carrera, Unidades Educativas, sobre todo fiscales, de La Paz, El Alto, Viacha y Puerto Pérez. Uno de los aspectos que hemos observado es que el uso del celular en las aulas está sujeto a mínimas y diversas regulaciones. Hay docentes que restringen su uso y otros que lo permiten. En general, los estudiantes, al menos los de secundaria, recurren al celular libremente en horas de clase.

La mayor parte del uso se concentra obviamente en vagabundear e interactuar en las redes digitales, pero también el celular sirve para buscar información para algún trabajo de clase o para recibir y gestionar comunicaciones y materiales de enseñanza. Es decir que el uso del celular responde también a decisiones y necesidades de los maestros. Por ejemplo, se reparten lecturas, muchas veces en formato PDF.

Por eso, prohibir “terminantemente” (así dice el artículo 45 de la resolución 001) el uso de celulares en clases puede tener probablemente varias consecuencias positivas, pero una gran desventaja: limitar aún más el acceso a la lectura de los estudiantes del sistema educativo. No deberíamos ignorarla en nuestro contexto por algunas razones.

Los estudiantes interesados en la lectura son más de lo que estamos acostumbrados a imaginar. En cada curso visitado hemos encontrado siempre algunos, o varios, adolescentes que declaran su interés por la lectura enfáticamente, como una marca que los identifica. Algunos muy entusiastas y dedicados. Sus intereses son diversos y abarcan una gran variedad de géneros y subgéneros que, sobre todo en el formato novela, incluyen desde las sagas hasta los romances erótico-góticos. Aunque también leen ensayos, mangas, poesía. Cuando les hemos preguntado si prefieren leer en formato físico o en digital, la respuesta más frecuente ha sido que les gustaría tener muchos más libros impresos, pero que es imposible por su precio.

Además, hay espacios virtuales que sirven a los adolescentes no solo para encontrar versiones en PDF de libros impresos, sino para participar en redes en las que se interactúa leyendo y produciendo textos, sobre todo relatos, como Wattpad, aunque también esta interacción en torno a la lectura se da en las redes de uso más genérico: Twitter, Tik Tok, Youtube, Facebook. En Internet los lectores encuentran además muchos recursos que, en códigos distintos al escrito, trasmiten historias y comentarios críticos sobre los libros. Una rama más audaz, el fanfiction, es un vibrante generador de parodias hechas por fanáticos, muchas de ellas con una alta dosis de trabajo de producción y creación.

Por otro lado, en las escuelas hay muy pocos libros. En un colegio de la ciudad de La Paz con más de mil estudiantes constatamos que no había un solo espacio dedicado a la exposición y préstamo de libros. Sin embargo, en la oficina de la Dirección vimos pulcros estantes protegidos con vidrios dentro de los cuales se acumulan decenas de libros, muchos nuevos y sin uso, donados en cantidades de 20 o 30 ejemplares que, por algún asunto administrativo, no pueden ser prestados. El panorama general es que el colegio no pone libros al alcance de los niños.

Por otro lado, las lecturas de clase, las que forman parte del plan lector elaborado por cada docente, se definen a partir de varios criterios, pero en muchos casos no se puede dejar de lado el precio. Varios docentes nos contaron que no es posible pedir libros que pasen de los 20 bolivianos. Si bien es frecuente recurrir a ediciones piratas o a ediciones abreviadas de textos considerados clásicos, muchas lecturas se reciben directamente en archivos PDF sin licencia, de esos que llenan nuestras carpetas digitales.

Desde la reactivación educativa pospandemia, el Ministerio de Educación implementó la elaboración y distribución impresa, masiva y gratuita de los “Textos de aprendizaje”, materiales didácticos que sirven de libro de texto para los estudiantes y profesores. Si bien es posible hacer varios cuestionamientos sobre el contenido de estos textos, lo cierto es que cumplen la función de dar acceso a los materiales didácticos en el formato más deseable hoy en día para procesos de formación en lectura y escritura: impreso.

Sin embargo, debido a los cambios que se van a introducir en el diseño curricular, la resolución 001/2026 del Ministerio establece también que este año los estudiantes de secundaria no recibirán los “Textos de aprendizaje”. Es decir que, sobre todo los adolescentes, tendrán este año dos obstáculos adicionales en sus posibilidades de acceso a la lectura: ya no recibirán libros impresos ni podrán leer en sus celulares.

Tal vez suprimir el pomposo adverbio “terminantemente” podría ser suficiente. Aunque también sería razonable imaginar algo más que la fácil prohibición. Preguntarnos respecto a cómo nos relacionamos con un dispositivo que forma parte de nuestras principales prácticas cotidianas. Indagar cuáles son los usos que los estudiantes dan a los dispositivos y cómo se pueden rescatar e incorporar a la enseñanza de habilidades de lectura y escritura.

Las restricciones deberían tener una relación funcional -antes que moral o disciplinaria- con las fases o métodos de la clase. Si se busca que los estudiantes escriban opiniones, que imaginen o reflexionen de forma independiente y auténtica, hoy en día lo más sensato es alejarlos de los dispositivos. Pero si buscamos generar actividades colaborativas, por ejemplo, o lúdicas, el acceso a la tecnología puede ser muy útil.

Hay sistemas educativos en el mundo que están tomando medidas que, en muchos casos, apuntan a la prohibición radical. El fin es “desintoxicar” a los niños de la sobreexposición tecnológica y preservar la autonomía de su pensamiento. Dos fines deseables. Pero en nuestro contexto no podemos ignorar que un efecto de esa medida puede ser afectar el ya limitado acceso a la lectura. Y esa es parte fundamental del problema. Mientras menos lectores genere el sistema educativo, el uso de la tecnología, que nadie prohibirá fuera del colegio, será más dócil y menos crítico.

Imagen: DPL

Fuente: Ramona Cultural

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