sábado, 11 de septiembre de 2021

Si quieren ser relevantes en la siguiente década, inviertan en periodismo de ciencia: Ed Yong


Ed Yong es un periodista científico británico que rompe muchas de las convenciones que hemos normalizado quienes nos dedicamos al periodismo de ciencia. Escribe artículos de más de 5.000 palabras -y su medio, The Atlantic– los publica; es un obsesionado de la estructura, está convencido de que hay que contar la ciencia desde las ciencias sociales, contextualiza la ciencia, narra sus complejidades, desmenuza los debates, la incertidumbre y los procesos; tiene formación científica y, sin embargo, habla con humildad sobre el poder y el deber del periodismo para contar historias científicas desde una mirada crítica. Nada de eso es común en el periodismo de ciencia, mucho menos en los medios de América Latina.

Por eso, esta conversación, que ocurrió en el marco del 5to Foro Hispanoamericano de Periodismo Científico, es inspiradora. No solamente porque destaca las habilidades periodísticas mínimas que pueden adquirir y fortalecer los periodistas para hacer una cobertura en temas de ciencia más compleja, inclusiva y crítica, sino porque su solo trabajo es la muestra del impacto, la fuerza y el servicio social que puede representar el periodismo de ciencia en una emergencia sanitaria y después de ella.

―Ed, tienes una maestría en ciencias naturales, en particular en zoología, y otra en bioquímica. Lo natural para ti habría sido ser científico pero empezaste a escribir un blog, a explicar la ciencia, escribiste un libro. Te convertiste en divulgador de la ciencia y hoy en día es muy difícil no verte como periodista de ciencia, que es, imagino, como te defines. ¿En qué momento te diste cuenta de que eras periodista de ciencia?

―Como dices, traté de ser científico por un tiempo, pero era muy malo. Empecé a escribir sobre ciencia y eso se me daba mucho más. Realmente fue como a los cuatro años de escribir mi blog que me empecé a identificar como periodista de ciencia. La diferencia entre eso y la divulgación de la ciencia es el meollo de la misión.

Muchos divulgadores de la ciencia se ven a sí mismos como porristas de la ciencia. Su trabajo es promover la actividad científica. Como periodista de ciencia yo no lo veo así. Creo que mi trabajo es contarles a nuestros lectores lo que sucede en la ciencia y cómo entender el mundo. Nuestro trabajo es ser críticos más que porristas.

Mucho de lo que escribimos se parece mucho a lo que se conoce tradicionalmente como divulgación de la ciencia. Si estoy escribiendo un artículo entretenido sobre la conducta animal, el trabajo es similar. Pero también he escrito mucho sobre los defectos de la ciencia, problemas de replicación. Mi artículo más reciente en The Atlantic habla de cómo la ciencia le está fallando a la gente que sufre de síndrome post-COVID. Y esta idea es fundamental a lo que debe ser el periodismo. No solo encomiamos la ciencia, sino que la vigilamos. Revelamos las historias malas además de contar las buenas.

―Probablemente hay mucha gente que está en tu misma situación. Estudiaron una carrera científica pero no sienten la necesidad de ser científicos. Muchos pensarán en volverse divulgadores de ciencia en general. Esto les podría permitir explicar lo que ya saben. Pero quizá muchos no están considerando o nunca se les ha ocurrido convertirse en periodistas de ciencia. Con base en tu experiencia, ¿qué necesitan cambiar o aprender estas personas con formación científica para convertirse en periodistas de ciencia?

―Mi respuesta tradicional es que quizá lo más importante sea la experiencia. Tener una formación científica -y lo lamento por los que la tienen- tristemente no es tan útil. Ayuda un poco, pero mucho menos de lo que la gente cree.

Yo escribo sobre campos en los que no tengo formación alguna, como neurociencia y ahora las enfermedades infecciosas y preparación para pandemias. No tengo formación en estas áreas. Mi formación científica sí me ha ayudado un poco, pero mucho menos de lo que podrían pensar.

Lo que realmente importa es repasar las competencias periodísticas básicas. Mis habilidades tienen que ver con analizar una información compleja y entenderla muy rápido, descubrir a quién entrevistar, hacerlo con cuidado y eficiencia, y luego tratar de entender lo que dicen. Esas son las habilidades y se pueden aplicar a lo que sea, ya sea un área que conozcas o no. Y la única manera de realmente adquirir estas habilidades es haciendo el trabajo una y otra vez.

Por supuesto que hay programas de capacitación o maestrías, pero no hay nada que sea mejor que adquirir experiencia lentamente, con el tiempo -lo cual es difícil al principio-, y trabajar con editores muy buenos.

Es curioso, pero siento que entiendo mucho más la ciencia y cómo funciona ahora que soy periodista de ciencia que cuando era científico y estudiaba el doctorado. Trabajar en investigación a menudo te ciega totalmente a la naturaleza más general de la ciencia, su sociología, su cultura, porque estás muy inmerso. Y parte de ser un buen periodista de ciencia es entender eso: el entorno en el que opera la ciencia, cómo los incentivos financieros sesgan el quehacer científico, cómo la mentalidad de publicar o morir afecta la calidad del trabajo.

Todos estos elementos son muy importantes para darle contexto a los temas que abordamos y para comprender las grandes cuestiones científicas como la pandemia.

Entonces mi consejo es que adquieran experiencia. Hagan una red intelectual vasta en internet. Intenten aprender tanto sobre la cultura y la sociología del tema que están tratando, como de los detalles científicos más prácticos.

―Hablemos de tu trabajo, Ed. En lo personal se me hace maravilloso y una de las razones es la perspectiva. Es muy difícil encontrar contenido sobre ciencia con un enfoque similar. No quiero generalizar, porque claro que existe muy buen trabajo de otros colegas, pero a menudo siento que la mayoría de los artículos de ciencia sobre COVID, por ejemplo, tienen la misma perspectiva. Y luego llega Ed Yong con un enfoque totalmente diferente sobre el mismo tema. ¿Cómo eliges tus temas y el enfoque? ¿De dónde sacas ideas para cubrir la COVID de manera original?

―Una parte es el trabajo en equipo. Tengo muy buenos colegas en The Atlantic y siempre reflexionamos y dialogamos sobre este problema para deliberar cuáles son las notas que hay que cubrir.

Es como con el tema de la pandemia. Lo podemos imaginar como una gran escultura a la que le vamos cincelando pequeños fragmentos para presentarlos a nuestros lectores. Por eso muchos artículos terminan siendo muy cortos o muy como noticias: “¿Cómo cambiaron ayer las [tasas de casos]?” “¿Qué dice este nuevo paper?” Haces un artículo corto, como de 600 palabras, lo publicas y pasas al siguiente.

Este modelo funciona a veces y claro que tiene su rol importante. Pero cuando estamos en medio de una crisis como la pandemia, que es tan amplia y multifacética, ese enfoque es muy limitado. Lo que yo hago cuando escribo sobre estos grandes temas es tratar de tener perspectiva, de hacer zoom out, y presentar un panorama general del problema. Trato de no mostrar solo fragmentos chicos uno tras otro, pues puede ser muy confuso. Intento unir estos pedazos para formar una imagen coherente y muestro eso.

Eso es el meollo de casi todo lo que hemos publicado sobre la pandemia, tanto yo como mis colegas en The Atlantic. Casi que tratamos de anticipar las grandes preguntas que podría tener la gente antes de darse cuenta de que se lo estaban preguntando. En marzo del año pasado escribí un artículo largo titulado ‘¿Cómo terminará la pandemia?’ Todos estaban encerrados, había mucha confusión, y eso estaba en la mente de todos: “¿y ahora qué?”

Lo mismo este año con la investigación sobre la variante delta. Escribí un artículo llamado ‘¿Y ahora cómo terminará la pandemia?’ Porque eso es lo que todos están pensando ahorita. Parece que volvemos a empezar de cero. ¿Es así? ¿Qué pasa ahora?

A veces nuestra formación y las presiones de la industria nos obligan a pensar en ideas para artículos por nuestro propio bien. “Tengo que escribir un artículo, ¿qué puedo escribir?” “Tengo fecha de entrega, tengo que escribir equis número de artículos esta semana, ¿qué historias puedo cubrir?” Lo que le agradezco a The Atlantic es que nos da el espacio para preguntarnos algo diferente: ¿Qué historias le van a ser más útiles a nuestros lectores en este momento?

Y me parece muy importante que en el periodismo podamos hacer eso. En vez de justificar nuestro trabajo, hay que volver a la base de lo que hacemos: es un servicio público. Hagamos lo correcto para nuestros lectores. Hagamos un trabajo que les ayude a entender el mundo. Saquemos a la luz lo que está mal. Todo esto es fundamental para lo que hacemos y a veces nos falta el tiempo y el espacio para estar a la altura de esos ideales.

―Tengo una pregunta específica sobre la extensión. Es verdad que otra característica de tus artículos es su profundidad y su extensión. Fácilmente escribes un artículo de 5.000 palabras y sale así en The Atlantic. Esto me llama la atención porque en Latinoamérica es difícil pensar en un artículo de más de 2.500 palabras.  Muchas veces los editores —y conozco a varios que hacen esto— dicen: “es que nadie lo va a leer”, “es muy complejo”, “quédate con lo esencial y quítale lo científico” y cosas así. ¿Te ha pasado? ¿Algún editor te ha tratado de convencer de escribir algo más corto o superficial para captar a un público más amplio? ¿Qué hiciste o qué harías si te pasara? 

―Esto no me ha pasado en The Atlantic, pero sí lo he enfrentado. Esto que describes también es común en Gran Bretaña, que es de donde vengo y donde vivía. He oído a gente que dice que un texto de más de 2.000 palabras es muy largo. Obviamente no es el caso en The Atlantic y mis editores me han apoyado muchísimo.

Opino que un artículo debe ser tan largo como se requiera, y tenemos una idea de cuánto es eso. Sí he entregado artículos demasiado largos, y mis editores y yo reconocemos esto y los recortamos, pero nunca hemos sentido que hay que recortarlos para que gusten a más personas. Siempre la cuestión es si el artículo estimula a los lectores, si tiene partes flojas, si se pierde el interés, si entramos en demasiado detalle.

Siempre es en servicio del artículo y no de una idea ficticia de lo que nuestros lectores quieren. Te diré que yo no puedo cambiar el hecho de que mucha gente que nos está escuchando trabajará con editores que no van a entender esto. Pero voy a ser muy claro: la idea de que la gente no tiene la atención para leer un texto largo, o de que no quieren textos largos, o de que no quieren detalles científicos es un auténtico disparate.

Esto lo hemos demostrado en el último año y medio. El primer artículo que escribí sobre el fin de la pandemia, en marzo de 2020, es uno de los tres artículos más leídos en la historia de The Atlantic. Tiene 5.000 palabras y sé que mucha gente lo leyó. En el análisis puedo ver hasta dónde leyó la gente y sé que hay mucha retención para casi todo lo que escribo.

Muchos de los artículos largos publicados desde entonces también fueron bien recibidos. Creo que la gente quiere detalles, quiere saber qué pasa, quiere más que un análisis superficial apresurado. La gente está dispuesta a seguirte. No es que la gente no lea artículos largos, sino que no leen artículos largos mal escritos.

Por eso, en vez de decir que no vamos a publicar artículos largos -que creo que sería un error-, tengo la fortuna de trabajar con editores que saben que podemos publicar un artículo de 8.000 palabras. La cuestión es que tienen que ser 8.000 palabras fantásticas.

Sí quieres escribir un texto de 8.000 palabras, casi cada oración tiene que ser brillante. Cada párrafo debe tener algo que haga que los lectores piensen: “¡Guau! No sabía eso”. De los artículos que he escrito para revistas, creo que el más largo justamente era de 8.000 palabras. Hemos reducido reporterías enteras a un solo párrafo. Escribimos de tal modo que cada párrafo tenga un impacto. Eso es lo que hay que hacer.

Se habla de la idea de las monedas de oro. Esparces monedas de oro a lo largo del artículo. Puede ser una frase hermosa, un dato muy llamativo, una idea evocativa, algo para mantener la atención del lector. Y resulta que si haces esto bien, sin duda puedes mantener la atención del lector a lo largo de artículos muy largos, especialmente si se trata de algo como la pandemia, y especialmente con trabajos que sí consideran a los lectores y piensan: “esto es un servicio y te vamos a ayudar a entender este tema que parece no tener sentido”.

―Un consejo que incluiste el año pasado en la lista de recomendaciones para periodistas jóvenes era prestar atención a la estructura. Me parece que la estructura es sumamente importante para que estos artículos sean atractivos, interesantes, brillantes, etc. Aconsejabas poner atención a la estructura y aprender a reportear bien, y recordar que la mayoría de los problemas al escribir son de estructura y la mayoría de los problemas de estructura son de reporteo. 

En lo personal creo que la estructura es un componente esencial de un buen artículo, pero también creo que es difícil enseñar cómo estructurar un artículo. ¿Tienes un método para estructurar tus historias? ¿Cómo sabes que hay un problema de estructura y cómo lo resuelves?

―Qué bueno que me preguntas porque la estructura es esencial, es la pieza central. Si no la tienes, todo lo demás se cae. Cuando escribo un artículo, ya sea de 800 o de 8.000 palabras, siempre empiezo con un esquema. Después de reportear, desgloso mi idea de cuál va a ser la historia. Hago una lista muy larga de puntos en Word. Uso viñetas, letras negritas para los encabezados. Es decir, organizo mis ideas.

Por ejemplo, el último artículo que escribí, sobre el síndrome post-COVID, tiene cinco secciones. Antes de empezar a escribir yo ya sabía exactamente qué iba a tener cada sección. Sabía el tema central de cada una. Y dentro de cada sección sabía casi lo que cada párrafo iba a decir.

Todo esto lo planeé de antemano viendo mi investigación, mis notas, hablando con mis editores. Lo esbocé con mucho detalle. Revisé las transcripciones de todas mis entrevistas y tomé partes relevantes para cada sección y las puse en mi esquema. Así puedo ver este depósito muy burdo e impublicable de todo lo que recopilé cuando reporteaba. Y así puedo ver la forma completa del artículo.

Eso lo hago todo el tiempo. Lo hago para artículos cortos y largos. Siempre hago un esquema antes de escribir siquiera la primera palabra. A menudo escribo fragmentos sobre la marcha. Se me ocurren frases interesantes o ideas cruciales, pero esto me ayuda a aterrizar el concepto de la historia y de cada sección.

Por ejemplo, cuando estaba escribiendo ese artículo, mi esquema original tenía seis secciones. Y al escribir pensé, “algo no funciona. La segunda sección se siente floja. ¡Ah! Es porque repite algunas partes de la cuarta sección. O sea que la segunda y la cuarta sección deben ir juntas. Lo voy a mover”.

O quizá “resulta que la tercera sección queda mejor al final” y la muevo. Si tienes un esquema es mucho más fácil detectar los problemas. Y si no tienes el esquema, llegas a un punto donde te bloqueas frente a la pantalla en blanco y entras en pánico, no sabes qué hacer.

Yo siempre sé qué hacer porque tengo una estructura. Cuando digo que la mayoría de los problemas al escribir son problemas de estructura, y la mayoría de los problemas de estructura son problemas de reporteo, me refiero a lo siguiente: si no puedo escribir nada, si me atoro y no sé para dónde ir, casi siempre es porque algo en la estructura no funciona. Quizá decidí ir de un lugar a otro, pero no fluye bien. O quizá me falta algo que había puesto más adelante en mi esquema. Pero puedo ver mi esquema y determinar cuál es el problema.

Y a esto me refiero cuando digo que la mayoría de los problemas de estructura son problemas de reporteo. A veces el problema es que no sé lo suficiente. No he encontrado lo suficiente para tapar el hoyo crucial en la estructura y necesito averiguar más. Pero nuevamente, eso lo puedes percibir cuando tienes una estructura.

Así que mi consejo es siempre, siempre hacer eso. Es difícil de aprender, pero la buena noticia es que la estructura es una de las partes más obvias de cualquier texto. En resumen: presten mucha atención a la estructura. Pueden dedicarle tiempo a analizar textos y extraer la estructura para aprender a hacerlo así.

―Me quiero enfocar un poco en el tema del público. Claramente es un reto identificar quién es el público y qué impacto tienen nuestros textos en ellos. ¿Estás en contacto con tus lectores? Noté que tienes un email en The Atlantic y un mensaje automático donde dices que no puedes contestar todo lo que recibes porque es mucho. Pero lees todo. Entonces veo que no interactúas a través del email, pero ¿conectas de alguna manera? Si es así, ¿sabes quién es tu público? ¿Cómo los describirías?

―Sí sé quiénes son algunos de ellos a través del email. A veces los periodistas, y en especial los divulgadores de la ciencia, invierten demasiado tiempo en pensar con excesiva minucia sobre quién es su público. Yo imagino nuestra audiencia de manera muy sencilla. Nuestro público es gente que probablemente tiene al menos el bachillerato o un título universitario. Yo escribo para gente que tuvo su último encuentro con la ciencia en el bachillerato. Y me remonto a lo que yo sabía sobre ciencia a esa edad para calibrar mis textos.

Entonces imagino que mis lectores tienen esa formación, que les da curiosidad el mundo y que son humanos. Trato de escribir historias que despierten la curiosidad. Trato de escribir historias que aborden las necesidades que la gente tiene y que simplemente sean interesantes. De eso se trata. Me parece un error intentar enfocarse activamente en un grupo de edad o un sector demográfico específico. La idea es escribir para un grupo extenso de personas.

Dudo un poco en decir esto porque sé que como periodistas en Latinoamérica hay especificaciones sobre los tipos de público al que se quieren dirigir en cada país. Ciertamente habrá retos ahí que yo, que radico en Estados Unidos, no conozco. Por eso no quiero decir que no es un problema. Creo que ustedes mismos saben quién es su público. Pero el punto es que es muy fácil perderse en este tema de la figura mítica del público.

Pero si haces un buen trabajo, tendrás la mejor probabilidad de alcanzar a la gama más amplia posible de personas. Y yo percibo esta gama amplia en los emails que recibo.

―Hablemos de COVID. Tengo dos preguntas. La primera es: ¿cómo ha cambiado esta epidemia tu percepción de la ciencia? Lo pregunto porque en tu cobertura de la pandemia se nota mucho que incluyes una visión más extensa del trabajo científico. Por ejemplo, has incluido a más científicos sociales. ¿Cuál crees que es el valor de tener esta perspectiva en el periodismo en general, y al cubrir la ciencia en particular? ¿Cómo incluir las perspectivas de las ciencias sociales sin perder el rigor de la información? ¿Cómo equilibrar esto?

―No creo que las dos cosas estén opuestas. Muchos científicos sociales son sumamente rigurosos, probablemente más que los llamados de ciencias duras. Han sido absolutamente centrales en mi cobertura y mi entendimiento de la pandemia. Si vas a escribir sobre un problema tan amplio, y que afecta tantos rubros de la sociedad, no puedes entrevistar sólo a virólogos, inmunólogos y epidemiólogos. Claro que tienen conocimiento especializado importante, pero la COVID es un problema cultural, social, histórico. Para poder hablar de eso y entenderlo a profundidad he tenido que hablar con historiadores, lingüistas, antropólogos, sociólogos.

Para entender por qué a Estados Unidos le ha ido tan mal con la COVID también tienes que entender su sistema penitenciario, su postura con las residencias de ancianos, su psicología, su inclinación hacia el individualismo extremo, su política. Tienes que entender todo esto para comprender por qué este virus está causando esta enfermedad en esta gente.

La ciencia es parte de eso, pero no es la única parte. Ni siquiera estoy convencido de que sea la parte más grande. Hay una forma de abordar el rol de la ciencia en la pandemia que es superficial. Es más o menos lo que pasó cuando lanzaron las vacunas. Es esta actitud de “¡Viva la ciencia! ¡La ciencia nos ha salvado!”

Pero yo he tratado de escribir tanto del lado luminoso de la ciencia, como de su lado oscuro. Y ambos se hicieron enormemente evidentes en esta pandemia. Por supuesto que hubo innovaciones revolucionarias, incluyendo el desarrollo de las vacunas, pero también hubo mucho trabajo deficiente que empeoró la situación. Hubo muchos problemas dentro del área de investigación que desfavorecieron a las mujeres y personas de color en particular. Y las personas con síndrome post-COVID han sido descuidadas y desestimadas por la comunidad biomédica.

Así que hay muchas áreas donde la ciencia en general, entendida como un esfuerzo con un propósito, fracasó. Incluso en áreas donde tuvo éxito, la historia no es tan simple. Consideren las vacunas. Son un logro científico tremendo, pero también reflejan el sesgo de Estados Unidos, y quizá de todo el mundo, por favorecer las soluciones biomédicas y farmacéuticas por encima de todo lo demás.

Muchas soluciones culturales y sociales podrían haber ayudado a mantener la pandemia bajo control y muchas fueron ignoradas porque la gente quería un fármaco o una vacuna que la salvara. Por eso también es importante entender cómo reaccionamos a la ciencia culturalmente, así como es importante entender la propia ciencia.

―Uno de los principales retos que enfrentan los periodistas de ciencia en Latinoamérica es conseguir un empleo en los medios. Un trabajo que nos permita vivir del periodismo de ciencia, que nos permita escribir artículos a profundidad como haces tú, artículos que se salgan del concepto tradicional de “soft news”, algo muy común aquí. Artículos que no se basen en la exclusiva, en los “me gusta” o los seguidores, sino también en evidencia científica, explicaciones claras, narrativa atractiva, etc. Una de las excusas más viejas para justificar la falta de estos empleos es que la ciencia no vende. Me parece que tú has demostrado todo lo contrario. El número de suscriptores de The Atlantic incrementó en gran medida gracias a ti, porque querían leer tus artículos. Si esto es cierto, no sólo significa que la ciencia vende, sino que incluso puede incrementar las ganancias para los medios. ¿Qué opinas? ¿Le dirías a los dueños de medios en Latinoamérica o a los editores que vale la pena incluir periodismo de ciencia e invertir en él?

―Absolutamente. Hemos demostrado que la ciencia vende para nosotros. Es uno de los pilares de nuestro trabajo. La mesa de redacción de ciencia de The Atlantic es muy respetada y capta muchísimos suscriptores. Muchos de mis colegas, como Sarah Zhang y Katie Wu, son de los escritores más leídos de The Atlantic. Francamente, somos buenísimos. Estamos demostrando que hay muchísimo público para el contenido científico. En parte se debe a la pandemia, pero seamos honestos: estamos enfrentando crisis tras crisis, y para muchas la ciencia es crucial. Esta no será la última pandemia. Ciertamente no nos hemos despedido del cambio climático. Los periódicos y las revistas van a tener que invertir en estos temas. Los que no lo hagan pronto, bien y de forma justa van a estar en serios problemas en la próxima década cuando sucedan más este tipo de cosas y no tengan a nadie con la experiencia o habilidades para cubrirlo.

Hemos visto cómo otras organizaciones de noticias se apresuran a producir contenido pésimo sobre la pandemia. Nosotros no hicimos eso porque ya teníamos una mesa de redacción con los valores, actitudes y experiencia apropiadas para la cobertura y arrancamos con todo.

Y esto lo hicimos incluso antes de la pandemia. Nuestros jefes tuvieron la intuición y la visión para encargarme un artículo que explicara por qué Estados Unidos no estaba bien preparado para una pandemia. Esto fue en 2018.

Así que esta idea de que la ciencia no vende es un sinsentido total. No refleja la realidad, sino los sesgos de la gente que dirige las compañías de medios. A ellos les aburre la ciencia, pero no son representativos del mundo en general. Piensan que lo son, pero se equivocan. Y se equivocan en detrimento de sus organizaciones de noticias.

Si quieren ser relevantes en la próxima década, por el amor de Dios, contraten una buena mesa de redacción de ciencia, denle la oportunidad de contar las historias que importan, apártense de su camino. Esto es extremadamente importante.

Lo siento por aquellas personas del público que están luchando por encontrar un trabajo. Ahorita es una industria difícil para todos, incluso en lugares como Estados Unidos donde hay muchos recursos.

Es difícil, y yo no tengo consejos para encontrar un empleo en esta economía, pero si hay alguien escuchando que tenga poder, les tengo un mensaje: hagan que estos empleos existan y que valgan la pena, porque los van a necesitar. Y para todos los demás: si la gente con poder no les está dando la oportunidad que necesitan, apóyense entre ustedes. Encuentren comunidades y colaboradores que estén en su misma etapa profesional. Traten de construir algo suyo e intenten crear algo mejor.

Imagen: Ciencia MX

Fuente: Premio ROCHE

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