lunes, 13 de julio de 2026

Cinemateca, 50 años, todo lo que era posible


Medio siglo después, recupero algunos textos fragmentarios que me permiten estas líneas para recordar uno de los momentos más significativos de mi vida. (Carlos Mesa)

Es difícil olvidar –me ha quedado como una imagen vívida en la memoria– el ingreso que hicimos con Pedro Susz a un soleado cubículo de unos pocos metros cuadrados en el quinto piso de la Casa de la Cultura Franz Tamayo, frente a la imponente basílica de San Francisco de La Paz. Era media tarde. Veo todavía hoy a Pedro con una lata de película entre las manos donada por el pianista Raúl Barragán, se trataba de Laredo de Bolivia (1959) de Jorge Ruiz, un documental sobre el éxito internacional de un violinista boliviano, el todavía adolescente Jaime Laredo en uno de los certámenes de interpretación más prestigiosos del mundo. Fue el primer filme del entonces inexistente archivo de la bisoña Cinemateca de La Paz. 

El año: 1976. Esa visión furtiva en mi mente no es del 12 de julio, fecha formal de la fundación de lo que poco después sería la Cinemateca Boliviana, pero, para mí, es la fotografía del verdadero primer día de esa entrañable institución que levantamos de la nada y cuya tarea es, entre otras, proteger la memoria del cine boliviano, las imágenes en movimiento del país para ser riguroso. 

Todo fue posible gracias a la idea visionaria y con plena fe en los jóvenes de Amalia de Gallardo –para mí siempre Doña Amalia– a quien conocí en las sesiones del Cineclub Luminaria, una mujer que siempre creyó en mí y me apoyó en el trabajo con su consejo humano y entrañable. Jefa del Departamento de Espectáculos de la Alcaldía paceña, me invitó en 1975 a acompañarla como funcionario de su repartición. Yo disfrazaba mi tarea de censor de películas con el nombre pomposo de “Miembro del Departamento de Espectáculos de la H. Alcaldía Municipal de La Paz”. Aunque en honor a la verdad debo decir que la convicción de la señora Amalia era la de no cortar nunca un centímetro de película. Para esos años de dictadura política (los últimos del primer gobierno de Banzer), la censura de cine casi no existía, y creo que en tres años de trabajo nos vimos en un brete serio solo con dos o tres películas. 

Allí conocí a Pedro Susz, con un flamante título en comunicación y cine recién llegado de Buenos Aires, y allí nació la idea de crear la Cinemateca. Fue una hermosa aventura sazonada de quijotadas e ilusiones que abrió un largo paréntesis a mi supuesto destino de ser profesor de la universidad. Durante diez años, junto a Pedro y doña Amalia, dediqué mis máximos esfuerzos a la consolidación del archivo nacional de imágenes en movimiento. Ella creía que esa era una tarea para jóvenes. Yo tenía apenas veintidós años y Pedro, veintiséis. Fue un desafío único. Poco después, unos meses antes de la creación de la Cinemateca, Alcides Parejas, director de Extensión de la UMSA, nos encargó a Ronny Antelo y a mí la dirección de un cine club universitario que bautizamos como Cine Arte UMSA y que dirigimos hasta 1978. Fueron diez años entregados al cine boliviano.

El 12 de julio de 1976 Mario Mercado, Alcalde de La Paz, a nombre del Municipio; Renzo Cotta, Director del Cine 16 de Julio, a nombre de la Obra Don Bosco; Amalia de Gallardo, Presidenta del Centro de Orientación Cinematográfica, a nombre de esa entidad; Pedro Susz y yo como ejecutivos de la institución y Norma Merlo como su secretaria, fundamos la Cinemateca Boliviana. La Alcaldía nos cedió a ese efecto un pequeño espacio en el quinto piso de la Casa de la Cultura, ya referido.

Empezamos las proyecciones en la sala Modesta Sanjinés de la Casa de la Cultura. El primer ciclo, como no podía ser de otra manera, estuvo dedicado al cine boliviano. El 22 de septiembre de 1976 exhibimos Carnaval Paceño y Posesión del Presidente Hernando Siles de Pedro Sambarino (1926) y el audiovisual que hicimos con Pedro, El Cine Boliviano.

Con el paso de los años, medio siglo a tiempo de escribir estas líneas, la Cinemateca ha recibido en depósito, o por medio de donaciones, más del 80% del patrimonio del país en películas y videos de realizadores y aficionados bolivianos. El objetivo principal y la razón de ser de la Cinemateca Boliviana, es formar, preservar y difundir el Archivo Nacional de Imágenes en Movimiento de Bolivia. Esta labor se justificó por la importancia cobrada por la producción de imágenes en movimiento desde principios del siglo pasado, como documentos esenciales para la memoria histórica colectiva y para la construcción de nuestras identidades. A ese hecho debe sumarse el peso cada vez mayor de dichas películas en la configuración de los imaginarios sociales.

En el momento de su fundación como institución (12 de julio de 1976), se vivían los años de la dictadura de Hugo Banzer, no existía ningún repositorio para las imágenes en movimiento, y estas estaban desperdigadas en depósitos descuidados en Canal 7, en habitaciones llenas de humedad o inundadas, material tirado en el suelo, películas del Instituto Cinematográfico Boliviano (ICB) sin protección alguna, o en latas completamente ensarradas, montones de películas reversibles de noticieros en cajas de cartón o turriles en las viejas instalaciones del Canal en El Alto, varias cintas de video de dos pulgadas en rincones acumulando polvo, etc. También se hallaban en manos de privados o en las de los propios productores de ese material. Además, buena parte del cine boliviano producido en la época o en plena producción podía ser cuestionado, censurado o prohibido por el gobierno, como de hecho ocurrió en más de un caso. Realizadores importantes estaban entonces en el exilio y el Estado no tenía, en ese contexto ideológico, la disposición de encarar un desafío de esta naturaleza. Sobre todo teniendo en cuenta varios antecedentes, como fue el caso de los materiales ya citados producidos por el ICB en la década de los cincuenta, que constituían un riquísimo registro de la Bolivia post Revolución del 52, pero que fueron olvidados, desprotegidos e incluso mutilados por desidia o manipulación política, después de 1964. 

Esa fue la razón que impulsó la constitución de una fundación cultural sin fines de lucro, pero con una vocación pública inequívoca, que garantizara su independencia para poder llevar adelante un trabajo efectivo sin condicionantes políticas, por modesto que este esfuerzo pudiera parecer en sus inicios. Esa lógica garantizó, durante cincuenta años, más allá de los avatares políticos del país, así como de sus sobresaltos económicos, un fructífero trabajo y un conjunto muy significativo de éxitos y logros para el patrimonio cultural de Bolivia.

En la Cinemateca impusimos un concepto: aquí no hay trabajo despreciable, no hay privilegios. La primera vez que escuché el nombre de Henri Langlois (espíritu y carne de la más famosa Cinemateca del mundo, la de París), fue de la boca de Pedro. Recuerdo que me comentaba la pasión por el cine de ese inmenso y fatigado “león del cine” que guardaba películas hasta en la bañera de su casa. Toda una institución. La Cinemateca es hoy, además de un lugar lleno de nombres y nostalgia, la obra viva de hombres y mujeres pioneros y de muchos sueños: los de Amalia de Gallardo, verdadera madre de la idea, los de Renzo Cotta y su siempre franca sonrisa, los de ese ejemplo de humildad y humanidad que fue Oscar Soria, los de Luis Espinal, maestro y militante del cine y de Bolivia. En la salita del que fue cine San Calixto en la Pichincha esquina Ingavi, con aires provincianos de los veinte, y ese cúmulo infinito (como los cuentos de Cortázar) de rollos y rollos de películas, fue la oficina cargada del aroma de pipa que Pedro fumaba con el mismo método y obstinación con que escribía. Pedro representa a ese núcleo que hizo posible esa obra. Igual que los archivos, la oficina de entonces (1978-2002) era como un desván con mesas compradas en la calle Murillo y afiches que ahogaban las paredes (finalmente Pedro y Norma me ganaron en la batalla por la simetría y el orden que libré heroicamente y sin éxito por una década).

Trabajamos juntos con Pedro durante casi once años y labramos en medio de largas conversaciones y también largos silencios, una amistad serena y medida.  A pesar de los años que nos separan, siempre fue evidente el contraste entre la profundidad y la aventura, entre los conocimientos y los deseos. En esos años yo no había escuchado de Kurosawa y apenas me batía con mis pasiones desmedidas (como siempre) por Kubrick y por esa lección estremecedora que es Aguirre: la ira de Dios de Herzog. A pesar de ello, no había otra opción, y escribía con él las reseñas de la Cinemateca, y luego esa deliciosa serie que fue Notas Críticas (un banquete para mis ilusiones de diagramador en la imprenta Don Bosco). Él pasaba por alto mis lagunas (o mares) y me enseñaba como quien comenta, como quien no quiere la cosa. 

Desde Laredo de Bolivia hasta los miles y miles de rollos de películas de la Cinemateca pasamos días negros, amenazas de quiebra, amagos de desalojo, días y noches de trabajo intelectual y material (cargando películas, limpiando salas, instalando bibliotecas, montando afiches, mirando miles de metros de película en medio del frío y del polvo).  Trabajamos de sol a sol, sin concesiones.  

No lo creo todavía, ha pasado medio siglo y está la Cinemateca de pie. Los 22 años del joven que estaba convencido de que todo era posible, son hoy los 72 del viejo que sabe que no todo era posible, pero que hizo todo lo que le era posible.

Fuente: Cabildeo

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