El auge del Bitcoin ha traído consigo una realidad que pocos imaginaban hace unos años: un consumo masivo de electricidad para que todas las operaciones puedan llevarse a cabo. El volumen es tal ya supone más de la electricidad que consumen 159 países de todo el mundo, 20 de ellos en territorio europeo.
El consumo anual de electricidad del minado de Bitcoin supone unos 29.05 TWh, lo cual se traduce en el 0,13 por ciento del total global. Puede no aparentar tanto hasta que, efectivamente, se compara con lo que consume cada país por separado, como ha hecho Power Compare en unos mapas que permiten comprobar con pasmosa efectividad el fenómeno de esta criptomoneda que –aún– no conoce límites.
Las cifras que se manejan en la actualidad situarían a un hipotético país con el consumo eléctrico del Bitcoin en el puesto 61 a nivel mundial. El coste total de esto se sitúa en torno a los 1.500 millones de dólares.
El futuro es el problema
Mientras que esta situación no parece especialmente dramática, lo es si se tiene en cuenta que el consumo ha aumentado en un treinta por ciento en los último treinta días. Si continúa incrementándose a este ritmo, en el año 2020 consumirá el 100% de la electricidad mundial.
Al tiempo que todo esto ocurre, el precio del Bitcoin no cesa en su meteórico ascenso, situándose ya por encima de los 8.000 dólares. No es el único, ya que otras criptomonedas como Ethereum se encuentran cada vez mejor posicionadas de cara a un posible boom como el de la primera. Los próximos años, por tanto, serán claves para plantear hacia dónde lleva esta nueva vía de inversión y cómo de sostenible puede ser a largo plazo.
Dato alarmante
Una sola transacción de la criptodivisa Bitcoin puede llegar a utilizar el equivalente a la energía que consume una casa durante todo un mes.
Fuente: hipertextual.com
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jueves, 23 de noviembre de 2017
miércoles, 22 de noviembre de 2017
El método Montessori como ejemplo de educación en la cooperación
¿Educamos para cooperar o para competir? Cristina Tebar reflexiona sobre ello y apuesta por el método Montessori para basar la educación en la cooperación. ¡No te pierdas este artículo!¿Educamos para cooperar o para competir? ¿Te sorprende esta pregunta? ¿Es algo a lo que ya le has dado vueltas o tal vez ni siquiera te habías parado a pensar en ello?
El caso es que se trata de una pregunta de gran transcendencia, porque de la respuesta que le demos va a depender no sólo el futuro de los niños a los que estamos educando sino de la humanidad en general.
Cuando educamos en la competencia estamos transmitiendo a nuestros niños que el objetivo es ser más que los demás, ser el mejor, ser el primero. En ese modelo se quedan fuera la empatía, la compasión y la idea de que todos podemos ser buenos en algo y que si trabajamos juntos podemos llegar mucho más lejos que si nos pisamos entre nosotros en una lucha constante por ganar.
En cambio, cuando educamos en la cooperación estamos formando personas que el día de mañana trabajarán de forma cooperativa, buscando la mejor manera de lograr el bien común y no sólo el beneficio individual. ¿Te imaginas un mundo en el que todas las personas actuásemos así? (No es una pregunta retórica, te animo a pensarlo detenidamente.)
¿Cómo se educa para cooperar?
Montessori es un gran ejemplo de cómo educar para cooperar, la única competencia que hay es la que tenemos con nosotros mismos, la que nos ayuda a mejorar cada día, pero no fomentamos la competencia con los demás.
Para empezar, en una escuela Montessori los niños normalmente no trabajan en la misma actividad al mismo tiempo, cada uno va trabajando con los diferentes materiales a su ritmo y no se suele dar la situación en la que se comparen entre ellos para ver quién termina más rápido o quien lo hace mejor. Cuando trabajan en una misma actividad suelen hacerlo en equipo, por lo que tampoco tienden a competir entre ellos sino a colaborar.
Por otra parte, en Montessori no hay calificaciones o notas, la evaluación es continua y se centra en lo que cada niño tiene que trabajar a continuación, no se les da un boletín de notas que favorezca la comparación con sus compañeros.
También es importante el hecho de tener edades mezcladas en el mismo grupo. Cuando tienes niños de entre 3 y 6 años en un ambiente de Casa de Niños la cooperación surge de manera natural entre ellos; una niña de 5 años no va a competir con una de 3 a ver quién se pone la chaqueta más rápido, al contrario, si ve que tiene dificultades le va a ayudar a ponérsela. Lo mismo ocurre en un ambiente de Primaria; un niño de 8 años que lee perfectamente no se va a reír de uno de 6 que todavía lee despacio y con mucho esfuerzo, va a empatizar con él porque va a recordar cuando él estuvo en esa misma situación, y muy probablemente le va a ofrecer ayuda.
En concreto en la etapa de Primaria, se trabaja mucho de forma cooperativa, y se favorece que cada niño vaya encontrando sus intereses y sus puntos fuertes, lo que permite que unos puedan aprender de otros y que descubran la grandeza de colaborar entre ellos para llegar más lejos.
¿No es necesario aprender a competir?
Mucha gente sigue pensando que es necesario educar en la competitividad, dando por hecho que así estamos ayudando a nuestros alumnos a prepararse para un mundo en el que van a tener que competir para tener éxito en la vida, pero para eso primero habría que definir qué es tener éxito en la vida, ¿no?
Si pensamos que tener éxito en la vida es tener más que los demás, la casa más grande, el trabajo mejor pagado, el coche más rápido… Nos podemos pasar la vida compitiendo y siempre habrá quien nos supere. Tenemos la receta infalible para una vida de infelicidad y vacío existencial.
Si, en cambio, pensamos que tener éxito en la vida es sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos, que lo que hacemos cada día aporta algo positivo no sólo a nosotros mismos sino también a los demás, que tenemos un propósito que nos llena… entonces tenemos la receta para una vida plena y llena de sentido, en la que nuestro papel como individuos es igual de importante que nuestro papel como parte de un todo.
Como ves, elegir entre cooperar o competir no sólo tiene que ver con nuestra manera de educar, también con nuestra manera de vivir…
Fuente: Blog de Educación y TIC
El caso es que se trata de una pregunta de gran transcendencia, porque de la respuesta que le demos va a depender no sólo el futuro de los niños a los que estamos educando sino de la humanidad en general.
Cuando educamos en la competencia estamos transmitiendo a nuestros niños que el objetivo es ser más que los demás, ser el mejor, ser el primero. En ese modelo se quedan fuera la empatía, la compasión y la idea de que todos podemos ser buenos en algo y que si trabajamos juntos podemos llegar mucho más lejos que si nos pisamos entre nosotros en una lucha constante por ganar.
En cambio, cuando educamos en la cooperación estamos formando personas que el día de mañana trabajarán de forma cooperativa, buscando la mejor manera de lograr el bien común y no sólo el beneficio individual. ¿Te imaginas un mundo en el que todas las personas actuásemos así? (No es una pregunta retórica, te animo a pensarlo detenidamente.)
¿Cómo se educa para cooperar?
Montessori es un gran ejemplo de cómo educar para cooperar, la única competencia que hay es la que tenemos con nosotros mismos, la que nos ayuda a mejorar cada día, pero no fomentamos la competencia con los demás.
Para empezar, en una escuela Montessori los niños normalmente no trabajan en la misma actividad al mismo tiempo, cada uno va trabajando con los diferentes materiales a su ritmo y no se suele dar la situación en la que se comparen entre ellos para ver quién termina más rápido o quien lo hace mejor. Cuando trabajan en una misma actividad suelen hacerlo en equipo, por lo que tampoco tienden a competir entre ellos sino a colaborar.
Por otra parte, en Montessori no hay calificaciones o notas, la evaluación es continua y se centra en lo que cada niño tiene que trabajar a continuación, no se les da un boletín de notas que favorezca la comparación con sus compañeros.
También es importante el hecho de tener edades mezcladas en el mismo grupo. Cuando tienes niños de entre 3 y 6 años en un ambiente de Casa de Niños la cooperación surge de manera natural entre ellos; una niña de 5 años no va a competir con una de 3 a ver quién se pone la chaqueta más rápido, al contrario, si ve que tiene dificultades le va a ayudar a ponérsela. Lo mismo ocurre en un ambiente de Primaria; un niño de 8 años que lee perfectamente no se va a reír de uno de 6 que todavía lee despacio y con mucho esfuerzo, va a empatizar con él porque va a recordar cuando él estuvo en esa misma situación, y muy probablemente le va a ofrecer ayuda.
En concreto en la etapa de Primaria, se trabaja mucho de forma cooperativa, y se favorece que cada niño vaya encontrando sus intereses y sus puntos fuertes, lo que permite que unos puedan aprender de otros y que descubran la grandeza de colaborar entre ellos para llegar más lejos.
¿No es necesario aprender a competir?
Mucha gente sigue pensando que es necesario educar en la competitividad, dando por hecho que así estamos ayudando a nuestros alumnos a prepararse para un mundo en el que van a tener que competir para tener éxito en la vida, pero para eso primero habría que definir qué es tener éxito en la vida, ¿no?
Si pensamos que tener éxito en la vida es tener más que los demás, la casa más grande, el trabajo mejor pagado, el coche más rápido… Nos podemos pasar la vida compitiendo y siempre habrá quien nos supere. Tenemos la receta infalible para una vida de infelicidad y vacío existencial.
Si, en cambio, pensamos que tener éxito en la vida es sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos, que lo que hacemos cada día aporta algo positivo no sólo a nosotros mismos sino también a los demás, que tenemos un propósito que nos llena… entonces tenemos la receta para una vida plena y llena de sentido, en la que nuestro papel como individuos es igual de importante que nuestro papel como parte de un todo.
Como ves, elegir entre cooperar o competir no sólo tiene que ver con nuestra manera de educar, también con nuestra manera de vivir…
Fuente: Blog de Educación y TIC
martes, 21 de noviembre de 2017
Tablillas de arcilla han revelado la ubicación de 11 ciudades perdidas de la Edad del Bronce
Cartas comerciales, documentos de transporte, registros contables, sellos y contratos... Todo ello expresado en escritura cuneiforme y en tablillas de arcilla por antiguos mercantes asirios. Estos textos comerciales, escritos en el antiguo dialecto asirio del idioma acadio, han sido fechados entre el 1930 y el 1775 a.C., a comienzos del II milenio a.C. Las tablillas con sus 12.000 textos fueron excavadas principalmente en el sitio arqueológico de Kültepe, la antigua Kanesh, en el centro de Turquía.
Cuatro investigadores, entre ellos Gojko Barjamovic de la Universidad de Harvard, han estudiado estos textos y han usado modelos matemáticos, basados en el precio de los bienes y en la frecuencia con que estos bienes viajaban entre los diferentes centros de comercio, para rastrear antiguas ciudades perdidas. Los investigadores han reconstruido la red económica de comercio de productos, como la lana, el vino y los metales preciosos, que hubo en la meseta de Anatolia en el siglo XIX a.C. y, con la premisa según la cual había más comercio entre las ciudades cercanas que entre las lejanas, han obtenido múltiples interacciones comerciales entre un total de 26 ciudades antiguas: 15 cuyas ubicaciones se conocían y 11 ciudades perdidas.
Las 15 ciudades conocidas son las siguientes: Hanaknak, Hattus, Hurama, Kanes, Karahna, Malitta, Qattara, Salatuwar, Samuha, Tapaggas, Timelkiya, Ulama, Unipsum, Wahsusana, Zimishuna. Y las 11 ciudades perdidas son: Durhumit, Hahhum, Kuburnat, Mamma, Ninassa, Purushaddum, Sinahuttum, Suppiluliya, Tuhpiya, Washaniya, Zalpa. El estudio muestra la ubicación de todas estas ciudades.
Fuente: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/unas-tablillas-arcilla-han-revelado-ubicacion-ciudades-perdidas-edad-del-bronce_12101?utm_source=feedly&utm_medium=feed&utm_campaign=trafico
Cuatro investigadores, entre ellos Gojko Barjamovic de la Universidad de Harvard, han estudiado estos textos y han usado modelos matemáticos, basados en el precio de los bienes y en la frecuencia con que estos bienes viajaban entre los diferentes centros de comercio, para rastrear antiguas ciudades perdidas. Los investigadores han reconstruido la red económica de comercio de productos, como la lana, el vino y los metales preciosos, que hubo en la meseta de Anatolia en el siglo XIX a.C. y, con la premisa según la cual había más comercio entre las ciudades cercanas que entre las lejanas, han obtenido múltiples interacciones comerciales entre un total de 26 ciudades antiguas: 15 cuyas ubicaciones se conocían y 11 ciudades perdidas.
Las 15 ciudades conocidas son las siguientes: Hanaknak, Hattus, Hurama, Kanes, Karahna, Malitta, Qattara, Salatuwar, Samuha, Tapaggas, Timelkiya, Ulama, Unipsum, Wahsusana, Zimishuna. Y las 11 ciudades perdidas son: Durhumit, Hahhum, Kuburnat, Mamma, Ninassa, Purushaddum, Sinahuttum, Suppiluliya, Tuhpiya, Washaniya, Zalpa. El estudio muestra la ubicación de todas estas ciudades.
Fuente: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/unas-tablillas-arcilla-han-revelado-ubicacion-ciudades-perdidas-edad-del-bronce_12101?utm_source=feedly&utm_medium=feed&utm_campaign=trafico
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