sábado, 16 de octubre de 2021

Vuelos y emergencias: por qué importa la buena IA predictiva de lluvia


Primero el plegado de proteínas, ahora la predicción del tiempo: la empresa londinense de inteligencia artificial (IA) DeepMind sigue aplicando el aprendizaje profundo a problemas científicos difíciles. En colaboración con el servicio meteorológico nacional del Reino Unido, el Met Office, DeepMind ha desarrollado una herramienta de aprendizaje profundo llamada DGMR (deep generative model of rainfcieall o modelo generativo profundo de precipitaciones) que puede predecir con precisión la probabilidad de lluvia en los próximos 90 minutos, uno de los retos más difíciles de la predicción meteorológica.

En una comparación a ciegas con las herramientas existentes, varias decenas de expertos determinaron que las previsiones de DGMR eran las mejores en una serie de factores (incluyendo sus predicciones de la ubicación, extensión, movimiento e intensidad de la lluvia) el 89% de las veces. Los resultados se han publicado en un artículo de Nature.

La nueva herramienta de DeepMind no es AlphaFold, que resolvió un problema clave en biología con el que los científicos llevaban décadas luchando. Pero incluso una pequeña mejora en la previsión es importante.

Predecir la lluvia, especialmente la más intensa, es crucial para muchos sectores, desde los eventos al aire libre hasta la aviación y los servicios de emergencia. Pero hacerlo bien es difícil. Saber cuánta agua hay en el cielo, y cuándo y dónde va a caer, depende de una serie de procesos meteorológicos, como los cambios de temperatura, la formación de nubes y el viento. Todos estos factores son suficientemente complejos por sí mismos, pero lo son aún más cuando se combinan.

Las mejores técnicas de previsión existentes utilizan simulaciones informáticas masivas de la física atmosférica. Funcionan bien para las previsiones a largo plazo, pero no son tan buenas para predecir lo que va a ocurrir en la próxima hora, lo que se conoce como previsión inmediata. Se han desarrollado técnicas previas de aprendizaje profundo, pero suelen ser buenas en una cosa, como la predicción de la ubicación, a costa de otras, como la predicción de la intensidad.

"El pronóstico inmediato de las precipitaciones sigue siendo un reto sustancial para los meteorólogos", afirma Greg Carbin, jefe de operaciones de previsión del Centro de Predicción Meteorológica de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) en EE.UU., que no participó en el trabajo.

El equipo de DeepMind entrenó su IA con datos de radar. Muchos países publican a lo largo del día instantáneas de mediciones de radar que rastrean la formación y el movimiento de las nubes. En Reino Unido, por ejemplo, se publica una nueva lectura cada cinco minutos. Si se juntan estas instantáneas, se obtiene un vídeo en stop-motion actualizado que muestra cómo se mueven los patrones de lluvia a lo largo de un país, de forma similar a las imágenes de previsión que se ven en la televisión.

Los investigadores alimentaron estos datos con una red generativa profunda, similar a una GAN, un tipo de IA que se entrena para generar nuevas muestras de datos muy similares a los datos reales con los que se entrenó. Las GAN se han utilizado para generar rostros falsos, incluso falsos Rembrandts. En este caso, el DGMR aprendió a generar instantáneas falsas de radar que continuaban la secuencia de mediciones reales. Es la misma idea que ver unos cuantos fotogramas de una película y adivinar lo que va a venir después, dice Shakir Mohamed, que dirigió la investigación en DeepMind.

Para poner a prueba el método, el equipo pidió a 56 meteorólogos de la Met Office (que no participaron en el trabajo) que valoraran el DGMR en una comparación a ciegas con las previsiones realizadas por una simulación física de última generación y una herramienta de aprendizaje profundo rival; el 89% dijo que prefería los resultados dados por el DGMR.

"Los algoritmos de aprendizaje automático suelen intentar optimizar una medida simple de cuán buena es su predicción", afirma Niall Robinson, jefe de asociaciones e innovación de productos de la Met Office, coautor del estudio. "Sin embargo, las previsiones meteorológicas pueden ser buenas o malas de muchas maneras diferentes. Puede que una previsión obtenga precipitaciones en el lugar correcto, pero con la intensidad equivocada, o que otra obtenga la mezcla correcta de intensidades pero en los lugares equivocados, etc. Nos hemos esforzado mucho en esta investigación para evaluar nuestro algoritmo en función de un amplio conjunto de parámetros".

La colaboración de DeepMind con el Met Office es un buen ejemplo de desarrollo de IA realizado en colaboración con el usuario final, algo que parece una idea obviamente buena pero que a menudo no ocurre. El equipo trabajó en el proyecto durante varios años, y las aportaciones de los expertos de la Met Office dieron forma al proyecto. El científico investigador de DeepMind Suman Ravuri dice: "Impulsó el desarrollo de nuestro modelo de una manera diferente a la que habríamos seguido por nuestra cuenta. De lo contrario, podríamos haber hecho un modelo que al final no fuera especialmente útil".

DeepMind también está deseando demostrar que su IA tiene aplicaciones prácticas. Para Shakir, DGMR forma parte de la misma historia que AlphaFold: la empresa está sacando provecho de sus años de resolución de problemas difíciles en los juegos. Quizá lo más importante es que DeepMind está empezando a tachar una lista de problemas científicos del mundo real.

Fuente: MIT

La (inevitable) digitalización de la educación


Desde la irrupción de la pandemia de la covid-19, la digitalización que experimentó nuestro país terminó siendo superior, en apenas dos meses, a la de los cinco años precedentes. No obstante, fue una transformación digital que fue forzosa y coyuntural, pero no estructural. En el ámbito educativo, el gran avance fue adaptar el sistema para que se pudiesen impartir las clases en el formato digital. Sin embargo, en este momento, lo verdaderamente urgente e importante es ser capaces de formar para lo digital: en esto consiste la digitalización de la educación.

Durante los últimos años, tanto las instituciones educativas como los propios alumnos se han interesado por el avance de la formación digital, algo que se ha visto incrementado debido a la pandemia y a la imposibilidad de asistir físicamente a los centros. La crisis sanitaria ha acelerado la digitalización de la educación, imponiendo clases en remoto en programas tradicionalmente presenciales. Algo que, además, ha ocurrido en todas las etapas del sistema educativo, ofreciendo una formación 100% en remoto, pero aún queda mucho trabajo por delante para que el proceso se complete y, sobre todo, madure.

Si echamos un vistazo a los datos del interés que la formación no presencial despierta, se puede observar que, durante los meses de confinamiento más estricto, se produjo un ‘boom’ en casi todos niveles. Un ejemplo es la búsqueda de las palabras «cursos online» en Google: en ella se observa una curva que crece a nivel vertical en el último año, pero también cómo poco a poco se va deshinchando. Así, a medida que se vuelve a la presencialidad, los datos del buscador se han situado en este mes de julio al mismo nivel estival de 2019; ello tras haberse multiplicado hasta por cuatro en los inicios de la pandemia.

Este rebote, sin embargo, no nos tiene que hacer dudar de que la formación continuará en su proceso de digitalización: es un formato prácticamente inevitable y necesariamente bueno, pues favorece el acceso a la formación (y la mayor frecuencia de la misma).

En el ámbito de la formación online, una de las áreas con margen de mejora es la reducción de la tasa de abandono. Al margen de los motivos personales que cada alumno pueda tener, el abandono está muy influenciado por las dificultades que hoy ofrece el medio digital no solo para añadir valor pedagógico a los estudios, sino también para ejercer un alto nivel de control en cuanto al aprendizaje y la experiencia de los alumnos, factores básicos para que la motivación y compromiso de los estudiantes sea siempre la máxima.

La educación es la única vía para que una sociedad y una economía prosperen. Y, ya sea de manera online o presencial, en estos momentos la demanda nos impulsa a la formación en competencias digitales. Esta formación de competencias –y profesionales– digitales es crítica para mantener nuestra competitividad, pero también es una muy buena opción para poder aumentarla. Es también una oportunidad para el desarrollo profesional de millones de personas que corren el riesgo de quedarse fuera del sistema, como es el caso de aquellos estudiantes que no encuentran plaza en un grado universitario o en un ciclo formativo, profesionales con competencias obsoletas, ‘cautivos’ de la llamada gig economy, subempleados y desempleados.

Tenemos que ser educados para vivir en un mundo que se vuelve vulnerable frente a desafíos como la ciberseguridad; un mundo en el que debemos estar cómodos trabajando con los programas informáticos, con la inteligencia computacional y la programación. En el que, además, es básico conocer la potencial gestión de todos los datos e información que generamos en la red; en definitiva, se trata de intentar adaptarnos a un mundo que cada vez es más rápido, pero también más imprevisible.

La buena noticia es que ya empieza a crearse un ecosistema de formación con el objetivo y la capacidad de acelerar la digitalización de nuestras capacidades profesionales y productivas. Es el caso de las escuelas de bootcamps, la formación en competencias digitales, las universidades que incorporan programas de formación inmersiva en sus ofertas y la entrada de Code en España.

La digitalización del medio educativo ya está en marcha y es un proceso que aún necesita de tiempo para madurar. Preocupémonos y actuemos, de forma más estratégica y urgente, para acelerar y generalizar la educación en competencias y profesiones digitales.

Imagen: El Mundo

Fuente: Ethic

viernes, 15 de octubre de 2021

El éxito de ‘El juego del calamar’ ilustra los beneficios de la globalización y el libre comercio


Al igual que millones de personas en todo el mundo, la semana pasada hice un maratón de los nueve episodios de El juego del calamar. Esta serie coreana se ha convertido en un gran éxito en Netflix y ha cautivado a los espectadores con su historia distópica sobre un grupo de personas endeudadas que participan en juegos infantiles por la mayor apuesta posible: si ganan, se volverán millonarios; si pierden, morirán. Es enfermizamente adictiva, gracias en parte a los finales abiertos de cada episodio que garantizan que uno vuelva por más.

También es una sátira descarnada de la desigualdad de la riqueza producida por el capitalismo salvaje. Es por eso que es irónico que el éxito mundial de El juego del calamar sea, de hecho, el mayor tributo posible al poder del capitalismo, y en particular a dos de sus derivaciones más criticadas: la globalización y el libre comercio. Ambas han hecho mucho para mejorar nuestra experiencia de entretenimiento.

Durante mi infancia y adolescencia en la década de 1980, ver televisión significaba ver las tres cadenas principales en Estados Unidos (ABC, CBS y NBC), PBS o un puñado de canales locales independientes. Era una caja de sorpresas repleta de reposiciones y nuevas series. Algunas eran geniales aunque de poca monta para los estándares modernos: El superagente 86, Archivo confidencial, Cheers. La mayoría eran simplemente de baja calidad: Los Dukes de Hazzard, Starsky & Hutch, CHiPs: Patrulla Motorizada, El crucero del amor, Los ángeles de Charlie. Todos los episodios eran independientes (las historias se resolvían cada semana), eran interrumpidos por comerciales, y todas eran producciones estadounidenses. Los únicos programas de televisión extranjeros disponibles en aquel momento eran los dramas de época británicos transmitidos por PBS.

En la década de 1980 comenzaron a aparecer mejores series dramáticas con arcos narrativos más extensos, como St. Elsewhere y El precio del deber, pero no fue sino hasta la década de 2000 que la televisión estadounidense alcanzo una nueva edad dorada con series como Los Soprano, The Wire, Mad Men y Breaking Bad. Sin embargo, esa era ya ha terminado. Juego de Tronos emitió su último episodio en 2019 y desde entonces no ha habido una serie estadounidense que haya logrado tener un impacto cultural similar.

Me encantan shows como Ozark, Succession y Ted Lasso, pero aún así, como muchos otros estadounidenses, he terminado viendo en la actualidad muchos productos extranjeros, en particular en Netflix, que inteligentemente ha liderado el camino de la construcción de una plataforma internacional de streaming. Me he entretenido muchísimo no solo con El juego del calamar de Corea del Sur, sino también con Fauda y Shtisel de Israel, Lupin y Call My Agent! de Francia, Babylon Berlin de Alemania, Occupied de Noruega, y The Crown de Reino Unido. Mi favorita es la serie francesa The Bureau en Amazon Prime. En mi opinión, es la mejor serie de espías de todos los tiempos, y una de las mejores series del mundo, en general.

No debería ser ninguna sorpresa el hecho de que muchos de los mejores programas de televisión ya no se hagan en Estados Unidos. Después de todo, Estados Unidos solo tiene 4% de la población mundial. Es lógico pensar que el otro 96% produzca una enorme cantidad de excelente contenido. El milagro es que ahora podamos ver gran parte de eso. Internet ofrece una infinidad de opciones, y mientras más opciones tengas, mayor serán las posibilidades de encontrar algo genial para ver. Es un alivio que Washington no esté limitando las importaciones de series extranjeras para proteger a productores en cafés de Malibú que se quejan porque ya no logran que sus proyectos salgan al aire. La globalización ha abierto un vasto mercado para la industria del entretenimiento de Estados Unidos, pero también ha garantizado que ya no goce del monopolio del mercado nacional. Eso es positivo.

Cada vez que consumes un programa de televisión extranjero, eres testigo de los beneficios de la globalización y el libre comercio, conceptos que prácticamente se han convertido en insultos. El presidente estadounidense, Joe Biden, no demoniza la globalización ni destruye los acuerdos comerciales de la manera que lo hizo el expresidente Donald Trump, pero continúa aplicando las mismas políticas proteccionistas que este implementó. El gobierno de Biden no ha mostrado ningún interés en volver a unirse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o en eliminar los aranceles sobre los productos chinos cuyo costo es pagado por los consumidores estadounidenses.

Gran parte del debate se centra en las personas que se ven perjudicadas por el comercio: trabajadores en industrias que no pueden competir contra contrincantes más rentables en el extranjero. Olvidamos o damos por sentado los beneficios del comercio, como por ejemplo toda la actividad económica que genera empleos, aumenta los ingresos de los hogares y mejora la calidad de vida de los consumidores (es decir, de todos nosotros).

Lo que está sucediendo en la industria de la televisión es un microcosmos de toda una economía que se ha beneficiado de las importaciones de todo, desde textiles y productos electrónicos hasta automóviles. Cuando compras un auto nuevo, tus opciones ya no se limitan a Ford o General Motors, y Chrysler ya ni siquiera es propiedad de Estados Unidos. Ciertamente, en la era de la globalización, las líneas que dividen lo “extranjero” y lo “nacional” se difuminan. Una compañía estadounidense, Apple, vende iPhones, pero sus componentes se fabrican en diferentes partes del mundo. Otra compañía estadounidense, Netflix, muestra programas de televisión que fueron creados en muchos otros países.

No necesitamos aranceles para proteger a trabajadores de industrias moribundas; podríamos ofrecerles asistencia para capacitación profesional o prestaciones sociales para mejorar sus vidas en medio de las perturbaciones de una economía cambiante. Y, mientras tanto, podríamos mejorar la vida de todos a través de la eliminación de aranceles y el fomento a una mayor globalización.

Fuente: Post Opinión