viernes, 9 de julio de 2021

¿La era del trabajo líquido?


Nuestra sociedad está dominada por una enorme vorágine de frenéticos cambios. Y la pandemia solo ha acelerado un proceso que llevaba tiempo moldeándose en un mundo cada vez más digital: el empleo líquido. «Vivimos tiempos líquidos», decía el ensayista polaco Zygmunt Bauman para referirse a una modernidad construida sobre lazos frágiles y provisionales que hacen que predecir el futuro sea imposible.
 
De esta volátil realidad surge un nuevo paradigma laboral basado en lo que se conoce como plantillas líquidas. «Se trata de profesionales con una mentalidad y unas habilidades cambiantes y flexibles en función de lo que exige el entorno», explica Ana Guzmán, directora de inversiones de la agencia de valores Portocolom AV. La automatización y la pandemia están detrás de esta transformación, pero hay también algo que jamás había ocurrido: por primera vez en la historia, coinciden cinco generaciones distintas en el trabajo –los tradicionales, los hijos del baby boom, la generación X, la milenial y la generación Z–. Cada una tiene su propia relación con el espacio laboral y, a día de hoy, no existe una hoja de ruta clara que las incorpore a todas. Además, la crisis sanitaria ha borrado todos los caminos previsibles. «Nos encontramos un poco perdidos, entre algo que fue pero que decae (el trabajo tradicional industrial) y algo que emerge pero que no acabamos de comprender en todos sus matices e implicaciones. Es un trabajo con vidas laborales fragmentadas e intermediadas a alta velocidad por tecnologías digitales», reflexiona Albert Cañigueral, consultor y experto en futuro del trabajo.

Si bien todas las épocas tienen sus desafíos, esta se ilumina con la absoluta iridiscencia de un mundo nuevo. Conocemos que la digitalización destruirá y creará millones de trabajos, pero ignoramos aún si la cuenta dará un resultado en rojo o en azul. Según las estimaciones del Foro Económico Mundial, el cálculo es positivo: se crearán 58 millones de puestos más durante 2022. No obstante, es solo una estimación. Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que el impacto de la economía de los trabajadores freelance en la riqueza de Estados Unidos alcanzó el 5% el año pasado y que un 35% de su fuerza laboral ya trabaja por su cuenta. Así, nos adentramos en lo que algunos definen como «la edad de oro del trabajador». Esta generación fluida encaja en empresas que se adaptan con rapidez a los cambios del entorno. También en un país como Estados Unidos, que ha construido su sueño a base de emprendedores. El historiador Steve Gillon recuerda que, antes de 1860, el 80% de la masa laboral se sostenía en el autoempleo. Hoy, la cifra anda en un 35%. Por no hablar de que, en los últimos cinco años, el 60% empezó a trabajar de manera independiente. Los milenial y los jóvenes de la generación Z (de entre 15 y 25 años) están más dispuestos a trabajar de esta manera más flexible, lo que parece indicar que existe una especie de retorno (tecnológico) a las raíces y a la esencia de los padres fundadores.

Al otro lado del océano, las nuevas corrientes laborales llegan con intensidad a las costas españolas. Si nos fijamos en las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), hay unos 3,2 millones de trabajadores autónomos en nuestro país. Pero ese término –«autonomía»– no encarna a la perfección la esencia del cambio hacia el mundo líquido. «Antes de la pandemia, la sociedad ya estaba cambiando a un ritmo trepidante y ahora nadie sabe con certeza a dónde nos lleva la revolución tecnológica: son transformaciones que cortan transversalmente nuestras vidas», observa Roberto Cabezas, director de Career Services de la Universidad de Navarra. «Por ejemplo, las fronteras entre las titulaciones universitarias y los perfiles profesionales demandados por el mercado, que antes eran como la muralla china, ahora son cada vez más tenues y sutiles», sostiene el experto. Y augura que pronto no nos extrañará ver a un filósofo dirigiendo el departamento de marketing de una multinacional.

Ante esta tramontana, algunas compañías han decidido adaptarse a la nueva realidad del trabajo líquido. «Tiene muchos puntos fuertes», señala Imma Catalá, responsable de Estrategia y Desarrollo de Soluciones en el área de Talento y Cultura de BBVA. Primero, ofrece mayor confianza en los equipos, que ganan en autonomía para organizar su trabajo y sus compromisos según el tiempo y los recursos disponibles. También aporta más capacidad de adaptarse y de responder de forma rápida a un entorno cada vez más incierto y volátil. «Y, además, se prioriza y asigna el trabajo de manera muy disciplinada», concluye.

Más pronto que tarde estaremos a solas con la tecnología y sus desafíos éticos. La era digital nos trae la inteligencia artificial, el machine learning ha comenzado a automatizar los puestos y la realidad aumentada cambiará los conocimientos necesarios para tener éxito en una organización. Las empresas buscan tecnólogos, pero también personas con inteligencia emocional y talento. Los trabajadores líquidos pueden beneficiarse de esta situación y trabajar por proyectos de forma remota o negociar sus salarios en función de sus necesidades en cualquier lugar del mundo. No obstante, no se trata de mecánica divina, sino de economía básica. «La clave del progreso social a largo plazo es la productividad, que depende de la inversión en capital y en innovación y del avance tecnológico», arguye Gregorio Izquierdo, director general del Instituto de Estudios Económicos (IEE). Y añade: «Todas estas mejoras en la organización de las relaciones económicas derivadas de la implantación de las TIC aumentan el rendimiento, un requisito necesario y obligado para impulsar las condiciones laborales y la modernización económica».

La naturaleza del trabajo, el espacio de los empleados y sus conocimientos cambiarán durante los próximos años. Nadie lo duda. El trabajo híbrido (entre la oficina y casa), el fin del centro laboral como residencia de la interacción humana con los compañeros, la reinvención y el aprendizaje de por vida son ya una realidad. El futuro nos ha alcanzado. «Muchas de las empresas con las que habitualmente trabajamos no tardaron nada desde el inicio del confinamiento en habilitar soluciones de trabajo remoto; el reto ha sido la adaptación, mantener la productividad, dirigir equipos a distancia, vencer las resistencias culturales y facilitar la desconexión digital. En otras palabras, el factor humano», enumera Luis Díaz, managing director de Talento y Organización de Accenture. Regresar a la oficina jamás volverá a ser lo mismo. El Foro Económico Mundial asegura que, en 2022, por lo menos el 54% de los trabajadores necesitará actualizar sus conocimientos. Un viaje que los empleados líquidos están acostumbrados a hacer a lo largo de su vida laboral. El estudio Freelancing in America halló que más del 60% de los profesionales independientes se había actualizado de alguna forma en los últimos seis meses, siendo así la tasa 1,6 veces más alta frente a quienes no lo eran. Asimismo, un informe de la consultora Deloitte avanza que el 45% de los empleadores tiene problemas para cubrir puestos muy específicos. Ese cincelado espacio lo podrían ocupar empleados líquidos, distribuidos, además, por todo el mundo, lo que añade esa riqueza de razas, género y culturas que ambicionan ahora todas las compañías.

Si trazamos las fronteras de estos trabajadores –resiliencia, tolerancia al estrés, continuo aprendizaje y flexibilidad laboral y económica–, parecería que se trata de los mejores trabajadores que han existido en la historia porque –diríase– carecen de lindes. El problema es que solemos perdernos con facilidad. «Nos dirigimos a un territorio inexplorado, sin las regulaciones, la supervisión o las conversaciones adecuadas sobre lo que este escenario generará socialmente», advierte Marc Vidal, experto en tecnología y transformación digital. Y matiza: «Es un contexto absolutamente desconocido con personas que no tienen las habilidades que precisa la Cuarta Revolución Industrial –y menos la quinta– que asoma al fondo. La innovación tecnológica no tiene por qué detenerse, pero debe ser monitorizada, analizada, prevista y gestionada para asegurar que no pasamos de un punto sin retorno».
 
Fuente: Ethic

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