miércoles, 6 de mayo de 2020

Hacia una arquitectura del coronavirus

«Cuestión de moralidad. La mentira es intolerable. Uno muere con la mentira. La Arquitectura es una de las necesidades más urgentes del hombre, ya que la casa ha sido siempre indispensable y primera herramienta que ha forjado».
Le Corbusier, Hacia una arquitectura. 1923

Asistimos a una serie exponencial de muertes y mentiras desde nuestra casa, nuestra primera herramienta, y miramos por la ventana, y vemos la imagen del hospital militar flotante Comfort llegando a Nueva York. Esa instantánea nos recuerda la de otra nave profética que también llegó a la misma ciudad: el USS Normandie. En ese viaje descendió la ambición de Le Corbusier. Sus manifiestos profetizaban la unión de higienismo, tecnología y vivienda, y su encrucijada también recuerda a la nuestra. Si esa foto recogía las cenizas del crack de 1929 en un mundo que se dirigía inevitablemente hacia la Segunda Guerra Mundial, esta foto parece ser la confirmación de un nuevo orden mundial, producto de una pandemia global.

Al igual que Le Corbusier, desconocemos las consecuencias exactas que la primera y siguientes olas de la epidemia tendrán sobre el barco que nos lleva. La mar está confusa: olas altísimas de cuarta revolución industrial, encrespada lucha entre el neoliberalismo globalista y el proteccionismo estatal, y mucha espuma que reduce la visibilidad de los derechos humanos. Se estima que, como consecuencia del coronavirus, se va a doblar el número de personas que pasan hambre –aumentará de 825 a 1.600 millones–, que más del 87% de la población activa del mundo está afectada laboralmente, que más de 3.000 millones no pueden lavarse las manos y que hay 4.000 millones de personas en cuarentena y otros 2.000 sin vivienda.

¿Podrán las Naciones Unidas gobernar el barco y llevar a puerto los Objetivos de Desarrollo Sostenible? A modo de carta de navegación, definiremos cinco puntos para una arquitectura del coronavirus: territorio, ciudad, salud, vivienda y objeto. Hablemos de futuro.

Territorio

El coronavirus ha atacado una forma de vida y su construcción territorial. El comienzo y desarrollo exponencial de la crisis está en el origen del modelo: la urbanización acelerada que provoca la reducción, el comercio de ecosistemas donde se encuentran los animales salvajes con sus patógenos y la comida como vector de transmisión, y los HUB de transporte, más rápidos y de mayor alcance.

A falta de otros ejemplos comparables y confirmación de la relevancia del confinamiento temprano y otras decisiones políticas, existen relaciones directas entre recursos, densidades, contagios e índices de fallecidos. Ciudades como Los Ángeles, con baja densidad y con buenos equipamientos sanitarios, responden mucho mejor que Nueva York. Queda por ver si en ciudades de alta densidad habrá un grado mayor de inmunidad colectiva –si es que existe– y por lo tanto estos índices de contagio y fallecidos se equilibrarán.

En los entornos rurales o áreas deprimidas de baja densidad la situación es diferente por una suma de factores, como la carencia de servicios y equipamientos, la edad de sus habitantes o la desigualdad económica. Todo ello provoca los mayores índices de mortalidad del país. En Estados Unidos el porcentaje de muertos afroamericanos con bajos ingresos puede ser del 70% sobre el total. En la España vacía el ejemplo de Soria o Segovia es paradigmático: poseen la tasa de contagio por cada 1.000 habitantes más alta de España y superan o igualan a Madrid en la tasa de fallecidos.

Además de reforzar los equipamientos y las infraestructuras del mundo rural y zonas deprimidas, proponemos la integración de herramientas como Blue Dot AI en estudios, universidades y gerencias de urbanismo, para poder equilibrar el poder y el saber entre diseño y predicción.

Ciudad

«No nos va a matar el coronavirus, sino que moriremos de hambre», explicaba a NYT, Nihal Singh, un albañil de Delhi (India)

La base de la civilización y su crecimiento ha estado en la alimentación de las ciudades. El comienzo de la pandemia está vinculado a políticas alimentarias y se produce en un mercado. Hoy vivimos cambios radicales en esta dirección: tiemblan los precios, las cosechas, las cadenas de suministro y los bloques logísticos en la mayoría de los países desarrollados. Vemos en directo al chef español José Andrés y su organización World Central Kitchen –entre otras muchas instituciones en estos y otros países) construir redes de emergencia (junto a bancos de alimentos– para millones de necesitados entre EE.UU. y España. Al mismo tiempo, diferentes plagas llevan al abismo la alimentación de cientos de millones de personas en África.

La situación hasta el momento es ejemplar por lo que respecta a la industria española, uno de los puntales geopolíticos del país a nivel internacional. Apuntemos algunos datos: Almería es capaz de alimentar de forma saludable durante nueve meses del año a 500 millones de habitantes de la Unión Europea; España es la cuarta potencia mundial en la producción de carne de cerdo y Mercamadrid es el mercado de distribución de alimentos más importante de España, el más grande de Europa para carne y la segunda lonja de pescado del mundo, por detrás de Tokio.

La producción local de alimentos es un signo de sostenibilidad. Actualmente menos del 30% de la población mundial puede satisfacer su demanda dentro de un radio de 100 km. Es por ello que animamos a la arquitectura y sus escuelas a que trabajen en la reconfiguración geopolítica de las tensiones entre el campo y la ciudad, que diseñen y construyan, sin intermediarios, físicamente y digitalmente, las redes que llevan la comida del huerto al plato. Aprendan en todas las escalas: desde los materiales y sistemas constructivos del invernadero, descontextualizados por Lacaton & Vassal en sus viviendas, a laboratorios como Sociopolis –un proyecto para un hábitat solitario en la frontera entre ciudad y campo–, o nuevos modelos de producción en la ciudad como el proyecto Future Farms de UN Studio. Propuestas donde se pongan de manifiesto los retos de la ciudad que podría venir, un modelo de economía circular que una sector primario, secundario y terciario y que produzca los recursos para conseguir una ciudad autónoma partiendo de la soberanía alimentaria. Por último, quedaría el campo de batalla de todo el sistema: la energía, el diseño y las regulaciones del last mile (robots, delivery, últimos 15 metros) y la gig economy, el turismo (Airbnb), las nuevas formas de urbanismo y ocio con la separación social, o el diseño de la nueva ciudad 4D para el transporte con drones autónomos, etc.

Salud, hospitales y residencias

En el siglo XVIII surge la sociedad como medio del bienestar físico, buena salud y longevidad. El urbanismo de la salud se centra en los focos privilegiados de las enfermedades –de las ciudades, de ahí el déficit en lo rural– y sobre ellos activa diferentes protocolos, emergiendo el modelo de hospital que conocemos hoy y que es la invención tecnológica en el orden del poder, base para crear el modelo panóptico. El coronavirus ha puesto el foco en la crisis de ese modelo y tipología: el hospital, la cárcel y la residencia, pero también el entierro. Quizás es un buen momento para pensar y rediseñar el modelo y la ceremonia.

«El hospital es más un foco de muerte para las ciudades en donde está situado que un agente terapéutico para toda la población, es una mancha sombría en el espacio urbano», escribía Michel Foucault. En los últimos días hemos visto cómo los hospitales han salido y ocupado la ciudad con cientos de tipologías efímeras o formatos prefabricados: un catálogo de islas de enfermedad del siglo XX con evidente margen de mejora. Esa presencia física, sin embargo, deberá tender a desaparecer o diluirse en la deshospitalización de la ciudad, y poseer un reverso digital a través de la telemedicina en todas sus variantes. Aplicaciones como Trace Together –donde se localizan los casos pero también se siguen las líneas de contagio y se puede llegar a predecir urbanísticamente la pandemia delimitando las áreas de contacto–, ayudarán a «purificar» el espacio público y la tipología sanitaria.

Por otro lado, alrededor del 50% de los fallecimientos por coronavirus en Francia, Italia, España, UK, Irlanda y Bélgica se han producido en las residencias de mayores. Una tormenta perfecta donde la arquitectura y la gestión a todas las escalas han sido catastróficas. Un nuevo modelo debe surgir en planta, pero también en contenido, gestión y concepto de rentabilidad. Probablemente un panoptismo tecnológico y digital de servicio, unido a la necesidad de crear comunidades autónomas dispersas y conectadas a la vez, para ser protegidas en momentos de excepción. Un modelo que tome como punto de partida el proyecto Regen Villages de EFFEKT: una ecovilla de muchos espacios archipiélago, regenerativa y resiliente fuera del grid, autónoma y con tecnologías para reconectar naturaleza, consumo y producción.

Vivienda

Cuando Le Corbusier llegó en barco a Nueva York, el fordismo era una realidad que ya lo bañaba todo mientras la industrialización y el marketing empezaban a llegar a la vivienda. Después de la II Guerra Mundial, pasó a ser el eje principal de la arquitectura durante el resto del siglo. Actualmente, más de 2.000 millones de personas en el mundo no tienen un espacio para vivir en condiciones mínimas de higiene y salud, 40.000 de ellas en España. Y de los que lo tienen en nuestro país, 4,5 millones viven en casas de menos de 60 metros cuadrados y el 5% no tiene luz natural. Con estas cifras en aumento exponencial por la situación actual, y la huida y explosión de la burbuja inmobiliaria por los propios fondos, parece un buen momento para girar el enfoque del mercado y recuperar el espíritu de los CIAM para embarcarse en un nuevo Patris, quizá hasta proponer una Carta de Atenas del siglo XXI. ¿Hay algún nombre mejor que el del barco UNSC Comfort?

Hacia una nueva arquitectura confortable

La palabra confort se construyó durante el siglo XX en paralelo a la definición de vivienda que hoy conocemos. El debate entre el universalismo tecnocrático del propio Le Corbusier, Banham o Fuller y el regionalismo climático de Taut o Erskine sigue existiendo, y el coronavirus lo inflama gracias a unos ratones que en ambientes de entre el 40% y 60% de humedad relativa transmiten en menor medida la enfermedad y con una humedad relativa del 50% la eliminan mejor y generan respuestas inmunes más resistentes. Intuíamos que Decosterd & Rahm tenían razón cuando proponían ese diálogo entre usuario y ambiente a través del aire (clima y energía) como nuevo material necesario para dar forma a la arquitectura; ahora que lo confirmamos, hay que replantearse la sostenibilidad y arquitectura ambiental de la casa y de la ciudad desde esta ciencia.

El proyecto de vivienda autónoma y productiva se desarrolló como suma de la crisis nuclear y la crisis energética. Es posible encontrar algunos de esos modelos alternativos construidos, proyectos sociales con raíces en la ecología y la sostenibilidad de los ecosistemas con un alto grado de tecnificación. Recuperar y conectar esos laboratorios —documentados por Nancy Jack Todd o Stewart Brand— así como revisar lo vernáculo mediante el nuevo paradigma de la casa productiva servirán de guía para las nuevas generaciones.

La casa del futuro podría basarse en los ejemplos anteriores y por lo tanto no será una, sino muchas: el tiempo será el espacio, el espacio, clima, y el clima, ecosistema. La casa será laboratorio que tendrá actividades programadas para ser puntos de encuentros entre tecnología, subsistencia y producción (energética y alimentaria), que será estructura y a su vez otra cosa: circular en la construcción y los residuos, independiente y autónoma. Seremos prosumidores en espacios de confort compartido con varias capas de significado y conexión.

Objeto

La arquitectura moderna fundamentó una de sus patas sobre el diseño de mobiliario. El ejemplo de la silla tubular, su repercusión en la historia con más de 2.000 modelos y la lucha por la autoría entre Mart Stam, Marcel Breuer y Mies Van der Rohe es paradigmático. Pelearon por un diseño y una tecnología que no les pertenecía ya que procedía de los asientos de un coche Tatra de 1926.

Actualmente, la fabricación digital ha dado la vuelta a esa ecuación provocando cambios sistémicos en la arquitectura y el mundo del diseño gracias a tecnologías compartidas que pueden generar un catálogo infinito de diseños de código abierto fabricados en un sistema en red que ha dado respuesta inmediata en esta crisis, a la espera de homologaciones.

El diseño y la producción en tiempo real de respiradores, desinfectantes, EPI, habitaciones, cocinas, restaurantes, hospitales y ciudades demuestra y confirma que el liderazgo en la innovación es resolver problemas complejos con soluciones elegantes para una nueva forma de vida.

Quizás el nuevo Le Corbusier tampoco baje de un barco academizado en Nueva York, sino de una nube siendo maker. Hacemos escala en este crucero por el archipiélago coronavirus, hemos empezado a cartografiar un territorio que se va a reconfigurar en su noción jurídica, política y urbanística por el ataque de la enfermedad. La salud volverá a la sociedad y esta deberá rediseñar sus relaciones tipológicas con la alta y baja densidad, creando nuevas escalas y espacios intermedios entre la brecha física y digital, entre el hospital y la vivienda. Esos ambientes serán clima y ecosistema, y los objetos de código abierto responderán a los objetivos de desarrollo sostenible creando impacto inmediato en el propio territorio, de manera circular. A partir de ahora, como diría Le Corbusier, los arquitectos tienen la palabra.

Fuente: Ethic

martes, 5 de mayo de 2020

Cómo la inteligencia artificial les mostró el camino a los médicos hacia un posible tratamiento contra el coronavirus

A finales de enero, los investigadores de BenevolentAI, una empresa emergente de inteligencia artificial en el centro de Londres, dirigieron su atención hacia el coronavirus.

En dos días, con el uso de tecnologías que pueden analizar la literatura relacionada con el virus, identificaron un posible tratamiento con una velocidad que sorprendió tanto a la empresa que fabrica el fármaco como a muchos médicos que habían pasado años explorando su efecto en otros virus.

El medicamento se llama baricitinib y fue diseñado para tratar la artritis reumatoide. Aunque aún hay muchas interrogantes acerca de su posible uso como tratamiento contra el coronavirus, pronto se harán pruebas en un ensayo clínico acelerado con los institutos nacionales de salud. También se está estudiando en Canadá, Italia y otros países.

Los especialistas de BenevolentAI son de los muchos investigadores de inteligencia artificial y científicos de datos en todo el mundo que han dirigido su atención hacia el coronavirus, con la esperanza de poder acelerar los esfuerzos para comprender cómo se propaga, tratar a las personas contagiadas y encontrar una vacuna.

Antes de la pandemia, los investigadores de la inteligencia artificial formaban parte de uno de los sectores más publicitados y con más acceso a recursos de la industria tecnológica, y perseguían el sueño de los vehículos autónomos y las máquinas que pueden aprender por sí solas. Ahora solo intentan ayudar mientras trabajan en tecnología que aumente la cantidad de expertos humanos en lugar de remplazarlos.

Los investigadores médicos han pasado años analizando el baricitinib y medicamentos similares como una forma de tratar los virus. El baricitinib, una píldora que se toma una vez al día, puede ayudar a combatir una actividad extrema e indeseada del sistema inmunitario del cuerpo, que ocurre tanto en casos de artritis reumatoide como de virus como el VIH y puede dañar células y tejidos sanos.

A finales de enero, después de hablar de la pandemia con uno de los inversionistas de la empresa en Asia, la baronesa Joanna Shields, directora ejecutiva de BenevolentAI, le preguntó a Peter Richardson, vicepresidente de farmacología de BenevolentAI, si la empresa podría explorar posibles tratamientos.

BenevolentAI, se unió rápidamente a la carrera para identificar fármacos que podrían evitar la entrada del virus a las células del cuerpo. Los investigadores de la Universidad de California, campus San Francisco, y muchos otros laboratorios están buscando tratamientos similares.

BenevolentAI, que ha recibido más de 292 millones de dólares de Temasek, el fondo soberano del gobierno de Singapur, Goldman Sachs y otros, ha pasado los últimos años fabricando tecnología que podría ayudar a descubrir información enterrada en vastos tesoros de ensayos académicos y otra literatura científica.

La tecnología fue diseñada para el desarrollo de nuevos medicamentos, no para identificar nuevos usos para medicamentos existentes, y jamás ha sido utilizada con material relacionado con los virus.

En dos días, el pequeño equipo utilizó las herramientas de la empresa para sondear millones de documentos científicos en busca de información relacionada con el virus. Las herramientas se apoyaron en uno de los desarrollos más novedosos en inteligencia artificial: “modelos de lenguaje universal” que pueden aprender solos a comprender el lenguaje oral y escrito mediante el análisis de miles de libros antiguos, artículos de Wikipedia y otros textos digitales.

Con base en lo que la tecnología descubrió en la literatura, Richardson pudo hacer un mapa de las conexiones entre genes humanos determinados y los procesos biológicos afectados por el coronavirus. A medida que fue apareciendo un mapa multicolor en la pantalla de su computadora, dos genes saltaron a la vista.

“Se levantaron y dijeron: ‘Mira, aquí estamos’”, afirmó Richardson.

Una vez que identificaron los genes, él y sus colegas pudieron detallar la manera en que los medicamentos existentes se dirigían a esos genes, visualizando el proceso a través de una especie de diagrama de flujo digital. Identificaron el baricitinib, fabricado por la gigante farmacéutica estadounidense Eli Lilly.

Muchos científicos ya estaban considerando medicamentos antiinflamatorios similares que podían reducir una tormenta de citoquinina, una respuesta extrema del sistema inmunitario que puede matar a los pacientes con coronavirus.

No obstante, los investigadores de BenevolentAI fueron más lejos. Por medio de su software, descubrieron que el baricitinib también podría prevenir la infección viral en sí misma, bloqueando la manera en que entra a las células. La empresa declaró que no esperaba obtener ganancias de la investigación y no tenía ninguna relación previa con Eli Lilly.

A través de Justin Stebbing, profesor de oncología en el Colegio Imperial de Londres, los investigadores enviaron sus descubrimientos a The Lancet, una de las publicaciones médicas más antiguas y respetadas en el Reino Unido, a principios de febrero. Como muchas otras empresas e investigadores que ahora se encuentran explorando tratamientos en todo el mundo, el equipo quiso compartir lo que había descubierto con tantas personas como fuera posible.

Al día siguiente, en el Hospital de la Universidad Emory en Atlanta, Vincent Marconi abrió un correo electrónico de un colega, Raymond Schinazi, quien lo invitaba a él y a otros colegas a leer el ensayo. Habían pasado ocho años estudiando el baricitinib y otros medicamentos como tratamiento para el VIH y sabían que esos fármacos podrían ayudar a los pacientes con coronavirus.

No obstante, no se habían decidido por el baricitinib como una opción viable y no habían identificado las propiedades específicas que podrían permitirle al medicamento combatir el virus. Tampoco lo habían hecho los científicos de Eli Lilly.

En Emory, los investigadores del laboratorio estaban impresionados con el ensayo de BenevolentAI. “Fue una locura”, comentó Christina Gavegnano, quien formó parte de los estudios con el VIH. “Nos preguntábamos: ‘¿Quiénes son estas personas? ¿Alguien los conoce?”.

Un mes más tarde, Marconi propuso un ensayo clínico con baricitinib y otro medicamento. A medida que los casos de coronavirus fueron aumentando en su hospital, él y sus médicos clínicos administraron la píldora como una acción compasiva hacia sus pacientes, y obtuvieron resultados alentadores.

“Por lo general hablamos del proceso ‘del laboratorio a la cama de hospital’”, dijo Stebbing, refiriéndose al rápido avance de la investigación en el laboratorio al tratamiento de los pacientes. “Este proceso es ‘de la computadora al laboratorio, a la cama de hospital”.

Fuente: Infobae

lunes, 4 de mayo de 2020

El acceso a los servicios de la información y las personas con discapacidad

La Asociación por los Derechos Civiles (ADC) se planteó como objetivo hacer un aporte ante el creciente panorama de la accesibilidad web y las personas con discapacidad tomando como punto de partida su recorrido en materia de derechos y tecnologías digitales.

Con el aporte de la Fundación Ford y en conjunto con el equipo de la Universidad Nacional de Quilmes, Observatorio de la Discapacidad, se realizó esta investigación que propuso realizar un diagnóstico regional en materia de accesibilidad web, en Argentina, Chile y Uruguay, para permitir una evaluación del estado de situación. Este análisis permitió identificar y esquematizar propuestas para sortear y eliminar las barreras de acceso a la información para las personas con discapacidad.

El estudio del desempeño de los actores clave en el contexto legal y social actual, sumado a la lectura en conjunto de los datos recogidos durante el trabajo en terreno, la validación automática y por experiencia de usuarios de las páginas y portales web, su sistematización y análisis, conforman el conjunto de información que da fundamento a las recomendaciones y sugerencias elaboradas y a las propuestas de buenas prácticas, que pueden facilitar el progresivo desarrollo de una Web inclusiva.

Desde un enfoque constructivo, esperamos este estudio sirva como guía para sensibilizar, concientizar y generar mejoras en la accesibilidad Web. Centrando nuestros esfuerzos futuros en las prioridades emergentes, promoveremos la participación de las personas con discapacidad en la oferta de servicios TIC, asegurando su derecho a la plena participación ciudadana y social.

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Imagen: Válida sin barreras

Fuente: ADC