En realidad, cualquiera puede reconocer la carga negativa que lleva una palabra como esta, ¿cierto?
Y, probablemente, ya comenzó a germinar en su mente –ya que Ud. no es cualquiera- un significado aproximado.
No está tan equivocado. Y lo felicito (por si acaso, cuando escribo ‘lo’ también quiero señalar ‘la’, pues no uso la diferenciación artificiosa del ‘lo’ y del ‘la’), porque echa a andar su deducción.
En realidad, el DRAE no lo incluye, aunque no debiera ser novedad, pues no todas las palabras aparecen en sus registros, lo que no quiere decir que no existan.
Por ello, nada mejor que ir a Fundéu BBVA. He aquí su respuesta:
Infoxicación es una palabra adecuada en español para referirse a una sobrecarga de información difícil de procesar.
El neologismo fue acuñado por el especialista en información Alfons Cornella para aludir a la sobresaturación de información, como acrónimo de intoxicación por información.
Dada la extensión de su uso, no es necesario entrecomillarla ni marcarla de ninguna otra manera, aunque si se estima que los destinatarios del texto aún no la conocen, conviene explicar su sentido la primera vez que aparezca.
Como alternativa, puede emplearse la expresión sobrecarga informativa.
Por otro lado, infoxicadoblog JGS (2014) aporta que sus principales causas van desde recoger más información de la necesaria porque así apoyamos nuestras decisiones, comprobamos la tesis que previamente nos formulamos, (nos) demostramos nuestros argumentos en nuestras ‘luchas’ dialécticas con otros o, simplemente, porque así juntamos información para el futuro. De hecho, es dudable que la podamos abarcar toda, pero nos gusta estar preparados ante un contrincante.
En cuanto a sus consecuencias, cito:
El síndrome se acompaña de manifestaciones tales como dolor de estómago, pérdida de visión, problemas de atención y concentración, dificultad para el análisis y la toma de decisiones, búsqueda constante de más información, ansiedad, estrés y trastornos del sueño.
La ansiedad como hemos indicado es una de sus principales consecuencias, algo que se ha denominado técnicamente como “information fatigue síndrome”. Este término ya fue acuñado en 1996 por el psicólogo británico David Lewis.
¿Qué podemos hacer para no caer en esta avidez informacional?
Hay varias soluciones, entre las cuales recomiendo – desde mi conocimiento superfluo, lo reconozco - seleccionar las fuentes de información (que Ud. y la academia juzguen confiables), utilizar los operadores booleanos, centralizar los contenidos de diversas páginas web sin ingresar a estas a través de herramientas como Feedly, Flipboard, Google Currents, activar Twitter y LinkedIn con preferencias establecidas de acuerdo a los perfiles que me interesan y, lo más importante, no angustiarse deseando tener la verdad última sobre un tema.
Le deseo suerte en esta tarea. También pasé por la misma premura de querer saberlo todo.
Imagen: ve.com
Fuente: Lenguaje, literatura y temas diversos
Sitio para difundir investigaciones, analisis y opiniones sobre las TIC en Bolivia, sus connotaciones sociales culturales y economicas. Invitamos a comentar.
lunes, 4 de mayo de 2020
sábado, 2 de mayo de 2020
Policías de las distancias ajenas
“Cuando se acabe todo esto y dejemos de pasarnos la vida en las redes, ¿nos volveremos mejores personas?”, se pregunta Martín Caparrós en su Twitter, y yo imagino los abrazos de reencuentro que no habrá –al menos por los próximos meses.
Ha cambiado la mirada. Somos detectores de abrazos y proximidades ajenas. En el supermercado dos chicas se tocan las manos para ayudarse a alcanzar una lata en lo alto de la estantería. Me pregunto: ¿Son familia? ¿Viven juntas? ¿Por qué se tocan? Igual las parejas. Dos adolescentes caminan tomados de la mano a un lado de la calle; llevan mascarilla. ¿Saben sus padres que rompen la distancia social? Nos exponen.
Ya no somos localizadores de fake news. Ahora somos policías de la cuarentena. Escrutamos las fotos posteadas en redes para detectar encuentros no autorizados –sabemos que esas personas hace pocas semanas estaban en países distintos– y, una vez más, juzgamos.
Los comentarios en grupos de amigos corren a la velocidad del virus. Toda la familia C (su apellido ha sido cambiado a solicitud) dio positivo para coronavirus y varios de ellos caminaban hace un par de semanas alegremente en el parque Cinquantenaire en Bruselas. Ángela los vio a lo lejos. Con sus seis meses de embarazo, era la primera vez que salía de casa. Quiso dar un paseo para tomar aire porque ya no podía con el encierro. Al ver aquella familia, apuró el paso en dirección opuesta y casi llegó corriendo a su casa. No volvería a salir. “Son unos inconscientes”, se dijo. Aunque quizás ya se habían recuperado y habían pasado el período de contagio… O no.
La llegada del SARS-CoV-2 trajo consigo la desconfianza y, con ello, el cuestionamiento de las libertades. Ya en el siglo XVII, John Locke, filósofo y teórico político, establecía las bases del Estado liberal moderno, alegando que el ser humano decidió agruparse en sociedad para proteger sus propios derechos y beneficiarse mutuamente gracias a la justicia. Para Locke, además, las personas eran libres y tenían los mismos derechos. Pero nuestra libertad termina donde comienza la de los demás. Ahora ese derecho se mide por lo menos a dos metros de distancia, siempre y cuando los vecinos no decidan hacer una reunión con amigos en plena cuarentena.
Chisme o delación
La necesidad imperiosa que algunos sienten por cumplir –y hacer cumplir– las normas de distancia social, lleva a que algunos opten, incluso, por acabar la concordia entre vecinos exponiendo a aquellos que se han atrevido a hacer una reunión con amigos o a exhibirse en el jardín de casa disfrutando un vino en una tarde soleada de primavera. A mediados de abril, una vecina de Milton Keynes, a 80 kilómetros al noreste de Londres, fotografió a sus vecinos reunidos y publicó las imágenes en uno de los muchos grupos comunitarios y privados de Facebook, mientras la audiencia clamaba en los comentarios porque se hiciera la denuncia a la policía, al tiempo que los tildaban de “Idiots”.
El entrometimiento, la injerencia, el fisgoneo, han cobrado prestigio en tiempos de pandemia. De acuerdo con una nota publicada en Político a lo largo de Europa las personas dedicadas a vigilar el cumplimiento de las normas de distancia social han adoptado una identidad: así son mouchards en Francia, chivatos en España y spitzel en Alemania.
En las policías del Reino Unido llueven denuncias de personas preocupadas porque sus vecinos osan salir a correr o ejercitarse dos veces al día –la recomendación es hacerlo solo una vez– o porque visitan con mucha frecuencia el supermercado. Esto llevó a que el comisionado de policía de Thames Valley, Anthony Stansfield, recurriera a la BBC para solicitar a la población que dejara de chismear acerca de sus vecinos, y explicó que solo se debía recurrir a las autoridades cuando se tratara de circunstancias extremas.
Usar a los vecinos como herramienta para forzar el cumplimiento de las normas se ha extendido por Europa en estos tiempos de pandemia. En Roma, la alcaldesa Virginia Raggi creó una página donde se podían denunciar a quienes estuvieran quebrantando la ordenanza de quedarse en casa.
Según el sociólogo Patrick Bergemann, autor de Judge thy Neighbor, que analiza los procesos de denuncias durante la inquisición española, la Rusia imperial y la Alemania nazi, los comportamientos de delación y semiautoritarios surgen muy frecuentemente en tiempos de crisis.
Covidiots
Mientras sobrepasaba a otra ciclista en uno de sus paseos vespertinos, José alcanzó a escuchar como esta lo increpaba: “¡Mantén la distancia segura!”, le gritó la mujer. José iba rumiando su molestia por lo que consideraba un reclamo injusto de la otra ciclista cuando se encontró junto al lago de su localidad, al noreste de Londres, y se detuvo a contemplar la escena. Además, hizo números: más de treinta personas reposaban en la grama junto al lago tomando el sol y compartiendo; familias y pequeños grupos gozaban de la ola de calor que visitaba Londres a finales de abril. “Increíble”, pensó.
En la mirada de los transeúntes, de los compañeros en la fila de la oficina de correo o de la carnicería, se ve la inquietud y la curiosidad: “¿Por qué estás en la calle?”.
En la cola para enviar correspondencia, una de las clientes dice en voz alta mirando a la chica repleta de cajas, paquetes y cartas que mantienen ocupado al dependiente: “Bueno, al menos trajo varias cosas para enviarlas”. En su voz hay aceptación y la valoración positiva de que no había salido de casa a mandar una simple solicitud de tarjeta de crédito. Mi presencia allí, entonces, no se enmarcaba en la dignidad de aquella chica. Bajé la mirada mientras trataba de ocultar el sobre huérfano que tenía en las manos. Daba lo mismo que fuera un documento impostergable: a juicio de la vecina de fila y juez de la cola, una carta no era justificación suficiente para ir al correo.
La era de la vigilancia vecinal ha alcanzado incluso a médicos y enfermeros que pasan sus días atendiendo pacientes de la Covid-19. Fue España el país donde los residentes inauguraron los aplausos a los sanitarios. Miles de publicaciones en todo el mundo se refieren a quienes confrontan la crisis de la pandemia como héroes, salvo si son sus vecinos. Justo donde comenzaron los aplausos llegaron los avisos en las puertas. A mediados de abril, en Tenerife, un médico publicaba algunas notas que los sanitarios han recibido de sus vecinos pidiéndoles no volver a sus casas y así proteger a la comunidad, mientras otros les sugerían a esos vecinos que se ofrecieran de voluntarios y detuvieran las notas de ascensor.
Al menos 25 gobiernos del mundo ya están empleando seguimiento de datos de sus ciudadanos. Europa se suma a iniciativas asiáticas en el diseño de aplicaciones para este tipo de vigilancia. Los policías usan drones para hacer cumplir las normas de aislamiento social. Pero el presente y el futuro de la vigilancia cuenta con la mirada escrutadora de los nuevos vigilantes de las distancias, esos que en todo el mundo vuelcan en Twitter fotos y denuncias de violación del aislamiento tras la etiqueta #Covidiots. Se sienten una especie de fuerza policial que obra para que se respete este nuevo tipo de soledades requeridas para evitar el contagio.
El domingo de Pascua, Andrea Bocelli, uno de los grandes tenores de la música italiana, cantaba en el Duomo de Milán: primero en una capilla desierta y más tarde frente a la plaza. La imagen nos llega por YouTube: no hay aplausos, solo un Andrea a por lo menos cinco metros del pianista que lo acompaña. Music for hope llamaron al concierto en vivo. Las imágenes se suceden de Londres a Nueva York, esas mismas calles despobladas que pretende llenar la música y que ahora, más que esperanza, parecen hacer evidente que las únicas melodías que podemos disfrutar con seguridad son aquellas que nos llegan desde una pantalla. Andrea terminaba su concierto sin gritos ni vítores de seguidores. Ni siquiera vecinos del Duomo asomados a las ventanas. Y se alejaba caminando sin más, como si fuera otro lugareño rumbo al supermercado.
Tras la llegada del coronavirus, la mayoría de los países ha vivido al menos seis semanas de cuarentena: ya los gobiernos comienzan a establecer planes para salir de ella y, aunque las formas de flexibilización varían, lo constante es la permanencia de las medidas de distancia social durante un período indeterminado.
Habrá que imaginar vuelos con franjas enteras de filas vacías mientras los pasajeros parecerán apenas puntos separados y regados a lo largo del avión. Quizás funciones de teatro o comedia con diez o quince espectadores ataviados con tapabocas o filas –con sus respectivos dos metros de distancia segura entre clientes– para poder acceder a una cafetería en la que podremos hablar con algún amigo sentado a una mesa de por medio.
Todo parece indicar que allí estará de nuevo la mirada escrutadora de ese otro que vigila. Estos nuevos centinelas para quienes el acto de un beso o una caricia entre quienes no viven juntos es amenazador y proscrito. Esos que cuidan que no haya roces ni proximidades, ya no por alguna obsoleta corrección moral, sino por la certeza de que el virus permanece ahí.
Fuente: Prodavinci
Ha cambiado la mirada. Somos detectores de abrazos y proximidades ajenas. En el supermercado dos chicas se tocan las manos para ayudarse a alcanzar una lata en lo alto de la estantería. Me pregunto: ¿Son familia? ¿Viven juntas? ¿Por qué se tocan? Igual las parejas. Dos adolescentes caminan tomados de la mano a un lado de la calle; llevan mascarilla. ¿Saben sus padres que rompen la distancia social? Nos exponen.
Ya no somos localizadores de fake news. Ahora somos policías de la cuarentena. Escrutamos las fotos posteadas en redes para detectar encuentros no autorizados –sabemos que esas personas hace pocas semanas estaban en países distintos– y, una vez más, juzgamos.
Los comentarios en grupos de amigos corren a la velocidad del virus. Toda la familia C (su apellido ha sido cambiado a solicitud) dio positivo para coronavirus y varios de ellos caminaban hace un par de semanas alegremente en el parque Cinquantenaire en Bruselas. Ángela los vio a lo lejos. Con sus seis meses de embarazo, era la primera vez que salía de casa. Quiso dar un paseo para tomar aire porque ya no podía con el encierro. Al ver aquella familia, apuró el paso en dirección opuesta y casi llegó corriendo a su casa. No volvería a salir. “Son unos inconscientes”, se dijo. Aunque quizás ya se habían recuperado y habían pasado el período de contagio… O no.
La llegada del SARS-CoV-2 trajo consigo la desconfianza y, con ello, el cuestionamiento de las libertades. Ya en el siglo XVII, John Locke, filósofo y teórico político, establecía las bases del Estado liberal moderno, alegando que el ser humano decidió agruparse en sociedad para proteger sus propios derechos y beneficiarse mutuamente gracias a la justicia. Para Locke, además, las personas eran libres y tenían los mismos derechos. Pero nuestra libertad termina donde comienza la de los demás. Ahora ese derecho se mide por lo menos a dos metros de distancia, siempre y cuando los vecinos no decidan hacer una reunión con amigos en plena cuarentena.
Chisme o delación
La necesidad imperiosa que algunos sienten por cumplir –y hacer cumplir– las normas de distancia social, lleva a que algunos opten, incluso, por acabar la concordia entre vecinos exponiendo a aquellos que se han atrevido a hacer una reunión con amigos o a exhibirse en el jardín de casa disfrutando un vino en una tarde soleada de primavera. A mediados de abril, una vecina de Milton Keynes, a 80 kilómetros al noreste de Londres, fotografió a sus vecinos reunidos y publicó las imágenes en uno de los muchos grupos comunitarios y privados de Facebook, mientras la audiencia clamaba en los comentarios porque se hiciera la denuncia a la policía, al tiempo que los tildaban de “Idiots”.
El entrometimiento, la injerencia, el fisgoneo, han cobrado prestigio en tiempos de pandemia. De acuerdo con una nota publicada en Político a lo largo de Europa las personas dedicadas a vigilar el cumplimiento de las normas de distancia social han adoptado una identidad: así son mouchards en Francia, chivatos en España y spitzel en Alemania.
En las policías del Reino Unido llueven denuncias de personas preocupadas porque sus vecinos osan salir a correr o ejercitarse dos veces al día –la recomendación es hacerlo solo una vez– o porque visitan con mucha frecuencia el supermercado. Esto llevó a que el comisionado de policía de Thames Valley, Anthony Stansfield, recurriera a la BBC para solicitar a la población que dejara de chismear acerca de sus vecinos, y explicó que solo se debía recurrir a las autoridades cuando se tratara de circunstancias extremas.
Usar a los vecinos como herramienta para forzar el cumplimiento de las normas se ha extendido por Europa en estos tiempos de pandemia. En Roma, la alcaldesa Virginia Raggi creó una página donde se podían denunciar a quienes estuvieran quebrantando la ordenanza de quedarse en casa.
Según el sociólogo Patrick Bergemann, autor de Judge thy Neighbor, que analiza los procesos de denuncias durante la inquisición española, la Rusia imperial y la Alemania nazi, los comportamientos de delación y semiautoritarios surgen muy frecuentemente en tiempos de crisis.
Covidiots
Mientras sobrepasaba a otra ciclista en uno de sus paseos vespertinos, José alcanzó a escuchar como esta lo increpaba: “¡Mantén la distancia segura!”, le gritó la mujer. José iba rumiando su molestia por lo que consideraba un reclamo injusto de la otra ciclista cuando se encontró junto al lago de su localidad, al noreste de Londres, y se detuvo a contemplar la escena. Además, hizo números: más de treinta personas reposaban en la grama junto al lago tomando el sol y compartiendo; familias y pequeños grupos gozaban de la ola de calor que visitaba Londres a finales de abril. “Increíble”, pensó.
En la mirada de los transeúntes, de los compañeros en la fila de la oficina de correo o de la carnicería, se ve la inquietud y la curiosidad: “¿Por qué estás en la calle?”.
En la cola para enviar correspondencia, una de las clientes dice en voz alta mirando a la chica repleta de cajas, paquetes y cartas que mantienen ocupado al dependiente: “Bueno, al menos trajo varias cosas para enviarlas”. En su voz hay aceptación y la valoración positiva de que no había salido de casa a mandar una simple solicitud de tarjeta de crédito. Mi presencia allí, entonces, no se enmarcaba en la dignidad de aquella chica. Bajé la mirada mientras trataba de ocultar el sobre huérfano que tenía en las manos. Daba lo mismo que fuera un documento impostergable: a juicio de la vecina de fila y juez de la cola, una carta no era justificación suficiente para ir al correo.
La era de la vigilancia vecinal ha alcanzado incluso a médicos y enfermeros que pasan sus días atendiendo pacientes de la Covid-19. Fue España el país donde los residentes inauguraron los aplausos a los sanitarios. Miles de publicaciones en todo el mundo se refieren a quienes confrontan la crisis de la pandemia como héroes, salvo si son sus vecinos. Justo donde comenzaron los aplausos llegaron los avisos en las puertas. A mediados de abril, en Tenerife, un médico publicaba algunas notas que los sanitarios han recibido de sus vecinos pidiéndoles no volver a sus casas y así proteger a la comunidad, mientras otros les sugerían a esos vecinos que se ofrecieran de voluntarios y detuvieran las notas de ascensor.
Al menos 25 gobiernos del mundo ya están empleando seguimiento de datos de sus ciudadanos. Europa se suma a iniciativas asiáticas en el diseño de aplicaciones para este tipo de vigilancia. Los policías usan drones para hacer cumplir las normas de aislamiento social. Pero el presente y el futuro de la vigilancia cuenta con la mirada escrutadora de los nuevos vigilantes de las distancias, esos que en todo el mundo vuelcan en Twitter fotos y denuncias de violación del aislamiento tras la etiqueta #Covidiots. Se sienten una especie de fuerza policial que obra para que se respete este nuevo tipo de soledades requeridas para evitar el contagio.
El domingo de Pascua, Andrea Bocelli, uno de los grandes tenores de la música italiana, cantaba en el Duomo de Milán: primero en una capilla desierta y más tarde frente a la plaza. La imagen nos llega por YouTube: no hay aplausos, solo un Andrea a por lo menos cinco metros del pianista que lo acompaña. Music for hope llamaron al concierto en vivo. Las imágenes se suceden de Londres a Nueva York, esas mismas calles despobladas que pretende llenar la música y que ahora, más que esperanza, parecen hacer evidente que las únicas melodías que podemos disfrutar con seguridad son aquellas que nos llegan desde una pantalla. Andrea terminaba su concierto sin gritos ni vítores de seguidores. Ni siquiera vecinos del Duomo asomados a las ventanas. Y se alejaba caminando sin más, como si fuera otro lugareño rumbo al supermercado.
Tras la llegada del coronavirus, la mayoría de los países ha vivido al menos seis semanas de cuarentena: ya los gobiernos comienzan a establecer planes para salir de ella y, aunque las formas de flexibilización varían, lo constante es la permanencia de las medidas de distancia social durante un período indeterminado.
Habrá que imaginar vuelos con franjas enteras de filas vacías mientras los pasajeros parecerán apenas puntos separados y regados a lo largo del avión. Quizás funciones de teatro o comedia con diez o quince espectadores ataviados con tapabocas o filas –con sus respectivos dos metros de distancia segura entre clientes– para poder acceder a una cafetería en la que podremos hablar con algún amigo sentado a una mesa de por medio.
Todo parece indicar que allí estará de nuevo la mirada escrutadora de ese otro que vigila. Estos nuevos centinelas para quienes el acto de un beso o una caricia entre quienes no viven juntos es amenazador y proscrito. Esos que cuidan que no haya roces ni proximidades, ya no por alguna obsoleta corrección moral, sino por la certeza de que el virus permanece ahí.
Fuente: Prodavinci
viernes, 1 de mayo de 2020
¿Sufres por el tiempo que pasan los niños frente a las pantallas? Guíate con estas tres palabras
Son las 8 a. m. cuando las dos entramos a Zoom para hablar de este artículo. Varios musicales de Disney suenan en el fondo de nuestras conversaciones mientras bebemos café y tenemos problemas para recordar la vida antes del coronavirus. Tan solo hace semanas, ver a nuestros niños pequeños embobados por las pantallas a primera hora de la mañana habría causado pánico. ¿Ahora? Es un martes cualquiera. De hecho, las pantallas están encendidas mientras escribimos este artículo. ¿De qué otra manera podríamos hacerlo?
Conforme los confinamientos del coronavirus se propagan por todo el país, muchos padres están recurriendo a la televisión, las tabletas y los videojuegos más de lo que habitualmente lo harían. De hecho, la televisión, las plataformas de transmisión en continuo y las descargas de aplicaciones han visto aumentos notables en su uso desde que comenzó la pandemia. Aunque parte de este tiempo frente a las pantallas se relaciona con la enseñanza remota en salones virtuales de clases, el tiempo frente al televisor de los niños se ha disparado desde el inicio de la pandemia. Canales como Cartoon Network, Disney Channel, Boomerang y Nickelodeon han informado sobre aumentos en las audiencias de hasta casi un 60 por ciento en una sola semana.
Como madres y científicas que estudiamos y tratamos enfermedades en niños (una de nosotras es epidemióloga y la otra, pediatra), entendemos lo irritante que es ver a nuestros hijos de pronto pegados a la pantalla para ver “Frozen 2” a las 8 a. m. Y, tras años de seguir lineamientos para limitar la exposición a los medios, es difícil no preguntarse si todo ese tiempo frente a las pantallas está bien. ¿Los dañará pasar de las restricciones estrictas del tiempo que pasan nuestros hijos consumiendo medios a un periodo de libertad de visualización? ¿Qué no se supone que el tiempo frente a las pantallas de todos modos es malo?
No necesariamente, dijo Jenny Radesky, pediatra y experta en materia de niños y medios del Hospital Infantil C.S. Mott de la Universidad de Míchigan. Dijo que los padres deben dejar de pensar en el tiempo frente a las pantallas de manera negativa. “Incluso la frase ‘tiempo frente a las pantallas’ es problemática”, dijo, pues implica que algunas personas creen que todas las pantallas son malas. “Reduce el debate a un asunto de extremos, cuando en realidad se trata de algo mucho más matizado”.
El 17 de marzo, la Academia Estadounidense de Pediatría publicó un comunicado en respuesta al nuevo coronavirus que reflejaba un enfoque distinto en torno al tiempo frente a las pantallas. El comunicado reconocía que “el consumo infantil de medios en pantallas probablemente aumentará” durante la pandemia del coronavirus, pero no ofrecía límites de tiempo específicos. En cambio, el comunicado enfatizaba que los límites al tiempo en pantalla “aún son importantes” y animaba a los padres a “preservar las experiencias fuera de línea”.
Este enfoque de los límites de tiempo era deliberado. “Estamos tratando de evitar que los padres sientan que no están cumpliendo algún tipo de estándar”, dijo Radesky, quien ayudó a redactar el comunicado. “No hay ciencia detrás de esto ahora mismo. Si estás buscando límites específicos de tiempo, entonces diría: no vean la televisión todo el día”.
Es comprensible que los padres quieran algunos lineamientos concretos acerca de cómo asegurar que la exposición de los niños a las pantallas sea sana y equilibrada. Sin embargo, en vez de enfocarse en la cantidad de tiempo que pasan los niños frente a una pantalla, Radesky sugirió que podría ser mejor abordar su uso de medios de entretenimiento en términos de quiénes son, qué están viendo y cómo están interactuando con ellos. Eso es a lo que Radesky y otros se refirieron como el marco “el niño, el contenido y el contexto”.
“Tú conoces a tu hijo mejor que a nadie más y, por lo tanto, eres la mejor persona para decidir qué medios y cuánto consumo son los adecuados”, comentó. Así que, por ejemplo, si tu hijo se siente ansioso, evita las noticias o un video aterrador. Si a tu hijo le gusta la música, encuentra programación que incorpore el canto, como un musical con una banda sonora que puedan escuchar juntos más tarde.
En términos de contenido, la calidad importa más que la cantidad de tiempo o el tamaño de las pantallas que se usen. Esto es cierto si hablamos de niños de todas las edades. Para los niños más pequeños trata de dar prioridad al contenido desarrollado por fuentes prestigiosas, como PBS Kids. Organizaciones como Common Sense Media ofrecen recomendaciones basadas en la edad para películas, programas de televisión, libros, aplicaciones y juegos, y pueden ser buenos puntos de inicio para buscar ideas o saber más sobre los medios que tus hijos ya están usando. El Acuario de la Bahía de Monterey y el Zoológico de Cincinnati también ofrecen cámaras en vivo que entretienen y educan, además de ser buenas distracciones para los más pequeños.
Las cámaras en vivo también imitan la vida real a un ritmo realista, lo cual ha demostrado reducir la sobreestimulación, es decir, cuando los cerebros en desarrollo se sobreexcitan debido a un torrente de experiencias sensoriales. Algunos investigadores creen, por ejemplo, que es más probable que programas con un ritmo veloz y estimulantes, como “PJ Masks”, a largo plazo detonen problemas de atención en los niños, a diferencia de los medios con un ritmo más lento y que son más familiares y causan menos distracción, como “Mister Rogers’ Neighborhood”.
Los niños mayores quizá recurran a los videojuegos, que, según muchos expertos, no están asociados con comportamientos violentos. Recuerda que los adolescentes que juegan títulos como Fortnite u Overwatch también están manteniendo relaciones sociales durante una época en que están limitadas las interacciones cara a cara.
Finalmente, el contexto —la manera en que interactuamos con nuestros hijos en torno a los medios— también es importante. Radesky animó a los padres a participar con sus hijos durante su tiempo frente a las pantallas. Interesarse en lo que están haciendo tus hijos ayudará a mejorar su idea de autoestima. Evidentemente, eso no será posible si esperas que la televisión evite que tu pequeño se concentre en tu videoconferencia en Zoom. En esos momentos, los niños también pueden conectarse en tiempo real con amigos u otros familiares usando aplicaciones como Caribu, que permite que tu hijo lea un libro o coloree con alguien de manera remota.
Cuando puedas, ayuda a conectar el uso de medios de tu hijo con experiencias en la vida real haciéndole preguntas acerca de lo que está aprendiendo o viendo. Radesky sugirió, por ejemplo, ver un video de cocina y después llevar a cabo una actividad de cocina en familia.
Para evitar las batallas, recomendamos establecer y comunicar límites antes de que tus hijos comiencen a usar dispositivos, y apegarse a esos límites en la medida de lo posible. Los niños, sobre todo los más pequeños, a menudo quieren una estructura, especialmente durante épocas poco predecibles. Aún es bueno, por ejemplo, que todos eliminen su uso de pantallas durante al menos una o dos horas antes de ir a dormir para evitar impactar los ciclos de sueño. De ser posible, pasen algo de tiempo afuera. Las investigaciones sugieren que estar en el exterior puede aliviar el estrés, promover la salud cardiovascular y proteger a los niños de la fatiga visual debido a las pantallas.
Finalmente, recuerda que puede ser útil para los padres ser el ejemplo del comportamiento que les piden a sus hijos. Hay muchas razones por las que te sentirás tentado a no soltar tu celular, pues tú también anhelas las interacciones sociales y las actualizaciones instantáneas de las noticias. Considera tomar una pausa de tus propias pantallas para dar un buen ejemplo.
Esta pandemia podría extenderse durante mucho tiempo, así que, mientras creas nuevas rutinas, enfócate en las costumbres sustentables y prácticas. Sobre todo, no te sientas culpable de acudir a las pantallas más de lo que solías. Aunque el internet está lleno de consejos no relacionados con las pantallas para ayudar a que los padres entretengan a sus hijos que están atrapados en el interior, la verdad es que los horarios con códigos de colores y los juguetes tienen sus límites. Y, francamente, no ayudan cuando los padres tienen sus propias responsabilidades de trabajo remoto.
Fuente: NYT
Conforme los confinamientos del coronavirus se propagan por todo el país, muchos padres están recurriendo a la televisión, las tabletas y los videojuegos más de lo que habitualmente lo harían. De hecho, la televisión, las plataformas de transmisión en continuo y las descargas de aplicaciones han visto aumentos notables en su uso desde que comenzó la pandemia. Aunque parte de este tiempo frente a las pantallas se relaciona con la enseñanza remota en salones virtuales de clases, el tiempo frente al televisor de los niños se ha disparado desde el inicio de la pandemia. Canales como Cartoon Network, Disney Channel, Boomerang y Nickelodeon han informado sobre aumentos en las audiencias de hasta casi un 60 por ciento en una sola semana.
Como madres y científicas que estudiamos y tratamos enfermedades en niños (una de nosotras es epidemióloga y la otra, pediatra), entendemos lo irritante que es ver a nuestros hijos de pronto pegados a la pantalla para ver “Frozen 2” a las 8 a. m. Y, tras años de seguir lineamientos para limitar la exposición a los medios, es difícil no preguntarse si todo ese tiempo frente a las pantallas está bien. ¿Los dañará pasar de las restricciones estrictas del tiempo que pasan nuestros hijos consumiendo medios a un periodo de libertad de visualización? ¿Qué no se supone que el tiempo frente a las pantallas de todos modos es malo?
No necesariamente, dijo Jenny Radesky, pediatra y experta en materia de niños y medios del Hospital Infantil C.S. Mott de la Universidad de Míchigan. Dijo que los padres deben dejar de pensar en el tiempo frente a las pantallas de manera negativa. “Incluso la frase ‘tiempo frente a las pantallas’ es problemática”, dijo, pues implica que algunas personas creen que todas las pantallas son malas. “Reduce el debate a un asunto de extremos, cuando en realidad se trata de algo mucho más matizado”.
El 17 de marzo, la Academia Estadounidense de Pediatría publicó un comunicado en respuesta al nuevo coronavirus que reflejaba un enfoque distinto en torno al tiempo frente a las pantallas. El comunicado reconocía que “el consumo infantil de medios en pantallas probablemente aumentará” durante la pandemia del coronavirus, pero no ofrecía límites de tiempo específicos. En cambio, el comunicado enfatizaba que los límites al tiempo en pantalla “aún son importantes” y animaba a los padres a “preservar las experiencias fuera de línea”.
Este enfoque de los límites de tiempo era deliberado. “Estamos tratando de evitar que los padres sientan que no están cumpliendo algún tipo de estándar”, dijo Radesky, quien ayudó a redactar el comunicado. “No hay ciencia detrás de esto ahora mismo. Si estás buscando límites específicos de tiempo, entonces diría: no vean la televisión todo el día”.
Es comprensible que los padres quieran algunos lineamientos concretos acerca de cómo asegurar que la exposición de los niños a las pantallas sea sana y equilibrada. Sin embargo, en vez de enfocarse en la cantidad de tiempo que pasan los niños frente a una pantalla, Radesky sugirió que podría ser mejor abordar su uso de medios de entretenimiento en términos de quiénes son, qué están viendo y cómo están interactuando con ellos. Eso es a lo que Radesky y otros se refirieron como el marco “el niño, el contenido y el contexto”.
“Tú conoces a tu hijo mejor que a nadie más y, por lo tanto, eres la mejor persona para decidir qué medios y cuánto consumo son los adecuados”, comentó. Así que, por ejemplo, si tu hijo se siente ansioso, evita las noticias o un video aterrador. Si a tu hijo le gusta la música, encuentra programación que incorpore el canto, como un musical con una banda sonora que puedan escuchar juntos más tarde.
En términos de contenido, la calidad importa más que la cantidad de tiempo o el tamaño de las pantallas que se usen. Esto es cierto si hablamos de niños de todas las edades. Para los niños más pequeños trata de dar prioridad al contenido desarrollado por fuentes prestigiosas, como PBS Kids. Organizaciones como Common Sense Media ofrecen recomendaciones basadas en la edad para películas, programas de televisión, libros, aplicaciones y juegos, y pueden ser buenos puntos de inicio para buscar ideas o saber más sobre los medios que tus hijos ya están usando. El Acuario de la Bahía de Monterey y el Zoológico de Cincinnati también ofrecen cámaras en vivo que entretienen y educan, además de ser buenas distracciones para los más pequeños.
Las cámaras en vivo también imitan la vida real a un ritmo realista, lo cual ha demostrado reducir la sobreestimulación, es decir, cuando los cerebros en desarrollo se sobreexcitan debido a un torrente de experiencias sensoriales. Algunos investigadores creen, por ejemplo, que es más probable que programas con un ritmo veloz y estimulantes, como “PJ Masks”, a largo plazo detonen problemas de atención en los niños, a diferencia de los medios con un ritmo más lento y que son más familiares y causan menos distracción, como “Mister Rogers’ Neighborhood”.
Los niños mayores quizá recurran a los videojuegos, que, según muchos expertos, no están asociados con comportamientos violentos. Recuerda que los adolescentes que juegan títulos como Fortnite u Overwatch también están manteniendo relaciones sociales durante una época en que están limitadas las interacciones cara a cara.
Finalmente, el contexto —la manera en que interactuamos con nuestros hijos en torno a los medios— también es importante. Radesky animó a los padres a participar con sus hijos durante su tiempo frente a las pantallas. Interesarse en lo que están haciendo tus hijos ayudará a mejorar su idea de autoestima. Evidentemente, eso no será posible si esperas que la televisión evite que tu pequeño se concentre en tu videoconferencia en Zoom. En esos momentos, los niños también pueden conectarse en tiempo real con amigos u otros familiares usando aplicaciones como Caribu, que permite que tu hijo lea un libro o coloree con alguien de manera remota.
Cuando puedas, ayuda a conectar el uso de medios de tu hijo con experiencias en la vida real haciéndole preguntas acerca de lo que está aprendiendo o viendo. Radesky sugirió, por ejemplo, ver un video de cocina y después llevar a cabo una actividad de cocina en familia.
Para evitar las batallas, recomendamos establecer y comunicar límites antes de que tus hijos comiencen a usar dispositivos, y apegarse a esos límites en la medida de lo posible. Los niños, sobre todo los más pequeños, a menudo quieren una estructura, especialmente durante épocas poco predecibles. Aún es bueno, por ejemplo, que todos eliminen su uso de pantallas durante al menos una o dos horas antes de ir a dormir para evitar impactar los ciclos de sueño. De ser posible, pasen algo de tiempo afuera. Las investigaciones sugieren que estar en el exterior puede aliviar el estrés, promover la salud cardiovascular y proteger a los niños de la fatiga visual debido a las pantallas.
Finalmente, recuerda que puede ser útil para los padres ser el ejemplo del comportamiento que les piden a sus hijos. Hay muchas razones por las que te sentirás tentado a no soltar tu celular, pues tú también anhelas las interacciones sociales y las actualizaciones instantáneas de las noticias. Considera tomar una pausa de tus propias pantallas para dar un buen ejemplo.
Esta pandemia podría extenderse durante mucho tiempo, así que, mientras creas nuevas rutinas, enfócate en las costumbres sustentables y prácticas. Sobre todo, no te sientas culpable de acudir a las pantallas más de lo que solías. Aunque el internet está lleno de consejos no relacionados con las pantallas para ayudar a que los padres entretengan a sus hijos que están atrapados en el interior, la verdad es que los horarios con códigos de colores y los juguetes tienen sus límites. Y, francamente, no ayudan cuando los padres tienen sus propias responsabilidades de trabajo remoto.
Fuente: NYT
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