viernes, 17 de septiembre de 2021

Ordenadores con alma (y en busca de la fe)


No sabemos si los ordenadores son inteligentes o no –o si solo lo son un poco–, pero incluso los menos fervientes en relación a la inteligencia artificial (IA) coincidirán en que ni tienen alma, ni creencias, ni fervor religioso. Sin embargo, los ordenadores y la religión no son, ni mucho menos, términos antagónicos.

Ya en 2013, un servicio de SMS llamado SMSBible ofrecía versículos de la Biblia vía mensajes de texto. Transcribir la Biblia en formato texto, adaptándolo a la mensajería móvil, fue una evidente prueba de ingenio. Cabe pensar que éste, como tantos otros servicios, desapareció con las nuevas tecnologías; lo cierto es que no: sigue presente en Facebook, Twitter y LinkedIn, incluso con versiones en varios idiomas.

Y no es esta, ni mucho menos, la única aplicación religiosa: Message from God, de la empresa Official Human, cuenta con más de ocho millones de usuarios que reciben a diario mensajes para inspirar su vida espiritual. Texts from Jesus, Messages from Spirit Oracle o My Guardian Angel Messages son, tan solo, algunas de las aplicaciones similares que uno puede llegar a encontrar.

Podría parecer que el uso religioso de la tecnología es algo exclusivo de la cultura occidental; sin embargo, nada más alejado de la realidad. Así, nos encontramos con aplicaciones islámicas altamente populares. Es el caso de Muslim Assistant, con más de diez millones de descargas o de Quran Majeed, con más de cinco millones de descargas.

Las religiones orientales siempre se han dotado de una pátina de pragmatismo que, en ocasiones, nos puede llegar a parecer irreverente. Por ejemplo, las ruedas de oración budistas que contienen el mantra por todos conocido, om mani padme hum, tienen su versión tibetana. En ella se considera que si la rueda gira, el efecto es el mismo que recitar la plegaria. Esto ha dado lugar a innumerables versiones, teniendo así ruedas de plegaria movidas por agua, por viento o por fuego, así como ruedas eléctricas, digitales –en formato gif animado– o incluso movidas directamente a través de internet, donde se acciona remotamente mediante una aplicación web, contando con la posibilidad de llegar a insertar un mantra o un deseo.

En Kodaiji, un templo budista zen de Kyoto, se ha ido un paso más allá, desarrollando un robot animado capaz de crear sermones. Su creador, Hiroshi Ishiguro, un renombrado profesor de inteligencia artificial de la Universidad de Osaka, espera que el robot –que responde al nombre de ‘Mindar’– aprenda a lo largo de su vida útil, adquiriendo y atesorando una sabiduría infinita a lo largo del tiempo. Su coste, en total, ha alcanzado los 106 millones de yenes.

Por tener, la IA ha tenido hasta una iglesia. Es el caso de Way of the Future, fundada por el polémico Anthony Levandowsky, un ingeniero de Google pionero en la conducción autónoma de vehículos y uno de los fundadores del proyecto Chauffeur dentro de la compañía, el cual terminaría por dar origen, a su vez, al proyecto Waymo.

Levandowsky se fue de Google después de recibir más de cien millones de dólares por su trabajo. Posteriormente, junto a otros tres ingenieros, fundó Otto, la start-up de camiones auto-conducidos; esta, a su vez, sería adquirida ocho meses después por Uber. En el año 2017, no obstante, Google llevó a los tribunales a Uber por infringir sus patentes en coches auto-conducidos y Levandowsky fue condenado a dieciocho meses de prisión, que serían conmutados gracias a un perdón presidencial. La iglesia de la IA de Levandowsky, clausurada durante ese mismo año, fue fundada con la idea de que eventualmente los humanos adorarían la IA: sus capacidades estarían tan alejadas de lo posible para un ser humano que éstos terminarían por considerarla una suerte de divinidad.

Son muchos los puntos de encuentro entre la religión y la inteligencia artificial: desde difundir la palabra de Dios, a automatizar la plegaria o crearla, creando exégesis (e incluso, tal como se ha señalado, una iglesia). ¿Existirá un límite? Y si este existe, ¿cuál será? ¿Podrá la IA, según postula Ishiguro, devenir en un pastor y, quizás, un Buda ‘viviente’? Y si llega a ser un Buda, ¿tendrá alma?

En el camino de apropiación de nuestras habilidades y tareas, a veces, nos encontramos con la perplejidad. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando aquellas acciones que consideramos más radicalmente humanas devienen banales, automatizables y ejecutables en la nube, al igual que todas las demás.

Sin duda, esta no es sino una oportunidad para reflexionar, desde la humildad, sobre la propia condición humana.

Imagen: Alamy

Fuente: Ethic

jueves, 16 de septiembre de 2021

De 20 a 10 minutos: la debacle de las TED Talks como prueba de que prestamos cada vez menos atención


John F. Kennedy persuadió a una nación para alcanzar la Luna en 18 minutos en 1962. Steve Jobs pronunció uno de los discursos de graduación más populares de todos los tiempos en 15 minutos en Stanford. Y en una charla TED con más de seis millones de reproducciones, David Christian explicó la historia del mundo en 17 minutos. "Si no puedes expresar tu punto de vista en 18 minutos, has fallado". Ha sido el lema de las TED Talks durante todos estos años. Hasta ahora.

La era de la información ha cambiado la capacidad de atención general y algunos estudios recientes sugieren que se está reduciendo. Y sí, las mismas TED Talks cada vez duran menos.

Está cambiando. Una investigación del analista de datos Victoriano Izquierdo ilustra que todo este fenómeno ya está teniendo su impacto en la forma en la que se producen y consumen las nuevas TED Talks. Su estudio, en el que analizó cientos de conferencias desde 2016 en adelante, sugiere que la duración media de las charlas se ha reducido desde los 20 minutos hasta los 10 minutos. Y no sólo eso: las TED Talks se ven menos que antes.

Estábamos equivocados. “¿Si quiero lanzar una idea nueva, cuánto tiempo debe durar mi presentación?” Es una pregunta común que se hacen empresarios, profesores y cineastas de todo el mundo. Y había una respuesta respaldada por la neurociencia. De igual manera que Twitter obliga a las personas a ser disciplinadas en el tamaño de sus párrafos, al obligar a los oradores que están acostumbrados a hablar durante horas a hacerlo en 18 minutos, se mejora su engagement.

Ni el estatus ni la fama le dan a un orador la libertad de robar minutos extra a su público. Según el curador de TED Talks, Chris Anderson, 18 minutos son "lo suficientemente cortos para mantener la atención, incluso en Internet, y lo suficientemente precisos como para tomarse en serio. Pero también lo suficientemente largos para contar lo que importa".

¿Cómo funciona? A principios de la década de 1980, los científicos averiguaron que las personas sufren de "retraso cognitivo". Veámoslo de este modo: la información actúa como pesos. Cuantos más acumules, más probabilidades tendrás de dejarlos caer. Una conferencia de 5 minutos produce una cantidad relativamente pequeña de atrasos cognitivos, mientras que una conferencia de 30 minutos produce una cantidad relativamente grande. Además de esa acumulación, la audiencia tiene un período de atención corto que buscará estimulación alternativa, independientemente de lo cautivador que sea el material.

Sucede porque el cerebro es un acaparador de energía. El cerebro humano solo pesa 1,3 kilos, pero consume una cantidad desmesurada de glucosa, oxígeno y flujo sanguíneo. A medida que el cerebro recibe nueva información y se ve obligado a procesarla, millones de neuronas se activan a la vez, quemando energía y provocando fatiga y agotamiento.

La capacidad de atención cada vez es menor. Recientemente, un estudio publicado por la Universidad Técnica de Dinamarca sugiere que la capacidad de atención global colectiva se está reduciendo debido a la cantidad de información que se presenta al público. La investigación demuestra que las personas ahora tienen más cosas en las que concentrarse y lo hacen durante menos tiempo. Para llegar a esas conclusiones analizaron los últimos 40 años en la venta de entradas de cine, Google Books, datos de Twitter, tendencias de Google, Reddit y Wikipedia.

Los datos evidenciaron que una tendencia de Twitter de 2013 duraría una media de 17,5 horas, en contraste con una de 2016, que duraría solo 11,9 horas. Si bien las redes sociales definitivamente juegan un papel en este cambio, no son sólo el culpable. "Esta tendencia había comenzado hace al menos cien años", explicaron los investigadores.

No es culpa de TikTok. La idea de que ver muchos videos rápidos entrena a tu cerebro para responder a contenido cada vez más corto no es tan descabellada. Pero varios expertos explican que no es así. Cuando te desplazas por TikTok, tu cerebro recibe dosis de dopamina. La dopamina es un neurotransmisor liberado por el sistema de recompensa del cerebro y produce sensaciones de placer y te motiva a encontrar más. "Cuando ves algo que no te gusta, cambias rápidamente a algo que produzca más dopamina", explicaba el neuropsicólogo Sanam Hafeez.

Al igual que Instagram, Snapchat o Twitter, TikTok no está diseñado para fomentar períodos de atención prolongados. Pero el cerebro adulto es menos susceptible a cambios en su capacidad de atención que el cerebro adolescente, por lo que las horas de TikToks podrían no cambiar la forma en que te concentras a largo plazo.

Es la multitarea. Es por eso que la mayoría de científicos se han centrado principalmente en la multitarea: es decir, cuando prestamos atención a TikTok, Instagram y Twitter a la vez. Es ahí donde fallamos. Un estudio en World Psychiatry sugiere que las personas que realizan múltiples tareas en las redes sociales tienden a no concentrarse lo suficiente en ninguna.

Y en una encuesta realizada por Microsoft se descubrió que las personas tienden a perder interés en lo que están viendo después de unos 8 segundos si no es lo suficientemente divertido. La relación entre tecnología y capacidad de atención no es concluyente. Aún. Pero sí podemos afirmar que la multitarea es la causante de que los centros de atención de un cerebro acaben abrumándose rápidamente.

Fuente: Magnet

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Siete estrategias para combatir las falsas dicotomías y teorías conspirativas durante la pandemia


La pandemia de covid-19 es tierra fértil para la propagación de información incorrecta, ya sea originada por accidente o adrede. Vivimos un tsunami de evidencia científica, infodemia, ruedas de prensa especulativas y teorías de conspiración.

En medio de todo esto ha aparecido una gran variedad de sesgos cognitivos y falacias lógicas. Su origen está en cómo nos enfrentamos a los temores ocasionados por un evento tan inusual como la pandemia. La intuición, la emoción, y el raciocinio juegan un papel importante en cómo interpretamos la información sobre la covid-19. Se trata de grandes desafíos en la comunicación y respuesta a una pandemia, porque tienen que ver con la interpretación de los datos, los argumentos y las decisiones.

A todo esto hay que sumar la intolerancia a la incertidumbre, la falta de cultura científica, la perseverancia de las creencias, las fijaciones ideológicas, el sectarismo político, la sensación de falta de control, la desconfianza pública y los intereses financieros.

El resultado es un importante desafío en la comunicación y respuesta a la covid-19.

Todos podemos ser víctimas de nuestros sesgos y preconcepciones. Como científicos, tratamos de identificar aquellos relacionados con la pandemia y contraargumentar la desinformación.

El problema de las falsas dicotomías

Una falacia lógica ampliamente observada en la pandemia es la llamada “falsa dicotomía”, “falso dilema” o “falacia de blancos y negros”. Se trata de la presentación de un hecho en forma de dos opciones mutuamente exclusivas. En otras palabras, es la representación binaria, polarizada, reduccionista y simplista de una situación.

Las falsas dicotomías relacionadas con la pandemia han venido acompañadas de gran polarización política y social, sensacionalismo y rumores que amenazan nuestra respuesta contra la pandemia.

Es natural que muchas personas se ubiquen ideológicamente en uno de los extremos anteriores en tonos blancos y negros. Por ejemplo, “las mascarillas no sirven” o “cerrar la sociedad es la única solución”. Esto ha creado bandos a menudo irreconciliables en la academia que luego se trasladan al público general.

Este tipo de pensamiento no solo es erróneo, sino que deja de lado los matices grises de una discusión imprescindible.

Resulta fundamental involucrar términos medios y evitar la polarización mediática para entender cómo la ciencia evoluciona con el tiempo, y cómo las políticas en salud pública cambian según el contexto cultural y las dinámicas sociales. La preparación y respuesta ante una pandemia se ve enormemente afectada si no se permite y promueve la discusión y comunicación de estos matices con la comunidad.

Surgen varias preguntas: ¿qué se puede hacer para combatir las falsas dicotomías y las teorías de conspiración? ¿En quién recae esa responsabilidad? ¿Cómo mejorar la comunicación entre la comunidad científica y la sociedad?

Se debe luchar contra todo fenómeno que lleve a la desinformación, pero esta responsabilidad no recae exclusivamente en los científicos y en los periodistas. Es necesario involucrar a la población general. Entender y luchar contra la covid-19 requiere de trabajo colaborativo por parte de muchas disciplinas científicas y el público.

Estrategias

A continuación planteamos siete estrategias, necesarias para combatir y prevenir las falsas dicotomías y teorías de conspiración durante la pandemia:

1. Explicar que las cosas raramente son simples, binarias y generalizables

Es esencial explicar al público que en ciencia y salud pública (e incluso en la vida en general) la complejidad y los tonos grises abundan.

Aunque hay decisiones que deben tomarse en términos de “sí” y “no”, en muchos temas de la covid-19 un pensamiento binario no permite proveer el contexto, examinar los escenarios que relativizan las situaciones y explicar el detalle detrás de las decisiones.

Por ejemplo, el contexto socioeconómico, la voluntad política y los recursos de cada país han sido factores decisivos en el alcance de las intervenciones; pero no se ha hablado de ello lo suficiente.

De manera similar, hemos cometido el error de pensar que las políticas tienen que ser simples para ser claras o se corre el riesgo de confundir al público. Una recomendación para que la comunicación permita los tonos grises es no utilizar un lenguaje absoluto o exagerado. Se deberían utilizar expresiones como “puede ser”, “mayor/menor riesgo”, y “probablemente” en vez de frases como “el fin de la pandemia”, “la solución definitiva” y “la panacea”. También se debería educar en reducción de daños y medir los riesgos como probabilidades.

2. Comunicar con consistencia y transparencia

Las evidencias relacionadas con la covid-19 deben ser evaluadas de forma rápida y constante por los científicos antes de ser compartidas con el público. Por desgracia, la comunicación no siempre ha fluido sin contratiempos. Aunque es difícil mantener la consistencia de los mensajes durante una crisis sanitaria, hay aspectos por mejorar.

Los ciudadanos necesitan entender que la evidencia puede cambiar con el tiempo y que las estrategias de salud pública no son perfectas, pero intentan balancear beneficios y riesgos según los conocimientos y recursos existentes.

No pretendemos que el público se vuelva experto en la covid-19, pero lo justo y efectivo es ir un poco más allá de mensajes simplistas. Sobre todo, cuando el público exige transparencia y está preocupado.

La pandemia nos ha enseñado que el público puede recibir mensajes claros con un poco más de información ajustada al contexto temporal y geográfico, al tiempo que se evita caer en mensajes simplistas e insuficientes que afectan a la respuesta a la pandemia.

Resulta imprescindible explicar que las medidas son provisionales y están siempre expuestas a cambios según las nuevas evidencias. Esto no implica que las medidas anteriores se tomaran por error, sino que se basaron en los datos disponibles entonces.

Sin embargo, también es necesario reconocer los errores cuando se cometen, dado que su negación sirve de alimento a las teorías negacionistas y conspirativas y deteriora la confianza del público en las autoridades.

3. Aceptar la incertidumbre como una realidad de la ciencia y la vida

La intolerancia a la incertidumbre es común, especialmente en épocas de crisis, cuando las personas son vulnerables y buscan respuestas esperanzadoras.

La gente no está acostumbrada a ver a la ciencia en acción en tiempo real con sus aciertos, errores, avances y demoras. Tampoco a soportar las innumerables y variables políticas en salud pública dispuestas por los gobiernos y basadas en una creciente y complicada base de evidencia científica.

Sin embargo, la complejidad, los vacíos del conocimiento y la incertidumbre son elementos intrínsecos de la ciencia y como tal deben ser explicados. El público debe aprender que la ciencia no tiene todas las respuestas ni pretende tenerlas, que las que obtiene no son certezas ni hechos fijos y sencillos, y que las brechas en el conocimiento constituyen su fuerza motriz.

Además, aunque a algunos académicos les preocupa que comunicar la incertidumbre resulte deletéreo, la evidencia) muestra lo contrario: las incertidumbres pueden ser aliadas de una comunicación transparente, de la consciencia sobre la manipulación emocional de las certezas, y tienen el potencial de generar confianza.

Los esfuerzos encaminados a que el público reconozca y tolere la incertidumbre están conectados a la necesidad de mejorar la educación, la cultura científica y el empoderamiento cultural. Todo esto demostrará frutos visibles a largo plazo.

4. Promover el pensamiento crítico

Incentivar el pensamiento crítico es el antídoto para el pensamiento basado en falsas dicotomías y teorías conspirativas.

Este consiste en enseñar a las personas a analizar críticamente la información a su alcance. Requiere de una dosis de cultura científica y de escepticismo saludable para hacer frente a los sesgos y falacias que perpetúan las teorías conspirativas.

Con el ritmo con el que surgen nuevas evidencias durante la pandemia, aprender a procesar información nueva resulta esencial. Sin embargo, las personas deben tomarse su tiempo para analizarla y así no diseminar información falsa por accidente debido a la premura, el miedo, y la ansiedad.

Igualmente, es importante que las personas reconozcan sus límites y pericia para evaluar la información y eviten caer en el extremo de creer que los expertos no son necesarios. También, expertos en otros campos deben ser cuidadosos antes de emitir opiniones fuertes y confiadas (fenómeno conocido como “invasión epistemológica”), lo que podría llevar a promover información errónea.

Cuanto mejor sepamos filtrar críticamente la información que circula, más podremos entender lo que el virus hace y lo que podemos hacer para prevenirlo y protegernos de él.

5. Defender las fuentes confiables de información

Para el público, reconocer las fuentes adecuadas de información no es fácil.

Los medios de comunicación, divulgadores y periodistas tienen un papel complejo y vital porque son el puente entre los científicos y el público. Este rol es clave debido a que los investigadores no tienen el tiempo ni las capacidades para trasladar la ciencia al público. Además, el ritmo de consumo de información exige que el público consulte fuentes de acceso general que dependen de los medios de comunicación.

La sociedad debe defender y hacer conocer estas fuentes confiables y las organizaciones encargadas de verificación de hechos (fact-checkers), de manera que lleguen a otras personas. Es importante recalcar que los medios deberían trabajar para representar rigurosamente la ciencia y evitar reportar información sensacionalista o con intereses políticos.

En este sentido, redes sociales como Twitter han permitido conectar directamente a la comunidad científica con el público, lo cual puede ser beneficioso para incentivar la cultura científica y generar confianza.

6. Analizar y controlar las fuentes de desinformación

Al mismo tiempo que reconocemos las buenas fuentes de información, tenemos que identificar las que promueven pseudociencias, socavan la importancia de la medicina basada en evidencia (al promover remedios sin evidencia sólida como la hidroxicloroquina y la ivermectina), y amplifican resultados científicos cuestionables antes de su revisión por pares (preprints).

Los análisis de redes sociales y la calidad y veracidad del contenido diseminado son fundamentales.

Las agencias de salud deberían rastrear la desinformación. Los periodistas deberían siempre estar entrenados y actualizados para tal propósito. Por desgracia, hemos visto en innumerables ocasiones titulares que exageran o distorsionan la evidencia científica. Además, personas sin conocimiento y experiencia continúan siendo entrevistadas para emitir una opinión científica sobre la pandemia.

7. Inocular contra la desinformación

La inoculación psicológica es una estrategia fundamental para combatir la desinformación.

El término hace una analogía con la vacunación (también conocida como inoculación). Con la inoculación psicológica se busca persuadir al público usando información transparente y contundente al tiempo que se exponen, de manera anticipada, las artimañas y mentiras usadas para desinformar (“refutación preventiva”).

La identificación de patrones en las teorías de conspiración es clave para inocularnos e inocular a otros en contra de la desinformación. Esto permite reducir la influencia de los “desinformadores” y proteger a la gente de un desafío mayor, como una teoría conspirativa o una dosis peligrosa de desinformación, mediante una respuesta protectora (e.g., pensamiento crítico).

Aunque la evidencia que favorece la inoculación psicológica aplicada a la covid-19 está apenas emergiendo, existen evidencia que indica la importancia de esta estrategia con temas como el cambio climático.

Iniciativas de comunicación anticipada e inoculación psicológica podrían ser más útiles para la pandemia en temas relacionados con noticias falsas y vacunas.

Esto es debido a que, aunque los métodos comúnmente practicados incluyen desmentir las afirmaciones falsas, verificar hechos y cazar mitos, se corren algunos riesgos derivados de estas estrategias. Corregir información falsa por refutación directa puede promover el sesgo de confirmación, provocar resistencia psicológica y perpetuar la perseverancia de las creencias. Esto conduce a un fenómeno conocido como el efecto backfire.

Fuente: The Conversation