lunes, 19 de octubre de 2026

El día en que las máquinas empezaron a investigar


Las noticias sobre modelos de inteligencia artificial capaces de presentar avances y soluciones completas o parciales a centenares de problemas matemáticos abiertos, me resultaron muy interesantes por lo que tienen de paradójico: si lo que pretendemos es resolver problemas y hacer avanzar la ciencia, ¿qué importancia tiene que eso lo haga un matemático retorciendo su materia gris hasta que le salgan volutas de humo por las orejas, o que lo haga utilizando un modelo de inteligencia artificial? ¿No deberíamos poner la importancia en donde corresponde, en la resolución del problema, en lugar de en el ego del investigador? ¿O es que hay otros factores implicados que llevan la cuestión más allá?

Al respecto, me encontré tres artículos interesantes en The Economist que hablan del tema: «AI’s transformation of mathematics is a turning point for science«, «AI companies want to become frontier scientific researchers« y «What if the machines take over science?», que me pareció que podían marcar puntos de reflexión interesantes: los tres artículos describen piezas distintas del mismo cambio: la inteligencia artificial resuelve problemas matemáticos, las empresas tecnológicas aspiran a investigar en la frontera y las máquinas podrían ahora recorrer el proceso científico entero, casi «eliminando» la necesidad de investigadores, una perspectiva de sustitución que ya va más allá del trabajo de cuello azul o cuello blanco, y entra en en la propia definición de trabajo intelectual. The Economist plantea la tensión central: avanzar en el conocimiento sin entregar a sistemas opacos la capacidad de decidir por sí solos qué investigar y con qué fines.

Lo que me parece realmente relevante es tratar de distinguir capacidad real de autonomía ya demostrada. Efectivamente, tenemos ya sistemas capaces de generar hipótesis, hacer análisis de la literatura, proponer experimentos, analizar resultados y redactar artículos. The AI Scientist, estudiado en Nature, ha sido capaz de generar un paper que superó la primera ronda de revisión de un taller de inteligencia artificial. Es un avance sustancial, pero también muy acotado: no demuestra que tengamos ya un investigador autónomo, fiable y general (ni tampoco que queramos tenerlo).

Lo que sí parece claro es que una capacidad así supone ya un problema para el sistema que conocemos, y la señal de alarma más inmediata es de tipo institucional: En Organization Science, el número de papers recibidos creció un 42% después de la aparición de ChatGPT. Los editores, con toda la razón, relacionan gran parte de ese aumento con el uso de herramientas de inteligencia artificial, y observan una caída de la calidad de los textos. El estudio se limita a una revista, pero ilustra lo que puede pasar cuando abaratas la producción de manuscritos y eso se cruza con los incentivos de un sistema absurdo, un publish or perish llevado a los límites más absurdos de la Ley de Goodhart que premia el publicar mucho.

Es evidente que publicar más artículos no es un criterio que demuestre, por sí solo, más ciencia. El incremento de envíos no demuestra, por sí solo, que la inteligencia artificial sea ya una buena investigadora: muestra, sobre todo, que producir y enviar manuscritos se ha vuelto más fácil. La pregunta clave es si realmente hay una pregunta relevante, un diseño riguroso, unos resultados fiables y reproducibles, y una contribución real, o simplemente una excusa para apuntarse otro paper más en el curriculum sea como sea. Si las carreras siguen dependiendo del recuento, la inteligencia artificial es simplemente una forma más de inflar esa señal.

El conflicto de los matemáticos tiene una parte que puede ser una preocupación epistemológica y otra más puramente gremial. No podemos descartar la inquietud de los matemáticos como una simple defensa gremial: el trabajo sobre problemas difíciles genera métodos, intuiciones y conexiones que pueden llegar a ser más valiosos que una simple solución aislada. Pero las jerarquías construidas alrededor de quién publica primero o resuelve más problemas tampoco terminan siendo intocables: la respuesta debería distinguir el valor de los resultados del supuesto sistema de prestigio que se ha montado alrededor de ellos.

Sería una mala idea confundir la verificación mecánica con la comprensión científica: una prueba formal de una conjetura matemática, por ejemplo, puede ser correcta y, aun así, ser poco clara o totalmente estéril para el avance colectivo. En otras disciplinas, el reto puede ser incluso mayor: podríamos terminar, por pura comodidad o por una confianza que termine siendo ciega aceptando resultados que nadie sabe explicar, reproducir o conectar con hipótesis nuevas. La ciencia necesita resultados, pero también métodos y explicaciones que permitan a otros investigadores pensar y construir a partir de ellos.

Además, hay que añadir el coste de la concentración y la homogeneización: el estudio de 41,3 millones de artículos citado por The Economist sugiere que quienes usan inteligencia artificial publican más y reciben más citas, pero disminuyen tanto la diversidad temática como la atención a los trabajos de otros. No leo lo que publican otros, la inteligencia artificial lo hace por mí y lo convierte en citas, en un puro name-dropping, cómodamente. Si los sistemas favorecen áreas con abundantes datos y resultados rápidos, la ciencia puede acelerar, pero al mismo tiempo, ir estrechando su campo de visión.

Deberíamos plantearnos dar crédito a quienes formulan buenas preguntas, a quienes dirigen sistemas, comprueban resultados y los hace comprensibles, y además, valorar también datos, software y facilidades para la replicación. Una evaluación basada en el contenido y las contribuciones, no en métricas sustitutas o ya prácticamente prostitutas. La inteligencia artificial no tiene que obligarnos a abandonar la meritocracia, pero sí a replantear sus métricas: obliga a dejar de confundir mérito con cantidad de artículos o con el supuesto prestigio del journal en el que han sido publicados. Si no aprovechamos esta oportunidad para replantear los sistemas de valoración académica, terminaremos fosilizando la investigación en torno a una simple caricatura de sí misma con métricas grotescamente exageradas.

Fuente: Enrique Dans

domingo, 18 de octubre de 2026

Corredor bioceánico de fibra óptica permitirá mejorar el internet en Bolivia y atraer inversiones tecnológicas


El presidente Rodrigo Paz y el ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora, impulsan el desarrollo del Corredor Bioceánico de Fibra Óptica Chile-Bolivia, una propuesta presentada el 16 de octubre al presidente de Chile, José Antonio Kast, durante su histórica visita oficial al país.

El proyecto permitirá conectar los cables submarinos de fibra óptica del Pacífico y el Atlántico, convertir a Bolivia en un puente de datos y servicios de internet entre Brasil y Chile, mejorar la velocidad y calidad de la conectividad nacional y atraer inversiones tecnológicas, señala una nota de prensa.

La iniciativa busca fortalecer la integración digital de Bolivia con la región y generar nuevas oportunidades de desarrollo económico, posicionando al país como un punto estratégico para el tránsito de datos y servicios de internet.

“Este proyecto va a permitir unir los cables submarinos de fibra óptica del Pacífico y el Atlántico, convirtiendo a Bolivia en un puente de datos y servicios de internet entre Brasil y Chile”, explicó el ministro Zamora.

Entre los principales beneficios para la población está la mejora de la velocidad y la calidad del internet en Bolivia. Además, el proyecto busca generar condiciones para atraer inversiones de empresas tecnológicas interesadas en instalar centros de datos e industrias que manejan grandes volúmenes de información.

“Vamos a mejorar la velocidad de internet de nuestro país, vamos a los niveles más altos de calidad, de conectividad, y se va a traer inversiones de empresas tecnológicas en centros de datos, industrias, que manejan altos volúmenes de información”, sostuvo Zamora.

Para avanzar en el proyecto, la cooperación internacional brindará apoyo técnico no reembolsable en tres áreas: el análisis comparado de alternativas de conectividad internacional, la elaboración de un modelo de implementación y financiamiento, y el apoyo técnico para facilitar el trabajo del grupo bilateral Bolivia-Chile.

Fuente: Qamasa

sábado, 17 de octubre de 2026

Nadie quiere ir al Banco


Llamémoslo don Ramiro. Vende repuestos en La Cancha de Cochabamba y cobra casi todo con QR. El cliente escanea, paga y se va en segundos. Pero cuando don Ramiro necesita abrir una cuenta o solicitar un crédito para reponer mercadería, la historia cambia: fotocopia de carnet, extractos de los últimos tres meses, NIT, croquis del domicilio, dos visitas a la agencia y tres semanas de espera.

El dinero ya se mueve a la velocidad del celular. El banco, todavía no.

Nadie se despierta en la mañana diciendo: quiero ir al banco. Esa idea guió a Piyush Gupta, quien dirigió el DBS Bank de Singapur entre 2009 y 2025.

Cuando Gupta llegó a DBS, después de 27 años en Citigroup, encontró un banco sólido, pero famoso por sus filas. Su diagnóstico fue honesto: las FinTech empezaban a hacer banca mejor, más barata y más inteligente, y amenazaban con “comerse el almuerzo” de los bancos.

Lo que siguió no fue una app bonita. Fue una cirugía mayor. De lo invertido en digitalizar el banco, menos del 10% fue a las aplicaciones que ve el cliente; el 90% se destinó a digitalizar la parte media y trasera. Renovaron su sistema central en una docena de países en poco más de dos años. Al ver que la gente pasaba 15.000 horas al mes en cajeros solo para ver su saldo, lanzaron la banca por SMS.

Hasta se pusieron una meta insolente: ser la “D” de GANDALF, junto a Google, Amazon, Netflix, Apple, LinkedIn y Facebook.

En 2018, al cumplir 50 años, DBS resumió todo en una promesa de marca: “Live more, Bank less”. El cliente quiere una casa o un auto, no la hipoteca ni el crédito vehicular; por eso DBS creó portales de viviendas y vehículos donde el financiamiento aparece dentro de la búsqueda. Euromoney lo nombró el mejor banco digital del mundo en 2016, 2018 y 2021.

En 2025, DBS operaba más de 2.000 modelos de inteligencia artificial en más de 430 casos de uso, que generaron alrededor de 1.000 millones de dólares de Singapur en valor económico. Y su actual CEO, Tan Su Shan, ya anticipa una banca agéntica, en la que agentes de IA de clientes y bancos negocien entre sí.

¿Por qué, entonces, sigue siendo el gran reto de los bancos?

Porque es más fácil maquillar la ventanilla que cambiar el motor. Muchos digitalizaron la fachada, pero detrás siguen los mismos papeles y sellos. Cambiaron el 10% visible y dejaron intacto el 90%.

Bolivia es la prueba. Según el Banco Central, en el primer semestre de 2026 se realizaron 1.142 millones de pagos con QR, 119% más que un año antes, y los pagos electrónicos ya representan el 46% frente al efectivo. Pero pagar es la parte fácil. Abrir una cuenta para una empresa, obtener un crédito o enviar dinero al exterior todavía nos devuelve a la fila.

Ahí las FinTech pueden marcar la diferencia: nacieron con el 90% ya digital y llevan los servicios financieros a donde ocurre la vida, la tienda de barrio o el WhatsApp. El colombiano David Vélez lo sabe: en 2012, abrir una cuenta en São Paulo le costó meses de filas, papeles y puertas blindadas. En 2013 fundó Nubank, sin una sola sucursal. Hoy atiende a 139 millones de clientes en Brasil, México y Colombia, y para el 35% fue su primera cuenta bancaria. Con IA, el siguiente paso son agentes que comparan tasas, arman la carpeta de crédito y avisan antes de que falte liquidez.

Pero esto no es una guerra entre bancos y FinTech. El banco tiene la licencia, el capital y la confianza; la FinTech, la velocidad y la experiencia. El cliente no necesita que uno gane. Necesita que ambos se conecten. Y hace falta un regulador que también viva más y tramite menos. La actualización del reglamento de ASFI para Empresas de Tecnología Financiera, en abril, fue un paso. El siguiente es que las licencias tarden semanas, no años.

Don Ramiro no quiere un crédito. Quiere que su negocio crezca y con ello mejore su futuro y el de sus hijos.

El banco del futuro no se visita. Se vive.

Fuente: Asuntos Centrales