domingo, 31 de mayo de 2026

La IA está proporcionado algo inesperado: el renacer de las Humanidades y las Ciencias Sociales


Se ha transformado en un lugar común destacar el enorme cambio que la inteligencia artificial (IA) producirá a todo nivel, desde el empleo a la vida cotidiana, uno de los más grandes que el mundo ha conocido, además que tendrá lugar con enorme velocidad. Las revoluciones que tienen su origen en la ciencia y la tecnología son diferentes a las sociales, en el sentido de transformarse rápidamente en universales e irreversibles, y a partir de los cambios producidos por la Revolución Industrial, el mundo ha aprendido que todo puede modificarse antes que los contemporáneos se den cuenta de la profundidad del cambio que está teniendo lugar.

Algunos lo ven con esperanza, otros con temor; algunos con satisfacción, otros con pesar, compartiendo sin embargo estas posiciones extremas algo en común: el optimismo y el pesimismo se unen en aquel punto donde el desarrollo tecnológico encierra la posibilidad de significar uno de los cambios más destacados en la evolución de la especie humana.

Algunas revoluciones tecnológicas son bruscas y dan origen a verdaderos quiebres epistemológicos, otras muestran una enorme continuidad, en el sentido que, aunque exista tiempo de diferencia entre una y otra, las reacciones comparadas de los afectados pueden ser muy parecidas, demostrando que a veces el cambio de los seres humanos es lento, lo que dificulta la adaptación inmediata. Sin embargo, la IA es distinta en lo cualitativo, en el sentido que la mayoría de las revoluciones precedentes fueron una reducción liberadora del esfuerzo físico, mientras que la IA tiene que ver con el poder del cerebro, además que el cambio va a ser inmediato, en todos los sectores y a todo nivel.

También está trayendo sorpresas, situaciones inesperadas, ya que, por sus características, el desarrollo de estas tecnologías y la base científica que la sustenta está proporcionando algo novedoso, empezar a apreciar en su justa medida las cualidades ordinarias y naturales del ser humano. Es inesperado, porque por siglos en forma continua y consistente, hemos enfatizado las habilidades extraordinarias en matemáticas y ciencia. Sin embargo, considerando que muchas de estas situaciones pueden ser transformadas por la IA en habituales, es probable que con el paso del tiempo, afirmaciones acerca del “genio” de deportistas y bailarines, consideradas hipérboles sensacionalistas serán mejor apreciadas, por ser correctas si se las analiza con detención, toda vez que desde hace ya un tiempo, desde el siglo XX, un aparato puede calcular increíblemente más rápido que un Premio Nobel o los robots puede realizar tareas que superan en fuerza al ser humano, pero todavía no pueden hacer bien esas otras actividades.

Hasta el momento, a la IA le ha resultado más fácil el desarrollo de fórmulas matemáticas que reproducir modelos de habilidades corrientes del ser humano. Es decir, si entendemos a la tecnología como lenguaje hacia la acción y la ciencia como lenguaje hacia la verdad, para realmente comprender a la IA, es necesario también analizar los procesos sociales en cuyo marco tienen lugar. De partida, no intentar entenderla a través de procesos mentales obsoletos, dada la magnitud de lo que hoy está teniendo lugar.

Así como la sociedad medieval estuvo marcada por los factores teológico-religiosos, la contemporánea lo está por la ciencia y tecnología, y como consecuencia, el éxito de las llamadas ciencias duras empobreció el rol que acostumbraban a jugar las Humanidades y las Ciencias Sociales en la sociedad y en el sistema universitario donde estaban hospedadas. Me cuento entre quienes piensan que vamos a ser testigos de su renacimiento, doblemente necesario ya que mi temor es que el primer impacto de la IA ya esté afectando la capacidad de pensar de las sociedades actuales que ya venía deteriorándose. Ahora se le está agregando el inicio de una tendencia que crece día a día en las RR.SS. y en plataformas como X, donde se le pregunta todo de todo, para después compartirlo masivamente como si fuera una verdad revelada, lo que repetiría lo que ocurrió cuando copias de la Biblia llegaron a los hogares después de la Reforma y la aparición de la imprenta.

Lo anterior es tan solo un aspecto, ya que mi impresión es que somos testigos de un proceso de gigantescas proporciones, el cambio de una era a otra, que coincide o está encabezada por el advenimiento de la IA y su presencia en todo lugar. Si aceptamos que el cambio que viene puede ser tan rápido y en tantos sectores, porque entonces no debiera afectar a esa actividad conocida como ciencia y al método que la caracteriza.

Si aceptamos que no existe una verdad absoluta en la ciencia sino competitivas entre sí, si la IA va a resolver con facilidad problemas que antes obligaban a recurrir a especialistas, hoy, estamos obligados a superar la hiperespecialización que impide abarcar la visión global. Es decir, estas nuevas tecnologías nos obligan a entender que no necesariamente el todo se explica por el estudio aislado de las partes.

Y esa es la sorpresa que está trayendo la IA, la necesidad de rescatar a las humanidades que eran y son el conjunto de disciplinas que ayudan a entender y comprender al ser humano, la cultura y el pensamiento, y cuyo enfoque, en general, no aspira a formular leyes universales sino a interpretar y producir consideraciones críticas o creativas respecto a la forma de ser y actuar de nosotros, los Homo Sapiens. Las disciplinas que conforman las humanidades son aquellas que buscan un conocimiento general, ofreciendo a través de los siglos, una visión de todas y cada una de las manifestaciones artísticas e intelectuales del ser humano, lo que permite entenderlo en forma integral, como también comprender la causa y efecto de los múltiples y variados acontecimientos que tienen relación con la historia, la filosofía, el arte, la literatura, la antropología, la filología, la sicología, el derecho, solo por mencionar algunas áreas.

Las humanidades como también las ciencias sociales se interesan en el ser humano, la sociedad y la cultura, siendo la diferencia fundamental, que las humanidades se centran en la comprensión e interpretación de la experiencia humana, la cultura, la argumentación filosófica y las representaciones de lo anterior, mientras que las ciencias sociales aspiran al estudio de la sociedad, empleando para ello herramientas conceptuales cualitativas y cuantitativas, como ocurre por ejemplo en la sociología. Usando como ejemplo una disciplina que he cultivado como la ciencia política, no es la única que se preocupa del poder, pero sí lo es en el sentido de transformarlo en su objeto fundamental de estudio.

Humanidades y Ciencias Sociales tienen en común que, por milenios, todas y cada una de ellas se han empeñado en descifrar tanto los significados como los significantes que subyacen la creación y la experiencia humana. También tienen en común, que en las últimas décadas han experimentado una situación de arrinconamiento, empobrecimiento y supresión en su lugar habitual que han sido las universidades. No es primera vez que ocurre en su larga historia, pero sus características si han sido novedosas, ya que ha habido un concertado esfuerzo para disminuir su importancia con el argumento que el “mercado” no las necesitaba y que sus productos y cultores no eran “útiles” para la sociedad o el crecimiento económico.

El impacto de la IA ha sido inmediato en el lugar de trabajo, incluyendo aquellas empresas que lideran este proceso. Es así como nada menos que Mark Zuckerberg anunciaba el despido del 10% de los trabajadores de Meta con otros 8.000 siendo reubicados por la introducción de la IA, agregando que el “éxito no está garantizado” para nadie. En educación, impactos semejantes se verán en las profesiones, incluyendo las más cotizadas. La forma como se enseñan las disciplinas desde la primaria a la universitaria también deberá modificarse, ya que por ejemplo la historia todavía es presentada a los estudiantes como fechas a memorizar y recordar.

Por lo tanto, cuando la IA puede modificar con rapidez el campo laboral y quizás por rara vez cuestionar el funcionamiento de una institución que como la universidad ha tenido pocos cambios en su milenaria historia, las virtudes de los saberes humanísticos van a ser cada vez mejor apreciadas, a medida que la IA comience a impactar disciplinas y profesiones, las que sin duda se verán masivamente afectadas, toda vez que por ejemplo tiene poco sentido la actual duración de carreras universitarias que además enseñan contenidos que por definición van a quedar obsoletos el día del egreso, lo que estaría detrás de la nueva moda en los campuses universitarios, donde en EE. UU. los importantes invitados a dar el discurso de graduación a los primeros egresados que han sido acompañados por la IA en sus estudios, están siendo abucheados por estos cada vez que la mencionan en su alocución.

Es importante destacar dos cosas presentes en esta columna, por un lado, la necesidad de abandonar mentalidad e ideas preconcebidas en relación a la IA para realmente entender el cambio que tendrá lugar, como también, por el otro, el hecho que sin darnos cuenta, sin querer queriendo como decía el recordado Chavo, después de años de menoscabo y hasta desprecio de los estudios de humanidades y ciencias sociales, donde las artes liberales sufrieron mala publicidad, rebaja de presupuesto, constante retroceso en salarios y prestigio, llegó la profecía autocumplida de matrícula decreciente como también el cierre de programa doctorales y posgrado, recursos que fueron redireccionado a las tecnologías, las ciencias duras, las ingenierías, y similares.

Todo indica que en este siglo se va a generar una situación nueva, donde la naturaleza humana será el complemento indispensable para que la revolución de la IA sea mejor entendida en el lugar de trabajo, donde los empleos y posiciones relacionadas con la computación van a disminuir al ser menos necesarios porque la IA hará programación en vez de ellos, lo que también va a impactar a oficios y profesiones como el periodismo y los abogados, la parte profesional, pero no necesariamente afectará al estudio de la información o el rol del derecho.

¿Qué se va a necesitar entonces? Comprender, analizar, interpretar, entender, en otras palabras, habilidades y conocimientos hoy desvalorizados, pero que proporcionan empatía, emociones, y, sobre todo, pensamiento crítico. Hablamos de aquello que nos hace humanos, saberes que las humanidades han cultivado mejor que nadie, toda vez que nacieron para ello, y lo han hecho durante siglos.

En otras palabras, tanto en educación como en el empleo, se requerirán personas cultas más que especialistas, y serán saberes humanistas los que permitirán la mejor adaptación al hecho que la IA resuelve mejor los problemas racionales que los emocionales. Los días en que disciplinas STEM (iniciales en inglés para Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) eran las únicas que predominaban en los campus serán complementados por la necesaria convivencia en forma más igualitaria, a modo de ejemplo, con aquellas que intentan comprender los procesos históricos y sociales.

Lo que nos hace humanos cobrará mayor importancia en vez de perderla, no lo digo yo, sino que es el anuncio de algunas de las más relevantes mentes empresariales detrás de esta revolución, como Elon Musk. En mi vida, una de las personas de quien más aprendí, tanto que lo considero uno de mis maestros, fue el biólogo chileno profesor Héctor Croxatto, quien siempre insistía que lo que nos hacía humanos era la curiosidad de buscar conocimiento, y esa es una habilidad que la IA hará muy visible. Es también aquello que es recalcado en las enseñanzas del psicólogo rumano-israelí Reuven Feuerstein, quien nos dijo que “nada es más estable en el ser humano que su capacidad de cambiar”, y si el ser humano es modificado y se auto modifica constante y regularmente ¿por qué entonces no debiera hacerlo ahora con la IA?

El sistema educacional va a ser profundamente afectado, y la pregunta es si va a colaborar o a dificultar ese proceso, por lo que el nuevo paradigma debiera ser enseñar a cambiar, sobre todo, a través de lo que se ha ido perdiendo, la actitud crítica. Creo que en la nueva era a la que estamos ingresando, la educación debe proponerse ir más allá de la mera instrucción para formar buenos ciudadanos, y sin duda esa tarea se cumple mejor replanteándonos que es lo básico, lo fundamental en el proceso educativo en tiempos de IA, ¿lo es intentar seguir enseñando un poco de todo o solo lo más importante, y si esto último puede en realidad cumplirse a través de los valores? Otro desafío para la educación sigue siendo, ahora con mayor urgencia, como enseñar a procesar y manejar la información, no a acumularla.

El pensamiento crítico nos debiera ayudar en la tarea de evitar que la IA sea utilizada para profundizar la distorsión en la que han caído muchos sistemas educativos, aquellos que han buscado el adoctrinamiento más que la enseñanza. Además, para no repetirlos, se debiera aprender de los muchos errores cometidos con la internet, donde en los 90, en general y hasta con ingenuidad, solo se destacaron las virtudes, pero en forma oportuna no se combatió contra defectos como la desprotección de adolescentes y niños, la creación de monopolios y la capacidad de los algoritmos para polarizar y difundir información falsa.

Por lo tanto, ¿qué hacemos? ¿cómo regulamos la IA? La idea está en todas partes, y mucha repercusión ha tenido la primera encíclica de León XIV “Magnifica Humanitas”, dedicada al tema de la IA, y donde hay una serie de argumentos para evitar que la persona y su dignidad sean sacrificados en nombre del progreso.

Mi sugerencia se basa en tres puntos. El primero es recurrir al ejemplo más cercano, donde hubo éxito en limitar los efectos negativos de la energía atómica durante la guerra fría, donde dos potencias a las que todo separaba como EE. UU. y la URSS manejaron el inédito poder del armamento nuclear y lograron evitar un enfrentamiento directo. Hoy, China y EE. UU. dentro de su competencia por el liderazgo mundial, debieran esforzarse por llegar a acuerdos básicos sobre la IA, además de ser los países que están más avanzados, a larga distancia del resto.

En segundo lugar, la protección de los aspectos negativos y del temor que existe en relación con la IA debe manifestarse en un Tratado a nivel de derecho internacional, y a nivel nacional, la protección debe quedar registrada a nivel constitucional, desarrollando los neuroderechos, que surgen para definir a la mente como aquello que no debe ser invadido ni colonizado, como el templo humano a no ser violentado.

En tercer lugar, hay que hacer lo que no se hizo oportunamente con la computación, en el sentido de regular mucho mejor, siempre en relación con el rol que pueden y debieran cumplir tanto China como EE. UU. de controlar mejor a las empresas, sin obstruir la innovación, pero evitando situaciones como la impunidad garantizada por ley que han motivado instrumentos legales como la Sección 230 en EE. UU. , que en la práctica impide que se pueda responsabilizar en tribunales a las grandes empresas tecnológicas por lo que emiten en redes, a diferencia de tecnologías más antiguas como radio o TV.

El concepto de neuroderechos es clave, toda vez que el riesgo es real que la IA pueda acceder y modificar la propia interioridad humana. La explotación comercial de neurodatos o la manipulación emocional debe estar terminantemente prohibida, ya que como siempre, en toda revolución tecnológica existe tanto la posibilidad de hacer el bien como el mal, de ahí la necesidad que la integridad mental sea agregada a la lista de derechos humanos.

Es fundamental establecer una ética del límite para la IA, toda vez que vivimos una época donde el propio éxito científico-tecnológico ha aniquilado el antiguo paradigma del progreso indefinido, entendiendo que se puede tanto avanzar como retroceder, y que los símbolos de vida también pueden serlo de muerte, por lo que el desarrollo tecnológico puede ir acompañado de subdesarrollo espiritual.

Con los resguardos del caso, podemos mirar al futuro con optimismo. No nos dejemos avasallar por la sensación de crisis inmanejable. A pesar del catastrofismo, los avances son tales que el mundo vive hoy mejor y más protegido de las incertidumbres del hambre y la enfermedad que ninguna otra época pasada. La historia no se ha terminado y una nueva estructura de poder se está articulando, con defectos obvios que no deben atribuirse a las máquinas, sino que existe la necesidad de ver en estas una creación tan humana como lo puede ser una obra de arte.

Al iniciarse una nueva transformación de la magnitud de la IA, frente a esta lo que no cambia en los seres humanos es la necesidad de tener total claridad que el problema y la solución sigue residiendo en nosotros y tiene cinco letras: ética.

Fuente: Infobae

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