La captura de Nicolás Maduro durante la madrugada del 3 de enero de 2026 no fue el resultado de una incursión audaz aislada, sino la consecuencia directa de una operación multidominio cuidadosamente estructurada, en la que el dominio aéreo volvió a operar como condición previa e innegociable para cualquier acción terrestre de estas características, incluso frente a un adversario que, para estándares regionales, había desarrollado una arquitectura defensiva considerable.
La Operación Absolute Resolve, confirmada públicamente por el presidente Donald J. Trump, combinó superioridad aérea, ISR persistente, guerra electrónica, ciberespacio y una inserción quirúrgica de fuerzas especiales en el núcleo político-militar de Caracas. El objetivo fue la capturar con vida a Maduro y a su esposa Cilia Flores, ambos requeridos por la justicia estadounidense desde 2020 por cargos vinculados al narcotráfico y al denominado Cartel de los Soles. O al menos esa es la “verdad oficial”.
Mapear la burbuja defensiva antes de romperla
Meses antes del asalto, la campaña invisible ya estaba en marcha. Plataformas ISR estratégicas y tácticas —incluyendo RQ-170 Sentinel, activos espaciales y sensores aerotransportados— permitieron reconstruir con precisión el orden de batalla antiaéreo venezolano, identificar ciclos de operación de radares, ventanas de mantenimiento, redundancias C2 y patrones de reacción.
En paralelo, agentes de inteligencia infiltrados en Caracas desde hace meses, contribuyeron a validar la disposición real de las defensas alrededor de Caracas, diferenciando capacidades nominales de capacidades efectivamente operativas. Este cruce de datos fue clave para definir qué sistemas debían ser destruidos, cuáles degradados electrónicamente y cuáles simplemente aislados del sistema de mando.
El resultado fue el Pentágono supo en todo momento cual era el estado real del sistema de defensa aérea venezolano, actualizado casi en tiempo real, durante la noche de la operación.
La arquitectura defensiva venezolana… potente en el papel
Para enero de 2026, Caracas estaba protegida por una defensa aérea multicapa que incluía:
- S-300VM Antey-2500, como vector de negación de área de largo alcance.
- Buk-M2E y S-125 Pechora-2M, cubriendo capas media y baja.
- Sistemas de guerra electrónica de origen chino, orientados a interferencia radar y enlaces de datos.
- Su-30MK2, asignados a la defensa aérea de área y punto.
- Drones de origen iraní ensamblados localmente, empleados para vigilancia y disuasión.
Este entramado configuraba una arquitectura A2/AD muy potente para el contexto latinoamericano. Sin embargo, su diseño y escala resultado claramente insuficiente para detener una campaña aeronaval y de inteligencia de Estados Unidos, caracterizada por un volumen de medios, niveles de integración y persistencia ISR que muy pocos actores estatales podrían hoy enfrentar de manera creíble.
SEAD/DEAD en minutos, no en horas
La fase aérea inicial se desarrolló durante las horas más oscuras del 2 al 3 de enero. En menos de 30 minutos, el Componente Aéreo Conjunto ejecutó una campaña SEAD/DEAD de alta densidad, lanzada para eliminar cualquier riesgo operativo para la inserción y extracción del paquete aéreo que desplegó a las unidades de fuerzas especiales cuya misión era la de captura a Maduro y su esposa.
Más de 150 aeronaves participaron en la operación, incluyendo:
- F-22 Raptor y F-35A/B Lightning II, en misiones de penetración stealth.
- EA-18G Growler, degradando sensores, radares y comunicaciones.
- F/A-18E/F Super Hornet y B-1B Lancer, empleando municiones de precisión.
- E-2D Hawkeye, E-3G Sentry y nodos BACN, gestionando el espacio aéreo.
- Drones ISR y armados, confirmando daños y redirigiendo fuegos en tiempo casi real.
Las baterías S-300VM, Buk y Pechora habrían intentado responder, pero aparentemente lo hicieron de forma fragmentada y sin coordinación efectiva, quedando rápidamente fuera de combate o desconectadas del sistema de mando. Ataques selectivos contra infraestructura de apoyo —incluyendo energía y comunicaciones— aceleraron el colapso funcional de la red defensiva.
La aviación venezolana neutralizada en tierra
Con la red SAM degradada, el siguiente paso fue impedir cualquier reacción desde el aire. Misiles de crucero lanzados desde plataformas navales neutralizaron pistas, hangares y nodos logísticos, dejando a los Su-30MK2 sin capacidad real de intervenir.
No se registraron combates aire-aire. La superioridad aérea estadounidense fue total, no por ausencia de medios venezolanos, sino porque estos fueron inutilizados antes de poder entrar en la ecuación.
Inserción bajo paraguas aéreo total
Solo tras garantizar que la defensa antiaérea estaba inoperante, se autorizó la fase visible de la misión. Helicópteros MH-47G y MH-60M del 160th SOAR ingresaron a muy baja cota desde el Caribe, protegidos por una burbuja aérea tridimensional de cazas, drones armados y plataformas ISR.
Durante la aproximación final y la extracción se registraron “enganches defensivos residuales”, incluido el impacto menor sobre un helicóptero, pero estos no alteraron el curso de la operación. La respuesta aérea inmediata y la supresión en tiempo real confirmaron que la defensa venezolana ya no operaba como sistema, sino como focos aislados.
Una lección: la defensa aérea mal integrada no disuade
El colapso sistémico de la defensa venezolana bajo la Operación Absolute Resolve confirma que la eficacia de una arquitectura A2/AD no reside en la suma de sus componentes, sino en la resiliencia de su integración. La madrugada del 3 de enero demostró que un orden de batalla robusto en los papeles es irrelevante si el adversario posee la capacidad de fragmentar el mando y control (C2) antes de la fase de contacto.
Fuente: Aviacion Line
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